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Jose R. Capel PURPLE
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RUTINA

Revuelve con obsesión el café: seis vueltas a la derecha , seis a la izquierda y luego chupa con fruición los restos de azúcar que quedan en la cucharilla. Aprieta con fuerza el vaso, intentando calentarse las manos y descubriendo que la fragilidad es un sustantivo que tiene que ver con lo delicado.

–¡Abrígate! Hace mucho frío¬ – le sugiere Susana.

Todavía caen pequeños copos de nieve que se deshacen al contactar con el asfalto. Ella se ha despertado, como cada mañana, para ver el amanecer. Le fascina el color carmesí que durante unos minutos disimula el gris de los edificios, jamás ha conseguido ese maravilloso color en sus labios. Hoy no ha podido deleitarse con los tonos cálidos que el sol pinta en los bloques, una sólida capa plomiza cubre el cielo por completo.

Javier se afeita y cuenta de nuevo las baldosas azules que se alternan con las blancas, intentando armonizar un baño demasiado anodino. En el albergue todo resulta anodino.

El metro es el transporte más rápido en una gran ciudad y quizás el más triste. Un vagón destartalado mece con su insufrible traqueteo los silencios de gente abstraída en un móvil, desconectada de la realidad. Diferentes paradas con un único destino: la rutina. Unos peruanos ataviados con ponchos coloridos tocan “el cóndor pasa” mientras solicitan caridad a quienes no se dignan ni a mirarlos. Por un momento Javier se imagina que su rutina se halla en lo alto del Machu Picchu.

Piensa que la vida es un decorado enorme, inmutable, dónde únicamente varían los actores. Por supuesto, él es el protagonista de una película con un pésimo guion.

Las farolas todavía no se han apagado. Una de ellas enfoca a un mendigo como si fuera el actor principal de una obra dramática. Hace meses que apoya su desgracia en la fachada de un antiguo edificio de oficinas, con la cabeza agachada, sumiso o avergonzado. De vez en cuando cuenta las monedas obtenidas, varias veces, como si con cada recuento aumentara su exiguo capital.

Susana ha conseguido un pintalabios carmesí. Javier espera encontrar el amanecer en sus labios.



DIETA

Una tostada de pan integral untada con queso fresco reposa sobre el mármol de la cocina. En la radio suena un villancico que le confiere un toque navideño al austero desayuno, el último de la dieta que he seguido estrictamente durante seis meses. He perdido cuarenta kilos y he ganado soledad. Mi obesidad ocupaba dos asientos, una forma de compensar inconscientemente el vacío que me rodeaba.

Estoy harto de pagar a prostitutas que me miran con cara de asco y fingen un placer que ni tan siquiera alcanzo yo. Harto de las miradas de compasión o ternura de las mujeres con las que me relaciono. Harto de mí mismo, de mi cuerpo deforme, de ser siempre el gordo simpático, el patético, el torpe.

Esta noche conoceré a la mujer con la que llevo varios meses relacionándome a través de internet.

El espejo me devuelve una realidad de pellejos colgantes. Me visto con traje que disimula algunos excesos aún enquistados. Realmente me encuentro más atractivo sin los kilos olvidados.

He reservado una mesa en un restaurante del puerto. Llego con quince minutos de antelación y solicito una copa de vino mientras espero. En la mesa de al lado cuatro ejecutivos exhiben su poder adquisitivo en una conversación de la que resulta imposible mantenerse ajeno. Lucen relojes caros, trajes de diseño y gestos inconfundibles del que se sabe ganador. Son un buen contraste con mi traje desgastado, mi inseguridad y mi penetrante aroma de perdedor.

Mi estómago ruge cuando veo el desfile de centollos, langostas, percebes, besugos y la cola de una sirena que aún aletea aferrándose a una vida perdida en una olla gigante. Para beber, Vega Sicilia. Yo les hubiera sugerido algún vino blanco, que dicen combina mejor con el pescado. Imagino las risas y burlas que hubiera causado la propuesta de un gordo venido a menos que ha ahorrado su sueldo para permitirse invitar a una desconocida y brindar por hipotéticos días felices.

Pasan treinta minutos de las diez, quizás sea demasiado pronto para alarmarse. No quiero llamar a Cecilia, mi princesa de internet y darle muestras de mi inseguridad. Pido otra copa de vino. En la mesa de los ejecutivos ya han servido los postres: dulces minimalistas. Necesitaría una docena para calmar el ansia que empieza a invadirme.

Una hora de retraso. Otra copa de vino. Se me está olvidando el motivo por el que estoy en el restaurante. Encargo una ensalada y un entrecot con foie y cebolla caramelizada. No consulto los precios. El camarero, con cara de asombro, anota también mi petición de una mariscada para dos. Estoy desatado, necesito algún dulce para tranquilizarme. Pastel de cuatro chocolates, trufas y un sorbete de limón para ayudar a la digestión.

Reconozco a Cecilia preguntando a un camarero por la mesa reservada a nombre de Pascual Gil. Tengo náuseas que achaco a los nervios. Mi camisa está adornada con espontáneos lamparones y unos enormes círculos de sudor alrededor de mis sobacos. Me levanto y saludo mostrando mi mejor sonrisa. Mis dientes embadurnados con chocolate no lucen como debieran.
Me mira con cierta repugnancia mientras dejo de agitar la mano con la que le saludaba y vuelvo a sentarme. Le dice algo al camarero y da media vuelta dirigiéndose hacia la salida.

Alzo la copa medio vacía y brindo con la ausente por mi soledad. Mi reflejo en el cristal de la copa es tan patético como la versión chill out de Merry Christmas que suena de fondo, burlándose de mis infelices navidades.

Una tostada de pan integral untada con queso fresco reposa sobre el mármol de la cocina.

600 palabras, para los dos concursos.




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