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No se trata de grandes y encendidos discursos, ni de hablar con una elocuencia que deje a todos pasmados. No es el verbo, ni nuestra capacidad de persuasión la que debemos mejorar. No se requieren, por lo tanto, grandes estudios.

Tropezamos muchas veces con esta idea entre quienes empiezan a dar sus primeros pasos en la fe. Dicen que no se sienten preparados. Que les gustaría estudiar y aclarar mejor algunos temas. No podemos negar que algo de estudio ha de haber.

Pero no es el mucho estudiar el que nos prepara para dar testimonio cristiano. Y lo que realmente se requiere es: testimonio. El mejor testimonio lo dan nuestros actos, lo que hacemos y no lo que decimos. Esto es lo primero.

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Difícilmente llegaremos a aquilatar algún día qué es lo que la Santísima Virgen María representa en la vida de todos los cristianos. No puede haber palabras de elogio suficientes y ninguna que se ajuste a la dimensión de lo que fue la Voluntad de Dios Padre.

Resulta ininteligible que haya entre algunos de nuestros hermanos separados y en algunas sectas un cierto encono irreverente a la Santísima Virgen María. Pretenden justificarse diciendo que no toleran que adoremos a la Virgen María, que solo a Dios se le debe adoración. Y nunca nosotros hemos dicho lo contrario.


Solo Dios es el Centro de nuestras vidas y solo en Él descansarán nuestras almas. Ningún católico sostiene lo contrario. Pero no podemos cegarnos y sentirnos alagados por la gran distinción que quiso Dios otorgarnos a la humanidad entera a través de la Santísima Virgen María.

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En la vida cotidiana, nos cuesta mucho comprender aquello de consolar, antes que ser consolado, comprender antes que ser comprendido, perdonar antes que ser perdonado, amar antes que ser amado. Por lo general siempre nos ponemos en primer lugar.

Queremos que los otros muestren gratitud, cortesía, bondad, amabilidad, alegría y cariño. Pero ¿qué hay de nosotros? Somos pasivos, cómodos. Queremos que los demás den el primer paso. En el fondo, somos soberbios. No queremos humillarnos ante nadie y menos ante quien para nosotros no tiene la razón.

No nos damos cuenta que si obramos de este modo, no hacemos nada extraordinario. Todo el mundo obra del mismo modo. Pero a nosotros el Señor nos pide dar un paso más; caminar la milla adicional. Saludar a los que no conocemos, e incluso a nuestros enemigos, orando por ellos.

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Hemos dicho en varias oportunidades estos días que Dios nos ha creado para ser felices, alcanzar la plenitud y la Vida Eterna. Eso es lo que quiere Dios Padre para todos y cada uno de nosotros. Si esta es la Voluntad de Dios, ¿Cómo conjuga con estas palabras?

Porque no podemos negar que la primera impresión que nos produce este texto del evangelio es desasosiego, incertidumbre y hasta temor. ¿Cómo asegurarnos de no ser aquel “tomado”? ¿Y cómo sentir complacencia por no ser “tomado” cuando un hermano nuestro tal vez lo sea?

Consideradas de este modo, las palabras de Jesús resulta amenazantes y desoladoras. ¿Resulta coherente que Dios que es amor nos amenace? ¿Cómo conciliar amenazas con amor? Parece una incongruencia que preferiríamos pasar desapercibida.

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El Señor es directo y habla en serio. No se está con rodeos y por eso no necesita de intérpretes. A algunos les gusta hacer creer que la Palabra del Señor es difícil de entender, que es solo para iniciados y de este modo buscan persuadir para que nadie lea los Evangelios.

Tal vez piensan que mientras menos sepan y conozcan la verdad, menor será la exigencia y mayor posibilidad tendrán de pasar desapercibidos. Y es que para algunas personas lo más importante es guardar las apariencias.

Con la excusa que resulta casi imposible entender al Señor, pretenden hacer creer que hacen lo mejor que pueden, dentro de sus posibilidades y por lo tanto ya se sienten justificados. Como nadie les puede reclamar, se sienten aliviados con lo poco que hacen.

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Por razones que tal vez convendría reflexionar un poco, estamos acostumbrados a asociar a Dios con bondad y bondad con algo inocuo e incluso tonto o inútil. Como que una pequeña dosis de bondad en alguna ocasión basta. Pero no podemos concebir que alguien se manifieste bondadoso todo el tiempo.

La bondad pareciera un rasgo de la personalidad reñido con las exigencias del mundo. Por lo tanto, para marcar nuestra zona, nuestro espacio vital, es preciso ser enérgico e imponerse, lo que nos demandará muchas veces dejar de lado la bondad.

Así, percibimos gran tensión entre la bondad y la exigente necesidad de imponernos día a día para salir adelante, en un mundo hostil, que pocas veces está dispuesto a cedernos el paso y dejarnos tomar lo que nos corresponde.

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La principal dificultad para seguir a Jesús e incluso para creer en Él, es la soberbia. Esta nos ciega y nos impide ver todo aquello que nos hace daño y hace daño a los demás. La soberbia nos hace creernos distintos y mejores, por lo tanto merecedores de otro trato.

Somos tan inteligentes, sensibles, profundos y espirituales que ninguna de las llamadas de atención de Jesús nos cae. Entendemos todo e inmediatamente sabemos cómo aplicarlo a este, a ese o a aquel. En tanto que nosotros permanecemos intactos.

Es que nosotros somos tan buenos, inteligentes y atinados, que ningún detalle pasa para nosotros desapercibido. Nuestra oración es perfecta. Nuestra meditación acertada. Es decir, hemos establecido una sintonía sin igual con Jesucristo. No necesitamos el más mínimo ajuste.

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Esto es lo que el Señor está dispuesto a hacer con cada uno de nosotros si se lo pedimos de todo corazón y con fe. No nos quedemos en el caso anecdótico, aunque prodigioso, de este ciego. Lo más importante fue su insistencia. No se detuvo hasta conseguir lo que quiso.

Esto es precisamente lo que debemos aprender. A pedir insistentemente aquello que de un modo sutil comunica el Señor al ciego: la salvación. ¿Y cómo llega la salvación a este ciego? Por la fe. ¡Pidámosle al Señor insistentemente que nos devuelva la vista!

Incluso el hecho de pedir que nos devuelva la vista es algo significativo. Es que cuando somos niños en realidad vemos muy bien. Es en el proceso de convertirnos en adultos que, adecuándonos al mundo, perdemos la vista por completo. Muchos nos cegamos para siempre.

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Más claro no puede ser el Señor. Su forma de ver el mundo, la vida, es totalmente distinta a la nuestra. Él no busca reconocimientos de ninguna clase. No busca nuestra gratitud y tampoco que lo pongamos en un pedestal. Él ha venido a Salvarnos. Con eso está feliz.

Si realmente queremos alegrarlo, halagarlo y congraciarnos con Él, no le hagamos fiestas, ni templos, ni estructuras pomposa y lujosas. Él no quiere nada de esto. No lo necesita. En vez de esforzarnos tanto en eso, hagamos Su Voluntad. ¡Eso es todo!

Claro, lo que ocurre es que hacer Su Voluntad si nos cuesta, en cambio lo otro no, es nuestro capricho, nuestro deseo, nuestra satisfacción. Pero al Señor no podemos engañarlo, ni se contenta con menos. ¡Él ha venido a salvarnos! Lo demás, no interesa.

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El Camino que conduce a la Vida Eterna es estrecho y pocos transitan por él, porque exige carácter y decisión. Contrariamente a lo que piensan, sobre todo los adolescentes, no se trata de hacer lo que hacen todos. Lo que interesa es la aprobación de Dios.

Siendo así, debemos darnos un tiempo para seleccionar y priorizar. No habrá tiempo mejor invertido que aquél que dediquemos al Reino. Decidamos en oración lo que debemos hacer y pidamos reiteradamente que se haga la Voluntad de Dios.

Nosotros debemos marchar contra la corriente. No es en el placer, la complacencia y la comodidad que habremos de encontrar a Dios. El Camino que lleva a la Vida Eterna es el del amor. Para amar hay que estar dispuesto a servir. Y, servir casi siempre exige sacrificio y desprendimiento.
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