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Documental completo sobre la vida y la obra de Alejandra Pizarnik, de Ernesto Ardito y Virna Molina.

El film narra la vida de Alejandra Pizarnik, desde los principales conflictos que fueron dejando una profunda marca en su obra, bajo el contexto de ruptura y vanguardia de los años 60' y 70'. Desde un lenguaje cinematográfico intimista y sensorial, y un relato cargado de tensiones psicológicas y pasionales, la puesta sumerge al espectador en el universo interno de Alejandra, para comprenderla desde su núcleo creativo y humano. Así, sus diarios personales, sus cartas, sus poemas, el relato de sus amigos y familiares; son la herramienta que arrojan pistas sobre el misterioso camino que la llevó a su autodestrucción. Hoy, luego de su muerte y tras ser censurada por la dictadura, fue redescubierta por las nuevas generaciones, quienes la convirtieron en un mito, siendo la poeta argentina más leída.

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DIARIOS
Y si leo, si compro libros y los devoro, no es por un placer intelectual -yo no tengo placeres, sólo tengo hambre y sed -ni por un deseo de conocimientos sino por una astucia inconsciente que recién ahora descubro: coleccionar palabras, prenderlas en mí como si ellas fueran harapos y yo un clavo, dejarlas en mi inconsciente, como quien no quiere la cosa, y despertar, en la mañana espantosa, para encontrar a mi lado un poema ya hecho.
Alejandra Pizarnik
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ALEJANDRA PIZARNIK(1936-1972)

Alejandra Pizarnik (de nombre real Flora Pizarnik) nació el 29 de abril de 1936 en Buenos Aires (Argentina).Escribe de jaulas, de barcos, de ojos. De vinos, de cielos, de lunas. De azares, de flores y de piedras-muy-pesadas. Es surrealista, sexual, depresiva. En sus poemas es de noche y hay una caja de barbitúricos cerca, por si apetece decir "hasta aquí" y descolgar el teléfono para siempre. Es una niña monstruo, como llamaba ella a Janis Joplin cuando se encomendaba a su influjo, una mística, una hembra revolcada en el despojo; tan frágil que no está nunca(porque siempre se acaba de ir)y tan sensorial que vive en los objetos de tu casa. No duele pero duele en todas partes. "Tú eliges el lugar de la herida", concedió.
Cuando era pequeña, lloraba su acné y se dopaba a anfetaminas para bajar de peso. Se volvió adicta a las pastillas y vivía a caballo entre el insomnio y la euforia: cisnes enfermos volando bajo por aquí. Reventaba a complejos. Tenía celos de su hermana mayor. Tartamudeaba. Sus padres eran joyeros, inmigrantes judíos de origen ruso y eslovaco. Ella hablaba español con acento europeo y se sentía extranjera en cualquier lado, hasta en su lengua. Una intrusa diminuta (con el pelo a lo garçon y los ojos hundidos) paseando el barrio de Avellaneda. "Ellos y yo sabemos / que el cielo tiene el color de la infancia muerta".
Pizarnik se desdobla constantemente. Tiene gente dentro: gemelas muertas, Alejandras antiguas y otras mujeres que no se atrevió a ser.Empezó Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires. No la acabó. Dio cursos de pintura, de literatura y periodismo; cojos todos por falta de método. Pizarnik era lectora, lectora, lectora. Por eso mamó del romanticismo, del surrealismo, del simbolismo francés. Lírica, psicoanalítica, falta siempre de algo, de alguien inalcanzado.
Se suicidó a los 36 años, con 50 pastillas de Seconal. Por fin salió de su Infierno musical (que sólo era la vida). De sus silencios sordos, de sus noches con colmillos de lobo, de sus licores furiosos. Quería morir "como muere un animal pequeño en los cuentos para niños (eso tan terrible lleno de hermosura)". Y se fue en medio de ese intento suyo de "explicar con palabras de este mundo / que partió de mí un barco llevándome".
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4/23/18
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Carta de Alejandra Pizarnik a León Ostrov, su psiquiatra.

Muy querido León Ostrov:

Le envíe hace poco una carta desde una hermosa piecita, que ya no existe para mí, pues estoy de nuevo con mi familia, hasta fines de este mes. Después va a venir Agosto y no sé qué haré, hay un vacío en Agosto, una distancia hecha de un precipicio, que necesitaré saltar o, lo mejor, cambiaré de camino. Le dije que le contaría sobre mi encuentro con S. de Beauvoir, pero me es penoso rememorarlo. Quizás, y casi como siempre, veo con ojos lúgubres cosas que objetivamente no lo son. Razonablemente hablando, tal vez fue un encuentro como cualquier otro del estilo: una periodista preguntando sobre esto y aquello, y la entrevistada que responde. Pero yo no me he recuperado aún de lo que fue para mí este encuentro: una profunda experiencia de miedo. Y más profunda aún por lo inesperado de este miedo. Comenzó el día del encuentro: despertar y sentir que el corazón me lleva y me trae. Horribles sacudidas. Taquicardia. Esto fue nuevo. No era mi viejo miedo “espiritual” posible de traducir en metáforas. Un nuevo miedo: cuerpo y alma encontrados por vez primera, reunidos, celebrando nupcias horribles. Traté de beber, pero la primera gota me obligó a permanecer tendida en la cama varios minutos, asistiendo a algo como una revolución. Imposible pensar. Imposible todo. Imposible también la lenta agonía –con la mano en el corazón- de mi ser paseándose hasta que se hizo la hora y yo entré en Les Deux Magots rogando y rogándome que mi voz surgiera –pues mi miedo más profundo (el de los exámenes) era que la garganta se cerrara. Y cuando llegó me calmé un poco pues su aspecto no es en modo alguno aterrador. Le pregunté –con una seriedad excesiva, con la voz estrangulada, con el ritmo del corazón siempre delirante- sobre la mujer y el arte y algunas otras idioteces por el estilo que respondió con algunas frases de El segundo sexo. Cuando finalizamos me preguntó a su vez sobre mí y mis cosas: y le dije de mis poemas, de mi preocupación por la palabra, de mi angustia por mis poemas actuales, etc., exagerando un poco, por supuesto, cuando dije, por ejemplo que “lo único que me interesa en este mundo es hacer poemas”, lo que la sorprendió, sin duda, y me pidió mis libros. Creo que contenía o reprimía su interés por mí, no sé por qué, pero seguramente a causa de su tiempo escaso, y cuando nos despedimos, me insinuó que vuelve de Brasil –se va ahora con Sartre- en Octubre, por lo que estará “a mi disposición”. Bueno, yo me quedé dos horas en el café –ella ya se había ido- y me sentí repentinamente bien: “ya pasó el miedo”, me decía. Lo mismo que en los exámenes.

Demás está decir que el corazón jamás volvió a molestarme sino que lo que le sucedió fue festejo exclusivo para “el encuentro” (título de un cuento que hice sobre lo que le acabo de contar). Olvidaba decirle que S. de B. me dijo que “por qué soy tan tímida y cómo voy a hacer para persistir en los reportajes con tamaña timidez”. Me pregunto cómo haré ahora para escribir un artículo sobe las idioteces que le pregunté. Quiere que se lo envíe cuando se publique. (Conoce ese poema de Eliot: “¿y cómo podría yo atreverme?”).
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Siento una profundísima melancolía. Sombras, dolor, vergüenza de no ser, todo, todo, tan feo, tan triste, tan ausente, tan estático. Quiero morir.
Dentro de unos instantes, moriré. Abriré mis venas con un cuchillo.
¿Qué puedo decir? ¿Qué valor pueden tener mis palabra, ahora, que ya es el fin?
¡Morir! ¡Claro que no quiero morir! Pero, debo hacerlo. Siento que ya está todo perdido. Lo siento claramente. Me lo dice la fría noche que nace desde mi ventana enviando mil ojos que claman por mi vida. Ya nada me sostiene. Pienso en usted, y algo, desde muy hondo, rompe a llorar. ¿Debo pensar que por usted es necesario vivir? Mi razón así lo afirma. Pero, la orden imperativa de este momento es un terrible grito que sólo dice ¡sangre!
¡Morir! Ya nada me queda…
Todo se esfumó y yo quedé en la nada. Y así estoy ahora. ¿Puedo pensar que debo vivir? ¡No!¡No! ¡He de morir! Y ¡ahora! Tiene que ser ahora. De lo contrario, no será nunca. Por última vez, le digo de mi amor.

Alejandra Pizarnik- Diarios 9/1955
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Malditos relojes. Cada instante que pasa me desangra, como si me pasara a mí. Nada más idiota que la experiencia del tiempo por los relojes y no obstante aquí estoy: temiendo que se haga tarde. Pero no sólo es tarde sino que es noche.

Alejandra Pizarnik, Diarios

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