Te amo novia

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Soi tu novio sebastian de 9 años

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Aléjate de lo que te haga daño, de lo que oscurezca tu vida, de lo que se convierta en siniestro. Aléjate de todo aquello que no tenga remedio, de aquello que esté sometiendo tu bienestar. Ponle distancia emocional al dolor, al rechazo, y a la traición, obsérvalos y aprende. Maneja tus miedos, controla tus demonios. Sé consciente de que el sufrimiento es opcional. No maquilles tu realidad, vívela. Mantén cerca aquello que te reconforta, que no dispara a matar, que no te obliga a perder. Dale la oportunidad a un nuevo estilo de juego y cuídate, no te rompas en pedazos, no te obligues a perder parte de ti.


La huella emocional del dolor. Con frecuencia dejamos que las agujas del reloj, recorran su esfera, sin interferencias mientras arrancan las hojas de nuestro calendario, sin pena ni gloria. Desconectamos del mundo, nos aislamos de la realidad, y dejamos que la vida pase, sin pensar en las consecuencias. Pero desligar nuestra parte consciente de la inconsciente, tienes sus consecuencias. No estamos diciendo que tenemos que ser híper-reflexivos, estamos hablando de tomar consciencia de que lo que nos produce dolor, es precisamente nuestra intención de evitarlo. El sufrimiento no puede separarse de la vida, pero de manera constante, nos empeñamos en sobrepasar sus límites, e intentar ignorarlo. La tristeza no es mala, tampoco lo es la preocupación, y ni siquiera la ira. Cada una nos aporta un conocimiento. O sea, que sentir sufrimiento es necesario, si queremos sentir placer. Por eso, si se trata de evitar algo, lo que tenemos que hacer es no jugar al escondite, con nuestras emociones.


Siempre habrá algo que nos haga daño. Es imposible lograr una vida sin emociones tóxicas, ni personas que nos la amarguen. Asimismo, es imposible vivir sin algo que nos produzca placer o gratificación. Por eso debemos de ser justos pensadores, y agradecer al sufrimiento, todo aquello que nos aporta. Dicho de otra manera: Quién no ha pensado alguna vez, que aquella puñalada por la espalda que recibió, no le sirvió para madurar? Quién no se ha percatado de que si hoy es fuerte, es porque ayer fue débil? Para todo en la vida, hay una contrapartida. No podríamos sentirnos alegres, si un día algo no nos puso tristes. Sin embargo, aunque este razonamiento es bastante, siempre nos cuesta aceptarlo, en la práctica. La vida a veces duele, a veces cansa, a veces hiere. Esta no es perfecta, no es coherente, no es fácil, no es eterna, pero a pesar de todo, la vida es bella.


Así que, al final acabamos siendo nosotros los que alimentamos y autogeneramos, nuestro sufrimiento. Esto funciona con el efecto bola de nieve. Algo nos hace daño, intentamos evitarlo, nos hacemos más daño, permitimos que se acumule, sufrimos por no lograr deshacernos del dolor y, como resultado, obtenemos una gran bola de nieve de aquello que comenzó siendo, un solo copo de agua helada. Ahora bien, con esa bola de nieve tenemos la posibilidad de hacer un bonito muñeco, o de dejar que nos aplaste. Como vemos, de nuevo se trata de opciones, de caminos, de bifurcaciones. Si simplificamos así cada situación de nuestra vida, obtendremos una llave maestra que abrirá todas aquellas fuerzas, que nos permitan avanzar. Básicamente se trata de plantearse dos opciones: aceptar el camino, o rechazarlo y sufrir, por intentar evitarlo. Si aceptamos, crecemos. Si rechazamos viviremos siempre sometidos al yugo de la evitación. Si nos resistimos a aceptar el sufrimiento y los daños, como parte inherente a la vida, solo lograremos apelotonar la angustia. Si por el contrario lo aceptamos como natural, nos libraremos de la angustia, lo que nos permitirá sobrellevar nuestra vida sin la gran carga del juego intenso, y constante del escondite. En definitiva, que no podemos pelear contra nosotros mismos porque, si lo hacemos, seremos ganador y perdedor. Y morir para vivir, no compensa. Aléjate de todo, lo que te aleje de ti.
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Aceptar las cosas como son. Un sufrimiento humano muy común, es desear que las cosas sean distintas a como son, sin renunciar al progreso, es necesario asumir que hay situaciones y personas que no cambian. El reto es aceptar lo que nos toca vivir, y trabajar para restablecer el equilibrio. 


Una de las fuentes de sufrimiento más comunes, en el ser humano, es el deseo de que las cosas sean distintas a como realmente son. Cuando un país pasa por una grave crisis, la población mira atrás y desea que todo fuera como antes, un antes que en su momento no se valoraba, porque parecía aburrido, o bien había otras aspiraciones. Lo mismo sucede con las relaciones interpersonales. Quien tiene por pareja a alguien silencioso, desearía un carácter dicharachero, y este último pondrá de los nervios a quien convive con él, un día tras otro. Por qué anhelamos siempre lo que no tenemos?


Hay vida antes de la muerte, disfrútala. Nuestra forma de vida está tan basada en el cambio y el progreso, que a menudo valoramos negativamente la estabilidad, sin saber cuál sería la alternativa. La insatisfacción es lo que permite el progreso de la ciencia, las artes, y todo lo que tiene que ver con la sociedad, pero cuando se vuelve crónica en nuestro día a día, deja de ser un estímulo, para teñir de negatividad nuestra vida.


Hay personas que, instalados en la queja y la amargura, molestan a los demás, y a sí mismos, de forma totalmente estéril, porque de nada sirve señalar lo que no funciona, sin ofrecer soluciones. Se trata de un estado de insatisfacción permanente, a causa del desnivel entre las propias ilusiones, y la realidad. Sin abogar tampoco por el conformismo, si nuestras aspiraciones se hallan siempre a gran distancia de lo que tenemos, jamás alcanzaremos la serenidad. Como el burro que persigue la zanahoria, podemos pasar la vida entera esperando algo mejor, para descubrir al final, que ya lo teníamos, y no habíamos sabido verlo.


Los manuales de psicología han puesto de moda el verbo procrastinar, que significa postergar aquello que deberíamos hacer hoy. Un aplazamiento que también se produce en un nivel existencial. Muchas personas postergan la felicidad, hasta que cambie la situación, que están viviendo. Se convencen de que cuando encuentren un trabajo mejor, o la pareja ideal, por poner dos ejemplos, se darán permiso para disfrutar de la vida. Sin embargo, este planteamiento tiene un fallo de origen, y es que nada resulta como esperábamos, una vez que lo conseguimos. Lo que ocurre es que, muchas personas cuando llega el momento tan largamente esperado o deseado, sufren una desilusión; entonces fijamos nuevos objetivos, esperando que una vez alcanzados llegue, esta vez sí, el premio definitivo. Sin embargo, esto no acostumbra a suceder, ya que más que insatisfacciones, existen las personas insatisfechas.


Del mismo modo que nos resulta difícil aceptar las cosas como son, también nos cuesta aceptar a los demás, ya que su forma de pensar y reaccionar, nunca coincidirá con nuestras expectativas. Al hacer un favor a un vecino, nos duele si no obtenemos el mismo trato por su parte, cuando lo necesitamos. En el ámbito laboral, a menudo consideramos que los compañeros no cumplen con sus tareas, y el jefe o la jefa, es un ser inútil, que está dinamitando la empresa.


A veces debes conocer al otro realmente, bien para darte cuenta de que, sois dos extraños. En esta clase de pensamientos, está el punto de partida de la mayoría de conflictos interpersonales. Al esperar que los demás se comporten de determinada forma, les estamos negando el derecho a su identidad. Además, al enfadarnos por estas diferencias, obviamos algo muy importante: ser o actuar de modo distinto a nosotros, no tiene por qué ser negativo. Afortunadamente, cada persona tiene una combinación única de defectos y virtudes. Podemos aceptar su singularidad y sacar partido de las cosas buenas que nos ofrece, o bien enrocarnos y señalar al otro, como enemigo.


Basta con aceptar y reconocer el valor de lo que configura nuestro entorno, no se trata de resignarse a lo que hay, sino de amar nuestras circunstancias,, para mejorar, desde ese punto de partida. La realidad es siempre más amable, que las historias que contamos sobre ella, y que cualquier enfado que tengamos con los demás es, en el fondo, algo de nosotros mismos, que nos molesta. Por eso mismo, desearíamos cambiarlos, porque resulta más fácil exigir la transformación del otro, que la de uno mismo. Lo que provoca nuestro sufrimiento, no es el problema, sino lo que pensamos sobre el mismo, y la persona insatisfecha, se entregue al trabajo, que empieza con estas dos fases:

1. Plasmar en el papel, lo que no nos gusta. Tomar una situación o una persona que nos desagrada, y especificamos quién o qué provoca nuestra tristeza, qué es lo que no nos gusta, y cómo debería ser, para que estuviéramos satisfechos.


2. Indagar en el problema, a través de estas cuatro preguntas:
a) Es eso verdad?
b) Tienes la absoluta certeza, de que eso es verdad?
c) Cómo reaccionas, al tener este pensamiento?
d) Quién serías sin él?


Ante un pensamiento negativo, solo tenemos dos opciones: o nos apegamos a él, o indagamos para comprenderlo. Esa última actitud y una relación constructiva con nuestro entorno, nos llevarán a un plano superior. Una anécdota que se menciona en los talleres de superación personal, tiene como protagonista a un violinista que, en pleno concierto en Nueva York, vio cómo se rompía una de las cuatro cuerdas de su violín. En lugar de detenerse, decidió adaptar la melodía a las otras tres cuerdas, algo realmente difícil con este instrumento. Cuando le preguntaron por qué había elegido esa opción, respondió: hay momentos en los que la tarea del artista, es saber cuánto puede llegar a hacer, con lo que le queda.


Sin duda, la realidad nos pone a prueba, y a menudo estamos expuestos a circunstancias indeseadas. La cuerda rota del violinista, tiene su equivalente en la vida cotidiana, en situaciones con mucho menos público, pero más dolorosas. En lugar de lamentar nuestra suerte, podemos preguntarnos, qué es lo que nos queda, y qué podemos hacer, para restablecer el equilibrio en nuestra vida. Para que vuelva a sonar la música, no obstante, es necesario aceptar las cosas como nos ha tocado vivirlas, ya que son un reto y un aprendizaje. Al mismo tiempo, en lugar de buscar culpables, debemos aceptar a los demás, y no fijarnos en su cuerda rota, sino en las otras tres, que siguen sonando.
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Nunca permitas que nada ni nadie, te enferme. Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida. Si insistimos en permanecer en ella, más allá del tiempo necesario, podemos perder la alegría y el sentido real de todo. Cerrando círculos, cerrando puertas, o cerrando capítulos. Como queramos llamarlo, lo importante es poder cerrarlos, dejar ir momentos de la vida, que se van clausurando. Acabó una relación sentimental; terminó un trabajo; tienes que cambiar de casa, ciudad, o país; se ha roto una amistad importante para ti. Es momento de abandonar ese propósito, o sueño que persigues, hace tiempo. Puedes pasar tu presente, revolcándote en los porqués, y tratar de entender por qué sucedió, tal o cual hecho. El desgaste va a ser infinito porque en la vida, tú, yo, tu pareja, tus amigos, tu familia, todos estamos abocados a ir cerrando capítulos, a pasar la hoja, a terminar con etapas, o con momentos de la vida, y seguir adelante. Hay que soltar, hay que desprenderse. No podemos ser niños eternos, ni adolescentes tardíos, ni empleados de empresas inexistentes, ni tener vínculos, con quien no quiere estar vinculado a nosotros. Pero no por orgullo ni soberbia, sino porque ya no encajas allí, en ese lugar, en ese corazón, en esa casa, en ese trabajo, en esa relación. Ya no eres la misma persona que se fue: hace dos días, hace tres meses, hace un año, por lo tanto, no hay nada a lo que volver. Nosotros ya no somos los mismos, ni el entorno al que regresamos será igual, porque en la vida nada se queda quieto, nada es estático. Cambiar es crecer, evolucionar.
Sapironda
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