DIONISOS
El nudo de este proceso de fábula
extendido más allá de la vida
con deseos y pensamientos de vida anterior
conducen a esta pasividad
indisoluble al ojo mortal
porque desenreda muy lentamente.

Réplica divina de la dialéctica
es la alegría humana
cuando apoderándose de nosotros
no es otra cosa que una imagen de luz
puesta delante por la naturaleza
después de mirar el abismo.

Allí;
donde fuerzas adivinatorias y mágicas
quebrantan el sortilegio del presente y el futuro
las rígidas leyes de individuación
la magia de la naturaleza
propicia antes como causa
una enorme transgresión de la naturaleza.

¿Como podríamos forzar a la naturaleza?
¿A entregar sus secretos?
Sino:
¿Oponiéndole una resistencia victoriosa?
¿Mediante lo innatural?




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¿Se disipará la niebla el día que te encuentre?
O seguirán mis ojos buscando tu figura en la noche.
No encontraré la alegría perdida entre el follaje.
Se fue tras de ti, tras la quimera.
Noches y días hurgando en los recuerdos.
Vivo soñando que te busco..., y que te encuentro.
¡Me diste todo..., todo lo tengo!
Me has poseído...,yo no soy yo...
¡Yo soy tu esencia, vives en mí! 

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Charles  Baudelaire:
 
-Las  Flores  del  Mal.
-Pequeños  Poemas  en  Prosa.
-Los  Paraísos  Artificiales.
 
Estoy terminando la lectura (relectura) de las “Obras Completas” de Baudelaire y qué podría decir de algo tan inmenso y abrasador como es  su poesía. Todo lo que dijera se tornaría adjetivo ante tan monumental obra. Fragmentario como es el conocimiento, solo reparé en algo que deseo reseñar. El traductor refiriéndose a Baudelaire dice de él: “Pero como podía censurar esclavitudes quien refiriéndose a su amante Jeanne Duval había escrito en uno de sus memorables poemas:
 
Infame a quien estoy ligado
Como el forzado a la cadena
Como al juego jugador
Como el borracho al alcohol
Como a los gusanos la carroña..
 
Hay que haber vivido la experiencia para comprenderlo; me sucedió; no me fue infiel pero me botó por borracho y tardé muchos años en curarme –no sé todavía si lo estoy del todo-. Un cliente inopinadamente me dijo: viviendo en la misma casa con mi cuñado y mi hermana, mi mujer me fue infiel con mi cuñado; tengo tratamiento psiquiátrico hace más de 10 años.
De todas las cosas que agradezco a “Alcohólicos Anónimos”, una de ellas, es la forma como diluyeron mi obsesión y malos recuerdos al respecto. Pero la “locura” es muy pertinaz y cuando regresé después de varios años, me sorprendió que la mayoría de “hermanos” se habían pegado tanto a su rollo que seguían testimoniando lo mismo sin cambiar una coma. Recién comprendí el foso profundo e insondable que se abre en la psiquis de las personas cuando no pasan la página.
Es frecuente leer  cosas parecidas; para mí es dramático y doloroso; el mismo tema presente eternamente, es patológico; y hay que aceptarlo.
Ayuda Psiquiátrica, sitios de autoayuda y un guía espiritual, combinados los tres; es lo más efectivo. Les dejo el poema de Charles Baudelaire que concitó mi atención:
 
 
El vampiro (Baudelaire)
 
 
Tú que, como una cuchillada,
En mi corazón doliente has entrado;
Tú que fuerte como un tropel
De demonios llegas loca y adornada,
 
De mi espíritu humillado
Haces tu lecho y tu imperio
-Infame a quien estoy ligado,
Como el forzado a la cadena,
 
Como al juego el jugador empedernido
Como a la botella el borracho
Como a los gusanos la carroña
-¡Maldita, maldita seas!
 
He implorado a la espada rápida
La conquista de mi libertad,
Y he dicho al veneno pérfido
Que socorriera mi cobardía.
 
¡Ah! El veneno y la espada
Me han desdeñado y me han dicho:
“Tú no eres digno de que te arranquen
De tu esclavitud maldita,
 
¡Imbécil!-de su imperio
Si nuestros esfuerzos te libraran,
Tus besos resucitarían.

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PARIS  BLUES.
 
Esta canción efímeramente
atenuara  la borrasca
apareciendo como leve salvación
en este hundido mundo
donde lo anverso y reverso
se diluyen y confunden
donde no hay como juntar
las formas de  la armonía
tan fugaces e instantáneas
apareciendo como desapareciendo
con todas las cosas
languideciendo
en este atardecer de  vida
medrando como parásitos indeseables
cuando toman la forma de ilusión
constructo de este vacío
del hueco insaciable
del pozo sin fondo
de los deseos
música, poemas, cuentos, novelas
pinturas, esculturas, arquitectura
sucedáneos de la salvación
Callier paseando con Modiano
en un viejo París por recorrer
recuerdos resistiéndose al olvido
memoria de una abismada vida
como bulto pesado que cargar
con tenue y nostálgica alegría
en este fluir ignoto e incomprensible.
 
 
https://youtu.be/_NtOvCDf7kg




CAPÍTULO 1: Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo D.
Quijote de la Mancha

Breve comentario de Migmar:

Como expuse en la introducción, al Quijote; al menos en este primer capítulo; poco deja a la especulación, porque es solo el lucimiento de la palabra breve y concisa. Hay que admirar la precisión y el lenguaje que emplea. El castellano es un idioma tan rico, da tanto gusto la forma como explica las cosas, que solo causa admiración.
El lenguaje es actualísimo, lo que pasa es que hemos olvidado en el uso las conjugaciones posibles, los tiempos. Los diarios, la televisión, lo que ahora se escribe, es muy pobre y no porque les falte información o conocimiento, sino porque recurre a la moda, al uso; para expresarse, no se hace labor cultural ni docente. Aquí en el Perú me da un gran gusto cuando escucho a Marco Aurelio Denegri en la televisión, es el último peruano preocupado por la palabra bien dicha; está cargado de años  y lo voy a extrañar mucho cuando ya no esté con nosotros, constituye una isla en este medio tan vulgar e ignorante.

Recuerdo fragmentos que me gustaron del Primer Capítulo del Quijote:

a)Salpicón de las más noches.
b)Aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma, y darle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aún saliera con ello, si otros y continuos pensamientos no se lo estorbaran.
3)Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

No deseo empañar tan buena lectura con mis limitadas capacidades y paso al tema que motivan mis palabras.


CAPÍTULO 1: Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo D.
Quijote de la Mancha


En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad. Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva: porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían de perlas; y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura, y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas y semejantes razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianis daba y recibía, porque se imaginaba que por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales; pero con todo alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma, y darle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar (que era hombre docto graduado en Sigüenza), sobre cuál había sido mejor caballero, Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga. En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra 
historia más cierta en el mundo. Decía él, que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero; pero que no tenía que ver con el caballero de la ardiente espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalle había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque con ser de aquella generación gigantesca, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado; pero sobre todos estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en Allende robó aquel ídolo de Mahoma, que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía y aun a su sobrina de añadidura. En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra, como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras, y a ejercitarse en todo aquello que él había leído, que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros, donde acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo por lo menos del imperio de Trapisonda: y así con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dió priesa a poner en efecto lo que deseaba. Y lo primero que hizo, fue limpiar unas armas, que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo; pero vió que tenían una gran falta, y era que no tenía celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que encajada con el morrión, hacía una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte, y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada, y le dió dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana: y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y por asegurarse de este peligro, lo tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia de ella, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje. Fue luego a ver a su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis, et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le podría: porque, según se decía él a sí mismo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y así procuraba acomodársele, de manera que declarase quien había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entones: pues estaba muy puesto en razón, que mudando su señor estado, mudase él también el nombre; y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba: y así después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo. Puesto nombre y tan a su gusto a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento, duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote, de donde como queda dicho, tomaron ocasión los autores de esta tan verdadera historia, que sin duda se debía llamar Quijada, y no Quesada como otros quisieron decir. Pero acordándose que el valeroso Amadís, no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya, y llamarse don Quijote de la Mancha, con que a su parecer declaraba muy al vivo su 
linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della. Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín, y confirmándose a sí mismo, se dió a entender que no le faltaba otra cosa, sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores, era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma. Decíase él: si yo por malos de mis pecados, por por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quién enviarle presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendida: yo señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero D. Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante la vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante? ¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero, cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quién dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende, ella jamás lo supo ni se dió cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso, nombre a su parecer músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

INNATIDAD.

Para ser; debo fustigar mi innatidad
aquello que no nació conmigo
lo adquirido o impostado.
Resultando la literatura
insuficiente para ello. 
Insuficiente para  expresar
el ideal de la conciencia y el arte.

Fracasar para triunfar
cristalizando solo así la videncia
al ser víctima pura de la consciencia.

Conciencia que debe apartarse irreparablemente
del pensamiento
para poseer plenamente el espíritu.

Doloroso es ver cómo cambia dentro de uno
el pensamiento
comprobando que la inteligencia
no es sino, una  pura contingencia.

Se gana el derecho de hablar cuando se ha sufrido
pero valernos del lenguaje es en si misma
la ocasión central del sufrimiento.

Presenta un lado sombrío
la enajenación verbal de la poesía moderna
cuando usa para  la creación  
las posibilidades  puramente formales del lenguaje
la ambigüedad de las palabras
la artificialidad de los significados fijos.
¡Qué relación tendrá el lenguaje
con las aprehensiones intelectuales de la carne?

Fue queja tradicional de los místicos
la petrificación del pensamiento vivo
a través de las palabras.
Por convertir la materia inmediata
orgánica y sensorial; de la experiencia
en algo inerte, meramente verbal.


Podemos hablar con cualquier tono de voz 
en nuestro espíritu
hasta el inapropiado.
Para evitar que los distintos niveles
del espíritu y de la carne transen
desposeyendo al pensamiento
de su vitalidad
en el sentido más puro.

Insulto al arte como una forma
de salvaguardar el carácter peligroso
casi mágico de la escritura
como vehículo digno de transportar
el dolor humano
impidiendo así la corrupción
que significa
la trivialización del sufrimiento.

Cayó la pose,
Ya no me sirves de nada,
Sólo fuiste un letargo para mi alma,
No quiero nada,
Ni tu profunda mirada,
Ya no te quiero,
Ni te querré.
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