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Hace 3 años que no pueden estar juntos como correspondería por el amor que se profesan y por derecho. Sin embargo, hay algo superior a toda pretensión hedonista, individual y egoísta que hoy los separa y es el amor a Dios, la Patria, el prójimo y sus ideales. Constituye toda una paradoja que quienes se aman, estén condenados a vivir separados, precisamente por amor.

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Hoy vamos a reflexionar en torno a lo difícil que nos resulta aceptar la Voluntad de Dios. Algunos no queremos ni si quiera oír que se nos mencione a Dios. Lo rechazamos de diversas maneras, que van desde unos diplomáticos “oídos sordos”, hasta la burla, el insulto y la persecución.

El Señor ha venido al mundo a restaurarlo todo. A poner cada cosa en su debido lugar. Esto es algo que no queremos aceptar quienes nos hemos acostumbrado a hacer lo que nos da la gana. En general se trata de soberbia disfrazada de madurez, entre otras cosas.

Creemos que siendo mayores o creyendo que tenemos la madurez suficiente, nadie puede venir a imponernos nada, ni el mismo Dios. Si esto ocurre entre quienes nos decimos católicos, podemos imaginar cómo será entre quienes se declaran abiertamente ateos.

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En este período de Adviento, ya tan próximo a Navidad es importante que reflexionemos en esta realidad crucial y fundamental de Jesús: su nacimiento entre los pobres. Así lo dispuso Dios. Hay en ello toda una pedagogía que tenemos que entender.

No basta con repetir que Jesús nació en un pesebre. Debemos esforzarnos en vivenciar esta realidad y hacerla reconocer y vivir a los niños y jóvenes. No hay vergüenza en ello, sino todo lo contrario. Dios eligió para Su Hijo esta situación.

Seamos francos, según nuestros criterios, ¿no parece disparatada esta decisión de Dios? Claro, la aceptamos, porque si Dios en su Infinita Sabiduría escogió eso, Él tendrá sus razones. ¿Basta con eso? ¿No tendríamos que preguntarnos qué consecuencias podría tener esto para nuestras vidas?

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No se trata de grandes y encendidos discursos, ni de hablar con una elocuencia que deje a todos pasmados. No es el verbo, ni nuestra capacidad de persuasión la que debemos mejorar. No se requieren, por lo tanto, grandes estudios.

Tropezamos muchas veces con esta idea entre quienes empiezan a dar sus primeros pasos en la fe. Dicen que no se sienten preparados. Que les gustaría estudiar y aclarar mejor algunos temas. No podemos negar que algo de estudio ha de haber.

Pero no es el mucho estudiar el que nos prepara para dar testimonio cristiano. Y lo que realmente se requiere es: testimonio. El mejor testimonio lo dan nuestros actos, lo que hacemos y no lo que decimos. Esto es lo primero.

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Nada nos gusta más que los elogios. Las reprimendas son Nada nos gusta más que los elogios. Las reprimendas son para los demás. Por eso hoy, ante las duras palabras del Señor, más de uno de nosotros volveremos nuestros ojosa ver a otros. O trataremos de pensar a quién se las dirige en términos históricos.

Pocos habremos que reconoceremos hidalgamente que el Señor se está dirigiendo a cada uno de nosotros, con nombre y apellido. ¡Sí! Pues cuantos hemos oído hablar de Jesús, sabemos perfectamente quién es y aun decimos que creemos, pero nuestra vida sigue igual.

Los que se oponen a Dios, los que lo niegan, por lo menos hacen efectivamente eso con su estilo de vida. En cambio, nosotros decimos creer, pero seguimos haciendo exactamente lo mismo. La fe no se confiesa con palabras, sino con obras

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No podemos seguir haciendo lo que hacen todos, porque entonces seguramente no haremos lo que Dios nos manda. Casi nunca lo que todos hacen en lo correcto. O tal vez quede más claro si decimos, no porque todo el mundo lo hace lo que hacemos es correcto. Tenemos que aprender a pensar y discernir, viviendo de forma coherente nuestra fe.

Lo bueno, lo que vale la pena, por lo general cuesta esfuerzo. No se trata de complacernos en todo y hacer lo que nos provoca, cuando nos provoca y como nos provoca. Eso solamente merma nuestra capacidad de decisión y nuestra fuerza de voluntad, haciéndonos esclavos de nuestras pasiones. Todo buen padre sabe que no puede estar atendiendo el capricho de sus hijos y que debe enseñarles a disciplinarse, porque de otro modo no alcanzarán sus objetivos en la vida.

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Difícilmente llegaremos a aquilatar algún día qué es lo que la Santísima Virgen María representa en la vida de todos los cristianos. No puede haber palabras de elogio suficientes y ninguna que se ajuste a la dimensión de lo que fue la Voluntad de Dios Padre.

Resulta ininteligible que haya entre algunos de nuestros hermanos separados y en algunas sectas un cierto encono irreverente a la Santísima Virgen María. Pretenden justificarse diciendo que no toleran que adoremos a la Virgen María, que solo a Dios se le debe adoración. Y nunca nosotros hemos dicho lo contrario.


Solo Dios es el Centro de nuestras vidas y solo en Él descansarán nuestras almas. Ningún católico sostiene lo contrario. Pero no podemos cegarnos y sentirnos alagados por la gran distinción que quiso Dios otorgarnos a la humanidad entera a través de la Santísima Virgen María.

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El tema de los pobres está aceptado y teológicamente fundamentado. El tema de los pobres es cristológico. Si Cristo es el centro de nuestra fe, el cristiano no puede ser ajeno a la situación de los pobres. Hay que mirar a la historia para entender la fe.

Cristo es el Dios de la historia. La historia es la creación de Dios no terminada. Los pobres son las víctimas de la historia. Dice Ignacio de Loyola: la pobreza es la puerta de entrada a todos los Bienes y la riqueza a todos los males.

La raíz de todos los males es la pasión por el Dinero (1ra de Timoteo 6,10). Hay violencias mayores, seguramente, pero esta es la puerta de todos los males. Vanidad, soberbia, orgullo entrar por ahí.

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Estamos frente a hechos extraordinarios vividos por gente Estamos frente a hechos extraordinarios vividos por gente muy humilde y sencilla, por tanto, vividos con mucha modestia y al mismo tiempo con ilusión, como viven estas cosas las personas pobres y modestas del pueblo.

Es en realidad un encuentro de lo más grande y notable, con lo más pequeño y sencillo. Dios así lo quiso. Dos mujeres de dos pueblos y períodos históricos que jamás hubieran sido reconocidos por nadie, son protagonistas de sendas historias que serán conocidas y recordadas por los siglos de los siglos.

María e Isabel, madres de Jesús y de Juan el Bautista, respectivamente. Tiempo sagrado, como lo atestigua el mismo Espíritu Santo, que inspira las vivencias de estas dos mujeres y el intercambio de saludos que realizan. Bellas palabras que pasarán a ser parte del Ave María que millones de cristianos rezamos a diario.
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