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Hendelie Neith
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Flores de Asfalto: La Salamandra - Escena 30
Escena 30 toma 1 —No os
entretengáis. Nun parecía
apresurada. En cuanto llegamos junto a ella nos dimos cuenta de que algo no iba
bien pero por mucho que le preguntamos no pudimos sacar gran cosa en claro de
la pobre chica. Estaba agitada, y ni siquiera ell...

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San Valentín en la Ciudad Sin Nombre
  ¡Feliz San Valentín! Como os prometimos, aquí tenéis para descarga gratuita el compilatorio Sucio, turbio, oxidado: tres historias de "amor" en la Ciudad Sin Nombre, tres relatos que hemos preparado especialmente para celebrar el día de San Valentín con v...

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Flores de asfalto: La Salamandra - Escena 29
Escena 29, toma 1 Cuando
Liam regresó, lo hizo con el rostro cubierto de sangre, con una bolsa de papel
en una mano y una pierna humana en la otra. Sí, una pierna. Una pierna parecida
a las de los maniquíes, con el extremo del fémur apoyado en la palma y la...

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Escena 18 de Flores de asfalto: La Salamandra, ya disponible en Wattpad:

«Estaba hablando de él, pero también estaba hablando de mí. Todos esos asuntos tan trascendentales me ponían un poco triste. ¿Acaso había tenido yo libre albedrío? ¿Había podido elegir entre el bien y el mal? Yo era producto de la Organización, mi nacimiento no había sido puro, yo no había tenido infancia. Mi único contacto con la humanidad y mi única posibilidad de redención había venido a través de Alex, de su sacrificio. Estrictamente hablando, Lot era mucho más humano que yo. Él había nacido humano. Yo no. Y sin embargo, allí estábamos: el monstruo capaz de amar y el hombre incapaz de recordar cómo se hacía. Dignos del Mago de Oz».

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Entrevista a David y Gabriel, los protagonistas de Flores de asfalto: El Despertar, realizada por Asia Lafant.

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«Me pregunté entonces quién era Lot Anders cuando no había público, sin nadie para ver sus gestos estudiados, para asombrarse ante su ingenio, para admirarle. ¿Seguiría existiendo más allá de los ojos de los demás? Tal vez no, tal vez la identidad que se había forjado necesitaba del espectador para hacerse real. Tal vez más allá de eso solamente había un hombre angustiado por su propia levedad, herido, solo y amargado. Era una posibilidad, que aquel personaje que había creado fuera su refugio, un refugio que sólo tenía sentido al materializarse gracias a la interacción con otros. No lo sabía, pero era una posibilidad. Y si yo estaba en lo cierto, ¿cómo podía abandonarle?

«No puedo dejarle. Me necesita».

Era el pensamiento más absurdo que había tenido en todo ese tiempo, el más ñoño y lamentable y patético. Y ese no podía achacárselo a Alex. Era mío».
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