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nancy del carmen aguilar quintero
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Exploradora incansable en la búsqueda de mi misma en este laberinto que llamamos vida.
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QUIMÉRICA ARMONÍA
Si yo estuviese en armonía
Con el Universo, no dañaría
los arboles, ni arrancaría
sus verdes hojas,
ni los cortaría sin piedad.

No ensuciaría el piso,
sino que limpiaría y recogería
los papeles y basura,
esparcidos por ahí y con
mi ejemplo enseñaría a los demás.

Adornaría y embellecería con
pinturas de colores, las paredes
de mi edificio o de mi calle.
Sembraría plantas con flores
muy hermosas, donde cada mañana
revolotearían las mariposas.

Si yo estuviese en armonía con el Universo
saludaría a todas las personas
que encontrara en mi camino,
un ¡Hola!, un ¡Buenos días señora!
y con una gran sonrisa iluminaría
el día del solitario y amargado
y quizás, es mi anhelo muy profundo,
él repetiría ese saludo con
su jefe o su empleado.

Si los jefes de Estado estuviesen
en armonía con el Universo,
no seguirían alardeando
quien tiene la bomba más potente
y quien la lanzaría primero,
para acarrear una mortandad,
se dejarían de idioteces
reconocerían que no son “dioses”,
sino simples mortales y se abrazarían
olvidando viejas rencillas
ancestrales, odios que no saben
cuando empezaron,
pero que es tiempo de terminar.

Si todos los niños estuviesen en
armonía con el Universo,
le enseñarían sus padres
la nobleza de amar, rescatarían a
todos los perritos y gaticos
abandonados por ahí,
y no quedaría ninguno sin hogar.

Que maravilloso seria el mundo,
Si todos los humanos
estuviésemos en
armonía con el Universo.

Nancy Aguilar Quintero
Santiago de Chile,
2018-01-09
mis frases grandiosas
mis frases grandiosas
frasesgrandiosasblog.blogspot.cl

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Larissa caminaba descalza
por la desierta playa
de arenas blanquecinas.

Miraba el infinito
y sus grandes ojos negros
llenos de lluvia y angustia
solo veían la tristeza del ocaso
y el vaivén del oleaje.

Sintiendo aquellos
granos de arena
pequeñísimos penetrando
sus pies mojados
que le producían
una sensación indescriptible
entre desasosiego y paz.

No pensaba,
solo sentía la brisa
hiriéndole la cara
y el olor penetrante
a mar llenando
sus pulmones.

Recostó su cansado
y aletargado cuerpo
sobre una roca inmensa,
mientras el sol era apenas
ya un pequeño
semicírculo ardiente
perdido en el horizonte.

Nancy Aguilar Quintero

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Larissa caminaba descalza
por la desierta playa
de arenas blanquecinas.

Miraba el infinito
y sus grandes ojos negros
llenos de lluvia y angustia
solo veían la tristeza del ocaso
y el vaivén del oleaje.

Sintiendo aquellos
granos de arena
pequeñísimos penetrando
sus pies mojados
que le producían
una sensación indescriptible
entre desasosiego y paz.

No pensaba,
solo sentía la brisa
hiriéndole la cara
y el olor penetrante
a mar llenando
sus pulmones.

Recostó su cansado
y aletargado cuerpo
sobre una roca inmensa,
mientras el sol era apenas
ya un pequeño
semicírculo ardiente
perdido en el horizonte.

Nancy Aguilar Quintero

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Larissa caminaba descalza
por la desierta playa
de arenas blanquecinas.

Miraba el infinito
y sus grandes ojos negros
llenos de lluvia y angustia
solo veían la tristeza del ocaso
y el vaivén del oleaje.

Sintiendo aquellos
granos de arena
pequeñísimos penetrando
sus pies mojados
que le producían
una sensación indescriptible
entre desasosiego y paz.

No pensaba,
solo sentía la brisa
hiriéndole la cara
y el olor penetrante
a mar llenando
sus pulmones.

Recostó su cansado
y aletargado cuerpo
sobre una roca inmensa,
mientras el sol era apenas
ya un pequeño
semicírculo ardiente
perdido en el horizonte.

Nancy Aguilar Quintero
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AMARGO DESENCANTO
Eran exactamente las cuatro y media de la tarde, de aquel día caluroso del mes de abril, cuando Adelaida dejó de llorar. En un instante su vida cambio para siempre y ya no sería más la misma. No sabía con certeza en qué momento comenzó aquel llanto tibio y melancólico. Las lágrimas corrían por sus mejillas, lavándole el rostro. Todo empezó dos meses antes, cuando aquel elegante y apuesto joven apareció en su vida. Aquella mañana, doña Beatriz, su mamá, una viuda de carácter muy recio y conducta intachable, le encargó que comprara en la única quincalla de aquel pueblo, árido y triste, donde nunca ocurría nada importante, unos hilos y encajes que necesitaba, para terminar de coser el vestido que Adelaida luciría ese domingo en las fiestas patronales del pueblo. Allí estaba él sentado enfrente de la bodega del turco Richani, con un vaso de limonada en la mano y el pensamiento muy lejos de allí. Había llegado al pueblo la noche anterior, hospedándose allí mismo, ya que el turco tenía en la parte alta algunas habitaciones, que regularmente ocupaban los granjeros cuando venían al pueblo a vender sus productos y a realizar sus compras. Caminaba ella con pasos lentos, cabizbaja, con una actitud de muchacha acostumbrada a obedecer. Sus miradas se cruzaron solo un instante, que para ella fue una eternidad. Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Una emoción muy intensa la embargo. Muy turbada entró en la quincalla, que quedaba justo al lado de la bodega. Con voz trémula pidió a Misael, el dependiente tosco y huraño, lo encomendado por su mamá. Aun estaba muy nerviosa cuando salió, pero él ya no estaba. Doña Beatriz, mujer muy observadora, notó inmediatamente que algo había ocurrido en el trayecto, pero como Adelaida nada comentó, se guardó ella muy bien de no preguntar nada. Los días siguientes, con alguna excepción en que recordaba el encuentro de aquella mañana, Adelaida continúo con su rutina de vida. Se levantaba muy temprano, para ayudar en los quehaceres del hogar, a pesar que tenían una empleada que se ocupaba de los oficios fuertes, era ella quien administraba la casa disponiendo la compra de alimentos semanales, para elaborar el menú, platillos deliciosos que copiaba de una revista española, que siempre llegaba atrasada a la tienda del turco. Disponía de una manera casi artística, las plantas de los materos colocadas en el corredor y jardín de la vetusta casona, ocupándose de regarlas, tarea que solo ella hacía, con la cantidad exacta de agua que cada planta necesitaba. No satisfecha con esto, encargaba a su primo Santiago que venía al pueblo dos veces al mes trayendo mercancía, pequeños sacos de abono químico de un vivero, cuyo anuncio salía en un periódico capitalino. Llegó el domingo, día tan anhelado por los jóvenes del pueblo. Como eran tan pocas las diversiones, las fiestas dedicadas a San Sebastián, él santo patrono, se convertían en momentos de encuentros felices. Las casas eran pintadas con semanas de antelación con colores brillantes y vistosos, ya que existía una sana competencia para ver cual calle era la más bonita, ya que el día del santo el cura, en el sermón, les dedicaba elogios y bendiciones a los vecinos de la misma. Adelaida luciría ese domingo un precioso vestido verde esmeralda, que hacia resaltar mas la blancura de su piel. Su primo le trajo de la capital unos hermosos zarcillos, que combinaban perfectamente con el traje, ya que ella no confiaba en los adornos baratos de las tiendas del pueblo. Ensimismada en sus propios pensamientos, Adelaida entro aquella mañana a la iglesia con su madre y allí estaba él. Sentado en el ultimo banco, como escondiéndose de las personas que entraban a la iglesia, la cual estaba plena de aromas a rosas y azahares. Lo miro de reojo y eso fue suficiente para detallarlo. Vestía muy elegante y a la moda, pantalón gris y una camisa a rayas que le hacía juego. Su porte erguido, la desenvoltura de sus ademanes, su mirada perdida, le producían a ella emociones indescriptibles. Aquellos ojos color miel de infinita tristeza la dejo verdaderamente perturbada. Adelaida se sentó al lado de varias amigas, pero ese día no presto atención a lo que decía el padre Olegario. Su cabeza la daba vueltas con un pensamiento persistente y una idea fija. —¿Quién era él, de donde vino y para qué? Todas estas interrogantes fueron contestadas muy pronto al terminar la misa. Su gran amiga Vestalia le hizo señas para que se acercara. Se llamaba Mauricio y era su primo. Había llegado de la capital, donde residía con sus padres, con intenciones de ver una viñedo situado en las afueras del pueblo, encomienda de su padre, un rico comerciante y banquero muy distinguido, que pensaba invertir en el campo, y alejarse un poco del bullicio de la ciudad. Vestalia se lo presento y conversaron de cosas triviales, del tiempo, de las cosechas, de la abundancia de frutos de aquella región. Él le comento que se quedaría un tiempo en el pueblo aprovechando que eran sus vacaciones. Como su amiga no los dejo solos ni un momento, Adelaida pensó si tendrían algún amorío. La ocasión perfecta para conocer mejor a Mauricio y quizás para que se fijara en ella, se presentó cuando consiguió un sobre encima de su cama. Lo había dejado allí Doña Beatriz y era la invitación para el cumpleaños de Doña Elba, la madre de Vestalia, acontecimiento que se celebraría el domingo con un almuerzo en su hacienda Blancaflor. El ansiado día llego, sin sospechar Adelaida, que las ilusiones y proyectos internalizados por ella, noviazgo, matrimonio se desmoronaría como castillo de naipes, y es que ella de personalidad soñadora y romántica nunca pensó que la realidad seria otra muy diferente. Antes del almuerzo, y a medida que llegaban los invitados, Doña Elba presentaba a su sobrino, como un joven muy educado y estudioso. Cuando alguien preguntó que estudiaba, la señora contesto muy orgullosa —¡Mauricio tiene dos años en el seminario y por fin habrá un sacerdote en la familia!
Nancy Aguilar Quintero

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AMARGO DESENCANTO
Eran exactamente las cuatro y media de la tarde, de aquel día caluroso del mes de abril, cuando Adelaida dejó de llorar. En un instante su vida cambio para siempre y ya no sería más la misma. No sabía con certeza en qué momento comenzó aquel llanto tibio y melancólico. Las lágrimas corrían por sus mejillas, lavándole el rostro. Todo empezó dos meses antes, cuando aquel elegante y apuesto joven apareció en su vida. Aquella mañana, doña Beatriz, su mamá, una viuda de carácter muy recio y conducta intachable, le encargó que comprara en la única quincalla de aquel pueblo, árido y triste, donde nunca ocurría nada importante, unos hilos y encajes que necesitaba, para terminar de coser el vestido que Adelaida luciría ese domingo en las fiestas patronales del pueblo. Allí estaba él sentado enfrente de la bodega del turco Richani, con un vaso de limonada en la mano y el pensamiento muy lejos de allí. Había llegado al pueblo la noche anterior, hospedándose allí mismo, ya que el turco tenía en la parte alta algunas habitaciones, que regularmente ocupaban los granjeros cuando venían al pueblo a vender sus productos y a realizar sus compras. Caminaba ella con pasos lentos, cabizbaja, con una actitud de muchacha acostumbrada a obedecer. Sus miradas se cruzaron solo un instante, que para ella fue una eternidad. Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Una emoción muy intensa la embargo. Muy turbada entró en la quincalla, que quedaba justo al lado de la bodega. Con voz trémula pidió a Misael, el dependiente tosco y huraño, lo encomendado por su mamá. Aun estaba muy nerviosa cuando salió, pero él ya no estaba. Doña Beatriz, mujer muy observadora, notó inmediatamente que algo había ocurrido en el trayecto, pero como Adelaida nada comentó, se guardó ella muy bien de no preguntar nada. Los días siguientes, con alguna excepción en que recordaba el encuentro de aquella mañana, Adelaida continúo con su rutina de vida. Se levantaba muy temprano, para ayudar en los quehaceres del hogar, a pesar que tenían una empleada que se ocupaba de los oficios fuertes, era ella quien administraba la casa disponiendo la compra de alimentos semanales, para elaborar el menú, platillos deliciosos que copiaba de una revista española, que siempre llegaba atrasada a la tienda del turco. Disponía de una manera casi artística, las plantas de los materos colocadas en el corredor y jardín de la vetusta casona, ocupándose de regarlas, tarea que solo ella hacía, con la cantidad exacta de agua que cada planta necesitaba. No satisfecha con esto, encargaba a su primo Santiago que venía al pueblo dos veces al mes trayendo mercancía, pequeños sacos de abono químico de un vivero, cuyo anuncio salía en un periódico capitalino. Llegó el domingo, día tan anhelado por los jóvenes del pueblo. Como eran tan pocas las diversiones, las fiestas dedicadas a San Sebastián, él santo patrono, se convertían en momentos de encuentros felices. Las casas eran pintadas con semanas de antelación con colores brillantes y vistosos, ya que existía una sana competencia para ver cual calle era la más bonita, ya que el día del santo el cura, en el sermón, les dedicaba elogios y bendiciones a los vecinos de la misma. Adelaida luciría ese domingo un precioso vestido verde esmeralda, que hacia resaltar mas la blancura de su piel. Su primo le trajo de la capital unos hermosos zarcillos, que combinaban perfectamente con el traje, ya que ella no confiaba en los adornos baratos de las tiendas del pueblo. Ensimismada en sus propios pensamientos, Adelaida entro aquella mañana a la iglesia con su madre y allí estaba él. Sentado en el ultimo banco, como escondiéndose de las personas que entraban a la iglesia, la cual estaba plena de aromas a rosas y azahares. Lo miro de reojo y eso fue suficiente para detallarlo. Vestía muy elegante y a la moda, pantalón gris y una camisa a rayas que le hacía juego. Su porte erguido, la desenvoltura de sus ademanes, su mirada perdida, le producían a ella emociones indescriptibles. Aquellos ojos color miel de infinita tristeza la dejo verdaderamente perturbada. Adelaida se sentó al lado de varias amigas, pero ese día no presto atención a lo que decía el padre Olegario. Su cabeza la daba vueltas con un pensamiento persistente y una idea fija. —¿Quién era él, de donde vino y para qué? Todas estas interrogantes fueron contestadas muy pronto al terminar la misa. Su gran amiga Vestalia le hizo señas para que se acercara. Se llamaba Mauricio y era su primo. Había llegado de la capital, donde residía con sus padres, con intenciones de ver una viñedo situado en las afueras del pueblo, encomienda de su padre, un rico comerciante y banquero muy distinguido, que pensaba invertir en el campo, y alejarse un poco del bullicio de la ciudad. Vestalia se lo presento y conversaron de cosas triviales, del tiempo, de las cosechas, de la abundancia de frutos de aquella región. Él le comento que se quedaría un tiempo en el pueblo aprovechando que eran sus vacaciones. Como su amiga no los dejo solos ni un momento, Adelaida pensó si tendrían algún amorío. La ocasión perfecta para conocer mejor a Mauricio y quizás para que se fijara en ella, se presentó cuando consiguió un sobre encima de su cama. Lo había dejado allí Doña Beatriz y era la invitación para el cumpleaños de Doña Elba, la madre de Vestalia, acontecimiento que se celebraría el domingo con un almuerzo en su hacienda Blancaflor. El ansiado día llego, sin sospechar Adelaida, que las ilusiones y proyectos internalizados por ella, noviazgo, matrimonio se desmoronaría como castillo de naipes, y es que ella de personalidad soñadora y romántica nunca pensó que la realidad seria otra muy diferente. Antes del almuerzo, y a medida que llegaban los invitados, Doña Elba presentaba a su sobrino, como un joven muy educado y estudioso. Cuando alguien preguntó que estudiaba, la señora contesto muy orgullosa —¡Mauricio tiene dos años en el seminario y por fin habrá un sacerdote en la familia!
Nancy Aguilar Quintero

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AMARGO DESENCANTO
Eran exactamente las cuatro y media de la tarde, de aquel día caluroso del mes de abril, cuando Adelaida dejó de llorar. En un instante su vida cambio para siempre y ya no sería más la misma. No sabía con certeza en qué momento comenzó aquel llanto tibio y melancólico. Las lágrimas corrían por sus mejillas, lavándole el rostro. Todo empezó dos meses antes, cuando aquel elegante y apuesto joven apareció en su vida. Aquella mañana, doña Beatriz, su mamá, una viuda de carácter muy recio y conducta intachable, le encargó que comprara en la única quincalla de aquel pueblo, árido y triste, donde nunca ocurría nada importante, unos hilos y encajes que necesitaba, para terminar de coser el vestido que Adelaida luciría ese domingo en las fiestas patronales del pueblo. Allí estaba él sentado enfrente de la bodega del turco Richani, con un vaso de limonada en la mano y el pensamiento muy lejos de allí. Había llegado al pueblo la noche anterior, hospedándose allí mismo, ya que el turco tenía en la parte alta algunas habitaciones, que regularmente ocupaban los granjeros cuando venían al pueblo a vender sus productos y a realizar sus compras. Caminaba ella con pasos lentos, cabizbaja, con una actitud de muchacha acostumbrada a obedecer. Sus miradas se cruzaron solo un instante, que para ella fue una eternidad. Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Una emoción muy intensa la embargo. Muy turbada entró en la quincalla, que quedaba justo al lado de la bodega. Con voz trémula pidió a Misael, el dependiente tosco y huraño, lo encomendado por su mamá. Aun estaba muy nerviosa cuando salió, pero él ya no estaba. Doña Beatriz, mujer muy observadora, notó inmediatamente que algo había ocurrido en el trayecto, pero como Adelaida nada comentó, se guardó ella muy bien de no preguntar nada. Los días siguientes, con alguna excepción en que recordaba el encuentro de aquella mañana, Adelaida continúo con su rutina de vida. Se levantaba muy temprano, para ayudar en los quehaceres del hogar, a pesar que tenían una empleada que se ocupaba de los oficios fuertes, era ella quien administraba la casa disponiendo la compra de alimentos semanales, para elaborar el menú, platillos deliciosos que copiaba de una revista española, que siempre llegaba atrasada a la tienda del turco. Disponía de una manera casi artística, las plantas de los materos colocadas en el corredor y jardín de la vetusta casona, ocupándose de regarlas, tarea que solo ella hacía, con la cantidad exacta de agua que cada planta necesitaba. No satisfecha con esto, encargaba a su primo Santiago que venía al pueblo dos veces al mes trayendo mercancía, pequeños sacos de abono químico de un vivero, cuyo anuncio salía en un periódico capitalino. Llegó el domingo, día tan anhelado por los jóvenes del pueblo. Como eran tan pocas las diversiones, las fiestas dedicadas a San Sebastián, él santo patrono, se convertían en momentos de encuentros felices. Las casas eran pintadas con semanas de antelación con colores brillantes y vistosos, ya que existía una sana competencia para ver cual calle era la más bonita, ya que el día del santo el cura, en el sermón, les dedicaba elogios y bendiciones a los vecinos de la misma. Adelaida luciría ese domingo un precioso vestido verde esmeralda, que hacia resaltar mas la blancura de su piel. Su primo le trajo de la capital unos hermosos zarcillos, que combinaban perfectamente con el traje, ya que ella no confiaba en los adornos baratos de las tiendas del pueblo. Ensimismada en sus propios pensamientos, Adelaida entro aquella mañana a la iglesia con su madre y allí estaba él. Sentado en el ultimo banco, como escondiéndose de las personas que entraban a la iglesia, la cual estaba plena de aromas a rosas y azahares. Lo miro de reojo y eso fue suficiente para detallarlo. Vestía muy elegante y a la moda, pantalón gris y una camisa a rayas que le hacía juego. Su porte erguido, la desenvoltura de sus ademanes, su mirada perdida, le producían a ella emociones indescriptibles. Aquellos ojos color miel de infinita tristeza la dejo verdaderamente perturbada. Adelaida se sentó al lado de varias amigas, pero ese día no presto atención a lo que decía el padre Olegario. Su cabeza la daba vueltas con un pensamiento persistente y una idea fija. ¿Quién era él, de donde vino y para qué? Todas estas interrogantes fueron contestadas muy pronto al terminar la misa. Su gran amiga Vestalia le hizo señas para que se acercara. Se llamaba Mauricio y era su primo. Había llegado de la capital, donde residía con sus padres, con intenciones de ver una viñedo situado en las afueras del pueblo, encomienda de su padre, un rico comerciante y banquero muy distinguido, que pensaba invertir en el campo, y alejarse un poco del bullicio de la ciudad. Vestalia se lo presento y conversaron de cosas triviales, del tiempo, de las cosechas, de la abundancia de frutos de aquella región. Él le comento que se quedaría un tiempo en el pueblo aprovechando que eran sus vacaciones. Como su amiga no los dejo solos ni un momento, Adelaida pensó si tendrían algún amorío. La ocasión perfecta para conocer mejor a Mauricio y quizás para que se fijara en ella, se presentó cuando consiguió un sobre encima de su cama. Lo había dejado allí Doña Beatriz y era la invitación para el cumpleaños de Doña Elba, la madre de Vestalia, acontecimiento que se celebraría el domingo con un almuerzo en su hacienda Blancaflor. El ansiado día llego, sin sospechar Adelaida, que las ilusiones y proyectos internalizados por ella, noviazgo, matrimonio se desmoronaría como castillo de naipes, y es que ella de personalidad soñadora y romántica nunca pensó que la realidad seria otra muy diferente. Antes del almuerzo, y a medida que llegaban los invitados, Doña Elba presentaba a su sobrino, como un joven muy educado y estudioso. Cuando alguien preguntó que estudiaba, la señora contesto muy orgullosa —¡Mauricio tiene dos años en el seminario y por fin habrá un sacerdote en la familia!
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Dicen Por Ahí
Conny Mendéz

Dicen por ahí que me volví loca.
Qué siempre estoy sonriente. Qué me brillan los ojos.
Que converso con las flores y bailo en mi jardín.
Dicen por ahí que creo en hadas y ángeles...
Que les abro las puertas y ventanas en las mañanas
y les doy la bienvenida para que inunden
mi hogar de luz, alegría y bendiciones.
Dicen por ahí que hablo de “Raros Asuntos”
como Trascendencia, Estar en Presente,
Energía, Inmortalidad, Sanación, Conciencia...

Dicen por ahí que me volví loca.
Que le enseño a la gente a percibir la LUZ
que brota de sus cuerpos... y que para colmo
les muestro como se apaga cuando pensamos “feo”...

Dicen por ahí que me volví loca.
Que no me rigen agendas ni horarios.
Que a las comidas en mi mesa también les hablo
y les digo: “Divino Sustento ¿Qué haces afuera?
¡Vamos pa´ dentro!”
Que todo me parece BIEN, PERFECTO Y SINCRÓNICO.
Que a lo ADVERSO le busco lo bueno
y todos los días bendigo el Bien.
Que le abro las puertas por igual a Budistas,
Evangélicos, Testigos de Jehová y Nueva Era...
Que doy gracias cuando llueve y cuando hace sol.
Que doy gracias cuando llega el transporte
y cuando me toca ir un ratico a pié y otro caminando.
Que lavo la ropa cantando
y es igual cuando cocino, limpio y ordeno.
Que ¿Cómo es eso de que las flores me “chismean”
lo que a la gente les pasa?...
¡Pero me siento tan Cuerda y tan Dichosa!
¿Será contagiosa la locura?
CONNY MENDEZ
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