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Con la globalización se pone en marcha un proceso de interconexiones que transforman la percepción del lugar y el espacio, como así también moviliza nuevos lenguajes y escrituras. Los medios de comunicación y las redes electrónicas son los vehiculizadores de este
proceso, en el que se va gestando una trama de imaginarios que configura la identidad de las ciudades y las regiones, como así también del barrio y de los grupos sociales.
Si la revolución tecnológica ha dejado de ser una cuestión de medios, para pasar a ser decididamente una cuestión de fines, es porque estamos ante la configuración de un ecosistema comunicativo conformado no sólo por nuevas máquinas o medios,
sino por nuevos lenguajes, sensibilidades, saberes y escrituras, por la hegemonía de la experiencia audiovisual sobre la tipográfica, y por la reintegración de la imagen al campo de la producción del conocimiento (Martín-Barbero, 2002).

Desde este contexto, y teniendo presente que lo entendemos no como un marco donde se inserta el sujeto sino como “las prácticas y discursos que se tejen con el relato de la identidad en cada uno de sus desplazamientos” (Marinas, 1995), se requiere entender que la educación no debe estar ajena a recuperar una mirada identitaria del sujeto y del conocimiento, ya que con los nuevos modos de construcción de la identidad, y otras formas de circulación del sentido,
podremos lograr una verdadera transformación educativa. Además es preciso interrogarnos cuales son las consecuencias que producen la multiplicidad de lenguajes y la transtextualidad (Genette, 1989) de los discursos. Desentramar y revisar conceptos, como la noción de hipertexto, intertextualidad, interactividad, interfaz, nodos y enlaces. Como así también comprender y redefinir la lógica que los definen.
Mientras que los adultos nos resistimos a todo lo que implique cambio, los jóvenes


responden con una cercanía hecha no sólo de facilidad para relacionarse con las tecnologías audiovisuales e informáticas sino de complicidad cognitiva y expresiva: es en sus relatos e imágenes, en sus sonoridades, fragmentaciones y velocidades que encuentran su ritmo e idioma (Martín-Barbero, 2005).


En síntesis, desde este entramado complejo que presenta la sociedad hoy, también necesitamos reflexionar sobre cuales son los ejes conceptuales que se manejan desde el campo de la enseñanza
audiovisual en el sistema formal de la educación, además de analizar las distintas concepciones pedagógicas que la configuran y conocer nuevas propuestas que circulan en este campo.
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Las y los educadores de hoy somos víctimas de un gran desasosiego. 
Vivimos rodeados de retos atosigantes. Entre ellos el de la alfabetización 
digital. El horizonte se nos antoja complicado y lleno de dificultades, pues 
cada vez avanzan más los progresos tecnológicos y nosotros, salvo extrañas 
excepciones, a duras penas logramos ponernos al día. 
 
El caso es que tanto el colegio como los sistemas educativos han de ser 
capaces de preparar a los estudiantes para la llamada, con toda veneración y 
sacralización: “la era de la información y del conocimiento”. 
 
 Ser educador o educadora en una era del conocimiento, sin 
prácticamente conocimientos en la mayor parte de la población, no es, en 
efecto, tarea fácil. 
 
En primer lugar porque debería de haber una “sociedad supuestamente 
educadora” en la que las tareas, en este sentido orientadas, se encontrasen con 
responsabilidades compartidas: la familia, el entorno social y cultural de 
pertenencia, las instituciones, los multimedia y otros muchos componentes del 
tejido tecnológico, comunicacional e informativo. 
  2
Si el resto de los responsables educativos no colabora nuestra tarea es 
prácticamente inútil, o, al menos, extraordinariamente complicada. 
 
Según J. S. Coleman (1966), en su estudio Equality of Educational 
Opportunity (Washington DC., U. S. Department of Health Education and 
Welfare) sólo un 30% del conocimiento vendría configurado por los esfuerzos 
educacionales en ámbitos escolares, mientras que el otro 70% sería aportado, 
para bien o para mal, por los otros componentes de esa compleja sociedad e 
industria “educadora o deseducadora”. 
 
Pero aún queda otra cuestión: que se tenga acceso al conocimiento, por 
medio de una inmensa biblioteca o de Internet, no significa que se adquieran 
conocimientos. Sentarse en una biblioteca o ante un ordenador no da la 
sabiduría. 
 
El caso es que, junto a la magnífica cosecha de información 
disponible, nos encontramos con la ineficacia de su aprovechamiento. 
 
Nuestra civilización posee, en efecto a través de Internet, un enorme 
cúmulo de conocimientos, pero cada individuo sólo tiene acceso real - en 
proporción a su preparación básica - a una fracción mínima de ellos. Se nos 
presenta, de esta manera, una civilización extraordinariamente sabia, de modo 
global, poblada por una inmensa masa de ignorantes, y esa brecha, entre lo 
que la globalidad sabe y lo que sabe cada uno de sus miembros, va a seguir 
forzosamente aumentando a un ritmo de vértigo. 
 
He aquí la cuestión: jamás podremos cerrar la llamada “brecha digital”; 
no podemos saber ni dominarlo todo, ni siquiera en un campo concreto y 
escueto del saber: ¿qué es entonces lo que, como educadores, podemos hacer? 
 
Pero a pesar de las situaciones difíciles, los educadores, gracias a los 
medios proporcionados por los nuevos recursos, podemos y debemos hacer 
muchas cosas. 
 
1. Facilitar el acceso al conocimiento de todos, con 
independencia del lugar en el que la escuela se encuentre 
situada. Si no cerrando, sí al menos tratando de aproximar 
cuanto podamos los dos márgenes de esa brecha digital. 
2. Concebir escuelas con Aulas Abiertas al Mundo. Dotando a 
dichas aulas de los medios más convenientes para esa  3
propósito: conexión permanente a Internet, pizarras 
digitales, un ordenador que realice eficazmente las funciones 
de servidor de centro, red inalámbrica que conecte a todos 
los tableros digitales de la clase y que permitan la movilidad, 
la autonomía y la interacción. 
3. Integrar los curricula, promoviendo la creatividad y el trabajo 
colectivo en equipo, en un entorno en el que las TICs son un 
instrumento habitual en todas las disciplinas. 
4. Enseñar a los alumnos a transformar la información en 
conocimiento y el conocimiento en saber. Y para ello hay que 
desarrollar habilidades críticas de análisis de la información, 
seleccionándola e integrándola en esquemas previos de 
conocimiento. 
5. Derribar los muros de los prejuicios y de la intolerancia, en 
escuelas que son, por pura lógica de la actual geografía 
humana, multiculturales e interculturales. Escuelas de 
Convivencia y de riqueza cultural compartida. 
6. Participar en la construcción de un proyecto escolar de éxito 
en sus logros y de calidad en el trabajo, la dirección y la 
organización, aplicando programas de mejora de las 
habilidades de los estudiantes que se encuentran, precisamente, 
en el uso de los recursos tecnológicos convenientemente 
orientados para la consecución del logro personal y del grupo 
social que compone el aula-clase. 
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