Republicado para la comunidad

NUBES DE TORMENTA

  Ya los siento venir. El frío aire de la brisa matutina trae consigo la fragancia que sus cuerpos, ligeros y deformados, desprenden cuando estás cerca de ellos, como si utilizasen ese hedor que les caracteriza a modo de repelente efectivo de la humanidad. Cumplirán la promesa que me hicieron, con su voz seca, penetrante, imposible de escuchar, imposible de ser captada, que hacía sonar aquellas palabras, vacías de sentimiento, como las pronunciadas por los sintetizadores de voz, a modo de amenaza que estaban dispuesto a cumplir; a cualquier precio.
  Miro por la ventana y sólo puedo observar lo mismo que el resto del mundo, lo mismo que mis vecinos, mis antiguos amigos, esas nubes bajas, negras y densas que se acercan a la ciudad descargando su contenido, eléctrico y húmedo, por todo el camino. Son nubes de tormenta, las que siempre aparecen cuando algo malo va a suceder, cuando la naturaleza nos implora que, por una vez, no intentemos ser más listos que ella. Ahora, esas mismas nubes les sirven de cobertura, con ellas, ocultos en ellas, pueden acercarse a nosotros sin ser vistos, sin ser intuidos, sin que nadie pueda sentir su presencia. Excepto yo. Les siento venir, todo el cuerpo me duele cuando se acercan a la ciudad, cuando su hedor inunda nuestras calles. Es un dolor interno, que no me permite moverme, que me bloquea, que hace chirriar todas mis articulaciones, un dolor que aumenta cuando la tormenta que les sirve de capa para ocultarse, descarga sobre la ciudad. Los huesos me vibran y todo el mundo extrañado me mira mientras paseo por la calle cojeando, sin cubrirme de esa lluvia que lanzan para ayudarles a elegir. Los escucho decir: "¿Que le sucede a ese?", y al fondo, un antiguo amigo dice "Nada, no ha conseguido superar el accidente". Si supieran.
  Quizá si ellos no hubiesen cometido un error conmigo, quizá el único error que han cometido desde que nos visitan, mi despertar de aquella noche hubiese sido un poco más ingenuo, sin dolor de cabeza, sin imágenes que me asaltaban e impactaban en la retina como si las estuviese viendo en ese mismo instante. Quizá hubiese encontrado más lógico el haberme empotrado contra un árbol, mientras conducía, y no haber muerto en el accidente. Pero no, desde el principio, desde que ese olor a podrido me rodeaba y desde que los recuerdos que yo jamás tendría que haber retenidos volvieron a mí como revelaciones de actos pasados, comprendí que aquella escena era la excusa que ellos me proporcionaban para poder explicar que había estado toda la noche sin aparecer: "Verás cariño, me he estrellado con el coche, en la comarcal, esa con las curvas tan difíciles y tan poca visibilidad. Pero no te preocupes, que yo estoy bien, ¿el coche?, hecho un acordeón contra un árbol, pero yo sólo me he arañado la mano izquierda, y una pequeña parte de cuello que me escuece cuando me la toco. ¿Qué que hacía yo viniendo por la comarcal en lugar de seguir la nacional como siempre? Pues ahora que lo dices, cariño, no me acuerdo, ni tampoco como he llegado hasta este punto del camino. Sí, tienes toda la razón, cariño, debe haber sido cosa del golpe, que tengo algo de amnesia.  Es una suerte que no te haya olvidado a ti y a los niños". Esa era la historia que ellos habían preparado para mí, pero su error cambió mi vida, y en lugar de la mentira más creíble me encontré explicando a todo el mundo una verdad imposible. Nadie me creyó, ni siquiera mi cariño, a la que jamás he olvidado, ni a mis hijos, pero los tres desaparecieron tan rápido de mi vida como los buenos recuerdos lo hacen de la memoria. En poco tiempo me quedé completamente sólo, sin familia, sin amigos, sin nadie, sólo con aquel hedor que ahora se ha convertido en la fragancia de la normalidad para mí.
  Ya siento crujir las rodillas, mientras paseo por la calle. Está inusitadamente desierta y la lluvia, en forma de finas gotas, parece que comienza hacer acto de presencia. No tardarán demasiado en llegar ya, cuando mi caminar se convierta en cojera, habrá llegado el momento de volver a verles. Espero que esta vez sacien toda su curiosidad sobre mí. Yo, por mi parte, no ofreceré resistencia, más aún, les ayudaré a comprender con todos los medios de los que disponga a mi alcance. Sólo espero que cuando todo haya acabado, sepan agradecer mi ayuda permitiéndome recuperar mi antigua vida, sin este hedor, sin este crujir de huesos, sin este dolor que crece cuando ellos se acercan. Sin su recuerdo. Sin ellos.
  Es una vaga esperanza, quien sabe si tendrán los mismos sentimientos que las personas, si seguirán las mismas leyes de conducta que la sociedad ha creado para nosotros. Posiblemente, entre ellos no necesiten agradecer nada a nadie, o tan vez en su educación, si es que la han recibido de sus padres —suponiendo que hayan sido concebidos—, no esté contemplado el agradecer nada a nadie.
  Es extraño, no circula ni un solo taxi por la calle y no hay ni siquiera un alma perdida corriendo a refugiarse en el primer portal de esta incesante lluvia que comienza a crecer en intensidad. Es delicioso sentir como corren las gotas de agua por el rostro. ¿También ellos lo sentirán? Quizá, cuando me encuentren, sea lo primero que deba enseñarles, a sentir nuestra naturaleza en contacto con ellos, puede que así aprendan más rápido quiénes somos y qué somos. Y ya puestos a agradecer, después podrían explicármelo a mí, así sería la única persona en el mundo que tendría esa respuesta entre el resto de sus inútiles conocimientos. Je, podría ser el principio de un nuevo culto, del que yo sería el gurú supremo. ¿Cómo podría llamarlo? ¿Las respuestas del hedor? Suena bien, aunque no creo que atrajese a demasiada gente.
  Hablando de hedores, el que me rodea es cada vez más insoportable, ya deben estar muy cerca; los huesos me duelen mucho, creo que me sentaré a descansar un momento mientras acaban de acercarse. Sé que he dicho que les iba a ayudar en todo lo que estuviese en mi mano, pero el dolor es demasiado insoportable como para seguir caminando, además, estoy tan cansado… llevo todo el día caminando, en su búsqueda, esperando a que cumpliesen la promesa que me hicieron antes de volver a dejarme sobre tierra firme; camino desde que las nubes de tormenta han invadido la ciudad…
  ¡Oh!, al parecer mi viaje llega a su fin, justo en el momento que me he sentado. Esperemos que su agradecimiento sea mejor que su sentido de la oportunidad. Creo que es hora de irme. Lástima que nadie venga a despedirme, hubiesen alucinado con la luz que surge de ellos y que me ilumina formando un camino a seguir. Supongo que tendré que dirigirme hacia ella. Eso no lo recuerdo de la otra vez, y no me han dado ningún manual de instrucciones.
  Ojalá cuando vuelva todo sea como antes.

  Miguel ha muerto a las tres y cuarto de esta madrugada, en el quirófano, mientras los cirujanos intentaban arreglar el estropicio que el accidente había causado en todos sus huesos. He podido escuchar a un médico que decía que el cuerpo de Miguel parecía una enorme masa de puré con forma humana. Es una buena metáfora, lástima que yo haya necesitado de tres Valium para poder encontrarle la gracia. Él era mi esposo, mi amigo, mi amante y el padre de mis hijos. Le quería. Espero que su último sueño haya sido con nosotros.
  Me llamo Diana y le odio por haberme hecho eso, aunque sea sólo una excusa para no derrumbarme y romper a llorar aquí mismo. He de pensar en mis hijos.
  Ojalá fuese tan fácil.

Licencia: CC BY-NC-ND 3.0
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