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El sentimiento de nostalgia, es tan común que, a veces, tenemos la idea inconsciente de que tiene que estar ahí, como algo inherente a lo que somos. Es por eso, por lo que todo el mundo se puede identificar con ella: vivimos con la nostalgia de algo a cuestas, la paseamos, bailamos con ella, y la acariciamos más, cuando llueve. Como si en los días tristes, donde se ve menos, ella se dejara ver más.
Nostalgia es amar un pasado, que  nos machaca en el presente. Es una felicidad retardada. Es dormir en una hamaca, y seguir recordando las ardientes reconciliaciones después de peleas, por motivos sin importancia. Sentir la falta de detalles. La nostalgia sola no mata, porque tiene el placer de la tortura.


Sentimos nostalgia de alguien, de algo, de un pasado que no es presente, y quisiéramos que lo fuese. También podemos sentir nostalgia del presente que no es, y que tampoco fue. Somos nostalgia de momentos, de detalles, de caricias, de palabras. En definitiva, la nostalgia es tan real como podemos serlo nosotros, y por eso nos llega tan dentro. A veces la nostalgia es tan grande, que somos nostalgia. 


Leí hace unos días, un artículo en que el autor decía que nuestro pasado es como un país extraño, del que hemos sido exiliados y, entonces, como aquel que ha sufrido alguna vez el exilio y tiene frío, a veces queremos volver y buscar el calor. En este sentido, el exilio figurado, puede ser muy lejano, lejano o casi simultáneo a tu presente. Creo que todo esto, es verdad: mientras la nostalgia no llegue a la melancolía prolongada, querer volver de vez en cuando, es una forma más de saber lo que somos, a partir de lo que fuimos. No quiere decir esto que no queramos vivir el presente, o que nos encontremos mal en él, sino que nos reconocemos, y somos conscientes de lo que hemos vivido.


A veces la nostalgia es tan grande, que es más que un sentimiento. La gente es nostalgia. Es vivir para encontrar, en la mirada de una persona, todos los rincones improbables, confundir cabellos, bocas, perfumes. Sonreír con los labios, con el corazón sofocado. La gente es nostalgia, porque echar en falta una minúscula cosa, ya la hace grande. Porque esta minúscula cosa es ausencia, y la necesitamos con todo nuestro ser. Por eso somos nostalgia: porque, como en el amor, no podemos sentir nostalgia a medias, y nos acompaña en todos nuestros gestos.


Las dos caras, de la nostalgia. Lo cierto es que la nostalgia, al igual que la gran mayoría de las cosas de esta vida, tiene dos caras. Cuando escuchamos la palabra nostalgia, entendemos enseguida que nos acercamos a algo triste y dulce, al mismo tiempo. Echar de menos a tu familia, a tus amigos, o tu pareja, por ejemplo, es sentirte desprotegido momentáneamente; pero, también es un abrazo, cuando esa falta equivale a saber a quién tenemos, y a quién queremos de verdad, con nosotros. Sentir nostalgia, es cambiar radicalmente de rutina, comer más ensalada y menos sorbete. La nostalgia es la inconfortable expectativa de un reencuentro. Es imaginar donde debo estar ahora. Y cuando la nostalgia no cabe en el pecho, se materializa, y transborda por los ojos.


Es verdad que nos solemos quedar con la cara melancólica de la nostalgia, y más cuando nos encontramos en estaciones del año como otoño, invierno, con las que más la identificamos. Sin embargo, es de valientes entender que la nostalgia es ausencia de algo que mereció, o merece la pena, que fue o es bonito, que nos hizo o nos hace felices. Y digo de valientes, porque si es una ausencia permanente, es difícil entender la necesidad de ver la nostalgia, como el precio de las cosas más hermosas. Porque nunca nada nos hará sentir nostalgia, si no llevara consigo la certeza de una felicidad realizada, probable, o coexistente. Y, por contra y por encima de todo ello, debemos quedarnos con la cara de la nostalgia que nos llena, que nos hace partícipes del mundo, y que nos demuestra que estamos viviéndolo de verdad, a pesar de sus consecuencias. Sentir nostalgia, es sentir ausencia, de tu lado.
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Gracias, amig@s..
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Gracias, amig@s..
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Que nadie te obligue a disfrutar la felicidad, como prototipo de bienestar colectivo. Cada persona es única, y la felicidad depende de su demanda emocional. Llegan fiestas y celebraciones, en la que se nos vende la felicidad como un artículo más a comprar, y en ningún establecimiento tiene precio, porque no se vende, no hay ofertas ni promociones. 
Todos tenemos derecho a disfrutar de nuestra  felicidad,  y que se nos respete nuestra elección de ser felices. Disfruta la felicidad. Camina a tu ritmo, y no apures tus pasos para alcanzar, a quien se desmarca en ventaja.
No dejes que los ruidos hagan imposible que se haga presente, el silencio que tanto deseas. 
Escucha a quien de verdad habla, no pierdas el tiempo en quien grita sin decir nada. Ama si de verdad crees que tu corazón late; si crees que está dormido, déjalo que sueñe y no lo despiertes, quizás está esperando a que otro corazón lo despierte, con el sonido de un beso.
No imites a quien alardea su éxito, evita a los ruidosos y a los agresivos, pues te roban la paz de tu alma. No ansíes la felicidad de los otros, disfruta de las cosas que te dan tu felicidad. 
Ama si de verdad sientes que tu corazón late, ama aunque no te abracen, ama aunque no te escuchen.  Sé feliz con tu dichas y con tus desgracias, no finjas la felicidad, sé tú misma, porque esa es tu verdadera felicidad, y no la de los demás. No hay esquemas diseñados para ser feliz, busca y disfruta de la auténtica felicidad, tu felicidad.
Sapironda
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