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JC León
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Escritor aficionado, lector apasionado
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II
Svikari, baja la estrecha y larga escalera de piedra que lleva a los calabozos y  lo sigo de cerca. La oscuridad es absoluta y  solo disminuye gracias a la luz de una antorcha, que él sostiene sobre su cabeza. Huele a humedad y el olor se intensifica a medida que descendemos.  Al apoyar mi mano en la pared, para guiar mis pasos, uno de mis dedos se mete en la cavidad ocular de un cráneo que yace incrustado en la pared. El cráneo de un desgraciado que donó sus huesos para la construcción de estas catatumbas infernales y como él; cientos o tal vez miles de infelices nos miran con sus ojos huecos, mientras la  antorcha ilumina sus cráneos a medida que avanzamos. 
―¿Mazmorras construidas con cadáveres? ―sonrío con amargura― Esto no se ve todos los días.
―Así es señor, parece que ya notó los cadáveres. Estas catatumbas tienen su historia; se dice que...
―Cállate ¿A caso eres una enciclopedia o algo así? Sigue caminando.
El silencio, se mantiene durante largos minutos en los que la escalera de pronto se me hace infinita. Entonces comienzo a tener síntomas de algo inevitable, síntomas de algo que me ha perseguido durante años: mi  cabeza comienza palpitar con fuerza, a cada paso que doy. Siento que mi cerebro golpea con violencia las paredes de mi cráneo. El dolor es casi insoportable. Mi vista, comienza a obstruirse por la visión de líneas quebradas que destellan de manera intermitente y luego se apagan dejando en su lugar manchas oscuras. Mientras bajo, comienzo a sentir el  loco impulso  de arrancarme el cuero cabelludo, pero en lugar de eso, me tumbo contra la pared y presa de la debilidad y el dolor, me aferro a las calaveras en un intento desesperado de no perder el equilibrio. La crisis ha vuelto en el momento menos oportuno.
― ¿Se encuentra bien? 
―Perfectamente ―respondo, pero miento. Siento que mi cabeza amenaza con estallar en cualquier momento, siento mi corazón latir a un ritmo vertiginoso  y estoy  parcialmente ciego a causa de mi crisis. Apenas distingo la silueta de Svikari y la luz de la antorcha lastima mis ojos, como si alguien intentara perforarlos con un clavo.

―Falta muy poco, por cierto debo advertirle que… esto es prácticamente un laberinto. Hay cientos de pasillos y pasadizos, además… está completamente inundado ―dice con voz vacilante.
―¿Inundado?¿Laberinto? De manera que ha traído a uno de los asesinos más peligrosos de la ciudad a un laberinto inundado. Me sorprende su inteligencia y sagacidad  detective― respondo con forzada ironía, intentando ocultar mi malestar. 
―Señor Forscher, no  fuimos nosotros quienes lo trajimos aquí. Cuando entré a la habitación, sorprendí a Dónovan  ―Svikari hizo una pausa en su palabras, como si no creyera lo que sus ojos habían visto― lamiendo las… paredes. Cuando me vio, me envistió derribándome en el pasillo. Grité a los Blazen para que fueran tras él y en la persecución bajó hasta las mazmorras, donde pudimos atraparlo y encadenarlo en una de las celdas.
―Vaya muchacho eres todo un héroe. Atrapaste al  chico malo de una manera sencilla. Eres todo un maldito héroe ―lanzo una carcajada forzada, una carcajada que retumba dolorosamente en mi cabeza.
―Señor Forscher le suplico que…
― ¡¿Qué?!― grito, mezclando el dolor de la crisis con mi mal humor.
―Nada, no es nada. Ya estamos por llegar, tenga cuidado al bajar.
―En el futuro debes ser más valiente, muchacho ―hago una pausa en mis palabras, el dolor en mis sienes aumenta y cada vez tengo menos rango de visión―. No hay espacio para cobardes en Satania.
Al fin hemos llegado al último escalón. Siento dolor en los huesos y un frio espantoso al nivel de los pies. El agua despide un olor putrefacto y nos llega hasta las rodillas. 
Svikari, sigue caminando adelante o al menos eso  supongo al distinguir, levemente, la luz de su antorcha. Estoy en la fase final de la crisis, el dolor ha llegado a su punto máximo y mi rango de visión es prácticamente nulo. 
Mientras camino, casi a ciegas, percibo un espacio amplio: tal vez un salón; pero luego nos internamos en un espacio reducido, una especie de pasillo donde puedo alcanzar las paredes laterales con las puntas de mis dedos. Caminamos durante unos quince minutos, cruzando  de  izquierda a derecha en varias esquinas. No tengo idea de adónde vamos, pero siento a Dónovan cada vez más cerca. Finalmente podré poner fin a sus asquerosidades. Finalmente  podré hacerlo pedazos.
―Es aquí señor. Esta es la celda ―dice Svikari, tal vez señalando algún sitio, pero lo único que percibo es oscuridad absoluta ―¡Chicos, abran la puerta!
La puerta se abre lentamente o así me lo hace creer el largo y triste rechinar que oigo. Svikari entra y entonces escucho un fuerte golpe. Me precipito dentro de la celda. No puedo ver nada. Con los ojos entrecerrados, a penas percibo el brillo de las antorchas.
―Buenas noches Tony, o tardes o lo que sea. Es difícil saber la hora en este agujero. Antes de que pienses siquiera, en hacer alguna tontería, debo informarte que sé que no puedes ver absolutamente nada y no te ocupes en negarlo. Tu nariz está hecha un río de sangre y eso prueba que no lo estas pasando bien con tu crisis ―permanezco callado. Intento evaluar la situación. Meto la  mano izquierda en mi sobretodo. Busco mi revólver con calma―. Te describiré la situación, así sabrás quien tiene el control ―continuó hablando. Su voz es calmada, agradable y sínica ―. Frente a ti, se encuentran dos cuerpos obesos e idénticos, cosidos a puñaladas por un servidor. Más adelante estoy yo abrazando al detective Andrew, mientras acaricio su cuello con un cuchillo. Si intentas disparar  tu arma, convertiré su cuello en una bisagra. Créeme, es un cuchillo filoso y si aplico un poco de fuerza, podría arrancarle la cabeza fácilmente, con el filo de su hoja. Ahora, lo que quiero que hagas es tomar tu arma, sacar las balas y arrojarlas al suelo, luego vas a arrojar tu arma fuera de la celda y finalmente, te arrodillarás hasta que me marche.
―Parece que me conoces bien, lo digo porque sabes a  cerca de mi crisis―saco mi arma tranquilamente―y como me conoces muy bien, sabes que me importa una mierda que le arranques la cabeza a ese infeliz.

II
Svikari, baja la estrecha y larga escalera de piedra que lleva a los calabozos y  lo sigo de cerca. La oscuridad es absoluta y  solo disminuye gracias a la luz de una antorcha, que él sostiene sobre su cabeza. Huele a humedad y el olor se intensifica a medida que descendemos.  Al apoyar mi mano en la pared, para guiar mis pasos, uno de mis dedos se mete en la cavidad ocular de un cráneo que yace incrustado en la pared. El cráneo de un desgraciado que donó sus huesos para la construcción de estas catatumbas infernales y como él; cientos o tal vez miles de infelices nos miran con sus ojos huecos, mientras la  antorcha ilumina sus cráneos a medida que avanzamos. 
―¿Mazmorras construidas con cadáveres? ―sonrío con amargura― Esto no se ve todos los días.
―Así es señor, parece que ya notó los cadáveres. Estas catatumbas tienen su historia; se dice que...
―Cállate ¿A caso eres una enciclopedia o algo así? Sigue caminando.
El silencio, se mantiene durante largos minutos en los que la escalera de pronto se me hace infinita. Entonces comienzo a tener síntomas de algo inevitable, síntomas de algo que me ha perseguido durante años: mi  cabeza comienza palpitar con fuerza, a cada paso que doy. Siento que mi cerebro golpea con violencia las paredes de mi cráneo. El dolor es casi insoportable. Mi vista, comienza a obstruirse por la visión de líneas quebradas que destellan de manera intermitente y luego se apagan dejando en su lugar manchas oscuras. Mientras bajo, comienzo a sentir el  loco impulso  de arrancarme el cuero cabelludo, pero en lugar de eso, me tumbo contra la pared y presa de la debilidad y el dolor, me aferro a las calaveras en un intento desesperado de no perder el equilibrio. La crisis ha vuelto en el momento menos oportuno.
― ¿Se encuentra bien? 
―Perfectamente ―respondo, pero miento. Siento que mi cabeza amenaza con estallar en cualquier momento, siento mi corazón latir a un ritmo vertiginoso  y estoy  parcialmente ciego a causa de mi crisis. Apenas distingo la silueta de Svikari y la luz de la antorcha lastima mis ojos, como si alguien intentara perforarlos con un clavo.

―Falta muy poco, por cierto debo advertirle que… esto es prácticamente un laberinto. Hay cientos de pasillos y pasadizos, además… está completamente inundado ―dice con voz vacilante.
―¿Inundado?¿Laberinto? De manera que ha traído a uno de los asesinos más peligrosos de la ciudad a un laberinto inundado. Me sorprende su inteligencia y sagacidad  detective― respondo con forzada ironía, intentando ocultar mi malestar. 
―Señor Forscher, no  fuimos nosotros quienes lo trajimos aquí. Cuando entré a la habitación, sorprendí a Dónovan  ―Svikari hizo una pausa en su palabras, como si no creyera lo que sus ojos habían visto― lamiendo las… paredes. Cuando me vio, me envistió derribándome en el pasillo. Grité a los Blazen para que fueran tras él y en la persecución bajó hasta las mazmorras, donde pudimos atraparlo y encadenarlo en una de las celdas.
―Vaya muchacho eres todo un héroe. Atrapaste al  chico malo de una manera sencilla. Eres todo un maldito héroe ―lanzo una carcajada forzada, una carcajada que retumba dolorosamente en mi cabeza.
―Señor Forscher le suplico que…
― ¡¿Qué?!― grito, mezclando el dolor de la crisis con mi mal humor.
―Nada, no es nada. Ya estamos por llegar, tenga cuidado al bajar.
―En el futuro debes ser más valiente, muchacho ―hago una pausa en mis palabras, el dolor en mis sienes aumenta y cada vez tengo menos rango de visión―. No hay espacio para cobardes en Satania.
Al fin hemos llegado al último escalón. Siento dolor en los huesos y un frio espantoso al nivel de los pies. El agua despide un olor putrefacto y nos llega hasta las rodillas. 
Svikari, sigue caminando adelante o al menos eso  supongo al distinguir, levemente, la luz de su antorcha. Estoy en la fase final de la crisis, el dolor ha llegado a su punto máximo y mi rango de visión es prácticamente nulo. 
Mientras camino, casi a ciegas, percibo un espacio amplio: tal vez un salón; pero luego nos internamos en un espacio reducido, una especie de pasillo donde puedo alcanzar las paredes laterales con las puntas de mis dedos. Caminamos durante unos quince minutos, cruzando  de  izquierda a derecha en varias esquinas. No tengo idea de adónde vamos, pero siento a Dónovan cada vez más cerca. Finalmente podré poner fin a sus asquerosidades. Finalmente  podré hacerlo pedazos.
―Es aquí señor. Esta es la celda ―dice Svikari, tal vez señalando algún sitio, pero lo único que percibo es oscuridad absoluta ―¡Chicos, abran la puerta!
La puerta se abre lentamente o así me lo hace creer el largo y triste rechinar que oigo. Svikari entra y entonces escucho un fuerte golpe. Me precipito dentro de la celda. No puedo ver nada. Con los ojos entrecerrados, a penas percibo el brillo de las antorchas.
―Buenas noches Tony, o tardes o lo que sea. Es difícil saber la hora en este agujero. Antes de que pienses siquiera, en hacer alguna tontería, debo informarte que sé que no puedes ver absolutamente nada y no te ocupes en negarlo. Tu nariz está hecha un río de sangre y eso prueba que no lo estas pasando bien con tu crisis ―permanezco callado. Intento evaluar la situación. Meto la  mano izquierda en mi sobretodo. Busco mi revólver con calma―. Te describiré la situación, así sabrás quien tiene el control ―continuó hablando. Su voz es calmada, agradable y sínica ―. Frente a ti, se encuentran dos cuerpos obesos e idénticos, cosidos a puñaladas por un servidor. Más adelante estoy yo abrazando al detective Andrew, mientras acaricio su cuello con un cuchillo. Si intentas disparar  tu arma, convertiré su cuello en una bisagra. Créeme, es un cuchillo filoso y si aplico un poco de fuerza, podría arrancarle la cabeza fácilmente, con el filo de su hoja. Ahora, lo que quiero que hagas es tomar tu arma, sacar las balas y arrojarlas al suelo, luego vas a arrojar tu arma fuera de la celda y finalmente, te arrodillarás hasta que me marche.
―Parece que me conoces bien, lo digo porque sabes a  cerca de mi crisis―saco mi arma tranquilamente―y como me conoces muy bien, sabes que me importa una mierda que le arranques la cabeza a ese infeliz.

Es un sucio amanecer, en la zona pobre de Satania. Una permanente humareda negra se mezcla en el aire generando  un aroma casi tóxico, un aroma a maldad y violencia; esa extraña fragancia a sangre vieja y pestilente que viene a recordarme que la muerte existe, penetrando en mi nariz para decirme que aun no ha llegado mi  turno. La dulce fragancia a la que se han  acostumbrado los hijos de Satania; la ciudad maldita, el lugar que Dios no ve y  que el diablo ha elegido como refugio eterno; donde nací, crecí y donde algún día moriré.
El sonido de disparos en el callejón, es un despertador efectivo. La luz del sol entrando a través de la ventana, lastima mis ojos y me hace maldecir. Una fuerte resaca, me hace ver borroso durante los primeros segundos de mi despertar. Me levanto del sillón y camino a mi habitación, sintiendo a cada paso fuertes punzadas en mis sienes; un síntoma que pronostica algo inevitable. Un par de prostitutas yacen en mi cama; las despierto de su corto escape de la realidad y las devuelvo a Satania. Les pido que se larguen y lo hacen dándome las gracias. Las calles son frías y peligrosas, una habitación caliente y segura es el paraíso  para estas niñas. 
Mi departamento es un asco; huele a comida rancia y a soledad. Innumerables botellas  de licor y prendas de vestir que nunca lavo, adornan el piso de mi asquerosa guarida. Camino a través de mi basurero personal hacia a la cocina, mientras pienso en un  vaso con agua y un analgésico. Entonces suena el teléfono. 
¬― ¿Hablo con el señor Anthony Forscher? ―Pregunta alguien, con voz trémula, al otro lado de la bocina.
―Llamas al número de mi casa ¿Quién crees que habla? ―respondo malhumorado. Nada como la llamada de un imbécil, para aumentar el dolor de cabeza de una resaca.
―Soy Andrew Svikari su nuevo compañero. ¿Se acuerda de mí, señor?
―Claro que te recuerdo idiota. No conozco a nadie más con ese apellido tan… tan… ¡Habla de una maldita vez! 
―Ah sí…bueno yo… es decir… usted.
― ¡Diantres, dime de una vez por todas!
―Hubo un crimen, señor Forscher  ―me responde atropellando las palabras.
―A veces hay crímenes; somos detectives ¿a caso te toma por sorpresa?
―No es que me tome por sorpresa, señor Forscher, es sólo que…
―Termina ya de decirme. No tengo paciencia para tus tontos rodeos.
―Este caso es diferente. Hemos… atrapado a Dónovan.
― ¿Dónde?
―En la misma escena del crimen, estaba…
― ¡Te he preguntado dónde!
―En la mansión Kurt; es la que está en las afueras de la ciudad, en la cima del monte  Ténebris.
― Sé dónde queda, estúpido. Estaré ahí en 20 minutos.
―De acuerdo señor aquí lo…
Cuelgo el teléfono, no me interesa saber nada más. Con dificultad llego al baño y me miro al espejo; un hombre macizo y barbudo me mira directo a los ojos, ojos negros y cansados que apenas se distinguen bajo su ceño permanentemente fruncido. Es un rostro ancho y curtido, de labios gruesos y agrietados. El rostro de un hombre de cincuenta años tal vez menos, dañado y marcado por las cicatrices del trabajo, el tiempo  y el odio. 
―¿Sigo siendo yo? ―pregunto en voz baja, pero nadie responde ―lucho cada día por seguir siendo yo ―concluyo.
Me enjuago rápidamente la cara. Recojo del suelo algunas prendas: camiseta blanca, jeans, sobretodo negro, botas de seguridad y un sombrero negro. Estoy vestido. Reviso los bolsillos de mi sobretodo y encuentro mis herramientas de trabajo: una caja de habanos, encendedor, tenazas y lo más importante: mi revólver Colt; modelo Anaconda de cañón largo, capaz de atravesar cráneos a largas distancias, capaz de hacer estallar al más inteligente de los cerebros con sus proyectiles calibre 45 y con la potencia suficiente para demostrar, el alcance del brazo de la ley.
 Subo a mi auto; un Jaguar negro,  modelo XK150 del año 57, modificado para rasgar las calles a 400 km/h.  Hago roncar el motor y emite un rugido furioso. Un par de ratas chillan por última vez, bajo las llantas de mi poderosa máquina. Conduzco a toda velocidad. Mi intención es clara y no se aparta del objetivo: Dónovan. Un cerdo criminal que ha sabido burlarme durante cinco largos años, cinco años de soportar sus masacres y juegos enfermos, cinco años persiguiendo un rostro desconocido; que parece esfumarse tras la cortina roja de sus asesinatos. Mi garganta se reseca; siento sed de criminales.
*

La gran mansión Kurt. Un enorme y  horrendo castillo, puesto caprichosamente en la cima del monte Ténebris, con puente levadizo en la entrada y cuatro enormes torres que pueden verse desde cualquier punto de la ciudad. Comienzo a subir el monte, mientras el cielo ruge, oscuro y amenazador. El clima, al igual que el crimen, es impredecible en Ciudad Satania.  Atravieso las puertas de las enormes murallas de piedra y camino hasta llegar al temido y mítico “Foso de la crueldad”; una zanja profunda llena de agua turbia y poblada de pirañas dispuestas a alimentarse con  carne de todo tipo. Cruzo el puente levadizo, olvidándome de los pequeños monstruos acuáticos, luego camino por un largo pasillo de adoquines  hasta llegar a la entrada; compuesta por un par de puertas gigantescas resguardadas por dos lobos de piedra; ubicados de izquierda a derecha. El suelo y las estatuas cubiertos de moho, me hacen pensar que no soy el único en tener la casa en estado de abandono. Dentro del castillo, el aspecto decadente se borra por completo frente a mis ojos y  de pronto, me hallo en un espléndido salón  lleno de muebles y adornos lujosos; dignos de un rey o en este caso, un multimillonario excéntrico. Al contemplar el lugar llama mi atención una magnífica escalera,  que baja en curva simulando el movimiento de una serpiente y cuyos pasamanos son, en efecto, el cuerpo escamoso de dos serpientes gigantes talladas en mármol, que abren su boca poblada de colmillos  a la  altura del primer escalón.
Un joven de cabello castaño, de gran estatura y aspecto desgarbado y enfermizo;  baja torpemente las escaleras. El  flemático Andrew Svikari, sus ojos saltones de color ámbar y sus enormes dientes disparejos,  nunca me han agradado. No sé mucho de él,  sólo que es nuevo en la agencia y que me fue asignado de compañero. Nunca he necesitado un asistente para hacer mi trabajo, nunca en mis treinta años de servicio.  El tipo es un gran  bodoque, un enclenque de veintitantos años que carece de la fuerza para realizar este trabajo, un flacuchento incapaz de disparar sin desmayarse, en pocas palabras todo un idiota; pero…un idiota especial, uno que a diferencia de mí…pudo atrapar a Dónovan.
―Buenos días señor Forsher ―me dice extendiendo su mano.
Abro la caja de puros; coloco uno  en mi boca y lo enciendo.
― ¿Dónovan está arriba? ―pregunto.
―No señor, lo hemos encerrado en las mazmorras. Subiendo las escaleras encontrará… la escena del crimen ―me contesta con lentitud.
―Sabía de millonarios excéntricos, pero… ¿mazmorras? ― murmuro.
―Sígame, lo llevaré a la habitación donde ocurrió el crimen.
―No puedo acompañarte muchacho, voy a las mazmorras ― Ardo en deseos de ir por Dónovan, he visto la mayoría de sus crímenes en los últimos cinco años, pero nunca he visto su rostro.
―Créame señor, tiene que ver esto. Dónovan no escapará, los gemelos Blazen lo tienen controlado. 
La expresión de terror en el pálido rostro de Svikari, me causa curiosidad y aunque no confío en las habilidades de los hermanos Blazen, conocidos por su estupidez, decido seguirlo hasta la habitación donde todo ocurrió.
Al entrar en la habitación, percibo un olor repugnante e insoportable. Svikari permanece en el marco de la puerta y cubre su nariz con un pañuelo. Mis zapatos chasquean al hacer contacto con un lago de sangre que inunda el piso y entonces descubro el caos: Los cuerpos de las víctimas están completamente descuartizados, sus torsos y extremidades se encuentran esparcidos por todo el lugar, incluso hay pedazos de carne adheridos a las paredes. Hay  sangre y rastros de violencia a donde quiera que vea. Sobre la cama yace una bolsa negra en la que descubro las cabezas de dos mujeres y un hombre. Cada crimen escupe en mi cara una cruel verdad: En Ciudad Satania ya no hay personas, sólo quedamos monstruos. 
Comienzo a buscar pistas. Hay un revólver en el suelo; el tambor está fuera de lugar y hay balas sin percutir por toda la habitación, al revólver aún se aferra la mano de quien, trató de utilizarlo. Hay jarrones en pedazos, lámparas en el suelo y las ventanas están rotas. Por todos lados hay señales claras de lucha. Las víctimas, probablemente intentaron defender su vida. Por último, noto que hay hojas de papel esparcidas en la habitación; recojo una de las que reposa en el gigantesco charco de sangre. La delicada caligrafía del texto, me hace suponer que es letra de mujer, la firma al final de la hoja confirma mis sospechas.
Marzo 23
La soledad de esta habitación me enferma, siento que voy a enloquecer si no salgo de ella. Robert está insoportable desde que el doctor le dijo  de mi estado, dice que lo primordial es mi salud y la del bebé y que debo guardar reposo hasta que el niño nazca. Pienso que tiene razón, pero también creo que exagera demasiado en sus cuidados. Antes, al menos podía caminar por la casa y pasear en el campo de rosas. Sé que lo hace por mi salud y la del bebé; pero si no salgo, es mi salud mental la que corre peligro. Esta mañana, por ejemplo, he tenido la extraña sensación de haber visto una silueta en la ventana. Ignacia, dice que son imaginaciones mías y no sé si me causa más angustia estar siendo asechada  o que Ignacia tenga razón, porque lo que vi fue tan real, que si en efecto lo imaginé, sería la prueba indiscutible de que finalmente estoy enloqueciendo.
Evelyn Kurt

Al terminar de leer, recojo el resto de las páginas. Todas están salpicadas de sangre, algunas son completamente ilegibles, pero no debo descartar ninguna. Evelyn Kurt podría ser un testigo fiable, incluso estando sometida por el silencio de la muerte, incluso estando hecha pedazos; podría denunciar a su asesino. Salgo de la habitación, por ahora he visto suficiente. 
―Svikari, vamos a las mazmorras.
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