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Un amigo escribe el Jueves Santo reciente: «Terrible lo que he visto esta noche ha sido muy triste. He llegado a la parroquia por cierto espléndida de un conocido pueblo de Navarra, a estar un rato con el Santísimo, y allí no había nadie salvo yo. Cuando me he puesto de rodillas, no he podido quedarme ni diez minutos. A las once de la noche han empezado a recogerlo todo como si les fuese la vida en que no quedase ni rastro. No podía dar crédito, nunca había visto más cabritos topando juntos al mismo tiempo. La guinda la ha puesto un tipo que ha cogido el copón cómo si fuese una barra de salchichón y, entre risotadas, ha soltado que pesaba mucho porque iba lleno de hostias. No me he podido contener y le he comentado que dejase el Santísimo en su sitio y que lo cogiese el párroco, que por cierto estaba presente en la escena, me ha respondido que él también era sacerdote. De locos.

Ha sido lo más indecente que he visto en mi vida. Un pueblo lleno de peregrinos a Santiago y no había ni uno sólo delante del Santísimo Sacramento».

En otras latitudes, como en mi diócesis, las iglesias se llenaron de fieles el Jueves Santo, tanto durante la Misa in Coena Domini como en las visitas a los templos, al Santísimo Sacramento expuesto; sin embargo, es muy triste advertir que durante las masivas visitas la mayoría de los que las hacen no tienen conciencia de la Presencia real y verdadera de Nuestro Señor Jesucristo en la Hostia Consagrada, la mayoría no se arrodilla, se queda parada, y entra y sale de las iglesias sin ningún acto de adoración o reverencia.

Recuerdo muy bien, un domingo en Chile, cuando con un colaborador visitábamos una parroquia rural en misión de apostolado. Ya en el pueblo, asistimos a la Misa. El párroco - un buen y santo sacerdote - tenía una visible invalidez que no le permitía desplazarse ciertamente. Llegado el momento de la comunión, una religiosa administró la Santa Comunión: sostenía en una mano el copón, mientras que a su vez partía las sagradas formas para administrarlas, sin ningún monaguillo que sostuviera una patena. En acercarnos a recibir el Cuerpo del Señor, y cada que partía las formas, se veían caer al piso fragmentos, hecho del cual la religiosa parecía no percatarse. Terminada la Santa Misa, los dos foráneos, sin habernos puesto de acuerdo, rápidamente fuimos a arrodillarnos ante los muchos fragmentos eucarísticos visiblemente esparcidos para consumirlos.
Algunos años después supe que por hechos similares frecuentemente repetidos, han surgido grupos de laicos cuya única responsabilidad es la de recoger fragmentos de las Hostias Consagradas que se han caído después de dar la comunión en la mano.

He sabido de una señora, «ministra de la comunión» que llevó el Viático a un enfermo en una bolsita plástica.

Hay un cáncer anti Eucaristía que se ha esparcido bajo la consigna de construir comunidad. La pérdida de la fe se manifiesta de una manera especial en la irreverencia ante Jesús Eucarístico. Por la manera de recibir la Santa Comunión y de asistir a la Santísima Eucaristía se ve claro que muchos no creen que allí está presente Nuestro Señor en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, y consiguientemente se recibe la Comunión en estado de pecado grave en el alma, sin haber recibido antes la absolución sacerdotal en la Confesión sacramental.

En ese falso espíritu de madurez cristiana, individualista y liberal, la comunión en la mano propicia una falsificación y desacralización de la Eucaristía.

En su obra Mysterium Fideiel gran autor jesuita P. Maurice de la Taille, para comprender la conexión existente entre la Ultima Cena y el sacrificio de Cristo en la Cruz propone como ejemplo una casa de 2 pisos, pues ambos son un solo sacrificio.
La Eucaristía es la piedra angular de la fe y doctrina católica, si se quitase la Misa, colapsa con ella toda la fe católica, resulta difícil imaginar lo que de ella quedaría. El máximo teólogo católico Santo Tomás de Aquino, se refiere a la Eucaristía declarando que todos los otros sacramentos dependen de ella, el mismo bautismo resulta eficaz porque nos capacita para recibirla, y si un bautizado se niega conscientemente a recibirla, esa actitud lo separa de la corriente de la gracia santificante.

Luego, todas las perturbaciones, debilidades y deficiencias en la Iglesia se originan en una relación inadecuada con la Eucaristía.

A San Agustín le dijo el Señor: Tú no me trasformarás en ti como el alimento corporal, sino que Yo te transformaré en Mí.[1]

Esto lo hace posible la Misa, porque, al renovarse el Calvario en nuestros altares, nosotros no somos espectadores, sino participantes en la Redención; y en nuestros altares es donde nosotros terminamos nuestro trabajo. Él nos dijo: cuando yo fuere levantado en la Cruz, todo lo atraeré a Mí. Terminó su Obra cuando fue levantado en la Cruz; terminamos la nuestra cuando le permitimos atraernos a Él en la Misa.[2]

En la Santísima Eucaristía mientras el sacerdote eleva la Hostia y el cáliz, hay un momento de silencio. El sacerdote se arrodilla después de cada elevación para dar testimonio de su fe en que el Señor resucitado está presente en el altar.
San Agustín decía: Nadie coma de este Cuerpo, si primero no lo adora. Fe y reverencia son consecuentemente los criterios básicos ante la Presencia real y verdadera, no obstante, muchos toman la postura de estar de pie o sentados. Después de la comunión muchos no se quedan en íntima adoración con Jesús, y terminada la Misa, casi todos los comulgantes buscan alcanzar cuanto antes la puerta en una evidente pérdida del sentido de lo sagrado.

Apolonio, un padre del desierto que vivió hace diecisiete centurias enseñó que el diablo no tiene rodillas; él no puede arrodillarse; no puede adorar; no puede orar; sólo puede mirar en desacato debajo de su nariz.

No estar dispuesto a doblar la rodilla ante el nombre de Jesús es la esencia del mal:

«Por Mí mismo lo juro; de mi boca sale justicia, y (mi) palabra no será revocada, pues ante Mí se doblará toda rodilla, y toda lengua prestará juramento».[3]

«Pues escrito está: “Vivo Yo, dice el Señor, que ante Mí se doblará toda rodilla, y toda lengua ensalzará a Dios”.»[4]

Joseph Ratzinger recuerda ese antiguo modo de representar al diablo sin rodillas. [5] Por su orgullo el demonio no tiene la capacidad de arrodillarse ante Dios, así también pasa con muchos de nuestros contemporáneos: han perdido la capacidad de adoración. Jesús instituyó la Sagrada Eucaristía para que la humanidad recordara su sacrificio. El pecado del hombre es el olvido. El diablo no tiene capacidad de arrodillarse ante Dios, pero nosotros sí y a menudo no queremos arrodillarnos para adorar al Rey de reyes y Señor de señores.

Nuestro Señor Jesucristo mismo se arrodilló para orar a su querido Abbá Padre. La noche de su Pasión en el huerto de Getsemaní, «habiéndose arrodillado, oró así: “Padre, si quieres, aparta de Mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.»[6]

El pasaje de la Sagrada Escritura que da el fundamento teológico más fuerte para arrodillarse es el famoso himno que se encuentra en la carta de San Pablo a los Filipenses: «Por eso Dios le sobreensalzó y le dio el nombre que es sobre todo nombre, para que toda rodilla en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra se doble en el nombre de Jesús, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre».[7]

Arrodillarse es más que un gesto piadoso, es un gesto fundamental de la fe, una expresión sólida que está en el centro de la vida cristiana y a quien está en el centro de toda la creación. Hincar las rodillas ante el nombre de Jesús es un acto decisivo de aquellos con alma de atletas y humilde corazón. No hay nada pasivo sobre las rodillas en humildad y adoración. Cuando las rodillas actúan en respuesta a un corazón que ama a Cristo, se desata una fuerza tan fuerte que puede cambiar la faz de la tierra. Gracia es el nombre que damos a esa fuerza.

Pensemos en algunos ejemplos de la infinidad de testigos que nos han precedido: San Ignacio de Antioquia, anheló ser el trigo de Dios molido en la boca de los leones, a fin de unirse a Jesús Eucarístico; San Policarpo, quien dijo a aquellos que estaban prendiéndole fuego a su cuerpo: ustedes están iniciando un fuego temporal para mí, pero tengan cuidado, porque están prendiendo un fuego eterno para ustedes mismos. Pensemos en San Félix y Adauctus. Félix era sacerdote de la Iglesia primitiva, horriblemente torturado con los métodos más terribles, y aún así, soportó todo su martirio como un cordero. Esa humilde mansedumbre de Félix movió el corazón de uno de la multitud que no era cristiano, él gritó: Estoy dispuesto a aceptar a Jesús, el Cristo, el Dios de ese hombre, debido a la paz con que este hombre se dirige a su muerte. Fue sacado de la multitud y martirizado junto con Félix. Debido a que se desconoce el nombre su nombre, el martirologio se refiere a él simplemente como Adauctus. No son leyendas, son testimonios vivientes de la verdad.[8]

«Dios podría hacer que todos los seres humanos cayéramos de rodillas llenos de pavor, en este mismo instante… Hay cientos de otras formas en que Dios puede hacer caer de rodillas a la humanidad, pero el Señor se rehúsa a ganarse a su pueblo de otra forma que no sea por el amor».[9]

Todos debemos mantenernos vigilantes, recordando en humildad de corazón, que la recepción eucarística y la adoración son nuestro deber más alto y nuestra más grande necesidad, sin olvidar que nuestra forma exterior ante el Misterio de la Fe, junto a la devota y reverente disposición interior, conducirá también a mejorar la de los demás.
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Vosotros os habéis acercado al monte de Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel.
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Oh Jesús, Pontífice Eterno, Buen Pastor, Fuente de vida, que por singular generosidad de tu dulcísimo Corazón nos has dado nuestros sacerdotes para que podamos cumplir plenamente los designios de santificación que tu gracia inspira en nuestras almas; te suplicamos: ven y ayúdalos con tu asistencia misericordiosa.

Sé en ellos, oh Jesús, fe viva en sus obras, esperanza inquebrantable en las pruebas, caridad ardiente en sus propósitos. Que tu palabra, rayo de la eterna Sabiduría, sea, por la constante meditación, el alimento diario de su vida interior. Que el ejemplo de tu vida y Pasión se renueve en su conducta y en sus sufrimientos para enseñanza nuestra, y alivio y sostén en nuestras penas. Concédeles, oh Señor, desprendimiento de todo interés terreno y que sólo busquen tu mayor gloria.

Concédeles ser fieles a sus obligaciones con pura conciencia hasta el postrer aliento. Y cuando con la muerte del cuerpo entreguen en tus manos la tarea bien cumplida, dales, Jesús, Tú que fuiste su Maestro en la tierra, la recompensa eterna: la corona de justicia en el esplendor de los santos. Amén
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Padre eterno, yo te ofrezco la preciosísima sangre de tu Divino Hijo Jesús, en unión con las misas celebradas hoy día a través del mundo por todas las benditas animas del purgatorio por todos los pecadores del mundo. Por los pecadores en la iglesia universal, por aquellos en propia casa y dentro de mi familia. Amen.

El Señor le dijo a Sta. Gertrudis que cada vez que rezara esta oración, pudiese librar 1000 almas del purgatorio.
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Ant: Yo mismo te engendré, entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies (1Co 15,25)
Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies».
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora».

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec».

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso, levantará la cabeza.

Ant: Yo mismo te engendré, entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.
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Cuando la muerte sea vencida
y estemos libres en el reino,
cuando la nueva tierra nazca
en la gloria del nuevo cielo,
cuando tengamos la alegría
con un seguro entendimiento
y el aire sea como una luz
para las almas y los cuerpos,
entonces, sólo entonces, estaremos contentos.

Cuando veamos cara a cara
lo que hemos visto en un espejo
y sepamos que la bondad
y la belleza están de acuerdo,
cuando, al mirar lo que quisimos,
lo veamos claro y perfecto
y sepamos que ha de durar,
sin pasión, sin aburrimiento,
entonces, sólo entonces, estaremos contentos.

Cuando vivamos en la plena
satisfacción de los deseos,
cuando el Rey nos ame y nos mire,
para que nosotros le amemos,
y podamos hablar con él
sin palabras, cuando gocemos
de la compañía feliz
de los que aquí tuvimos lejos,
entonces, sólo entonces, estaremos contentos.

Cuando un suspiro de alegría
nos llene, sin cesar, el pecho,
entonces siempre, siempre, entonces
seremos bien lo que seremos.
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Vosotros os habéis acercado al monte de Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel.
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PARA DESPUÉS DE COMULGAR
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LA DECEPCIÓN DE LOS CATÓLICOS FIELES

Muchos católicos se encuentran confundidos por las palabras, las obras y las omisiones del Papa Francisco.

Frente a sus actitudes, se observa en muchos fieles un exceso y un defecto. El exceso es el creer que todo lo que realiza Bergoglio es dogma de fe, y por lo tanto ser absolutamente obsecuentes a sus últimas ocurrencias. Estos tales tildan a los demás de “desobedientes”, cuando la inmensa mayoría de ellos no estuvieran de acuerdo con el Magisterio perenne, enseñado con claridad a lo largo de los siglos.

El defecto, frente al cual recibo cada vez más consultas, es el de creer que Bergoglio es un falso Papa. Es más, los más osados afirman que es el Falso Profeta del Apocalipsis, cuya apariencia es la del Cordero, pero en realidad su voz es la del Dragón. Estos tales, sin embargo, se limitan a avalar las “bondades” de los Papas anteriores.

Ambos grupos, en realidad, caen en lo mismo, dado que siempre los extremos se tocan. Sin dejar de estar alertas por la proximidad del fin de los tiempos, pues algún día llegará, este conjunto de personas caen en la papolatría, en la obsecuencia medrosa de cualquier autoridad, máxime si ésta es la del Papa, sin distinguir adecuadamente entre santidad de vida (conseguida únicamente por vivir en grado heroico los mandamientos) y carisma (dado para edificación de la Iglesia, y que muchas veces no corresponde a la santidad de quien lo ha recibido). Entre los carismas debemos mencionar, en este caso, el de la infalibilidad, don de Cristo a su Iglesia conferido en la persona de su Vicario. De este modo, lo esencial en la Iglesia es su indefectibilidad, la cual es el fundamento último de la infalibilidad. Al servicio de esta santidad inherente a la Iglesia, inherente por ser Cristo su Cabeza y el Espíritu Santo su alma, está la infalibilidad pontificia. Por ello, no debemos perder de vista que lo esencial para nosotros es vivir unidos a la verdad y a la vida de la gracia, que, en definitiva, es el mismo Cristo en persona.

Muchos de éstos, ya mencionados, no alcanzan a ver que estos errores, que hoy Bergoglio proclama a viva voz, sin embargo vienen germinando desde hace muchísimo tiempo. “¿Quién podría negar que los católicos de este final del siglo XX están perplejos?”, como escribió Mons. Lefebvre.

Hay una “desistencia” de la Iglesia, en palabras de Romano Amerio. Primero se dejó de señalar a los heresiarcas (cuya mayor expresión fue la abolición del Index Librorum Prohibitorum, por obra de Pablo VI); luego se dejó de condenar el error, sosteniendo que “la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad”, en ambiguas palabras del Papa Juan XXIII al iniciar el Concilio Vaticano II; para luego ni siquiera proclamar inequívocamente la verdad, bajo apariencia de bien, como el dialogar con el mundo, con las diversas religiones, con los estados, etc.; intentando así los hombres que la Iglesia desista de ser columna y fundamento de la verdad, oficio que le ha dado el mismo Dios.

Por lo tanto, hay que afirmar enfáticamente que es falsa la idea extendida en gran parte de la Iglesia que los últimos Papas fueron todos santos, excepto el último. Francisco es la conclusión de la caída de muchas traiciones, bajezas y componendas con el mundo que tuvieron los Pontífices anteriores.

No podría haber existido un “¿Quién soy yo para juzgar?” de Bergoglio, con la correspondiente aprobación del “matrimonio” homosexual en el estado de Illinois de EEUU (entre tantas otras catástrofes que trajo la infeliz frase), sin la idea de la “sana laicidad” de Benedicto XVI, o la traición de la Santa Sede en época de Pablo VI cuando nuestra querida España quiso ser un estado confesional católico bajo el mando del General Franco.

Pero tampoco se crea que el Vaticano II fue un concilio “surgido de la nada”, como creen tantos católicos de buena fe. Tampoco se crea que volviendo al día anterior al de su realización se acaban todos los problemas de la Iglesia. Ni siquiera se crea que si se celebra Misa tradicional en todas partes se acabaron las apostasías sistemáticas de la jerarquía a las cuales ya estamos acostumbrados.

Debemos combatir la doble vida, la fe luterana que hace que creamos una cosa y vivamos la otra, la heterodoxia ockamista que hace que las cosas sean sólo un “flatus vocis”, un soplo de voz, dependiendo de quien conoce el darles el nombre y de la autoridad el que sean buenas o malas. Debemos acabar con esa devoción impostada, que nada tiene de tradicional, que cree que “una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración”, que ataca la raíz de la verdadera devoción, la cual es el fruto más excelente de la virtud de la religión.

No. Francisco es el colofón de la traición de siglos, que ha comenzado con el nominalismo y se ha agudizado con el protestantismo; que estaba latente con el modernismo y que ha hecho metástasis con el Concilio Vaticano II.

Quiera Dios que éste no sea el Falso Profeta final… Por el bien de su alma… Pero si lo es, y sabemos que algún día vendrá, porque la Escritura no puede ser anulada, levantemos la cabeza y veamos que se acerca nuestra liberación.
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