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MUSICA PARA CAMALEONES:
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LA ILIADA:
LA ILIADA
Homero
Antecedentes:
La Ilíada es un antiguo poema griego escrito por Homero. Homero es el poeta griego más famoso. Si, la Ilíada solo es un poema enorme. Homero escribió también la Odisea, otro poema ENORME. En griego, la palabra Ilión significa Troya, por lo tanto, la Ilíada es la historia de Troya. Bueno, la mayoría de la gente piensa que la Ilíada es la historia de la guerra troyana. Esto es, la guerra en que los aqueos (griegos) ganaron usando un gigantesco caballo de madera para engañar a los troyanos. La Ilíada no es realmente la historia de esta guerra. La historia de la Ilíada tiene lugar en el décimo año de la guerra contra Troya y termina antes de que los aqueos construyan el caballo con él que ganan la guerra. Es mas bien la historia de Aquiles. Aquiles es guerrero formidable que se supone es inmortal, excepto por su talón. Ahora, si tu maestro te pregunta de que se trata la Ilíada, debes decir que "La Ilíada es la tragedia de Aquiles". Con esta respuesta te veras muy inteligente.
Personajes principales:
Aquiles: Él es hijo de Peleo y de Tetis la diosa del mar. Es el mejor guerrero aqueo. Le habían dicho que tenía la opción de luchar contra los troyanos y morir joven o no luchar y vivir una larga vida. Él decidió luchar.
Agamenón:Él es el aqueo principal. Es el jefe pero no el mejor guerrero. Su hermano Menelao está casado con Helena.
Menelao:Hermano de Agamenón y rey de Esparta. Está casado con Helena y su honor es la razón por la cual pelean los aqueos.
Helena:Ella es la chava por la que empezó la guerra de Troya. La diosa Afrodita se la regalo a Paris porque el votó por Afrodita como la diosa más bella del Olimpo, con esto empezó la guerra. A ella como que no le gusta mucho Paris.
Alejandro (Paris):Él es el príncipe de Troya, hijo de Priamo y hermano de Héctor. Por su culpa empezó la guerra. Es un niño bonito que prefiere estar en la cama que peleando.
Héctor:Él es hijo de Priamo y Hécuba, esta casado con Andrómaca, es hermano de Paris, y el mejor guerrero troyano. Él es el troyano bueno. Su hermano Paris es el causante de la guerra y Héctor lucha por él. Es buen padre y esposo y además es muy agradable.
Priamo:Rey de Troya.
Hécuba: Mamá de Héctor
Andrómaca: Esposa de Héctor.
Odiseo: Guerrero aqueo que se supone es muy astuto. Él es el personaje personal de la Odisea, también escrita por Homero.
Ayax: Hay dos de estos tipos. Son aqueos. Cuando se refieren a los dos les llaman Ayaces. Él más importante se llama Telemonio Ayax, hijo de Telemón, Ayax el Grande, o Gran Ayax. Es realmente un guerrero supremo, a pesar de no recibir ayuda de los dioses les gana a todos.
Diomedes: él es otro guerrero aqueo. A él lo ayuda mucho la diosa Atenea.
Néstor:Él es un guerrero aqueo, no es tan joven y dirige a las tropas sabiamente.
Patroclo: El mejor amigo de Aquiles. Cuando lo matan, Aquiles se involucra de nuevo en la lucha.
Afrodita: La diosa del amor. Ella apoya a los troyanos porque fue quien le dijo a Paris que se llevara a Helena.
Apolo: Dios del sol. Él empieza la pelea entre Agamenón y Aquiles. Está de parte de los troyanos.
Ares:Dios de la guerra. Representa al espíritu de la guerra y usualmente ayuda a los troyanos.
Atenea:Diosa de la sabiduría. Ella apoya a los aqueos porque Paris dijo que Afrodita era la diosa más hermosa.
Hefesto:Él es el Dios del fuego y herrero de los dioses. Construyó la armadura de Aquiles y lo ayuda a salvarse cuando lucha con el dios de un río.
Hera:Esposa de Zeus. Hera apoya a los aqueos porque Paris dijo que Afrodita era la más bella de las diosas.
Poseidón:Dios del mar. Él está de lado de los aqueos. Es hermano de Zeus.
Tetis:Mamá de Aquiles. Ella ayuda a Aquiles logrando que Zeus haga que ganen los troyanos después del pleito entre Agamenón y Aquiles.
Zeus:Rey de los dioses. Si quiere algo, lo consigue. Nadie se mete con él.
Aristeia:Momento en el que un guerrero se encuentra al máximo de intensidad y poder.
Griegos:A los griegos los llaman por muchos nombres. El principal es aqueo. Otros nombres son argivos y danaós.
La Ilíada tiene 24 libros así que en lugar de hacer un resumen completo de la trama y después describir capítulo por capítulo, te vamos a dar un resumen de cada libro. Unos libros son mas importantes que otros, en la mayoría de los casos los maestros no te dejan leer los 24 libros, pero, nosotros resumimos todos por si tu maestro es mala onda. A continuación te presentamos la trama básica.
Argumento:
Aquiles se pelea con Agamenón, el rey aqueo, porque este le quita a una esclava. Por esta razón Aquiles deja de luchar. Aquiles le pide a Zeus que haga que los aqueos pierdan. Después de esto los troyanos les empiezan a dar una paliza a los aqueos. El mejor amigo de Aquiles, Patroclo, pelea en nombre de Aquiles y muere a manos de Héctor por lo que Aquiles se pone triste. Entonces Aquiles va y mata a Héctor por venganza y arrastra su cuerpo alrededor de Troya. Priamo reclama el cuerpo de Héctor y lo entierra.
Libro I
Homero inicia diciendo que su poema se trata del enojo de Aquiles y de cómo el enojo le cuesta la vida a muchos aqueos. Después dice que él que empezó todo el problema fue Apolo. Crises, que es sacerdote de Apolo, le pide a Agamenón que le regrese a su hija. Agamenón le dice que la chava es suya y que no de lata. Crises le reza a Apolo para que castigue a los aqueos por no regresarle a su hija y Apolo les dispara con su arco de plata (lo que en pocas palabras quiere decir que los griegos se empezaron a enfermar.) Esto sucede por nueve días por lo que Aquiles se harta y convoca a una junta para saber que está pasando. Calcante, un adivino (significa que está en contacto con los dioses) les dice que Apolo los está matando porque Agamenón no regresó a la hija del sacerdote. Aquiles se enoja porque cree que no debe regresarla. Agamenón y Aquiles empiezan a discutir. Agamenón dice que deben regresar a la chava, y Aquiles dice, Si la tengo que regresar... me quedo con tu mujer, Briseida. Aquiles se enoja porque lleva 10 años peleando para Agamenón y ya esta harto. Agamenón no se retracta y pide a la mujer de Aquiles. Aquiles casi lo mata pero Atenea (Diosa de la Sabiduría) interviene. Entonces Néstor trata de calmar las cosas pero fracasa. Agamenón libera a la chava, Criseida y así toma a la mujer de Aquiles. Aquiles deja de pelar. Después, Aquiles va a llorarle a su mami, Tetis, que es la diosa del mar. Le pide que interceda ante Zeus para que los Troyanos ganen la guerra mientras que Aquiles no este peleando para que Agamenón le pida que regrese. Tetis va con Zeus y se lo pide. Zeus duda al principio, pero acepta porque su esposa, Hera, apoya a los aqueos y le gusta hacerla enojar.
Libro II
Zeus engaña a Agamenón diciéndole en un sueño que ataque a los troyanos. Agamenón trata de probar a sus hombres diciéndoles que deben regresar a casa. Sus hombres están como que, si claro como no. Hera se queja con Atenea que convence a Odiseo para que evite que los hombres se vayan. Odiseo junta a los hombres. Después un tipo horrible, Tersites, se empieza a quejar, gruñe y le falta al respeto a Agamenón. Les dice a todos que ya pelearon lo suficiente. Pero, Néstor y Odiseo tiran al tipo y Odiseo le pega en la espalda con un cetro. Los hombres se emocionan y se preparan para pelear. Los líderes parten y le piden a Zeus que los ayude en la batalla sin saber que Zeus no los va a ayudar. El resto del libro describe al ENORME ejército aqueo. Homero hace una serie de comparaciones entre el ejército aqueo y cosas de la naturaleza como colmenas de abejas y flores salvajes. Después menciona cada barco de los aqueos y dice quien va en ellos. No es muy importante y es muy aburrido. Homero describe después al ejército de los troyanos... Ellos no parecen tener mucha gente.
Libro III
Los troyanos y aqueos se alistan para pelear. Menelao y Alejandro (Paris) se encuentran en el campo de batalla, pero Paris es un cobarde y huye. Su hermano mayor, Héctor lo regaña por huir. A Paris se le ocurre la idea de enfrentarse cara a cara con Menelao y que el ganador se lo lleve todo. Esta parece ser una idea muy brillante porque toda la guerra se ha peleado por Helena... La esposa de Menelao, robada por Paris. Esta idea tiene sentido ya que cuando los dos terminen con el problema ya no va a morir nadie más. Así que se alistan para pelear. Helena observa la lucha desde la muralla de Troya con el rey Prima. Empieza la pelea y Menelao está a punto de ganar cuando Afrodita se lleva a Paris y lo mete a la ciudad de Troya. Afrodita le dice a Helena que se meta con él a la cama. Helena se resiste al principio, pero cede ante Afrodita. Helena se siente mal por Menelao pero se deja llevar por el deseo... ¿entiendes?
Libro IV
La historia cambia de lugar y va con los dioses que están tratando de decidir quien va a ganar la guerra. Entiendes, los dioses deciden que es lo que va a pasar realmente. Zeus piensa que ya que Paris dejo el campo de batalla la guerra debe terminar y los aqueos deben ganar. Esto no les gusta ni a Hera ni Atenea porque quieren ver mas sangre troyana. Así que, Atenea hace que un tipo, que se llama Pandaro, le lance una flecha a Menelao. La flecha no lo mata pero reanuda la lucha. Agamenón va a la línea de lucha y habla con los soldados importantes motivándolos para pelear. Después empieza la lucha y Ares, el dios de la guerra, baja al campo de batalla con sus tres cuates, Miedo, Terror y Odio. Apolo baja a ayudar a los troyanos y Atenea ayuda a los aqueos.
Libro V
Este libro tiene todo tipo de detalles sobre la batalla. Diomedes está enfurecido y apaleando a unos cuantos. Atenea va con Diomedes y le dice que ella va a guiar su espada y que evite meterse con otros dioses pero que hiera a Afrodita si la ve. Diomedes le hiere a Eneas, el hijo de Afrodita (el tipo sobre el que escribieron la Eneida.) Afrodita baja a llevarse a su hijo y Diomedes la hiere. Afrodita sube al Olimpo y se queja con Zeus pero él le dice que no se meta en cuestiones de guerra... ¿captas? En la guerra no hay amor... solo existe dolor. Ares se pone del lado de los troyanos y ellos empiezan a ganar. Hera y Atenea se quejan con Zeus, así que él permite que Atenea se involucre de nuevo. Atenea se viste con su traje de guerra y usa su escudo llamado égida. El escudo tiene la cabeza de la gorgona (Medusa... la dama esa con serpientes en lugar de cabello que era tan fea que convertía a todos los que la veían en piedra) en el centro.
Baja y ayuda a Diomedes de nuevo. En esta ocasión, Diomedes le da a Ares en la panza. Ares se retira adolorido y la batalla continua.
Libro VI
La batalla continua... aburrido. Los aqueos parecen estar ganando de nuevo. Menelao captura a un troyano llamado Adresto. Quiere pedir rescate por él (eso hacían comúnmente) pero Agamenón le dice a su cuate que lo mate. Agamenón apuñala al tipo y lo mata. Buena onda ¿no?. En otro lado del campo de batalla, Diomedes y un troyano que se llama Glauco están a punto de pelearse. Platican antes de empezar y se dan cuenta de que son parientes así que avientan sus espadas e intercambian armaduras. (Si alguna vez has visto un partido de soccer, sabes que algunas veces los jugadores intercambian jerséis después del partido en señal de respeto... ahora ya sabes que no es nada nuevo.) Héctor regresa a la ciudad para hacer una ofrenda a Atenea para calmarla. En el camino se encuentra a su mami y le pide que reúna a todas las mujeres y que les diga que le recen a Atenea. Después va a la casa de su hermano menor y lo regaña por ser tan miedoso. Todos están peleando y él en casita durmiendo con Helena. Hasta la misma Helena lo regaña. Héctor va con su esposa Andrómaca. Ella esta muy preocupada y pasan un momento muy emocional y tierno juntos. Ella no quiere que él regrese a la pelea, pero él le dice que tiene que hacerlo. De regreso se encuentra a Paris y los dos se dirigen hacia la batalla. Héctor le dice a Paris que más le vale pelear de verdad en esta ocasión.
Libro VII
Atenea y Apolo deciden cambiar el ritmo de la pelea en este libro y hacen que Heleno el hermano de Héctor proponga un duelo entre Héctor y uno de los aqueos. Héctor les propone el duelo a los aqueos. Ellos tienen miedo porque Héctor es buenísimo peleando. Nadie se atreve a luchar con él así que se decide quien va a pelear en un volado. La suerte le toca a Ayax (acuérdate que hay dos, Ayax el grande y el otro, al que le tocó fue a Ayax el grande.) Bueno, Ayax también es buenísimo para la pelea y empieza ganado el pleito pero la pelea se tiene que interrumpir porque se hace de noche e intercambian regalos (algo así como lo del jersey que mencionamos antes.) Néstor dice que los aqueos deberían darse un tiempo para construir un fuerte para proteger sus barcos y quemar a los muertos. En Troya, Antenor dice que deben mandar a Helena y todas sus cosas de regreso con los aqueos. Esto suena muy bien pero Paris no quiere soltarla y dice que no, sin embargo, permite que envíen las cosas de Helena y algunas de sus pertenencias. Cuando hacen esto establecen una tregua temporal para que todos se encarguen de sus muertos. Los troyanos tienen una escena muy triste en donde juntan a todos sus muertos pero no lloran. Los aqueos hacen lo mismo, cavan una fosa muy grande y construyen altas paredes alrededor. Mientras tantos Zeus lanza rayos y truenos toda la noche.
Libro VIII
Este libro empieza con Zeus dando órdenes. Les dice a los dioses y diosas que deben mantenerse fuera de la batalla de ahí en adelante o se las van a tener que ver con él, y él puede apalearlos a todos. Zeus utiliza una balanza de oro para definir la suerte de los troyanos y aqueos. La balanza se inclina del lado de los troyanos y Zeus manda unos rayos sobre los aqueos para espantarlos y que huyan. Diomedes tiene miedo de que Héctor se burle de él si corre y quiere quedarse pero Zeus con sus truenos le hace entender que debe irse. La cosa se ve fea para los aqueos hasta que Agamenón convence a sus hombres y la pelea empieza de nuevo. El hermano del gran Ayax, Teukro, empieza a darle a los troyanos con su arco y flechas pero Héctor acaba con el de una pedrada y se lo tienen que llevar. Las cosas se ponen feas para los aqueos otra vez. Hera y Atenea no están conformes planean bajar y pelear un poco. Zeus se da cuenta y les dice que si bajan, se va a arrepentir. Con esto las detiene. Después Zeus le dice a Hera que los troyanos seguirán ganando hasta que llegue Aquiles y peleé de nuevo.
Héctor acampa con sus hombres afuera del campamento aqueo.
Libro IX
Agamenón reúne a su gente y les dice que como están perdiendo lo mejor sería regresar a casa. En esta ocasión no está probando a sus hombres, está hablando en serio. Diomedes se levanta y se enfrenta a Agamenón por cobarde y dice que él se va a quedar. Los demás están de acuerdo. Tienen una gran cena y Néstor le dice a Agamenón que debe disculparse con Aquiles. Agamenón esta de acuerdo y dice que le va a regresar a su mujer junto con todo su oro, caballos y demás. Aquiles está sentado en su tienda recitando un poema. Primero Odiseo trata de convencer a Aquiles que regrese. Aquiles dice que no porque piensa que su honor ha sido ofendido y ninguna cantidad de regalos puede borrar la falta. Después un viejo amigo de Aquiles, Fénix, trata de convencerlo, pero Aquiles se rehúsa. Entonces el gran Ayax le dice a Aquiles que debe regresar a pelear por sus amigos que lo necesitan. Aquiles dice que no lo haría aunque todos murieran. Ayax se da cuenta de que no lo va a convencer y se va.
Libro X
Ni Agamenón ni Menelao pueden dormir porque saben que le van a ganar así que deciden enviar un espía al campamento troyano. Diomedes dice que él va a ir y se lleva a Odiseo con él. Se escurren y son guiados por un ave que les envía Atenea. En el campo troyano, Héctor tampoco puede dormir y tiene el mismo plan que Agamenón. Así que envía a un tipo llamado Dolón para espiar a los aqueos. Como te puedes imaginar Diomedes y Odiseo capturan a Dolón antes de que llegue muy lejos y lo interrogan. Odiseo dice que no lo van a matar y Dolón habla. Les dice que van a llegar refuerzos desde Tracia (una ciudad en Grecia.) Los tracianos son dirigidos por el rey Reso y él tiene unos caballos blancos impresionantes. Diomedes le corta la cabeza... y eso que no lo iban a matar. Diomedes y Odiseo sorprenden a los Tracianos, matan a su rey y otros tipos, y después se roban los caballos. ¡Anotación!
Libro XI
Agamenón se pone su armadura y se alista para la batalla de ese día. Homero se la pasa describiendo esto... aburrido. Agamenón es el héroe del día y mata a muchos troyanos. La cosa se ve fea para ellos, pero Zeus le dice a Héctor que si Agamenón resulta herido los troyanos ganan. Así que Agamenón resulta herido y los troyanos empiezan a ganar. Todos lo aqueos resultan heridos. A Diomedes lo hiere una flecha de Paris. Odiseo también es herido. Aquiles esta observando todo esto pero sigue portándose como bebe, así que envía a Patroclo su mejor amigo para que averigüe que está pasando. Patroclo habla con Néstor que trata de convencerlo para que haga que Aquiles peleé o bien que se ponga la armadura de Aquiles para engañar a los troyanos.
Libro XII
Los troyanos están cerca de la muralla de los aqueos y empiezan el ataque. Hay un augurio en el que aparece un águila que sostiene a una serpiente. Héctor dice que es una buena señal y sigue atacando. Héctor lanza una roca contra la pared y los troyanos entran arrasando con todo.
Libro XIII
Hay más batalla. Muchos detalles sangrientos. Cosas muy aburridas. Héctor sigue ganando. Hay otro augurio con un águila y Héctor dice otra vez que es un buen símbolo. Sin embargo sientes que está equivocado.
Libro XIV
Las cosas se ponen muy feas para los aqueos. Agamenón sugiere de nuevo que se regresen a sus casas. Diomedes y Odiseo dicen que no. Poseidón, el Dios del mar, ayuda a los aqueos. A Hera le parece bien pero no quiere que Zeus intervenga así que se arregla y se pone muy sexy. Va a coquetearle a Zeus y tienen relaciones. Zeus se queda dormido después y Poseidón sigue ayudando a los aqueos. El gran Ayax le pega a Héctor en el pecho con una roca y Héctor sale de la batalla. Los aqueos se recuperan.
Libro XV
Zeus despierta y se enoja. Le grita a Hera y le dice en detalle como va a dejar que los troyanos ganen hasta que Aquiles regrese a la batalla. Se va a preparar sus planes. Le da fuerza a Héctor y los troyanos empiezan a ganar de nuevo. Zeus se asegura que Héctor no resulte herido.
Libro XVI
Patroclo está muy molesto porque los aqueos están perdiendo y se regresa a contarle a Aquiles. Le grita por no involucrarse y le pide permiso para usar su armadura y así ayudar a los aqueos. Aquiles acepta y ayuda a Patroclo a vestirse. Le dice que no intente llegar hasta las murallas de Troya porque eso enojaría a los dioses. Aquiles llama a sus seguidores, los Mirmidiones, y los alista para la batalla. Los troyanos se asustan cuando ven a Patroclo, porque piensan que es Aquiles. Todos empiezan a correr. Patroclo mueve a los aqueos matando un montón de gente. Se acerca demasiado a Troya y enoja a Apolo quien lo golpea por atrás mientras lucha, su armadura se cae y Héctor acaba con él.
Libro XVII
Todos luchan por el cuerpo de Patroclo y la armadura de Aquiles. Los aqueos quieren darle a Patroclo un entierro decoroso y los troyanos quieren la armadura de Aquiles. Héctor toma la armadura y los aqueos siguen peleando por el cuerpo. El hijo de Néstor, Antiloco, le cuenta a Aquiles lo que sucedió. Los troyanos empiezan a ganar de nuevo.
Libro XVIII
Antiloco le cuenta a Aquiles. Aquiles se pone muy triste y llora, se enoja consigo mismo por permitir que sucediera y decide usar su enojo contra Héctor. Su mamá Tetis va a recuperar la armadura de su hijo, pero Hera envía a Iris para decirle a Aquiles que necesita moverse rápido porque Héctor esta a punto de arrastrar el cuerpo de Patroclo dentro de Troya. Aquiles sale desarmado y asusta a los troyanos porque hay muchos rayos y truenos y un círculo de llamas alrededor de su cabeza. Un amigo le dice a Héctor que debe regresar a Troya pero Héctor no lo escucha. Tetis está en la casa de Hefesto, el dios del fuego, que esta haciendo una armadura nueva para Aquiles. Le hace un escudo realmente magnifico que tiene diferentes escenas de las estrellas, ciudades y celebraciones. Homero se pasa un buen rato describiéndolo.
Libro XIX
Al día siguiente Tetis le da a Aquiles su armadura nueva. Aquiles reúne a los aqueos y hace las pases con Agamenón. Agamenón quiere darle a Aquiles los regalos que le prometió. Aquiles quiere apurarse e ir a pelear y saltarse lo de los regalos. Se quiere saltar hasta el desayuno. Odiseo dice que necesitan comer y que deben intercambiar regalos para asegurarse que todo está aclarado. Aquiles recupera sus cosas y su mujer. Su caballo, si su caballo, le dice que morirá si pelea. Aquiles lo sabe y dice que no importa. Va a pelear.
Libro XX
Zeus permite que los dioses se involucren de nuevo porque sabe que Aquiles ya esta en la batalla. Aquiles está matando a medio mundo. Se encuentra a Eneas y lo va a matar también pero Poseidón lo salva porque Eneas debe vivir para fundar Roma (Lee la Eneida.) Apolo esconde a Héctor en la bruma para que Aquiles no lo pueda ver. Aquiles sigue luchando.
Libro XXI
Aquiles hace retroceder a los troyanos matando a todos los que se encuentra en su camino. No tiene piedad de nadie. Todos estos troyanos caen al río Xanto y Aquiles los sigue para matarlos. El dios del río, Xanto, le pide a Aquiles que deje de matar gente porque sus aguas se están poniendo rojas por la sangre. Aquiles acepta pero Xanto le pide a Apolo que ayude a los troyanos. Aquiles se enoja así que ataca al río... imagínate. El río y él se pelean. Hera logra que Hefesto incendie las planicies con lo que las aguas del río hierven y así deja a Aquiles sólo. Todos los dioses empiezan a pelear de nuevo excepto por Zeus. Aquiles se encuentra a un troyano llamado Agenor en las puertas de Troya. Empiezan a pelear, pero Apolo esconde a Agenor en la bruma y le permite escapar. Apoyo toma la forma de Agenor y aleja a Aquiles de las puertas. Todos los troyanos se meten a la ciudad.
Libro XII
Aquiles se da cuenta que ha sido engañado por Apolo y retoma la batalla. El rey Priamo observa y esta triste. Sabe que cosas malas van a pasar en Troya y a su hijo Héctor. El y la mamá de Héctor, Hécuba, tratan de convencerlo para que no peleara con Aquiles. Hécuba le muestra un seno como prueba de maternidad para convencerlo. Héctor discute pero siente que su deber es defender la ciudad. Aquiles ataca a Héctor y este tiene que huir cuando pierde. Aquiles lo persigue alrededor de las murallas de la ciudad. Atenea engaña a Héctor para que se detenga. Héctor le dice a Aquiles que pase lo que pase no pueden destruir sus cuerpos pero Aquiles dice que no es cierto y le corta la garganta. Le quita a Héctor la armadura, hace hoyos en sus tobillos y lo arrastra alrededor de la ciudad amarrado a un carruaje. Muy desagradable. De todos modos los dioses no permiten que su cuerpo se destroce. Todos están tristes en Troya.
Libro XXIII
Aquiles y sus muchachos, los Mirmidiones, celebran un funeral para Patroclo. Patroclo regresa de entre los muertos como fantasma y le pide a Aquiles que lo entierre rápido para que pueda ir a la tierra de los muertos. Aquiles construye una enorme pira funeraria (una pira funeraria es un montón de madera y cosas sobre las que pones un cadáver para quemarlo) y quema a Patroclo. Al día siguiente celebra unos juegos funerarios en honor de Patroclo. Estos juegos eran como boxeo, lucha libre o carreras. El último juego es lanzamiento de lanza y Aquiles permite que Agamenón triunfe porque es el líder y están tratando de ser amigos.
Libro XXIV
Aquiles no se puede sobreponer a la muerte de Patroclo. No puede dormir así que se levanta y arrastra el cuerpo de Héctor alrededor de la pira funeraria. Zeus le dice a Tetis, la mamá de Aquiles, que le diga que ya es suficiente y que regrese el cuerpo. El rey Priamo es dirigido por el dios Hermes hasta la tienda de Aquiles y le ruega que le regrese el cuerpo de Héctor. Aquiles y Priamo lloran juntos por sus pérdidas. Aquiles piensa en matar a Priamo, pero lo deja ir y llevarse el cuerpo de Héctor. La mamá de Héctor, su esposa y Helena lloran la muerte de Héctor y los troyanos construyen una enorme pira funeraria y queman a Héctor.
Para que te luzcas!
La figura principal en la historia es Aquiles. Parece que toda la historia gira alrededor de él, aunque realmente no aparezca mucho.
Aquiles es un personaje un tanto inconsciente. Él es bendecido por los dioses y considerado un verdadero héroe pero pierde la calma en las discusiones y deja a sus amigos morir cuando lo necesitan.
¿Es realmente leal con alguien o solo consigo mismo? Puedes argumentar ambas posiciones.
Telemonio Ayax, Ajax el grande, es un personaje muy padre para analizar. Es un gran guerrero y nunca recibe ayuda de los dioses. Los dioses ayudan a todos los otros héroes en la Ilíada cuando están peleando, pero a Ayax jamás. Posteriormente muere por insultar a Atenea. Si te preguntaran quien es el mejor guerrero, ¿ porqué no Ayax? Gana sin ayuda de nadie.
Un tema muy importante es la voluntad de los dioses. Los dioses suelen definir el destino del hombre. Zeus decide todo aunque a veces, no es claro si está decidiendo el destino o solo asegurándose de que se cumpla. Toma en cuenta la escena en que usa una balanza para medir el destino de los griegos y troyanos en la pelea. ¿Cuánto decide realmente?
Los dioses usualmente representan características humanas.
El Honor es otro tema importante en la Ilíada. Héctor pelea por el honor de Troya. Los Aqueos pelean por el honor de Menelao cuya esposa, Helena, está en Troya.
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jhonatan aguirre choa

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PERIODICO UNIVERSAL:
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jhonatan aguirre choa

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QUE PASO?
Le inyectaron a yessica sediel  le pusieron en cada nalga 50 centímetros cúbicos de cilicona liquida. el cual ella pensaba que era ácido ieludonico.

CUANDO PASO?
A finales de los 80 y a comienzos de los 90

COMO PASO?
Todo empezó cuando a ella le empezaron a decir que esto era super bueno que se lo hiciera aplicar, y pues ella tomo los consejos de este medico y se hizo inyectar lo que según le hicieron creer a ella ieludonico.

PORQUE PASO?
Porque la sociedad empezó a medir la belleza por el tamaño de sus bustos y por el tamaño de sus nalgas. desde allí en ese momento  las mujeres y los hombres empezaron a ponerse este tipo de tratamientos

A QUIEN LE PASO?
A  hombres y mujeres

DONDE PASO?
En colombia
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EL RETRATO DE DORIAN GRAY:
Capítulo I.-
 Basilio se encuentra platicando con Lord Henry y admirando lo que él llama su obra maestra, le confiesa la idolatría que siente por la belleza de este adolescente.
 Capítulo II.-
 Lord Henry conoce a Dorian Gray y a través de la plática casualmente ambos conocen a la tía Ágata, ésta visita resulta ser positiva ya que para Dorian, Basilio es muy aburrido porque no le gusta conversar cuando está pintando.
 Lord Henry conversa con Dorian de cosas que le sorprenden, de las que él no había reflexionado, como la importancia de los sentidos, del alma y la juventud de la que éste goza, le dice que la juventud no es eterna y que debe aprovecharla.
 Capítulo III.-
 Lord Henry averigua más sobre Dorian y descubre que su tío Jorge conoce a la familia de éste, su mamá, Margarita Devereux, e hija de Lord Kelso.
 Margarita Devereux se enamoró de un hombre pobre, al cual Lord Kelso se dice mandó matar y por esta razón a pesar de que ella vivía en casa de su papá, jamás volvió a hablarle.  Con esta información Lord Henry se dio cuenta de lo que podía llegar a hacer con Dorian, a quien llamó “Hijo del amor y la muerte”.
 Lord Henry tenía una cita con su tía Ágata a la cual también asistirían Dorian y amigos de su tía.  Estos se reunían para discutir sobre la forma tan particular de cada uno, de cómo veían la vida de los americanos. 
 Cuando Lord Henry les dio un largo contexto de  que los seres humanos nos olvidamos de sonreír y nos preocupamos demasiado por cosas superficiales, como “el ¿qué dirán?”, todos los invitados prestaron gran atención y al terminar de hablar le mostraron lo encantados que estuvieron con su maravillosa conversación y enseñanza que obtuvieron.
 Capítulo IV.-
 Un mes después Dorian le confiesa a Lord Henry y a Basilio estar enamorado de una actriz Sibila Vane, la cual conoce en un teatro, él dice que ella lo nombra “Príncipe Encantado”, los convence para que vayan a ver a su amada al teatro.
 Basilio y Lord Henry se quedan pensando en que nuestros más débiles impulsos son aquellos de cuya naturaleza tenemos conciencia y que con frecuencia pensando hacer una experiencia sobre los demás, la hacemos realmente sobre nosotros mismos.
 Capítulo V.-
 Sibila Vane entra a su casa y le dice a su madre que es muy feliz con su “Príncipe Encantado” y ella le advierte que sólo si es rico podrá pensar en matrimonio, a ella no le importan las palabras de su madre, pero entra su hermano Jaime y con voz de disgusto le dice que no va a permitir que nadie la lastime y que si ese “ Príncipe Encantado”  se atreve a hacerlo, lo matará y advierte a su madre que debe cuidar de ella porque él viajará a Australia.
Capítulo VI.-
 Lord Henry, Basilio y Dorian tenían una cita en un hotel, a la que Dorian aún no llegaba y Lord Henry aprovechaba para contarle a Basilio que éste se había comprometido en matrimonio con Sibila Vane, a lo que Basilio respondió que no estaba de acuerdo porque pensaba que sólo lo buscaba por su fortuna, en ese momento llegó Dorian y les dice que es muy feliz con su amada,  les advierte que todo debe ser un secreto porque él no es mayor de edad y en cuanto lo sea va  a hacer lo que quiera y eso es casarse con Sibila.
Capítulo VII.-
 Llegan al teatro donde actúa Sibila, a Lord Henry le parece un lugar horrible y  critica todo lo que ve, pero Basilio le dice que si eso lo hace feliz él lo apoyará, al fin cuando se levanta el telón, los dos amigos se quedan asombrados con la belleza de Sibila, pero los desilusiona su actuación porque era demasiado artificial y sin talento, Lord Henry se levantó y dijo que se fueran, que no aguantaba el escándalo que todo el público estaba haciendo.
 Dorian no entendía qué le pasaba a Sibila, se repetía que era una actriz vulgar y mediocre, a lo cual Basilio le dijo antes de irse que no hablara así de alguien a quien amaba porque el amor es más hermoso que el arte y se fue junto con su amigo.
 Al terminar la obra Dorian se dirige a Sibila y le reclama su mala actuación, la humilló, la insultó y cuando ella se quiso acercar a él la despreció, ella le decía que con él había conocido el amor y que se había olvidado de todo hasta de la actuación, pero que no le importaba porque ahora era feliz, Dorian le dice que él se había enamorado del arte que ella desempeñaba, que no quería saber más de ella, pero ella le suplicaba que no la abandone y él sin hacer caso de sus súplicas sale del teatro.
Capítulo VIII.-
 Al día siguiente Dorian despertó y se da cuenta que el cuadro tuvo un cambio, pensó que era el reflejo del pecado de crueldad que había tenido con Sibila, en ese momento le escribió una carta en donde le pedía perdón y le decía que su promesa de matrimonio seguía en píe, pero llegó Lord Henry y le dice que Sibila estaba muerta. Dorian se queda asombrado con la noticia y no sabe qué decir,  Mientras que a Lord Henry le preocupa mucho el escándalo y la reputación de Dorian, le recuerda que tienen un compromiso para ir a la ópera y que es una magnifica idea para que nadie lo relacione con la muerte de esa muchacha.
Capítulo IX.-
 Cuando Dorian se desayunaba llega Basilio muy preocupado por el estado de ánimo que podría tener Dorian por la muerte de Sibila, pero Basilio se asombró de la frialdad con la que hablaba de ese hecho y le dijo que ya no era el mismo.
 Basilio le dice que le preocupa la información judicial y le preguntó si alguien sabía su nombre, pero él dijo que ella sólo lo llamaba  “Príncipe Encantado“  y éste se queda tranquilo, Dorian le pide que haga un retrato de Sibila y acepta diciendo que debía ir a posar, a lo cual Dorian se negó rotundamente y Basilio dijo entonces que llevaría su retrato a la exposición de Paris, pero Dorian le recordó que él prometió no exponer ese cuadro en ningún lugar y que dejaría que lo llevara con una condición, que le contara su secreto, Basilio aceptó condicionándolo también a contestar una pregunta ¿Has notado algún cambio en el retrato? Dorian se asustó y por su expresión supo que ya lo había notado y se sentó a contarle su secreto diciéndole, cuando lo conocí lo idolatré de inmediato pensando que era un sentimiento que los demás juzgarían como pecaminoso y por eso nunca se lo dije, pero que eso ya no importaba que sólo quería llevar el retrato a la exposición, la confesión a Dorian le sorprendió mucho, pero también le preocupó porque él sentía lo mismo por Lord Henry y le dijo al pintor que le agradecía su confianza, pero que no volvería a posar para él y nunca más nadie volvería a ver el cuadro, que lo iba a cambiar de lugar.
Capítulo X.-
 Dorian llama a su criado y le pide que envíe a dos hombres para que le ayuden a cambiar de lugar el cuadro, lo subieron tranquilamente a la habitación que Dorian había ocupado cuando era niño, cerró y guardó él la única llave que había de la habitación.
 Después regresó y se sentó a leer una información que le mandó Lord Henry que hablaba de la muerte de Sibila, pero se enojó mucho ya que estaba tan paranoico con lo del cuadro que todo lo asustaba y con cualquier cosa se enojaba, tomó otro de los libros que le había mandado Lord Henry, y lo encontró tan interesante porque era de sueños que él había tenido, ahí se revelaban cosas que nunca había pensado, las descubría de una manera muy interesante.
Capítulo XI.-
 Pasaron los años y ese libro seguía influenciando la vida de Dorian ya que parecía su vida entera antes de que él la viviera. Conforme pasaba el tiempo la gente se asombraba más de Dorian ya que el paso del tiempo no se notaba en él, pero había gente que solía ser su amigo y de repente se apartaban de él sin dar una explicación, pero a él no le importaba eso y seguía con su vida social de siempre.
 Al llegar a su casa fue a ver el cuadro y descubrió que éste había envejecido y que él no tenía ni una sola arruga como algún día él había deseado y que ahora no lo hacía sentir tan bien como se lo imaginaba, pero decidió seguir con su vida y empezó a buscar diferentes actividades como internarse en la religión católica, en la música, hizo grandes fiestas, se metió al mundo de las joyas, a los bordados y tapices, así fue pasando de un lugar a otro teniendo especial influencia entre los jóvenes a lo que él sentía cierto temor.
Capítulo XII.-
 Dorian ya casi tenía treinta y ocho años cuando un día saliendo de la casa de Lord Henry encontró a Basilio y éste le dijo que tenía que hablar con él antes de irse de viaje a París, entraron a la casa de Dorian y Basilio le preguntó, qué pasaba con él, porque todos los jóvenes que se acercaban a él terminaban en muy malas condiciones o terminaban suicidándose, a lo que Dorian contestó: porque conozco todo cuanto se refiere a sus vidas, pero no porque ellos sepan mucho de la mía, al descubrirles y demostrarles que son muy hipócritas, ellos se ofenden y por eso me repudian porque yo sé hasta su pecado más secreto, Basilio le dijo que debería conocer su alma y que no debería juzgar a los demás porque él también tenía cosas que no eran tan buenas, Dorian se levantó y le dijo que en ese momento le iba a enseñar su alma.
Capítulo XIII.-
 Subieron a la habitación donde Dorian escondía el cuadro que había hecho Basilio y cuando éste miró el cuadro casi se desmaya de la impresión, pero trata de justificar el por qué se veía así diciendo que tal vez por la humedad y el moho, mientras repentinamente Dorian se llenaba de odio hacia Basilio sintiendo que el retrato le decía al oído que lo matara y Dorian lo mata haciéndole un agujero en el cuello, inmediatamente se va de allí sin que nadie se dé cuenta, salió a la calle y toca la puerta para que el criado le abra,  y no lo relacionen con la muerte de Basilio.
Capítulo XIV.-
 A la mañana siguiente Dorian se despertó muy tranquilo y sin ningún remordimiento, mientras se desayunaba busca en una agenda el nombre de Alan Campbell y cuando lo encontró, manda a su criado a buscarlo, le mandó una carta pensando que era la persona que podía ayudarle a deshacerse del cuerpo de Basilio ya que éste era un gran químico y podía inventar una sustancia, el criado se fue en busca de Alan y de inmediato regresaron, cuando Dorian lo vio le contó que había un muerto en la habitación de arriba y que lo mandó llamar porque necesitaba que le ayudara a deshacerse de él, en un principio éste se negó, pero Dorian lo amenazó y como éste sabía cosas de la vida de Alan a él no le quedó otra que aceptar.  Dorian le dijo al criado que se fuera, que tenía toda la tarde para él y Alan subió a hacer el trabajo, éste bajó pálido pero tranquilo y dijo a Dorian, ya hice lo que me pidió y espero que no  volvamos a vernos nunca, Dorian subió a ver la habitación y ya no estaba el cuerpo sólo había un horrible olor a ácido nítrico.
Capítulo XV.-
 A las ocho y media de la noche Dorian ya estaba en el salón de Lady Narborough una amiga, y nadie se imaginaba lo que acababa de pasar, él instantáneamente experimentó el terrible placer de una doble vida y se sentía muy mal, cuando de repente ve entrar a Lord Henry  siente un gran consuelo, cuando éste va a donde está Dorian lo ve muy desmejorado y le pregunta que si tiene algún problema y Lady Nearborough contesta es que Dorian está enamorado, éste rechaza no haberse enamorado desde que Madame Ferrol. Cuando sonaron las doce campanadas Dorian subió a un coche y dio al cochero una dirección.
Capítulo XVI.-
 Tumbado en el coche Dorian miraba la sórdida vergüenza de la ciudad repitiendo interiormente las palabras que le dijo Lord Henry el día que se conocieron, “Curar el alma por medio de los sentidos, y los sentidos por medio del alma”. Su alma en verdad estaba mortalmente enferma, había derramado sangre inocente, pero aunque el perdón fuera imposible, posible era aún el olvido y él estaba decidido a olvidar.
 Dorian se estremeció y rápidamente se dirigió al muelle, al cabo de unos minutos llegó a una casita miserable, entró sin decir una palabra, unos niños jugaban con unos dados de hueso, dos mujeres mofándose de un viejo que se restregaba las nalgas con una expresión de asco, Dorian miró aterrorizado y empezó a lloriquear. Él estaba prisionero en sus pensamientos y de sus culpas,  parecía ver los ojos de Basilio mirándolo, necesitaba escapar de sí mismo y se fue al muelle, allí tomo brandy con Adriano y arrojando dinero pidió a las mujeres que no lo molestaran, al dirigirse a la puerta una horrible risa brotó de la mujer que había cogido el dinero y gritó ¡Ahí va el que hizo el pacto con el diablo!, ¡Maldita! respondió él, le gusta mejor que le digan “Príncipe Encantado”, Dorian apresuraba el paso para salir de allí, pero fue empujado mientras una mano le apretaba la garganta con esfuerzo, soltándose vio a un hombre fornido y enojado era Jaime Vane y preguntó, Dorian ¿qué le he hecho yo?, destrozó la vida de Sibila Vane hace dieciocho años y ella era mi hermana, pero Dorian le dijo que lo llevara a la luz y se iba a dar cuenta de que era imposible que él hubiera conocido a su hermana, al fin lo llevó  a la luz y Jaime Vane se dio cuenta que era muy joven para que hubiese conocido a Sibila, le pide una disculpa y lo dejó ir.
Capítulo XVII.- 
 Dorian fue al invernadero de Selby Royal, platicando con la duquesa de Monmouth Lord Henry se acercó a ellos y le preguntó a ella si ya le había platicado Dorian de su proyecto de rebautizar todo, entonces cómo vamos a llamarte Henry le preguntó ella el Príncipe Paradoja dijo Dorian por qué valoras demasiado la belleza, a lo que responde confieso creer que es mejor ser bello que bueno, la fealdad es una de las virtudes capitales, nuestro anfitrión fue bautizado como el “Príncipe Encantado”, no me recuerde usted eso por favor exclamó Dorian, déjeme le traigo unas orquídeas, pero apenas había terminado de hacerlo cuando se desmayó al ver en la ventana del invernadero la cara de Jaime Vane vigilándole.
Capítulo XVIII.-
 Al día siguiente, Dorian no salió de su casa, tenía un infinito terror a la muerte cuando cerraba los ojos veía la cara del marinero, el horror parecía poner su mano en su corazón, los remordimientos no le permitían vivir.
 Imaginaba cosas que no estaba seguro de haberlas visto. Dorian le dijo a Lord Henry que presentía que algo horrible le iba a suceder a alguno de los dos y éste le contestó que lo único horrible era el aburrimiento, Dorian ordenó a su criado que preparara sus cosas para el expreso de la noche a Londres, en eso estaba, cuando tocaron a la puerta y era el guardia mayor, que fue a informarle que sólo sabía de la víctima que era un marinero y Dorian sintió como si su corazón cesara de latir y algo le decía que ese hombre era Jaime Vane y fue a comprobarlo, efectivamente era él, permaneció mirando el cadáver unos minutos y se marchó con los ojos llenos de lágrimas.
Capítulo XIX.-
 Lord Henry dice a Dorian que no puede cambiar, que de nada le sirve ser bueno, pero Dorian  le asegura que  esta haciendo cosas buenas para cambiar, como la historia de una mujer que no ha querido perder,  Hetty ella no pertenecía a nuestra clase pero yo la amaba,  durante el mes de mayo solía verla dos o tres veces por semana, y ayer la encontré pero la dejé ir para no hacerle ningún daño como tantas veces he lastimado y degradado a la gente de mi alrededor, es el primer sacrificio de mí mismo que conozco, quiero ser mejor.
 La gente todavía discute la desaparición de Basilio dijo Lord Henry y a mí no me interesa lo que él haya decidido de su vida, Dorian le preguntó ¿no se le ha ocurrido que Basilio haya sido asesinado?, no sé quien podría tener ese interés, pintaba maravillosamente pero era poco astuto, Dorian lo interrumpió para confesarle que él había asesinado a Basilio, Lord Henry sólo comentó todo crímen es vulgar y toda vulgaridad es un crímen y le preguntó por el cuadro que había hecho Basilio, él sólo contestó que ya lo había olvidado y que jamás le había gustado, a propósito dijo Lord Henry ¿qué provecho logra el hombre que gana el mundo entero pero pierde su alma?. Por qué me lo pregunta a mí dijo Dorian, porque es la única persona que puede contestarme, Dorian dijo que es una terrible realidad pero que el alma existe y que cada uno de nosotros puede envenenarla o hacerla perfecta.
 Lord Henry preguntó a Dorian, que cuál era su secreto para conservarse joven y maravilloso como lo había conocido, me pregunto cuál será el final de su vida, me satisface pensar que la vida ha sido su arte. Sí, mi vida ha sido exquisita pero no voy a seguir la misma vida y ahora si me disculpa quiero acostarme temprano, mañana nos veremos a las once dijo Dorian y se retiró.
Capítulo XX.-
 Cuando iba hacia su casa dos muchachos dijeron al verlo es Dorian Gray. Recordó como le gustaba que la gente hablara de él y en ese momento le cansaba oír su propio nombre.
 Cuando llegó a su casa se echó sobre el sofá y sintió un ardiente anhelo por la pureza inmaculada de su adolescencia, como Lord Henry la dominó y la había llenado de vergüenza, recordó el momento de orgullo y de pasión en que pidió que el retrato cargase con el peso de sus días y él conservase el inmaculado esplendor de la juventud, mejor hubiese sido que cada pecado de su vida trajese consigo su segura y rápida pena.
 Pensaba en el suicidio de Sibila Vene, Jaime Vane yacía en una tumba sin nombre, Alan Campbell se mató en su laboratorio, la desaparición de Basilio y era la muerte en vida de su propia alma la que lo trastornaba, el retrato era el causante de todo y pensó que si éste desaparecía se sentiría mejor, subió a la habitación donde estaba el cuadro, tiró de la cortina que cubría el retrato y un grito de dolor y de indignación se le escapó, miró a su alrededor y vio el cuchillo con el que había matado a Basilio, lo tomó y apuñaló el retrato, sólo se oyó un grito tan horrible que los criados salieron rápido a mirar qué pasaba, al subir a la habitación encontraron el cuadro de Dorian en toda la maravilla de su exquisita juventud y de su belleza y en el piso un hombre muerto, en traje de etiqueta, con un cuchillo en el corazón, lleno sangre su cara era repugnante y llena arrugas, hasta que examinaron las sortijas que llevaba supieron que era Dorian Gray que al fin  había liberado su alma del infierno donde la había depositado con el solo fin de conservar la belleza física.
PERSONAJES 

Dorian Gray.- Un adolescente gentil, con labios escarlata finamente dibujados, ojos azules, pelo rizoso y dorado.
Basilio Hallward.- Pintor extraordinario, hombre bueno  preocupado por la reputación de las personas y es quien pinta el retrato de Dorian Gray.
Lord Henry Wotton.- Hombre perverso, inmoral y no le preocupa el dolor de los demás.
Lady Ágata.-  Tía de lord Henry y amiga de Dorian Gray.
Margarita Deverux.- Mamá de Dorian.
Lord Kelso.- Abuelo de Dorian.
Lord Jorge Fermor.- Tío de lord Henry quien le cuenta la historia familiar de Dorian Gray.
Duquesa de Harley.-  Amiga de lord Henry, dama de magnífico carácter y maravilloso temperamento.
Tomas Burson.- Miembro radical del Parlamento.
Erkin de Treadley.-  Viejo caballero, culto que siempre guardaba silencio.
Vandeleur.- Antigua amiga de la tía de lord Henry, era una santa pero muy desaliñada.
Lord Faudel.- Un hombre de edad media, medio inteligente, pero muy pelado.
Sibila Vane.- Actriz de teatro muy hermosa que se enamoró de Dorian Gray.
Jaime Vane.- Hermano de Sibila Vane.
Alan Campbell.- Químico extraordinario, víctima de Dorian Gray.
Lady Nearborough.- Dama inteligente, esposa de un embajador.
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jhonatan aguirre choa

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QUE ES LA LECTURA ABDUTIVA:
La lectura abductiva requiere alto razonamiento e inferencia; exige un lector observador de los detalles del texto. Un lector investigador, un lector capaz de inferir los múltiples implícitos de un texto y con base en ellos, conjeturar y finalmente, verificar sus hipótesis, es decir, que construya sentido mediante las estrategias cognitivas. (Predicción, inferencia, verificación y corrección) en la interacción con el texto. Cabe aclarar que se entiende por hipótesis el enunciado que se construye en forma afirmativa o negativa anticipando una o varias posibles respuesta(s) o solución(es) a una determinada sospecha. En otras palabras, indica lo que se está buscando o tratando de probar y son explicaciones tentativas del fenómeno investigado y se apoya en conocimientos organizados. No necesariamente es verdadera, y ésta básicamente, revela anticipadamente un hecho relacionado con el desarrollo y con la finalización de un texto.

QUE ES IMPRONTA:
La impronta genética o "imprinting" es un fenómeno genético por el que ciertos genes son expresados de un modo específico que depende del sexo del progenitor.

QUE ES UN INDICIO:
es, según Charles Sanders Peirce, un signo determinado por su objeto dinámico en virtud de la relación real que mantiene con él.
Un indicio es el carácter, pista o descubrimiento que carece de sentido pero da un rastreo objetivo.
El indicio se correspondería con la Secundaridad; es un signo que se encuentra en contigüidad con el objeto denotado, como por ejemplo ocurre con la aparición del síntoma de una enfermedad, el descenso del barómetro, la veleta que indica la dirección del viento. y cognitivo de la idea planteada en el enunciado,Segun Oscar Rojas.

QUE ES UN SINTOMA:
es, en medicina, la referencia subjetiva que da un enfermo por la percepción o cambio que reconoce como anómalo, o causado por un estado patológico o enfermedad.
El término síntoma no se debe confundir con el término signo, ya que este último es un dato objetivo y objetivable. El síntoma es un aviso útil de que la salud puede estar amenazada sea por algo psíquico, físico, social o combinación de las mismas


QUE ES UN SIGNO:
La palabra signo deriva del vocablo latino signum. Se trata de un término que describe a un elemento, fenómeno o acción material que, por convención o naturaleza, sirve para representar o sustituir a otro. Un signo es también aquello que da indicios o señales de una determinada cosa (“El presidente se ruborizó, un signo de su vergüenza”) y una figura que se utiliza en la escritura y en la imprenta.

CUENTO: LA LIGA DE LOS PELIROJOS:
Había ido yo a visitar a mi amigo el señor Sherlock Holmes cierto día de otoño del año pasado, y me lo encontré muy enzarzado en conversación con un caballero anciano muy voluminoso, de cara rubicunda y cabellera de un subido color rojo. Iba yo a retirarme, disculpándome por mi entremetimiento, pero Holmes me hizo entrar bruscamente de un tirón, y cerró la puerta a mis espaldas.
-Mi querido Watson, no podía usted venir en mejor momento -me dijo con expresión cordial.
-Creí que estaba usted ocupado.
-Lo estoy, y muchísimo.
-Entonces puedo esperar en la habitación de al lado.
-De ninguna manera. Señor Wilson, este caballero ha sido compañero y colaborador mío en muchos de los casos que mayor éxito tuvieron, y no me cabe la menor duda de que también en el de usted me será de la mayor utilidad.
El voluminoso caballero hizo mención de ponerse en pie y me saludó con una inclinación de cabeza, que acompañó de una rápida mirada interrogadora de sus ojillos, medio hundidos en círculos de grasa.
Tome asiento en el canapé -dijo Holmes, dejándose caer otra vez en su sillón, y juntando las yemas de los dedos, como era costumbre suya cuando se hallaba de humor reflexivo. De sobra sé, mi querido Watson, que usted participa de mi afición a todo lo que es raro y se sale de los convencionalismos y de la monótona rutina de la vida cotidiana. Usted ha demostrado el deleite que eso le produce, como el entusiasmo que le ha impulsado a escribir la crónica de tantas de mis aventurillas, procurando embellecerlas hasta cierto punto, si usted me permite la frase.
-Desde luego, los casos suyos despertaron en mí el más vivo interés -le contesté.
-Recordará usted que hace unos días, antes que nos lanzásemos a abordar el sencillo problema que nos presentaba la señorita Mary Sutherland, le hice la observación de que los efectos raros y las combinaciones extraordinarias debíamos buscarlas en la vida misma, que resulta siempre de una osadía infinitamente mayor que cualquier esfuerzo de la imaginación.
-Sí, y yo me permití ponerlo en duda.
-En efecto, doctor, pero tendrá usted que venir a coincidir con mi punto de vista, porque, en caso contrario, iré amontonando y amontonando hechos sobre usted hasta que su razón se quiebre bajo su peso y reconozca usted que estoy en lo cierto. Pues bien: el señor Jabez Wilson, aquí presente, ha tenido la amabilidad de venir a visitarme esta mañana, dando comienzo a un relato que promete ser uno de los más extraordinarios que he escuchado desde hace algún tiempo. Me habrá usted oído decir que las cosas más raras y singulares no se presentan con mucha frecuencia unidas a los crímenes grandes, sino a los pequeños, y también, de cuando en cuando, en ocasiones en las que puede existir duda de si, en efecto, se ha cometido algún hecho delictivo. Por lo que he podido escuchar hasta ahora, me es imposible afirmar si en el caso actual estamos o no ante un crimen; pero el desarrollo de los hechos es, desde luego, uno de los más sorprendentes de que he tenido jamás ocasión de enterarme. Quizá, señor Wilson, tenga usted la extremada bondad de empezar de nuevo el relato. No se lo pido únicamente porque mi amigo, el doctor Watson, no ha escuchado la parte inicial, sino también porque la índole especial de la historia despierta en mí el vivo deseo de oír de labios de usted todos los detalles posibles. Por regla general, me suele bastar una ligera indicación acerca del desarrollo de los hechos para guiarme por los millares de casos similares que se me vienen a la memoria. Me veo obligado a confesar que en el caso actual, y según yo creo firmemente, los hechos son únicos.
El voluminoso cliente enarcó el pecho, como si aquello le enorgulleciera un poco, y sacó del bolsillo interior de su gabán un periódico sucio y arrugado. Mientras él repasaba la columna de anuncios, adelantando la cabeza, después de alisar el periódico sobre sus rodillas, yo lo estudié a él detenidamente, esforzándome, a la manera de mi compañero, por descubrir las indicaciones que sus ropas y su apariencia exterior pudieran proporcionarme.
No saqué, sin embargo, mucho de aquel examen.
A juzgar por todas las señales, nuestro visitante era un comerciante inglés de tipo corriente, obeso, solemne y de lenta comprensión. Vestía unos pantalones abolsados, de tela de pastor, a cuadros grises; una levita negra y no demasiado limpia, desabrochada delante; chaleco gris amarillento, con albertina de pesado metal, de la que colgaba para adorno un trozo, también de metal, cuadrado y agujereado. A su lado, sobre una silla, había un raído sombrero de copa y un gabán marrón descolorido, con el arrugado cuello de terciopelo. En resumidas cuentas, y por mucho que yo lo mirase, nada de notable distinguí en aquel hombre, fuera de su pelo rojo vivísimo y la expresión de disgusto y de pesar extremados que se leía en sus facciones.
La mirada despierta de Sherlock Holmes me sorprendió en mi tarea, y mi amigo movió la cabeza, sonriéndome, en respuesta a las miradas mías interrogadoras:
-Fuera de los hechos evidentes de que en tiempos estuvo dedicado a trabajos manuales, de que toma rapé, de que es francmasón, de que estuvo en China y de que en estos últimos tiempos ha estado muy atareado en escribir no puedo sacar nada más en limpio.
El señor Jabez Wilson se irguió en su asiento, puesto el dedo índice sobre el periódico, pero con los ojos en mi compañero.
-Pero, por vida mía, ¿cómo ha podido usted saber todo eso, señor Holmes? ¿Cómo averiguó, por ejemplo, que yo he realizado trabajos manuales? Todo lo que ha dicho es tan verdad como el Evangelio, y empecé mi carrera como carpintero de un barco.
-Por sus manos, señor. La derecha es un número mayor de medida que su mano izquierda. Usted trabajó con ella, y los músculos de la misma están más desarrollados.
-Bien, pero ¿y lo del rapé y la francmasonería?
-No quiero hacer una ofensa a su inteligencia explicándole de qué manera he descubierto eso, especialmente porque, contrariando bastante las reglas de vuestra orden, usa usted un alfiler de corbata que representa un arco y un compás.
-¡Ah! Se me había pasado eso por alto. Pero ¿y lo de la escritura?
-Y ¿qué otra cosa puede significar el que el puño derecho de su manga esté tan lustroso en una anchura de cinco pulgadas, mientras que el izquierdo muestra una superficie lisa cerca del codo, indicando el punto en que lo apoya sobré el pupitre?
-Bien, ¿y lo de China?
-El pez que lleva usted tatuado más arriba de la muñeca sólo ha podido ser dibujado en China. Yo llevo realizado un pequeño estudio acerca de los tatuajes, y he contribuido incluso a la literatura que trata de ese tema. El detalle de colorear las escamas del pez con un leve color sonrosado es completamente característico de China. Si, además de eso, veo colgar de la cadena de su reloj una moneda china, el problema se simplifica aun más.
El señor Jabez Wilson se rió con risa torpona, y dijo:
-¡No lo hubiera creído! Al principio me pareció que lo que había hecho usted era una cosa por demás inteligente; pero ahora me doy cuenta de que, después de todo, no tiene ningún mérito.
Comienzo a creer, Watson -dijo Holmes, que es un error de parte mía el dar explicaciones. Omne ignotum pro magnifico, como no ignora usted, y si yo sigo siendo tan ingenuo, mi pobre celebridad, mucha o poca, va a naufragar. ¿Puede enseñarme usted ese anuncio, señor Wilson?
Sí, ya lo encontré -contestó él, con su dedo grueso y colorado fijo hacia la mitad de la columna. Aquí está. De aquí empezó todo. Léalo usted mismo, señor.
Le quité el periódico, y leí lo que sigue:
«A la liga de los pelirrojos.- Con cargo al legado del difunto Ezekiah Hopkins, Penn., EE. UU., se ha producido otra vacante que da derecho a un miembro de la Liga a un salario de cuatro libras semanales a cambio de servicios de carácter puramente nominal. Todos los pelirrojos sanos de cuerpo y de inteligencia, y de edad superior a los veintiún años, pueden optar al puesto. Presentarse personalmente el lunes, a las once, a Duncan Ross. en las oficinas de la Liga, Pope's Court. núm. 7. Fleet Street.»
-¿Qué diablos puede significar esto? -exclamé después de leer dos veces el extraordinario anuncio.
Holmes se rió por lo bajo, y se retorció en su sillón, como solía hacer cuando estaba de buen humor.
¿Verdad que esto se sale un poco del camino trillado? -dijo. Y ahora, señor Wilson, arranque desde la línea de salida, y no deje nada por contar acerca de usted, de su familia y del efecto que el anuncio ejerció en la situación de usted. Pero antes, doctor, apunte el periódico y la fecha.
-Es el Morning Chronicle del veintisiete de abril de mil ochocientos noventa. Exactamente, de hace dos meses.
-Muy bien. Veamos, señor Wilson.
Pues bien: señor Holmes, como le contaba a usted -dijo Jabez Wilson secándose el sudor de la frente, yo poseo una pequeña casa de préstamos en Coburg Square, cerca de la City. El negocio no tiene mucha importancia, y durante los últimos años no me ha producido sino para ir tirando. En otros tiempos podía permitirme tener dos empleados, pero en la actualidad sólo conservo uno; y aun a éste me resultaría difícil poder pagarle, de no ser porque se conforma con la mitad de la paga, con el propósito de aprender el oficio.
-¿Cómo se llama este joven de tan buen conformar? -preguntó Sherlock Holmes.
-Se llama Vicente Spaulding, pero no es precisamente un mozalbete. Resultaría difícil calcular los años que tiene. Yo me conformaría con que un empleado mío fuese lo inteligente que es él; sé perfectamente que él podría ganar el doble de lo que yo puedo pagarle, y mejorar de situación. Pero, después de todo, si él está satisfecho, ¿por qué voy a revolverle yo el magín?
-Naturalmente, ¿por qué va usted a hacerlo? Es para usted una verdadera fortuna el poder disponer de un empleado que quiere trabajar por un salario inferior al del mercado. En una época como la que atravesamos no son muchos los patronos que están en la situación de usted. Me está pareciendo que su empleado es tan extraordinario como su anuncio.
Bien, pero también tiene sus defectos ese hombre -dijo el señor Wilson. Por ejemplo, el de largarse por ahí con el aparato fotográfico en las horas en que debería estar cultivando su inteligencia, para luego venir y meterse en la bodega, lo mismo que un conejo en la madriguera, a revelar sus fotografías. Ese es el mayor de sus defectos; pero, en conjunto, es muy trabajador. Y carece de vicios.
-Supongo que seguirá trabajando con usted.
Sí, señor. Yo soy viudo, nunca tuve hijos, y en la actualidad componen mi casa él y una chica de catorce años, que sabe cocinar algunos platos sencillos y hacer la limpieza. Los tres llevamos una vida tranquila, señor; y gracias a eso estamos bajo techado, pagamos nuestras deudas, y no pasamos de ahí. Fue el anuncio lo que primero nos sacó de quicio. Spauling se presentó en la oficina, hoy hace exactamente ocho semanas, con este mismo periódico en la mano, y me dijo: «¡Ojalá Dios que yo fuese pelirrojo, señor Wilson!» Yo le pregunté: «¿De qué se trata?» Y él me contestó: «Pues que se ha producido otra vacante en la Liga de los Pelirrojos. Para quien lo sea equivale a una pequeña fortuna, y, según tengo entendido, son más las vacantes que los pelirrojos, de modo que los albaceas testamentarios andan locos no sabiendo qué hacer con el dinero. Si mi pelo cambiase de color, ahí tenía yo un huequecito a pedir de boca donde meterme.» «Pero bueno, ¿de qué se trata?», le pregunté. Mire, señor Holmes, yo soy un hombre muy de su casa. Como el negocio vino a mí, en vez de ir yo en busca del negocio, se pasan semanas enteras sin que yo ponga el pie fuera del felpudo de la puerta del local. Por esa razón vivía sin enterarme mucho de las cosas de fuera, y recibía con gusto cualquier noticia. «¿Nunca oyó usted hablar de la Liga de los Pelirrojos?», me preguntó con asombro. «Nunca.» «Sí que es extraño, siendo como es usted uno de los candidatos elegibles para ocupar las vacantes.» «Y ¿qué supone en dinero?», le pregunté. «Una minucia. Nada más que un par de centenares de libras al año, pero casi sin trabajo, y sin que le impidan gran cosa dedicarse a sus propias ocupaciones.» Se imaginará usted fácilmente que eso me hizo afinar el oído, ya que mi negocio no marchaba demasiado bien desde hacía algunos años, y un par de centenares de libras más me habrían venido de perlas. «Explíqueme bien ese asunto», le dije. «Pues bien -me contestó mostrándome el anuncio: usted puede ver por sí mismo que la Liga tiene una vacante, y en el mismo anuncio viene la dirección en que puede pedir todos los detalles. Según a mí se me alcanza, la Liga fue fundada por un millonario norteamericano, Ezekiah Hopkins, hombre raro en sus cosas. Era pelirrojo, y sentía mucha simpatía por los pelirrojos; por eso, cuando él falleció, se vino a saber que había dejado su enorme fortuna encomendada a los albaceas, con las instrucciones pertinentes a fin de proveer de empleos cómodos a cuantos hombres tuviesen el pelo de ese mismo color. Por lo qué he oído decir, el sueldo es espléndido, y el trabajo, escaso.» Yo le contesté: «Pero serán millones los pelirrojos que los soliciten.» «No tantos como usted se imagina me contestó. Fíjese en que el ofrecimiento está limitado a los londinenses, y a hombres mayores de edad. El norteamericano en cuestión marchó de Londres en su juventud, y quiso favorecer a su vieja y querida ciudad. Me han dicho, además, que es inútil solicitar la vacante cuando se tiene el pelo de un rojo claro o de un rojo oscuro; el único que vale es el color rojo auténtico, vivo, llameante, rabioso. Si le interesase solicitar la plaza, señor Wilson, no tiene sino presentarse; aunque quizá no valga la pena para usted el molestarse por unos pocos centenares de libras.» La verdad es, caballeros, como ustedes mismos pueden verlo, que mi pelo es de un rojo vivo y brillante, por lo que me pareció que, si se celebraba un concurso, yo tenía tantas probabilidades de ganarlo como el que más de cuantos pelirrojos había encontrado en mi vida. Vicente Spaulding parecía tan enterado del asunto, que pensé que podría serme de utilidad; de modo, pues, que le di la orden de echar los postigos por aquel día y de acompañarme inmediatamente. Le cayó muy bien lo de tener un día de fiesta, de modo, pues, que cerramos el negocio, y marchamos hacia la dirección que figuraba en el anuncio. Yo no creo que vuelva a contemplar un espectáculo como aquél en mi vida, señor Holmes. Procedentes del Norte, del Sur, del Este y del Oeste, todos cuantos hombres tenían un algo de rubicundo en los cabellos se habían largado a la City respondiendo al anuncio. Fleet Street estaba obstruida de pelirrojos, y Pope's Court producía la impresión del carrito de un vendedor de naranjas. Jamás pensé que pudieran ser tantos en el país como los que se congregaron por un solo anuncio. Los había allí de todos los matices: rojo pajizo, limón, naranja, ladrillo, cerro setter, irlandés, hígado, arcilla. Pero, según hizo notar Spaulding, no eran muchos los de un auténtico rojo, vivo y llameante. Viendo que eran tantos los que esperaban, estuve a punto de renunciar, de puro desánimo; pero Spaulding no quiso ni oír hablar de semejante cosa. Yo no sé cómo se las arregló, pero el caso es que, a fuerza de empujar a éste, apartar al otro y chocar con el de más allá, me hizo cruzar por entre aquella multitud, llevándome hasta la escalera que conducía a las oficinas.
Fue la suya una experiencia divertidísima -comentó Holmes, mientras su cliente se callaba y refrescaba su memoria con un pellizco de rapé. Prosiga, por favor, el interesante relato.
En la oficina no había sino un par de sillas de madera y una mesa de tabla, a la que estaba sentado un hombre pequeño, y cuyo pelo era aún más rojo que el mío. Conforme se presentaban los candidatos les decía algunas palabras, pero siempre se las arreglaba para descalificarlos por algún defectillo. Después de todo, no parecía cosa tan sencilla el ocupar una vacante. Pero cuando nos llegó la vez a nosotros, el hombrecito se mostró más inclinado hacia mí que hacia todos los demás, y cerró la puerta cuando estuvimos dentro, a fin de poder conversar reservadamente con nosotros. «Este señor se llama Jabez Wilson -le dijo mi empleado, y desearía ocupar la vacante que hay en la Liga.» «Por cierto que se ajusta a maravilla para el puesto contestó el otro. Reúne todos los requisitos. No recuerdo desde cuándo no he visto pelo tan hermoso.» Dio un paso atrás, torció a un lado la cabeza, y me estuvo contemplando el pelo hasta que me sentí invadido de rubor. Y de pronto, se abalanzó hacia mí, me dio un fuerte apretón de manos y me felicitó calurosamente por mi éxito. «El titubear constituiría una injusticia dijo. Pero estoy seguro de que sabrá disculpar el que yo tome una precaución elemental.» Y acto continuo me agarró del pelo con ambas manos, y tiró hasta hacerme gritar de dolor. Al soltarme, me dijo: «Tiene usted lágrimas en los ojos, de lo cual deduzco que no hay trampa. Es preciso que tengamos sumo cuidado, porque ya hemos sido engañados en dos ocasiones, una de ellas con peluca postiza, y la otra, con el tinte. Podría contarle a usted anécdotas del empleo de cera de zapatero remendón, como para que se asquease de la condición humana.» Dicho esto se acercó a la ventana, y anunció a voz en grito a los que estaban debajo que había sido ocupada la vacante. Se alzó un gemido de desilusión entre los que esperaban, y la gente se desbandó, no quedando más pelirrojos a la vista que mi gerente y yo. «Me llamo Duncan Ross dijo éste, y soy uno de los que cobran pensión procedente del legado de nuestro noble bienhechor. ¿Es usted casado, señor Wilson? ¿Tiene usted familia?» Contesté que no la tenía. La cara de aquel hombre se nubló en el acto, y me dijo con mucha gravedad: «¡ Vaya por Dios, qué inconveniente más grande! ¡Cuánto lamento oírle decir eso! Como es natural, la finalidad del legado es la de que aumenten y se propaguen los pelirrojos, y no sólo su conservación. Es una gran desgracia que usted sea un hombre sin familia.» También mi cara se nubló al oír aquello, señor Holmes, viendo que, después de todo, se me escapaba, la vacante; pero, después de pensarlo por espacio de algunos minutos, sentenció que eso no importaba. «Tratándose de otro dijo, esa objeción podría ser fatal; pero estiraremos la cosa en favor de una persona de un pelo como el suyo. ¿Cuándo podrá usted hacerse cargo de sus nuevas obligaciones?» «Hay un pequeño inconveniente, puesto que yo tengo un negocio mío», contesté. «¡Oh! No se preocupe por eso, señor Wilson dijo Vicente Spaulding. Yo me cuidaré de su negocio.» «¿Cuál será el horario?», pregunté. «De diez a dos.» Pues bien: el negocio de préstamos se hace principalmente a eso del anochecido, señor Holmes, especialmente los jueves y los viernes, es decir, los días anteriores al de paga; me venía, pues, perfectamente el ganarme algún dinerito por las mañanas. Además, yo sabía que mi empleado es una buena persona y que atendería a todo lo que se le presentase. «Ese horario me convendría perfectamente le dije. ¿Y el sueldo?» «Cuatro libras a la semana.» «¿En qué consistirá el trabajo?» «El trabajo es puramente nominal.» «¿Qué entiende usted por puramente nominal?» «Pues que durante esas horas tendrá usted que hacer acto de presencia en esta oficina, o, por lo menos, en este edificio. Si usted se ausenta del mismo, pierde para siempre su empleo. Sobre este punto es terminante el testamento. Si usted se ausenta de la oficina en estas horas, falta a su compromiso.» «Son nada más que cuatro horas al día, y no se me ocurrirá ausentarme», le contesté. «Si lo hiciese, no le valdrían excusas me dijo el señor Duncan Ross. Ni por enfermedad, negocios, ni nada. Usted tiene que permanecer aquí, so pena de perder la colocación.» «¿Y el trabajo?» «Consiste en copiar la Enciclopedia Británica. En este estante tiene usted el primer volumen. Usted tiene que procurarse tinta, plumas y papel secante; pero nosotros le suministramos esta mesa y esta silla. ¿Puede usted empezar mañana?» «Desde luego que sí», le contesté. «Entonces, señor Jabez Wilson, adiós, y permítame felicitarle una vez más por el importante empleo que ha tenido usted la buena suerte de conseguir.» Se despidió de mí con una reverencia, indicándome que podía retirarme, y yo me volví a casa con mi empleado, sin saber casi qué decir ni qué hacer, de tan satisfecho como estaba con mi buena suerte. Pues bien: me pasé el día dando vueltas en mi cabeza al asunto, y para cuando llegó la noche, volví a sentirme abatido, porque estaba completamente convencido de que todo aquello no era sino una broma o una superchería, aunque no acertaba a imaginarme qué finalidad podían proponerse. Parecía completamente imposible que hubiese nadie capaz de hacer un testamento semejante, y de pagar un sueldo como aquél por un trabajo tan sencillo como el de copiar la Enciclopedia Británica. Vicente Spaulding hizo todo cuanto le fue posible por darme ánimos, pero a la hora de acostarme había yo acabado por desechar del todo la idea. Sin embargo, cuando llegó la mañana resolví ver en qué quedaba aquello, compré un frasco de tinta de a penique, me proveí de una pluma de escribir y de siete pliegos de papel de oficio, y me puse en camino para Pope's Court. Con gran sorpresa y satisfacción mía, encontré las cosas todo lo bien que podían estar. La mesa estaba a punto, y el señor Duncan Ross, presente para cerciorarse de que yo me ponía a trabajar. Me señaló para empezar la letra A, y luego se retiró; pero de cuando en cuando aparecía por allí para comprobar que yo seguía en mi sitio. A las dos me despidió, me felicitó por la cantidad de trabajo que había hecho, y cerró la puerta del despacho después de salir yo. Un día tras otro, las cosas siguieron de la misma forma, y el gerente se presentó el sábado, poniéndome encima de la mesa cuatro soberanos de oro, en pago del trabajo que yo había realizado durante la semana. Lo mismo ocurrió la semana siguiente, y la otra. Me presenté todas las mañanas a las diez, y me ausenté a las dos. Poco a poco, el señor Duncan Ross se limitó a venir una vez durante la mañana, y al cabo de un tiempo dejó de venir del todo. Como es natural, yo no me atreví, a pesar de eso, a ausentarme de la oficina un sólo momento, porque no tenía la seguridad de que él no iba a presentarse, y el empleo era tan bueno, y me venía tan bien, que no me arriesgaba a perderlo. Transcurrieron de idéntica manera ocho semanas, durante las cuales yo escribí lo referente a los Abades, Arqueros, Armaduras, Arquitectura y Ática, esperanzado de llegar, a fuerza de diligencia, muy pronto a la b. Me gasté algún dinero en papel de oficio, y ya tenía casi lleno un estante con mis escritos. Y de pronto se acaba todo el asunto.
-¿Que se acabó?
-Sí, señor. Y eso ha ocurrido esta mañana mismo. Me presenté, como de costumbre, al trabajo a las diez; pero la puerta estaba cerrada con llave, y en mitad de la hoja de la misma, clavado con una tachuela, había un trocito de cartulina. Aquí lo tiene, puede leerlo usted mismo.
Nos mostró un trozo de cartulina blanca, más o menos del tamaño de un papel de cartas, que decía lo siguiente:
Ha Quedado Disuelta
La Liga De Los Pelirrojos
9 Octubre 1890
Sherlock Holmes y yo examinamos aquel breve anuncio y la cara afligida que había detrás del mismo, hasta que el lado cómico del asunto se sobrepuso de tal manera a toda otra consideración, que ambos rompimos en una carcajada estruendosa.
Yo no veo que la cosa tenga nada de divertida -exclamó nuestro cliente sonrojándose hasta la raíz de sus rojos cabellos. Si no pueden ustedes hacer en favor mío otra cosa que reírse, me dirigiré a otra parte.
No, no -le contestó Holmes empujándolo hacia el sillón del que había empezado a levantarse. Por nada del mundo me perdería yo este asunto suyo. Se sale tanto de la rutina, que resulta un descanso. Pero no se me ofenda si le digo que hay en el mismo algo de divertido. Vamos a ver, ¿qué pasos dio usted al encontrarse con ese letrero en la puerta?
-Me dejó de una pieza, señor. No sabía qué hacer. Entré en las oficinas de al lado, pero nadie sabía nada. Por último, me dirigí al dueño de la casa, que es contador y vive en la planta baja, y le pregunté si podía darme alguna noticia sobre lo ocurrido a la Liga de los Pelirrojos. Me contestó que jamás había oído hablar de semejante sociedad. Entonces le pregunté por el señor Duncan Ross, y me contestó que era la vez primera que oía ese nombre. «Me refiero, señor, al caballero de la oficina número cuatro», le dije. «¿Cómo? ¿El caballero pelirrojo?» «Ese mismo.» «Su verdadero nombre es William Morris. Se trata de un procurador, y me alquiló la habitación temporalmente, mientras quedaban listas sus propias oficinas. Ayer se trasladó a ellas.» «Y ¿dónde podría encontrarlo?» «En sus nuevas oficinas. Me dió su dirección. Eso es, King Edward Street, número diecisiete, junto a San Pablo.» Marché hacia allí, señor Holmes, pero cuando llegué a esa dirección me encontré con que se trataba de una fábrica de rodilleras artificiales, y nadie había oído hablar allí del señor William Morris, ni del señor Duncan Ross.
-Y ¿qué hizo usted entonces? -le preguntó Holmes.
-Me dirigí a mi casa de Saxe-Coburg Square, y consulté con mi empleado. No supo darme ninguna solución, salvo la de decirme que esperase, porque con seguridad que recibiría noticias por carta. Pero esto no me bastaba, señor Holmes. Yo no quería perder una colocación como aquélla así como así; por eso, como había oído decir que usted llevaba su bondad hasta aconsejar a la pobre gente que lo necesita, me vine derecho a usted.
Y obró usted con gran acierto -dijo Holmes.
El caso de usted resulta extraordinario, y lo estudiaré con sumo gusto. De lo que usted me ha informado, deduzco que aquí están en juego cosas mucho más graves de lo que a primera vista parece.
¡Que si se juegan cosas graves! -dijo el señor Jabez Wilson. Yo, por mi parte, pierdo nada menos que cuatro libras semanales.
Por lo que a usted respecta -le hizo notar Holmes, no veo que usted tenga queja alguna contra esta extraordinaria Liga. Todo lo contrario; por lo que le he oído decir, usted se ha embolsado unas treinta libras, dejando fuera de consideración los minuciosos conocimientos que ha adquirido sobre cuantos temas caen bajo la letra A. A usted no le han causado ningún perjuicio.
-No, señor. Pero quiero saber de esa gente, enterarme de quiénes son, y qué se propusieron haciéndome esta jugarreta, porque se trata de una jugarreta. La broma les salió cara, ya que les ha costado treinta y dos libras.
-Procuraremos ponerle en claro esos extremos. Empecemos por un par de preguntas, señor Wilson. Ese empleado suyo, que fue quien primero le llamó la atención acerca del anuncio, ¿qué tiempo llevaba con usted?
-Cosa de un mes.
-¿Cómo fue el venir a pedirle empleo?
-Porque puse un anuncio.
-¿No se presentaron más aspirantes que él?
-Se presentaron en número de una docena.
-¿Por qué se decidió usted por él?
-Porque era listo y se ofrecía barato.
-A mitad de salario, ¿verdad?
-Sí.
-¿Cómo es ese Vicente Spaulding?
-Pequeño, grueso, muy activo, imberbe, aunque no bajará de los treinta años. Tiene en la frente una mancha blanca, de salpicadura de algún ácido.
Holmes se irguió en su asiento, muy excitado, y dijo:
-Me lo imaginaba. ¿Nunca se fijó usted en si tiene las orejas agujereadas como para llevar pendientes?
-Sí, señor. Me contó que se las había agujereado una gitana cuando era todavía muchacho.
¡Ejem!-dijo Holmes recostándose de nuevo en su asiento. Y ¿sigue todavía en casa de usted?
- Sí, señor; no hace sino un instante que lo dejé.
-¿Y estuvo bien atendido el negocio de usted durante su ausencia?
-No tengo queja alguna, señor. De todos modos, poco es el negocio que se hace por las mañanas.
-Con esto me basta, señor Wilson. Tendré mucho gusto en exponerle mi opinión acerca de este asunto dentro de un par de días. Hoy es sábado; espero haber llegado a una conclusión allá para el lunes.
* * *
Veamos, Watson -me dijo Holmes una vez que se hubo marchado nuestro visitante. ¿Qué saca usted en limpio de todo esto?
Yo no saco nada -le contesté con franqueza. Es un asunto por demás misterioso.
Por regla general -me dijo Holmes, cuanto más estrambótica es una cosa, menos misteriosa suele resultar. Los verdaderamente desconcertantes son esos crímenes vulgares y adocenados, de igual manera que un rostro corriente es el más difícil de identificar. Pero en este asunto de ahora tendré que actuar con rapidez.
-Y ¿qué va usted a hacer? -le pregunté.
Fumar -me respondió. Es un asunto que me llevará sus tres buenas pipas, y yo le pido a usted que no me dirija la palabra durante cincuenta minutos.
Sherlock Holmes se hizo un ovillo en su sillón, levantando las rodillas hasta tocar su nariz aguileña, y de ese modo permaneció con los ojos cerrados y la negra pipa de arcilla apuntando fuera, igual que el pico de algún extraordinario pajarraco. Yo había llegado a la conclusión de que se había dormido, y yo mismo estaba cabeceando; pero Holmes saltó de pronto de su asiento con el gesto de un hombre que ha tomado una resolución, y dejó la pipa encima de la repisa de la chimenea, diciendo:
-Esta tarde toca Sarasate en St. James Hall. ¿Qué opina usted, Watson? ¿Pueden sus enfermos prescindir de usted durante algunas horas?
-Hoy no tengo nada que hacer. Mi clientela no me acapara nunca mucho.
-En ese caso, póngase el sombrero y acompáñeme. Pasaré primero por la City, y por el camino podemos almorzar alguna cosa. Me he fijado en que el programa incluye mucha música alemana, que resulta más de mi gusto que la italiana y la francesa. Es música introspectiva, y yo quiero hacer un examen de conciencia. Vamos.
Hasta Aldersgate hicimos el viaje en el ferrocarril subterráneo; un corto paseo nos llevó hasta Saxe-Coburg Square, escenario del extraño relato que habíamos escuchado por la mañana. Era ésta una placita ahogada, pequeña, de quiero y no puedo, en la que cuatro hileras de desaseadas casas de ladrillo de dos pisos miraban a un pequeño cercado, de verjas, dentro del cual una raquítica cespedera y unas pocas matas de ajado laurel luchaban valerosamente contra una atmósfera cargada de humo y adversa. Tres bolas doradas y un rótulo marrón con el nombre «Jabez Wilson», en letras blancas, en una casa que hacía esquina, servían de anuncio al local en que nuestro pelirrojo cliente realizaba sus transacciones. Sherlock Holmes se detuvo delante del mismo, ladeó la cabeza y lo examinó detenidamente con ojos que brillaban entre sus encogidos párpados. Después caminó despacio calle arriba, y luego calle abajo hasta la esquina, siempre con la vista clavada en los edificios. Regresó, por último, hasta la casa del prestamista, y, después de golpear con fuerza dos o tres veces en el suelo con el bastón, se acercó a la puerta y llamó. Abrió en el acto un joven de aspecto despierto, bien afeitado, y le invitó a entrar.
-No, gracias; quería sólo preguntar por dónde se va a Stran -dijo Holmes.
-Tres a la derecha, y luego cuatro a la izquierda contestó el empleado, apresurándose a cerrar.
He ahí un individuo listo -comentó Holmes cuando nos alejábamos. En mi opinión, es el cuarto en listeza de Londres, y en cuanto a audacia, quizá pueda aspirar a ocupar el tercer lugar. He tenido antes de ahora ocasión de intervenir en asuntos relacionados con él.
Es evidente -dije yo que el empleado del señor Wilson entre por mucho en este misterio de la Liga de los Pelirrojos. Estoy seguro de que usted le preguntó el camino únicamente para tener ocasión de echarle la vista encima.
-No a él.
-¿A quién, entonces?
-A las rodilleras de sus pantalones.
-¿Y qué vio usted en ellas?
-Lo que esperaba ver.
-¿Y por qué golpeó usted el suelo de la acera?
-Mi querido doctor, éstos son momentos de observar, no de hablar. Somos espías en campo enemigo. Ya sabemos algo de Saxe-Coburg Square. Exploremos ahora las travesías que tiene en su parte posterior.
La carretera por la que nos metimos al doblar la esquina de la apartada plaza de Saxe-Coburg presentaba con ésta el mismo contraste que la cara de un cuadro con su reverso. Estábamos ahora en una de las arterias principales por donde discurre el tráfico de la City hacia el Norte y hacia el Oeste. La calzada se hallaba bloqueada por el inmenso río del tráfico comercial que fluía en una doble marea hacia dentro y hacia fuera, en tanto que los andenes hormigueaban de gentes que caminaban presurosas. Contemplando la hilera de tiendas elegantes y de magníficos locales de negocio, resultaba difícil hacerse a la idea de que, en efecto, desembocasen por el otro lado en la plaza descolorida y muerta que acabábamos de dejar.
Veamos -dijo Holmes, en pie en la esquina y dirigiendo su vista por la hilera de edificios adelante. Me gustaría poder recordar el orden en que están aquí las casas. Una de mis aficiones es la de conocer Londres al dedillo. Tenemos el Mortimer's, el despacho de tabacos, la tiendecita de periódicos, la sucursal Coburg del City and Suburban Bank, el restaurante vegetalista y el depósito de las carrocerías McFarlane. Y con esto pasamos a la otra manzana, Y ahora, doctor, ya hemos hecho nuestra trabajo, y es tiempo de que tengamos alguna distracción. Un bocadillo, una taza de café, y acto seguido a los dominios del violín, donde todo es dulzura, delicadeza y armonía, y donde no existen clientes pelirrojos que nos molesten con sus rompecabezas.
Era mi amigo un músico entusiasta que no se limitaba a su gran destreza de ejecutante, sino que escribía composiciones de verdadero mérito. Permaneció toda la tarde sentado en su butaca sumido en la felicidad más completa; de cuando en cuando marcaba gentilmente con el dedo el compás de la música, mientras que su rostro de dulce sonrisa y sus ojos ensoñadores se parecían tan poco a los de Holmes el sabueso, a los de Holmes el perseguidor implacable, agudo, ágil, de criminales, como es posible concebir. Los dos aspectos de su singular temperamento se afirmaban alternativamente, y su extremada exactitud y astucia representaban, según yo pensé muchas veces, la reacción contra el humor poético y contemplativo que, en ocasiones, se sobreponía dentro de él. Ese vaivén de su temperamento lo hacía pasar desde la más extrema languidez a una devoradora energía; y, según yo tuve oportunidad de saberlo bien, no se mostraba nunca tan verdaderamente formidable como cuando se había pasado días enteros descansando ociosamente en su sillón, entregado a sus improvisaciones y a sus libros de letra gótica. Era entonces cuando le acometía de súbito el anhelo vehemente de la caza, y cuando su brillante facultad de razonar se elevaba hasta el nivel de la intuición, llegando al punto de que quienes no estaban familiarizados con sus métodos le mirasen de soslayo, como a persona cuyo saber no era el mismo de los demás mortales. Cuando aquella tarde lo vi tan arrebujado en la música de St. James Hall, tuve la sensación de que quizá se les venían encima malos momentos a aquellos en cuya persecución se había lanzado.
-Seguramente que querrá usted ir a su casa, doctor -me dijo cuando salíamos.
-Sí, no estaría de más.
-Y yo tengo ciertos asuntos que me llevarán varias horas. Este de la plaza de Coburg es cosa grave.
-¿Cosa grave? ¿Por qué?
-Está preparándose un gran crimen. Tengo toda clase de razones para creer que llegaremos a tiempo de evitarlo. Pero el ser hoy sábado complica bastante las cosas. Esta noche lo necesitaré a usted.
-¿A qué hora?
-Con que venga a las diez será suficiente.
-Estaré a las diez en Baker Street.
-Perfectamente. ¡Oiga, doctor! Échese el revólver al bolsillo, porque quizá la cosa sea peligrosilla.
Me saludó con un vaivén de la mano, giró sobre sus tacones, y desapareció instantáneamente entre la multitud.
Yo no me tengo por más torpe que mis convecinos, pero siempre que tenía que tratar con Sherlock Holmes me sentía como atenazado por mi propia estupidez. En este caso de ahora, yo había oído todo lo que él había oído, había visto lo que él había visto, y, sin embargo, era evidente, a juzgar por sus palabras, que él veía con claridad no solamente lo que había ocurrido, sino también lo que estaba a punto de ocurrir, mientras que a mí se me presentaba todavía todo el asunto como grotesco y confuso. Mientras iba en coche hasta mi casa de Kensington, medité sobre todo lo ocurrido, desde el extraordinario relato del pelirrojo copista de la Enciclopedia, hasta la visita a Saxe-Coburg Square, y las frases ominosas con que Holmes se había despedido de mí. ¿Qué expedición nocturna era aquélla, y por qué razón tenía yo que ir armado? ¿Adonde iríamos, y qué era lo que teníamos que hacer? Holmes me había insinuado que el empleado barbilampiño del prestamista era un hombre temible, un hombre que quizá estaba desarrollando un juego de gran alcance. Intenté desenredar el enigma, pero renuncié a ello con desesperanza, dejando de lado el asunto hasta que la noche me trajese una explicación.
Eran las nueve y cuarto cuando salí de mi casa y me encaminé, cruzando el Parque y siguiendo por Oxford Street, hasta Baker Street. Había parados delante de la puerta dos coches hanso, y al entrar en el Vestíbulo oí ruido de voces en el piso superior. Al entrar en la habitación de Holmes, encontré a éste en animada conversación con dos hombres, en uno de los cuales reconocí al agente oficial de Policía Peter Jones; el otro era un hombre alto, delgado, caritristón, de sombrero muy lustroso y levita abrumadoramente respetable.
¡Aja! Ya está completa nuestra expedición -dijo Holmes, abrochándose la zamarra de marinero y cogiendo del perchero su pesado látigo de caza. Creo que usted, Watson. conoce ya al señor Jones, de Scotlan Yard. Permítame que le presente al señor Merryweather, que será esta noche compañero nuestro de aventuras.
Otra vez salimos de caza por parejas, como usted ve, doctor -me dijo Jones con su prosopopeya habitual. Este amigo nuestro es asombroso para levantar la pieza. Lo que él necesita es un perro viejo que le ayude a cazarla.
-Espero que, al final de nuestra caza, no resulte que hemos estado persiguiendo fantasmas -comentó, lúgubre, el señor Merryweather.
Caballero, puede usted depositar una buena dosis de confianza en el señor Holmes -dijo con engreimiento el agente de Policía. Él tiene pequeños métodos propios, y éstos son, si él no se ofende porque yo se lo diga, demasiado teóricos y fantásticos, pero lleva dentro de sí mismo a un detective hecho y derecho. No digo nada de más afirmando que en una o dos ocasiones, tales como el asunto del asesinato de Sholto y del tesoro de Agra, ha andado más cerca de la verdad que la organización policíaca.
Me basta con que diga usted eso, señor Jones -respondió con deferencia el desconocido. Pero reconozco que echo de menos mi partida de cartas. Por vez primera en veintisiete años, dejo de jugar mi partida de cartas un sábado por la noche.
-Creo-le hizo notar Sherlock Holmes -que esta noche se juega usted algo de mucha mayor importancia que todo lo que se ha jugado hasta ahora, y que la partida le resultará más emocionante. Usted, señor Merryweather, se juega unas treinta mil libras esterlinas, y usted, Jones, la oportunidad de echarle el guante al individuo a quien anda buscando.
-A John Clay, asesino, ladrón, quebrado fraudulento y falsificador. Se trata de un individuo joven, señor Merryweather, pero marcha a la cabeza de su profesión, y preferiría esposarlo a él mejor que a ningún otro de los criminales de Londres. Este John Clay es hombre extraordinario. Su abuelo era duque de sangre real, y el nieto cursó estudios en Eton y en Oxford. Su cerebro funciona con tanta destreza como sus manos, y aunque encontramos rastros suyos a la vuelta de cada esquina, jamás sabemos dónde dar con él. Esta semana violenta una casa en Escocia, y a la siguiente va y viene por Cornwall recogiendo fondos para construir un orfanato. Llevo persiguiéndolo varios años, y nunca pude ponerle los ojos encima.
-Espero tener el gusto de presentárselo esta noche. También yo he tenido mis más y mis menos con el señor John Clay, y estoy de acuerdo con usted en que va a la cabeza de su profesión. Pero son ya las diez bien pasadas, y es hora de que nos pongamos en camino. Si ustedes suben en el primer coche, Watson y yo los seguiremos en el segundo.
Sherlock Holmes no se mostró muy comunicativo durante nuestro largo trayecto en coche, y se arrellanó en su asiento tarareando melodías que había oído aquella tarde. Avanzamos traqueteando por un laberinto inacabable de calles alumbradas con gas, y desembocamos, por fin, en Farringdon Street.
Ya estamos llegando -comentó mi amigo. Este Merryweather es director de un Banco, y el asunto le interesa de una manera personal. Me pareció asimismo bien el que nos acompañase Jones. No es mala persona, aunque en su profesión resulte un imbécil perfecto. Posee una positiva buena cualidad. Es valiente como un bull-dog, y tan tenaz como una langosta cuando cierra sus garras sobre alguien. Ya hemos llegado, y nos esperan.
Estábamos en la misma concurrida arteria que habíamos visitado por la mañana. Despedimos a nuestros coches y, guiados por el señor Merryweather, nos metimos por un estrecho pasaje, y cruzamos una puerta lateral que se abrió al llegar nosotros. Al otro lado había un corto pasillo, que terminaba en una pesadísima puerta de hierro. También ésta se abrió, dejándonos pasar a una escalera de piedra y en curva, que terminaba en otra formidable puerta. El señor Merryweather se detuvo para encender una linterna, y luego nos condujo por un corredor oscuro y que olía a tierra; luego, después de abrir una tercera puerta, desembocamos en una inmensa bóveda o bodega en que había amontonadas por todo su alrededor jaulas de embalaje con cajas macizas dentro.
-Desde arriba no resulta usted muy vulnerable -hizo notar Holmes, manteniendo en alto la linterna y revisándolo todo con la mirada.
Ni desde abajo -dijo el señor Merryweather golpeando con su bastón en las losas con que estaba empedrado el suelo. ¡Por vida mía, esto suena a hueco! -exclamó, alzando sorprendido la vista.
Me veo obligado a pedir a usted que permanezca un poco más tranquilo -le dijo con severidad Holmes. Acaba usted de poner en peligro todo el éxito de la expedición. ¿Puedo pedirle que tenga la bondad de sentarse encima de una de estas cajas, sin intervenir en nada?
El solemne señor Merryweather se encaramó a una de las jaulas de embalaje mostrando gran disgusto en su cara, mientras Holmes se arrodillaba en el suelo y, sirviéndose de la linterna y de una lente de aumento, comenzó a escudriñar minuciosamente las rendijas entre losa y losa. Le bastaron pocos segundos para llegar al convencimiento, porque se puso ágilmente en pie y se guardó su lente en el bolsillo.
Tenemos por delante lo menos una hora -dijo a modo de comentario, porque nada pueden hacer mientras el prestamista no se haya metido en la cama. Pero cuando esto ocurra, pondrán inmediatamente manos a la obra, pues cuanto antes le den fin, más tiempo les quedará para la fuga. Doctor, en este momento nos encontramos, según usted habrá ya adivinado, en los sótanos de la sucursal que tiene en la City uno de los principales bancos londinenses. El señor Merryweather es el presidente del Consejo de dirección, y él explicará a usted por qué razones puede esta bodega despertar ahora mismo vivo interés en los criminales más audaces de Londres.
Se trata del oro francés que aquí tenemos-cuchicheó el director. Hemos recibido ya varias advertencias de que quizá se llevase a cabo una tentativa para robárnoslo.
-¿El oro francés?
-Sí. Hace algunos meses se nos presentó la conveniencia de reforzar nuestros recursos, y para ello tomamos en préstamo treinta mil napoleones oro al Banco de Francia. Ha corrido la noticia de que no habíamos tenido necesidad de desempaquetar el dinero, y que éste se encuentra aún en nuestra bodega. Esta jaula sobre la que estoy sentado encierra dos mil napoleones empaquetados entre capas superpuestas de plomo. En este momento, nuestras reservas en oro son mucho más elevadas de lo que es corriente guardar en una sucursal, y el Consejo de dirección tenía sus recelos por este motivo.
Recelos que estaban muy justificados -hizo notar Holmes. Es hora ya de que pongamos en marcha nuestros pequeños planes. Calculo que de aquí a una hora las cosas habrán hecho crisis. Para empezar, señor Merryweather, es preciso que corra la pantalla de esta linterna sorda.
-¿Y vamos a permanecer en la oscuridad?
-Eso me temo. Traje conmigo un juego de cartas, pensando que, en fin de cuentas, siendo como somos una partie carree, quizá no se quedara usted sin echar su partidita habitual. Pero, según he observado, los preparativos del enemigo se hallan tan avanzados, que no podemos correr el riesgo de tener luz encendida. Y. antes que nada, tenemos que tomar posiciones. Esta gente es temeraria y, aunque los situaremos en desventaja, podrían causarnos daño si no andamos con cuidado. Yo me situaré detrás de esta jaula, y ustedes escóndanse detrás de aquéllas. Cuando yo los enfoque con una luz, ustedes los cercan rápidamente. Si ellos hacen fuego, no sienta remordimientos de tumbarlos a tiros, Watson.
Coloqué mi revólver, con el gatillo levantado, sobre la caja de madera detrás de la cual estaba yo parapetado. Holmes corrió la cortina delantera de su linterna, y nos dejó; sumidos en negra oscuridad, en la oscuridad más absoluta en que yo me encontré hasta entonces. El olor del metal caliente seguía atestiguándonos que la luz estaba encendida, pronta a brillar instantáneamente. Aquellas súbitas tinieblas, y el aire frío y húmedo de la bodega, ejercieron una impresión deprimente y amortiguadora sobre mis nervios, tensos por la más viva expectación.
Sólo les queda un camino para la retirada -cuchicheó Holmes; el de volver a la casa y salir a Saxe-Coburg Square. Habrá usted hecho ya lo que le pedí, ¿verdad?
-Un inspector y dos funcionarios esperan en la puerta delantera.
-Entonces, les hemos tapado todos los agujeros. Silencio, pues, y a esperar.
¡Qué larguísimo resultó aquello! Comparando notas más tarde, resulta que la espera fue de una hora y cuarto, pero yo tuve la sensación de que había transcurrido la noche y que debía de estar alboreando por encima de nuestras cabezas. Tenía los miembros entumecidos y cansados, porque no me atrevía a cambiar de postura, pero mis nervios habían alcanzado el más alto punto de tensión, y mi oído se había agudizado hasta el punto de que no sólo escuchaba la suave respiración de mis compañeros, sino que distinguía por su mayor volumen la inspiración del voluminoso Jones, de la nota suspirante del director del Banco. Desde donde yo estaba, podía mirar por encima del cajón hacia el piso de la bodega. Mis ojos percibieron de pronto el brillo de una luz.
Empezó por ser nada más que una leve chispa en las losas del empedrado, y luego se alargó hasta convertirse en una línea amarilla; de pronto, sin ninguna advertencia ni ruido, pareció abrirse un desgarrón, y apareció una mano blanca, femenina casi, que tanteó por el centro de la pequeña superficie de luz. Por espacio de un minuto o más, sobresalió la mano del suelo, con sus inquietos dedos. Se retiró luego tan súbitamente como había aparecido, y todo volvió a quedar sumido en la oscuridad, menos una chispita cárdena, reveladora de una grieta entre las losas.
Pero esa desaparición fue momentánea. Una de las losas, blancas y anchas, giró sobre uno de sus lados, produciendo un ruido chirriante, de desgarramiento, dejando abierto un hueco cuadrado, por el que se proyectó hacia fuera la luz de una linterna. Asomó por encima de los bordes una cara barbilampiña, infantil, que miró con gran atención a su alrededor y luego, haciendo palanca con las manos a un lado y otro de la abertura, se lanzó hasta sacar primero los hombros, luego la cintura, y apoyó por fin una rodilla encima del borde. Un instante después se irguió en pie a un costado del agujero, ayudando a subir a un compañero, delgado y pequeño como él, de cara pálida y una mata de pelo de un rojo vivo.
No hay nadie -cuchicheó. ¿Tienes el cortafrío y los talegos?... ¡Válgame Dios! ¡Salta, Archie, salta; yo le haré frente!
Sherlock Holrnes había saltado de su escondite, agarrando al intruso por el cuello de la ropa. El otro se zambulló en el agujero, y yo pude oír el desgarrón de sus faldones en los que Jones había hecho presa. Centelleó la luz en el cañón de un revólver, pero el látigo de caza de Holmes cayó sobre la muñeca del individuo, y el arma fue a parar al suelo, produciendo un ruido metálico sobre las losas.
Es inútil, John Clay -le dijo Holmes, sin alterarse; no tiene usted la menor probabilidad a su favor.
Ya lo veo-contestó el otro con la mayor sangre fría. Supongo que mi compañero está a salvo, aunque, por lo que veo, se han quedado ustedes con las colas de su chaqueta.
-Le esperan tres hombres a la puerta -le dijo Holmes.
-¿Ah, sí? Por lo visto no se le ha escapado a usted detalle. Le felicito.
Y yo a usted -le contestó Holmes. Su idea de los pelirrojos tuvo gran novedad y eficacia.
En seguida va usted a encontrarse con su compinche -dijo Jones. Es más ágil que yo descolgándose por los agujeros. Alargue las manos mientras le coloco las pulseras.
Haga el favor de no tocarme con sus manos sucias -comentó el preso, en el momento en que se oyó el clic de las esposas al cerrarse. Quizá ignore que corre por mis venas sangre real. Tenga también la amabilidad de darme el tratamiento de señor y de pedirme las cosas por favor.
Perfectamente-dijo Jones, abriendo los ojos y con una risita. ¿Se digna, señor, caminar escaleras arriba, para que podamos llamar a un coche y conducir a su alteza hasta la Comisaría?
-Así está mejor -contestó John Clay serenamente. Nos saludó a los tres con una gran inclinación cortesana, y salió de allí tranquilo, custodiado por el detective.
Señor Holmes -dijo el señor Merryweather, mientras íbamos tras ellos, después de salir de la bodega, yo no sé cómo podrá el Banco agradecérselo y recompensárselo. No cabe duda de que usted ha sabido descubrir y desbaratar del modo más completo una de las tentativas más audaces de robo de bancos que yo he conocido.
Tenía mis pequeñas cuentas que saldar con el señor John Clay-contestó Holmes. El asunto me ha ocasionado algunos pequeños desembolsos que espero que el Banco me reembolsará. Fuera de eso, estoy ampliamente recompensado con esta experiencia, que es en muchos aspectos única, y con haberme podido enterar del extraordinario relato de la Liga de los Pelirrojos.
Ya de mañana, sentado frente a sendos vasos de whisky con soda en Baker Street, me explicó Holmes:
-Comprenda usted, Watson; resultaba evidente desde el principio que la única finalidad posible de ese fantástico negocio del anuncio de la Liga y del copiar la Enciclopedia, tenía que ser el alejar durante un número determinado de horas todos los días a este prestamista, que tiene muy poco dé listo. El medio fue muy raro, pero la verdad es que habría sido difícil inventar otro mejor. Con seguridad que fue el color del pelo de su cómplice lo que sugirió la idea al cerebro ingenioso de Clay. Las cuatro libras semanales eran un señuelo que forzosamente tenía que atraerlo, ¿y qué suponía eso para ellos, que se jugaban en el asunto muchos millares? Insertan el anuncio; uno de los granujas alquila temporalmente la oficina, y el otro incita al prestamista a que se presente a solicitar el empleo, y entre los dos se las arreglan para conseguir que esté ausente todos los días laborables. Desde que me enteré de que el empleado trabajaba a mitad de sueldo, vi con claridad que tenía algún motivo importante para ocupar aquel empleo.
-¿Y cómo llegó usted a adivinar este motivo?
-Si en la casa hubiese habido mujeres, habría sospechado que se trataba de un vulgar enredo amoroso. Pero no había que pensar en ello. El negocio que el prestamista hacía era pequeño, y no había nada dentro de la casa que pudiera explicar una preparación tan complicada y un desembolso como el que estaban haciendo. Por consiguiente, era por fuerza algo que estaba fuera de la casa. ¿Qué podía ser? Me dio en qué pensar la afición del empleado a la fotografía, y el truco suyo de desaparecer en la bodega... ¡La bodega! En ella estaba uno de los extremos de la complicada madeja. Pregunté detalles acerca del misterioso empleado, y me encontré con que tenía que habérmelas con uno de los criminales más calculadores y audaces de Londres. Este hombre estaba realizando en la bodega algún trabajo que le exigía varias horas todos los días, y esto por espacio de meses. ¿Qué puede ser?, volví a preguntarme. No me quedaba sino pensar que estaba abriendo un túnel que desembocaría en algún otro edificio. A ese punto había llegado cuando fui a visitar el lugar de la acción. Lo sorprendí a usted cuando golpeé el suelo con mi bastón. Lo que yo buscaba era descubrir si la bodega se extendía hacia la parte delantera o hacia la parte posterior. No daba a la parte delantera. Tiré entonces de la campanilla, y acudió, como yo esperaba, el empleado. El y yo hemos librado algunas escaramuzas, pero nunca nos habíamos visto. Apenas si me fijé en su cara. Lo que yo deseaba ver eran sus rodillas. Usted mismo debió de fijarse en lo desgastadas y llenas de arrugas y de manchas que estaban. Pregonaban las horas que se había pasado socavando el agujero. Ya sólo quedaba por determinar hacia dónde lo abrían. Doblé la esquina, me fijé en que el City and Suburban Bank daba al local de nuestro amigo, y tuve la sensación de haber resuelto el problema. Mientras usted, después del concierto, marchó en coche a su casa, yo me fui de visita a Scotland Yard, y a casa del presidente del directorio del Banco, con el resultado que usted ha visto.
-¿Y cómo pudo usted afirmar que realizarían esta noche su tentativa? -le pregunté.
-Pues bien: al cerrar las oficinas de la Liga daban con ello a entender que ya les tenia sin cuidado la presencia del señor Jabez Wilson; en otras palabras: que habían terminado su túnel. Pero resultaba fundamental que lo aprovechasen pronto, ante la posibilidad de que fuese descubierto, o el oro trasladado a otro sitio. Les convenía el sábado, mejor que otro día cualquiera, porque les proporcionaba dos días para huir. Por todas esas razones yo creí que vendrían esta noche.
Hizo usted sus deducciones magníficamente -exclamé con admiración sincera. La cadena es larga, pero, sin embargo, todos sus eslabones suenan a cosa cierta. ,
Me libró de mi fastidio -contestó Holmes, bostezando. Por desgracia, ya estoy sintiendo que otra vez se apodera de mí. Mi vida se desarrolla en un largo esfuerzo para huir de las vulgaridades de la existencia. Estos pequeños problemas me ayudan a conseguirlo.
-Y es usted un benefactor de la raza humana -le dije yo.
Holmes se encogió de hombros, y contestó a modo de comentario:
-Pues bien: en fin de cuentas, quizá tengan alguna pequeña utilidad. L'homme c'est ríen, l'ouvre c'est tout, según escribió Gustavo Flaubert a George Sand.
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jhonatan aguirre choa

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QUE PASO?
Una enfermedad o simplemente la muerte y poner en riesgo su vida

CUANDO PASO?
Se dice que ella respondio en el año 2006 fue recomendada a un consultorio cerca de la casa donde ella vive, porque el doctor a operado en colombia.

COMO PASO?
Hay una manera muy sierta en la que paso todo esto porque salieron muchas personas afectadas mas que todo las mujeres, porque existen consultorios ilegales.

PORQUE PASO?
Porque quieren verse mas atractivas y moderadas con su cuerpo natural y por esto es que mas tarde existen las consecuencias.

A QUIEN LE PASO?
Claudia Sarraga: ella es una dialoga y dagneficada de las protesis mamarias.

DONDE PASO?
En Argentina
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jhonatan aguirre choa

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LIBRO:
EDIPO REY:
(Delante del palacio de Edipo, en Tebas. Un grupo de ancianos y de jóvenes está sentado en las gradas del altar, en actitud suplicante, portando ramas de olivo. El Sacerdote de Zeus se adelanta solo hacia el palacio. Edipo sale seguido de dos ayudantes y contempla al grupo en silencio. Después les dirige la palabra.)

EDIPO.- ¡Oh hijos, descendencia nueva del antiguo Cadmo ¿Por qué están en actitud sedente ante mí, coronados con ramos de suplicantes? La ciudad está llena de incienso, a la vez que de cantos, de súplicas y de gemidos, y yo, porque considero justo no enterarme por otros mensajeros, he venido en persona, yo, el llamado Edipo, famoso entre todos. Así que, oh anciano, ya que eres por tu condición a quien corresponde hablar, dime en nombre de todos: ¿cuál es la causa de que estén así ante mí? ¿El temor o el ruego? Piensa que yo querría ayudarlos en todo. Sería insensible si no me compadeciera ante semejante actitud.

SACERDOTE.- ¡Oh Edipo, que reinas en mi país! Ves de qué edad somos los que nos sentamos cerca de tus altares: unos, sin fuerzas aún para volar lejos; otros, torpes por la vejez, somos Sacerdotes yo lo soy de Zeus, y otros, escogidos entre los aún jóvenes. El resto del pueblo con sus ramos permanece sentado en las plazas en actitud de súplica, junto a los dos templos de Palas y junto a la ceniza profética de Ismeno.

La ciudad, como tú mismo puedes ver, está ya demasiado agitada y no es capaz todavía de levantar la cabeza de las profundidades por la sangrienta sacudida. Se debilita en las plantas fructíferas de la tierra, en los rebaños de bueyes que pacen y en los partos infecundos de las mujeres. Además, la divinidad que produce la peste, precipitándose, aflige la ciudad. ¡Odiosa epidemia, bajo cuyos efectos está despoblada la morada Cadmea, mientras el negro Hades se enriquece entre suspiros y lamentos! Ni yo ni estos jóvenes estamos sentados como suplicantes por considerarte igual a los dioses, pero sí el primero de los hombres en los sucesos de la vida y en las intervenciones de los dioses. Tú que, al llegar, liberaste la ciudad Cadmea del tributo que ofrecíamos a la cruel cantora y, además, sin haber visto nada más ni haber sido informado por nosotros, sino con la ayuda de un dios, se dice y se cree que enderezaste nuestra vida.

Pero ahora, ¡oh Edipo, el más sabio entre todos!, te imploramos todos los que estamos aquí como suplicantes que nos consigas alguna ayuda, bien sea tras oír el mensaje de algún dios, o bien lo conozcas de un mortal. Pues veo que son efectivos, sobre todo, los hechos llevados a cabo por los consejos de los que tienen experiencia. ¡Ea, oh el mejor de los mortales!, endereza la ciudad. ¡Ea!, apresta tu guardia, porque esta tierra ahora te celebra como su salvador por el favor de antaño. Que de ninguna manera recordemos de tu reinado que vivimos, primero, en la prosperidad, pero caímos después; antes bien, levanta con firmeza la ciudad. Con favorable augurio, nos procuraste entonces la fortuna. Senos también igual en esta ocasión. Pues, si vas a gobernar esta tierra, como lo haces, es mejor reinar con hombres en ella que vacía, que nada es una fortaleza ni una nave privadas de hombres que las pueblen.

EDIPO.- ¡Oh hijos dignos de lástima! Vienen a hablarme porque anhelan algo conocido y no ignorado por mí. Sé bien que todos están sufriendo y, al sufrir, no hay ninguno de ustedes que padezca tanto como yo. En efecto, el dolor de ustedes llega sólo a cada uno en sí mismo y a ningún otro, mientras que mi ánimo se duele, al tiempo, por la ciudad y por mí y por ti. De modo que no me despiertan de un sueño en el que estuviera sumido, sino que estén seguros de que muchas lágrimas he derramado yo y muchos caminos he recorrido en el curso de mis pensamientos. El único remedio que he encontrado, después de reflexionar a fondo, es el que he tomado: envié a Creonte, hijo de Meneceo, mi propio cuñado, a la morada Pítica de Febo, a fin de que se enterara de lo que tengo que hacer o decir para proteger esta ciudad. Y ya hoy mismo, si lo calculo en comparación con el tiempo pasado, me inquieta qué estará haciendo, pues, contra lo que es razonable, lleva ausente más tiempo del fijado. Sería yo malvado si, cuando llegue, no cumplo todo cuanto el dios manifieste.

SACERDOTE.- Con oportunidad has hablado. Precisamente éstos me están indicando por señas que Creonte se acerca.

EDIPO.- ¡Oh soberano Apolo! ¡Ojalá viniera con suerte liberadora, del mismo modo que viene con rostro radiante!

SACERDOTE.- Por lo que se puede adivinar, viene complacido. En otro caso no vendría así, con la cabeza coronada de frondosas ramas de laurel.

EDIPO.- Pronto lo sabremos, pues ya está lo suficientemente cerca para que nos escuche. ¡Oh príncipe, mi pariente, hijo de Meneceo! ¿Con qué respuesta del oráculo nos llegas?

(Entra Creonte en escena.)

CREONTE.- Con una buena. Afirmo que incluso las aflicciones, si llegan felizmente a término, todas pueden resultar bien.

EDIPO.- ¿Cuál es la respuesta? Por lo que acabas de decir, no estoy ni tranquilo ni tampoco preocupado.

CREONTE.- Si deseas oírlo estando éstos aquí cerca, estoy dispuesto a hablar y también, si lo deseas, a ir dentro.

EDIPO.- Habla ante todos, ya que por ellos sufro una aflicción mayor, incluso, que por mi propia vida.

CREONTE.- Diré las palabras que escuché de parte del dios. El soberano Febo nos ordenó, claramente, arrojar de la región una mancilla que existe en esta tierra y no mantenerla para que llegue a ser irremediable.

EDIPO.- ¿Con qué expiación? ¿Cuál es la naturaleza de la desgracia?

CREONTE.- Con el destierro o liberando un antiguo asesinato con otro, puesto que esta sangre es la que está sacudiendo la ciudad.

EDIPO.- ¿De qué hombre denuncia tal desdicha?

CREONTE.- Teníamos nosotros, señor, en otro tiempo a Layo como soberano de esta tierra, antes de que tú rigieras rectamente esta ciudad.

EDIPO.- Lo sé por haberlo oído, pero nunca lo vi.

CREONTE.- Él murió y ahora el dios nos prescribe claramente que tomemos venganza de los culpables con violencia.

EDIPO.- ¿En qué país pueden estar? ¿Dónde podrá encontrarse la huella de una antigua culpa, difícil de investigar?

CREONTE.- Afirmó que en esta tierra. Lo que es buscado puede ser cogido, pero se escapa lo que pasamos por alto.

EDIPO.- ¿Se encontró Layo con esta muerte en casa, o en el campo, o en algún otro país?

CREONTE.- Tras haber marchado, según dijo, a consultar al oráculo, y una vez fuera, ya no volvió más a casa.

EDIPO.- ¿Y ningún mensajero ni compañero de viaje lo vio, de quien, informándose, pudiera sacarse alguna ventaja?

CREONTE.- Murieron, excepto uno, que huyó despavorido y sólo una cosa pudo decir con seguridad de lo que vio.

EDIPO.- ¿Cuál? Porque una sola podría proporcionarnos el conocimiento de muchas, si consiguiéramos un pequeño principio de esperanza.

CREONTE.- Decía que unos ladrones con los que se tropezaron le dieron muerte, no con el rigor de una sola mano, sino de muchas.

EDIPO.- ¿Cómo habría llegado el ladrón a semejante audacia, si no se hubiera proyectado desde aquí con dinero?

CREONTE.- Eso era lo que se creía. Pero, después que murió Layo, nadie surgía como su vengador en medio de las desgracias.

EDIPO.- ¿Qué tipo de desgracia se presentó que impedía, caída así la soberanía, averiguarlo?

CREONTE.- La Esfinge, de enigmáticos cantos, nos determinaba a atender a lo que nos estaba saliendo al paso, dejando de lado lo que no teníamos a la vista.

EDIPO.- Yo lo volveré a sacar a la luz desde el principio, ya que Febo, merecidamente, y tú, de manera digna, pusieron tal solicitud en favor del muerto; de manera que verán también en mí, con razón, a un aliado para vengar a esta tierra al mismo tiempo que al dios. Pues no para defensa de lejanos amigos sino de mí mismo alejaré yo en persona esta mancha. El que fuera el asesino de aquél tal vez también de mí podría querer vengarse con violencia semejante. Así, pues, auxiliando a aquél me ayudo a mí mismo.

Ustedes, hijos, levántense de las gradas lo más pronto que puedan y recojan estos ramos de suplicantes. Que otro congregue aquí al pueblo de Cadmo sabiendo que yo voy a disponerlo todo. Y con la ayuda de la divinidad apareceré triunfante o fracasado.

(Entran Edipo y Creonte en el palacio.)

SACERDOTE.- Hijos, levantémonos. Pues con vistas a lo que él nos promete hemos venido aquí. ¡Ojalá que Febo, el que ha enviado estos oráculos, llegue como salvador y ponga fin a la epidemia!

(Salen de la escena y, seguidamente, entra en ella el Coro de ancianos tebanos.)

CORO.

ESTROFA 1ª

¡Oh dulce oráculo de Zeus! ¿Con qué espíritu has llegado desde Pito, la rica en oro, a la ilustre Tebas? Mi ánimo está tenso por el miedo, temblando de espanto, ¡oh dios, a quien se le dirigen agudos gritos, Delios, sanador! Por ti estoy lleno de temor. ¿Qué obligación de nuevo me vas a imponer, bien inmediatamente o después del transcurrir de los años? Dímelo, ¡oh hija de la áurea Esperanza, palabra inmortal!

ANTÍSTROFA 1ª

Te invoco la primera, hija de Zeus, inmortal Atenea, y a tu hermana, Artemis, protectora del país, que se asienta en glorioso trono en el centro del ágora y a Apolo el que flecha a distancia. ¡Ay! Háganse visibles para mí, los tres, como preservadores de la muerte.

Si ya anteriormente, en socorro de una desgracia sufrida por la ciudad, consiguieron arrojar del lugar el ardor de la plaga, preséntense también ahora.

ESTROFA 2ª

¡Ay de mí! Soporto dolores sin cuento. Todo mi pueblo está enfermo y no existe el arma de la reflexión con la que uno se pueda defender. Ni crecen los frutos de la noble tierra ni las mujeres tienen que soportar quejumbrosos esfuerzos en sus partos. Y uno tras otro, cual rápido pájaro, puedes ver que se precipitan, con más fuerza que el fuego irresistible, hacia la costa del dios de las sombras.

ANTÍSTROFA 2ª

La población perece en número incontable. Sus hijos, abandonados, yacen en el suelo, portadores de muerte, sin obtener ninguna compasión. Entretanto, esposas y, también, canosas madres gimen por doquier en las gradas de los templos, en actitud de suplicantes, a causa de sus tristes desgracias. Resuena el peán y se oye, al mismo tiempo, un sonido de lamentos. En auxilio de estos males, ¡oh dura hija de Zeus!, envía tu ayuda, de agraciado rostro.

ESTROFA 3ª.

Concede que el terrible Ares, que ahora sin la protección de los escudos me abrasa saliéndome al encuentro a grandes gritos, se dé la vuelta en su carrera, lejos de los confines de la patria, bien hacia el inmenso lecho de Anfitrita, bien hacia la inhóspita agitación de los puertos tracios. Pues si la noche deja algo pendiente, a terminarlo después llega el día. A ése, ¡oh tú, que repartes las fuerzas de los abrasadores relámpagos, oh Zeus padre!, destrúyelo bajo tu rayo.

ANTÍSTROFA 3ª.

Soberano Liceo, quisiera que tus flechas invencibles que parten de cuerdas trenzadas en oro se distribuyeran, colocadas delante, como protectoras y, también, las antorchas llameantes de Artemis con las que corre por los montes de Licia. Invoco al de la mitra de oro, el que da nombre a esta región, a Baco, el de rojizo color, al del evohé, compañero de las ménades, ¡que se acerque resplandeciente con refulgente antorcha contra el dios odioso entre los dioses!

(Sale Edipo y se dirige al Coro.)

EDIPO.- Suplicas. Y de lo que suplicas podrías obtener remedio y alivio en tus desgracias, si quisieras acoger mis palabras cuando las oigas y prestar servicio en esta enfermedad. Y yo diré lo que sigue, como quien no tiene nada que ver con este relato ni con este hecho. Porque yo mismo no podría seguir por mucho tiempo la pista sin tener ni un rastro. Pero, como ahora he venido a ser un ciudadano entre ciudadanos, les diré a todos ustedes, cadmeos, lo siguiente: aquel de ustedes que sepa por obra de quién murió Layo, el hijo de Lábdaco, le ordeno que me lo revele todo y, si siente temor, que aleje la acusación que pesa contra sí mismo, ya que ninguna otra pena sufrirá y saldrá sano y salvo del país. Si alguien, a su vez, conoce que el autor es otro de otra tierra, que no calle. Yo le concederé la recompensa a la que se añadirá mi gratitud. Si, por el contrario, callan y alguno temiendo por un amigo o por sí mismo trata de rechazar esta orden, lo que haré con ellos deben escucharme. Prohíbo que en este país, del que yo poseo el poder y el trono, alguien acoja y dirija la palabra a este hombre, quienquiera que sea, y que se haga partícipe con él en súplicas o sacrificios a los dioses y que le permita las abluciones. Mando que todos lo expulsen, sabiendo que es una impureza para nosotros, según me lo acaba de revelar el oráculo pítico del dios. Ésta es la clase de alianza que yo tengo para con la divinidad y para el muerto. Y pido solemnemente que, el que a escondidas lo ha hecho, sea en solitario, sea en compañía de otros, desventurado, consuma su miserable vida de mala manera. E impreco para que, si llega a estar en mi propio palacio y yo tengo conocimiento de ello, padezca yo lo que acabo de desear para éstos.

Y a ustedes les encargo que cumplan todas estas cosas por mí mismo, por el dios y por este país tan consumido en medio de esterilidad y desamparo de los dioses. Pues, aunque la acción que llevamos a cabo no hubiese sido promovida por un dios, no sería natural que ustedes la dejaran sin expiación, sino que deberían hacer averiguaciones por haber perecido un hombre excelente y, a la vez, rey.

Ahora, cuando yo soy el que me encuentro con el poder que antes tuvo aquél, en posesión del lecho y de la mujer fecundada, igualmente, por los dos, y hubiéramos tenido en común el nacimiento de hijos comunes, si su descendencia no se hubiera malogrado pero la adversidad se lanzó contra su cabeza, por todo esto yo, como si mi padre fuera, lo defenderé y llegaré a todos los medios tratando de capturar al autor del asesinato para provecho del hijo de Lábdaco, descendiente de Polidoro y de su antepasado Cadmo, y del antiguo Agenor. Y pido, para los que no hagan esto, que los dioses no les hagan brotar ni cosecha alguna de la tierra ni hijos de las mujeres, sino que perezcan a causa de la desgracia en que se encuentran y aún peor que ésta. Y a ustedes, los demás Cadmeos, a quienes esto les parezca bien, que la Justicia como aliada y todos los demás dioses los asistan con buenos consejos.

CORIFEO.- Tal como me has cogido inmerso en tu maldición, te hablaré, oh rey. Yo ni lo maté ni puedo señalar a quién lo hizo. En esta búsqueda, era propio del que nos la ha enviado, de Febo, decir quién lo ha hecho.

EDIPO.- Con razón hablas. Pero ningún hombre podría obligar a los dioses a algo que no quieran.

CORIFEO.- En segundo lugar, después de eso, te podría decir lo que yo creo.

EDIPO.- También, si hay un tercer lugar, no dejes de decirlo.

CORO.- Sé que, más que ningún otro, el noble Tiresias ve lo mismo que el soberano Febo, y de él se podría tener un conocimiento muy exacto, si se le inquiriera, señor.

EDIPO.- No lo he echado en descuido sin llevarlo a la práctica; pues, al decírmelo Creonte, he enviado dos mensajeros. Me extraña que no esté presente desde hace rato.

CORIFEO.- Entonces los demás rumores son ineficaces y pasados.

EDIPO.- ¿Cuáles son? Pues atiendo a toda clase de rumor.

CORIFEO.- Se dijo que murió a manos de unos caminantes.

EDIPO.- También yo lo oí. Pero nadie conoce al que lo vio.

CORIFEO.- Si tiene un poco de miedo, no aguardará después de oír tus maldiciones.

EDIPO.- El que no tiene temor ante los hechos tampoco tiene miedo a la palabra.

(Entra Tiresias con los enviados por Edipo. Un niño le acompaña.)

CORIFEO.- Pero ahí está el que lo dejará al descubierto. Éstos traen ya aquí al sagrado adivino, al único de los mortales en quien la verdad es innata.

EDIPO.- ¡Oh Tiresias, que todo lo manejas, lo que debe ser enseñado y lo que es secreto, los asuntos del cielo y los terrenales! Aunque no ves, comprendes, sin embargo, de qué mal es víctima nuestra ciudad. A ti te reconocemos como único defensor y salvador de ella, señor. Porque Febo, si es que no lo has oído a los mensajeros, contestó a nuestros embajadores que la única liberación de esta plaga nos llegaría si, después de averiguarlo correctamente, dábamos muerte a los asesinos de Layo o les hacíamos salir desterrados del país. Tú, sin rehusar ni el sonido de las aves ni ningún otro medio de adivinación, sálvate a ti mismo y a la ciudad y sálvame a mí, y líbranos de toda impureza originada por el muerto. Estamos en tus manos. Que un hombre preste servicio con los medios de que dispone y es capaz, es la más bella de las tareas.

TIRESIAS.- ¡Ay, ay! ¡Qué terrible es tener clarividencia cuando no aprovecha al que la tiene! Yo lo sabía bien, pero lo he olvidado, de lo contrario no hubiera venido aquí.

EDIPO.- ¿Qué pasa? ¡Qué abatido te has presentado!

TIRESIAS.- Déjame ir a casa. Más fácilmente soportaremos tú lo tuyo y yo lo mío si me haces caso.

EDIPO.- No hablas con justicia ni con benevolencia para la ciudad que te alimentó, si la privas de tu augurio.

TIRESIAS.- Porque veo que tus palabras no son oportunas para ti. ¡No vaya a ser que a mí me pase lo mismo...!

(Hace ademán de retirarse.)

EDIPO.- No te des la vuelta, ¡por los dioses!, si sabes algo, ya que te lo pedimos todos los que estamos aquí como suplicantes.

TIRESIAS.- Todos han perdido el juicio. Yo nunca revelaré mis desgracias, por no decir las tuyas.

EDIPO.- ¿Qué dices? ¿Sabiéndolo no hablarás, sino que piensas traicionarnos y destruir a la ciudad?

TIRESIAS.- Yo no quiero afligirme a mí mismo ni a ti. ¿Por qué me interrogas inútilmente? No te enterarás por mí.

EDIPO.- ¡Oh el más malvado de los malvados, pues tú llegarías a irritar, incluso, a una roca! ¿No hablarás de una vez, sino que te vas a mostrar así de duro e inflexible?

TIRESIAS.- Me has reprochado mi obstinación, y no ves la que igualmente hay en ti, y me censuras.

EDIPO.- ¿Quién no se irritaría al oír razones de esta clase con las que tú estás perjudicando a nuestra ciudad?

TIRESIAS.- Llegarán por sí mismas, aunque yo las proteja con el silencio.

EDIPO.- Pues bien, debes manifestarme incluso lo que está por llegar.

TIRESIAS.- No puedo hablar más. Ante esto, si quieres irrítate de la manera más violenta.

EDIPO.- Nada de lo que estoy advirtiendo dejaré de decir, según estoy de encolerizado. Has de saber que parece que tú has ayudado a maquinar el crimen y lo has llevado a cabo en lo que no ha sido darle muerte con tus manos. Y si tuvieras vista, diría que, incluso, este acto hubiera sido obra de ti solo.

TIRESIAS.- ¿De verdad? Y yo te insto a que permanezcas leal al edicto que has proclamado antes y a que no nos dirijas la palabra ni a éstos ni a mí desde el día de hoy, en la idea de que tú eres el azote impuro de esta tierra.

EDIPO.- ¿Con tanta desvergüenza haces esta aseveración? ¿De qué manera crees poderte escapar a ella?

TIRESIAS.- Ya lo he hecho. Pues tengo la verdad como fuerza.

EDIPO.- ¿Por quién has sido enseñado? Pues, desde luego, de tu arte no procede.

TIRESIAS.- Por ti, porque me impulsaste a hablar en contra de mi voluntad.

EDIPO.- ¿Qué palabras? Dilo, de nuevo, para que aprenda mejor.

TIRESIAS.- ¿No has escuchado antes? ¿O es que tratas de que hable?

EDIPO.- No como para decir que me es comprensible. Dilo de nuevo.

TIRESIAS.- Afirmo que tú eres el asesino del hombre acerca del cual están investigando.

EDIPO.- No dirás impunemente dos veces estos insultos.

TIRESIAS.- En ese caso, ¿digo también otras cosas para que te irrites aún más?

EDIPO.- Di cuanto gustes, que en vano será dicho.

TIRESIAS.- Afirmo que tú has estado conviviendo muy vergonzosamente, sin advertirlo, con los que te son más queridos y que no te das cuenta en qué punto de desgracia estás.

EDIPO.- ¿Crees tú, en verdad, que vas a seguir diciendo alegremente esto?

TIRESIAS.- Sí, si es que existe alguna fuerza en la verdad.

EDIPO.- Existe, salvo para ti. Tú no la tienes, ya que estás ciego de los oídos, de la mente y de la vista.

TIRESIAS.- Eres digno de lástima por echarme en cara cosas que a ti no habrá nadie que no te reproche pronto.

EDIPO.- Vives en una noche continua, de manera que ni a mí, ni a ninguno que vea la luz, podrías perjudicar nunca.

TIRESIAS.- No quiere el destino que tú caigas por mi causa, pues para ello se basta Apolo, a quien importa llevarlo a cabo.

EDIPO.- ¿Esta invención es de Creonte o tuya?

TIRESIAS.- Creonte no es ningún dolor para ti, sino tú mismo.

EDIPO.- ¡Oh riqueza, poder y saber que aventajas a cualquier otro saber en una vida llena de encontrados intereses! ¡Cuánta envidia acecha en ustedes, si, a causa de este mando que la ciudad me confió como un don sin que yo lo pidiera, Creonte, el que era leal, el amigo desde el principio, desea expulsarme deslizándose a escondidas, tras sobornar a semejante hechicero, maquinador y charlatán engañoso, que sólo ve en las ganancias y es ciego en su arte! Porque, ¡ea!, dime, ¿en qué fuiste tú un adivino infalible? ¿Cómo es que no dijiste alguna palabra que liberara a estos ciudadanos cuando estaba aquí la perra cantora Y, ciertamente, el enigma no era propio de que lo discurriera cualquier persona que se presentara, sino que requería arte adivinatoria que tú no mostraste tener, ni procedente de las aves ni conocida a partir de alguno de los dioses. Y yo, Edipo, el que nada sabía, llegué y la hice callar consiguiéndolo por mi habilidad, y no por haberlo aprendido de los pájaros. A mí es a quien tú intentas echar, creyendo que estarás más cerca del trono de Creonte. Me parece que tú y el que ha urdido esto tendrán que lograr la purificación entre lamentos. Y si no te hubieses hecho valer por ser un anciano, hubieras conocido con sufrimientos qué tipo de sabiduría tienes.

CORIFEO.- Nos parece adivinar que las palabras de éste y las tuyas, Edipo, han sido dichas a impulsos de la cólera. Pero no debemos ocuparnos en tales cosas, sino en cómo resolveremos los oráculos del dios de la mejor manera.

TIRESIAS.- Aunque seas el rey, se me debe dar la misma oportunidad de replicarte, al menos con palabras semejantes. También yo tengo derecho a ello, ya que no vivo sometido a ti sino a Loxias, de modo que no podré ser inscrito como seguidor de Creonte, jefe de un partido. Y puesto que me has echado en cara que soy ciego, te digo: aunque tú tienes vista, no ves en qué grado de desgracia te encuentras ni dónde habitas ni con quiénes transcurre tu vida. ¿Acaso conoces de quiénes desciendes? Eres, sin darte cuenta, odioso para los tuyos, tanto para los de allí abajo como para los que están en la tierra, y la maldición que por dos lados te golpea, de tu madre y de tu padre, con paso terrible te arrojará, algún día, de esta tierra, y tú, que ahora ves claramente, entonces estarás en la oscuridad. ¡Qué lugar no será refugio de tus gritos!, ¡qué Citerón no los recogerá cuando te des perfecta cuenta del infausto matrimonio en el que tomaste puerto en tu propia casa después de conseguir una feliz navegación! Y no adviertes la cantidad de otros males que te igualarán a tus hijos. Después de esto, ultraja a Creonte y a mi palabra. Pues ningún mortal será aniquilado nunca de peor forma que tú.

EDIPO.- ¿Es que es tolerable escuchar esto de ése? ¡Maldito seas! ¿No te irás cuanto antes? ¿No te irás de esta casa, volviendo por donde has venido?

TIRESIAS.- No hubiera venido yo, si tú no me hubieras llamado.

EDIPO.- No sabía que ibas a decir necedades. En tal caso, difícilmente te hubiera hecho venir a mi palacio.

Tiresias.- Yo soy tal cual te parezco, necio, pero para los padres que te engendraron era juicioso.

EDIPO.- ¿A quiénes? Aguarda. ¿Qué mortal me dio el ser?

TIRESIAS.- Este día te engendrará y te destruirá.

EDIPO.- ¡De qué modo enigmático y oscuro lo dices todo!

TIRESIAS.- ¿Acaso no eres tú el más hábil por naturaleza para interpretarlo?

EDIP0.- Échame en cara, precisamente, aquello en lo que me encuentras grande.

TIRESIAS.- Esa fortuna, sin embargo, te hizo perecer.

EDIPO.- Pero si salvo a esta ciudad, no me preocupa.

TIRESIAS.- En ese caso me voy. Tú, niño, condúceme.

EDIPO.- Que te lleve, sí, porque aquí, presente, eres un molesto obstáculo; y, una vez fuera, puede ser que no atormentes más.

TIRESIAS.- Me voy, porque ya he dicho aquello para lo que vine, no porque tema tu rostro. Nunca me podrás perder. Y te digo: ese hombre que, desde hace rato, buscas con amenazas y con proclamas a causa del asesinato de Layo, está aquí. Se dice que es extranjero establecido aquí, pero después saldrá a la luz que es tebano por su linaje y no se complacerá de tal suerte. Ciego, cuando antes tenía vista, y pobre, en lugar de rico, se trasladará a tierra extraña tanteando el camino con un bastón. Será manifiesto que él mismo es, a la vez, hermano y padre de sus propios hijos, hijo y esposo de la mujer de la que nació y de la misma raza, así como asesino de su padre. Entra y reflexiona sobre esto. Y si me coges en mentira, di que yo ya no tengo razón en el arte adivinatorio.

(Tiresias se aleja y Edipo entra en palacio.)

CORO

ESTROFA 1ª

¿Quién es aquel al que la profética roca délfica nombró como el que ha llevado a cabo, con sangrientas manos, acciones indecibles entre las indecibles? Es el momento para que él, en la huida, fuerce un paso más poderoso que el de caballos rápidos como el viento, pues contra él se precipita, armado con fuego y relámpagos, el hijo de Zeus. Y, junto a él, siguen terribles las infalibles diosas de la Muerte.

ANTÍSTROFA 1ª

No hace mucho resonó claramente, desde el nevado Parnaso, la voz que anuncia que, por doquier, se siga el rastro al hombre desconocido. Va de un lado a otro bajo el agreste bosque y por cuevas y grutas, cual un toro que vive solitario, desgraciado, de desgraciado andar, rehuyendo los oráculos procedentes del centro de la tierra. Pero éstos, siempre vivos, revolotean alrededor.

ESTROFA 2ª

De terrible manera, ciertamente, de terrible manera me perturba el sabio adivino, ya lo crea, ya niegue. ¿Qué diré? Lo ignoro. Estoy traído y llevado por las esperanzas, sin ver ni el presente ni lo que hay detrás. Yo nunca he sabido, ni antes ni ahora, qué motivo de disputa había entre los Labdácidas y el hijo de Pólibo, que, por haberlo probado, me haga ir contra la pública fama de Edipo, como vengador para los Labdácidas de muertes no claras.

ANTÍSTROFA 2ª

Por una parte, cierto es que Zeus y Apolo son sagaces y conocedores de los asuntos de los mortales, pero que un adivino entre los hombres obtenga mayor éxito que yo, no es un juicio verdadero. Un hombre podría contraponer sabiduría a sabiduría. Y yo nunca, hasta ver que la profecía se cumpliera, haría patentes los reproches. Porque, un día, llegó contra él, visible, la alada doncella y quedó claro, en la prueba, que era sabio y amigo para la ciudad. Por ello, en mi corazón nunca será culpable de maldad

(Entra Creonte.)

CREONTE.- Ciudadanos, habiéndome enterado de que el rey Edipo me acusa con terribles palabras, me presento sin poder soportarlo. Pues si en los males presentes cree haber sufrido de mi parte con palabras o con obras algo que le lleve a un perjuicio, no tengo deseo de una vida que dure mucho tiempo con esta fama. El daño que me reporta esta acusación no es sin importancia, sino gravísimo, si es que voy a ser llamado malvado en la ciudad, y malvado ante ti y ante los amigos.

CORIFEO.- Tal vez haya llegado a este ultraje forzado por la cólera, más que intencionadamente.

CREONTE.- ¿Fue declarado por éste abiertamente que, persuadido por mis consejeros, el adivino decía palabras falaces?

CORIFEO.- Eso dijo, pero no sé con qué intención.

CREONTE.- ¿Y, con la mirada y la mente rectas, lanzó esta acusación contra mí?

CORIFEO.- No sé, pues no conozco lo que hacen los que tienen el poder. Pero él, en persona, sale ya del palacio.

(Entra Edipo en escena.)

EDIPO.- ¡Tú, ése! ¿Cómo has venido aquí? ¿Eres, acaso, persona de tanta osadía que has llegado a mi casa, a pesar de que es evidente que tú eres el asesino de este hombre y un usurpador manifiesto de mi soberanía? ¡Ea, dime, por los dioses! ¿Te decidiste a actuar así por haber visto en mí alguna cobardía o locura? ¿O pensabas que no descubriría que tu acción se deslizaba con engaño, o que no me defendería al averiguarlo? ¿No es tu intento una locura: buscar con ahínco la soberanía sin el apoyo del pueblo y de los amigos, cuando se obtiene con la ayuda de aquél y de las riquezas?

CREONTE.- ¿Sabes lo que vas a hacer? Opuestas a tus palabras, escúchame palabras semejantes y, después de conocerlas, juzga tú mismo.

EDIPO.- Tú eres diestro en el hablar y yo soy torpe para comprenderte, porque he descubierto que eres hostil y molesto para mí.

CREONTE.- En lo que a esto se refiere, óyeme primero cómo lo voy a contar.

EDIPO.- En lo que a esto se refiere, no me digas que no eres un malvado.

CREONTE.- Si crees que la presunción separada de la inteligencia es un bien, no razonas bien.

EDIPO.- Si crees que perjudicando a un pariente no sufrirás la pena, no razonas correctamente.

CREONTE.- De acuerdo contigo en que has dicho esto con toda razón. Pero infórmame qué perjuicio dices que has recibido.

EDIPO.- ¿Intentabas persuadirme, o no, de que era necesario que enviara a alguien a buscar al venerable adivino?

CREONTE.- Y soy aún el mismo en lo que a ese consejo se refiere.

EDIPO.- ¿Cuánto tiempo hace ya desde que Layo...

CREONTE.- ¿Qué fue lo que hizo? No entiendo.

EDIPO.- ... sin que fuera visible, pereciera en un asesinato?

CREONTE.- Podrían contarse largos y antiguos años.

EDIPO.- ¿Ejercía entonces su arte ese adivino?

CREONTE.- Sí, tan sabiamente como antes y honrado por igual.

EDIPO.- ¿Hizo mención de mí para algo en aquel tiempo?

CREONTE.- No, ciertamente, al menos cuando yo estaba presente.

EDIPO.- Pero, ¿no hicieron investigaciones acerca del muerto?

CREONTE.- Las hicimos, ¿cómo no? Y no conseguimos nada.

EDIPO.- ¿Y cómo, pues, ese sabio no dijo entonces estas cosas?

CREONTE.- No lo sé. De lo que no comprendo, prefiero guardar silencio.

EDIPO.- Sólo lo que sabes podrías decirlo con total conocimiento.

CREONTE.- ¿Qué es ello? Si lo sé, no lo negaré.

EDIPO.- Que, si no hubiera estado concertado contigo, no hubiera hablado de la muerte de Layo a mis manos.

CREONTE.- Si esto dice, tú lo sabes. Yo considero justo informarme de ti, lo mismo que ahora tú lo has hecho de mí.

EDIPO.- Haz averiguaciones. No seré hallado culpable de asesinato.

CREONTE.- ¿Y qué? ¿Estás casado con mi hermana?

EDIPO.- No es posible negar la pregunta que me haces.

CREONTE.- ¿Gobiernas el país administrándolo con igual poder que ella?

EDIPO.- Lo que desea, todo lo obtiene de mí.

CREONTE.- ¿Y no es cierto que, en tercer lugar, yo me igualo a ustedes dos?

EDIPO.- Por eso, precisamente, resultas ser un mal amigo.

CREONTE.- No si me das la palabra como yo a ti mismo. Considera primeramente esto: si crees que alguien preferiría gobernar entre temores a dormir tranquilo, teniendo el mismo poder. Por lo que a mí respecta, no tengo más deseo de ser rey que de actuar como si lo fuera, ni ninguna otra persona que sepa razonar. En efecto, ahora lo obtengo de ti todo sin temor, pero, si fuera yo mismo el que gobernara, haría muchas cosas también contra mi voluntad. ¿Cómo, pues, iba a ser para mí más grato el poder absoluto, que un mando y un dominio exentos de sufrimientos? Aún no estoy tan mal aconsejado como para desear otras cosas que no sean los honores acompañados de provecho. Actualmente, todos me saludan y me acogen con cariño. Los que ahora tienen necesidad de ti me halagan, pues en esto está, para ellos, el obtener todo. ¿Cómo iba yo, pues, a pretender aquello desprendiéndome de esto? Una mente que razona bien no puede volverse torpe. No soy, por tanto, amigo de esta idea ni soportaría nunca la compañía de quien lo hiciera. Y, como prueba de esto, ve a Delfos y entérate si te he anunciado fielmente la respuesta del oráculo. Y otra cosa: si me sorprendes habiendo tramado algo en común con el adivino, tras hacerlo, no me condenes a muerte por un solo voto, sino por dos, por el tuyo y el mío; pero no me inculpes por tu cuenta a causa de una suposición no probada. No es justo considerar, sin fundamento, a los malvados honrados ni a los honrados malvados. Afirmo que es igual rechazar a un buen amigo que a la propia vida, a la que se estima sobre todas las cosas. Con el tiempo, podrás conocer que esto es cierto, ya que sólo el tiempo muestra al hombre justo, mientras que podrías conocer al perverso en un solo día.

CORIFEO.- Bien habló él, señor, para quien sea cauto en errar. Pues los que se precipitan no son seguros para dar una opinión.

EDIPO.- Cuando el que conspira a escondidas avanza con rapidez, preciso es que también yo mismo planee con la misma rapidez. Si espero sin moverme, los proyectos de éste se convertirán en hechos y los míos, en frustraciones.

CREONTE.- ¿Qué pretendes, entonces? ¿Acaso arrojarme fuera del país?

EDIPO.- En modo alguno. Que mueras quiero, no que huyas.

CREONTE.- Cuando expliques cuál es la clase de aborrecimiento...

EDIPO.- ¿Quieres decir que no me obedecerás ni me darás crédito?

CREONTE.- ...pues veo que tú no razonas con cordura.

EDIPO.- Sí, al menos, en lo que me afecta.

CREONTE.- Pero es preciso que lo hagas también en lo mío.

EDIPO.- Tú eres un malvado.

CREONTE.- ¿Y si es que tú no comprendes nada?

EDIPO.- Hay que obedecer, a pesar de ello.

CREONTE.- No al que ejerce mal el poder.

EDIPO.- ¡Oh ciudad, ciudad!

CREONTE.- También a mí me interesa la ciudad, no sólo a ti.

CORIFEO.- Cesen, príncipes. Veo que, a tiempo para ustedes, sale de palacio Yocasta, con la que deben dirimir la disputa que están sosteniendo.

(Yocasta sale de palacio.)

YOCASTA.- ¿Por qué, oh desdichados, originaron esta irreflexiva discusión? ¿No les da vergüenza ventilar cuestiones particulares estando como está sufriendo la ciudad? ¿No irás tú a palacio y tú, Creonte, a tu casa sin transformar un disgusto que no es nada en algo importante?

CREONTE.- Hermana, Edipo, tu esposo, pretende llevar a cabo decisiones terribles respecto a mí, habiendo elegido entre dos calamidades: o desterrarme de la patria o, tras hacerme prisionero, matarme.

EDIPO.- Asiento. Pues lo he sorprendido, mujer, tramando contra mi persona con mañas ruines.

CREONTE.- ¡Que no sea feliz, sino que perezca maldito, si he realizado contra ti algo de lo que me imputas!

YOCASTA.- ¡Por los dioses!, Edipo, da crédito a esto, sobre todo si sientes respeto ante un juramento en nombre de los dioses y, después, también por respeto a mí y a los que están ante ti.

ESTROFA 1ª

CORO.- Obedece de grado y por prudencia, señor, te lo suplico.

EDIPO.- ¿En qué quieres que ceda?

CORO.- En respetar al que nunca antes fue necio y ahora es fuerte en virtud del juramento.

EDIPO.- ¿Sabes lo que pides?

CORIFEO.- Lo sé.

EDIPO.- Explícame qué dices.

CORO.- Que, por un rumor poco probado, nunca lances una acusación de deshonor a un pariente obligado por su propio juramento.

EDIPO.- Entérate bien ahora: cuando esto pretendes, me estás buscando la ruina o mi destierro de este país.

ESTROFA 2ª

CORO.- No, ¡por el dios primero entre todos los dioses el Sol! ¡Qué muera sin dios, sin amigos, de la peor manera, si tengo semejante pensamiento! Pero esta tierra que se consume aflige mi ánimo, desventurado, si los males que les atañen a ustedes dos se unen a los que ya había.

EDIPO.- ¡Que se vaya éste, aun cuando deba yo morir irremediablemente o ser expulsado por la fuerza, deshonrado, de esta tierra! Ante tus palabras dignas de lástima me apiado, que no ante las de éste. Él, en donde se encuentre, será objeto de mi aborrecimiento.

CREONTE.- Es evidente que lleno de odio cedes, y estarás molesto cuando termines de estar airado. Las naturalezas como la tuya son, con motivo, las que más se duelen de soportarse a sí mismas.

EDIPO.- ¿No me dejarás tranquilo y te irás fuera?

CREONTE.- Me voy sin que me hayas entendido, pero para éstos soy el mismo.

(Se aleja.)

ANTÍSTROFA 1ª

CORO.- Mujer, ¿qué estás esperando para llevarlo a palacio?

YOCASTA.- Conocer qué es lo que ocurre.

CORO.- Una oscura sospecha surgió de unas palabras, pero también me desgarra lo que puede ser injusto.

YOCASTA.- ¿Del uno y del otro?

CORIFEO.- Sí.

YOCASTA.- ¿Y cuál fue el motivo?

CORO.- Basta, me parece que es suficiente, estando atormentado el país. Que se quede el asunto allí donde cesó.

EDIPO.- Date cuenta dónde has llegado, aun siendo hombre honesto en tu intención, haciendo caso omiso y embotando mi corazón.

ANTÍSTROFA 2ª.

CORO.- ¡Oh señor, no te lo he dicho sólo una vez: sabe que habría de mostrarme insensato, falto de razonable juicio, si te abandonara. Tú, que dirigiste con justicia el rumbo de mi querido país, cuando estaba sacudido entre desgracias, llegarás a ser también ahora un buen guía, si puedes.

YOCASTA.- ¡En nombre de los dioses! Dime también a mí, señor, por qué asunto has concebido semejante enojo.

EDIPO.- Hablaré. Pues a ti, mujer, te venero más que a éstos. Es a causa de Creonte y de la clase de conspiración que ha tramado contra mí.

YOCASTA.- Habla, si es que lo vas a hacer para denunciar claramente el motivo de la querella.

EDIPO.- Dice que yo soy el asesino de Layo.

YOCASTA.- ¿Lo conoce por sí mismo o por haberlo oído decir a otro?

EDIPO.- Ha hecho venir a un desvergonzado adivino, ya que su boca, por lo que a él en persona concierne, está completamente libre.

YOCASTA.- Tú, ahora, liberándote a ti mismo de lo que dices, escúchame y aprende que nadie que sea mortal tiene parte en el arte adivinatoria. La prueba de esto te la mostraré en pocas palabras. Una vez le llegó a Layo un oráculo no diré que del propio Febo, sino de sus servidores que decía que tendría el destino de morir a manos del hijo que naciera de mí y de él. Sin embargo, a él, al menos según el rumor, unos bandoleros extranjeros lo mataron en una encrucijada de tres caminos. Por otra parte, no habían pasado tres días desde el nacimiento del niño cuando Layo, después de atarle juntas las articulaciones de los pies, le arrojó, por la acción de otros, a un monte infranqueable. Por tanto, Apolo ni cumplió el que éste llegara a ser asesino de su padre ni que Layo sufriera a manos de su hijo la desgracia que él temía. Afirmo que los oráculos habían declarado tales cosas. Por ello, tú para nada te preocupes, pues aquello en lo que el dios descubre alguna utilidad, él en persona lo da a conocer sin rodeos.

EDIPO.- Al acabar de escucharte, mujer, ¡qué delirio se ha apoderado de mi alma y qué agitación de mis sentidos!

CREONTE.- ¿A qué preocupación te refieres que te ha hecho volverte sobre tus pasos?

EDIPO.- Me pareció oírte que Layo había sido muerto en una encrucijada de tres caminos.

YOCASTA.- Se dijo así y aún no se ha dejado de decir.

EDIPO.- ¿Y dónde se encuentra el lugar ese en donde ocurrió la desgracia?

YOCASTA.- Fócide es llamada la región, y la encrucijada hace confluir los caminos de Delfos y de Daulia.

EDIPO.- ¿Qué tiempo ha transcurrido desde estos acontecimientos?

YOCASTA.- Poco antes de que tú aparecieras con el gobierno de este país, se anunció eso a la ciudad.

EDIPO.- ¡Oh Zeus! ¿Cuáles son tus planes para conmigo?

YOCASTA.- ¿Qué es lo que te desazona, Edipo?

EDIPO.- Todavía no me interrogues. Y dime, ¿qué aspecto tenía Layo y de qué edad era?

YOCASTA.- Era fuerte, con los cabellos desde hacía poco encanecidos, y su figura no era muy diferente de la tuya.

EDIPO.- ¡Ay de mí, infortunado! Me parece que acabo de precipitarme a mí mismo, sin saberlo, en terribles maldiciones.

YOCASTA.- ¿Cómo dices? No me atrevo a dirigirte la mirada, señor.

EDIPO.- Me pregunto, con tremenda angustia, si el adivino no estaba en lo cierto, y me lo demostrarás mejor, si aún me revelas una cosa.

YOCASTA.- En verdad que siento temor, pero a lo que me preguntes, si lo sé, contestaré.

EDIPO.- ¿Iba de incógnito, o con una escolta numerosa cual corresponde a un rey?

YOCASTA.- Eran cinco en total. Entre ellos había un heraldo. Sólo un carro conducía a Layo.

EDIPO.- ¡Ay, ay! Esto ya está claro. ¿Quién fue el que entonces les anunció las nuevas, mujer?

YOCASTA.- Un servidor que llegó tras haberse salvado sólo él.

EDIPO.- ¿Por casualidad se encuentra ahora en palacio?

YOCASTA.- No, por cierto. Cuando llegó de allí y vio que tú regentabas el poder y que Layo estaba muerto, me suplicó, encarecidamente, cogiéndome la mano, que lo enviara a los campos y al pastoreo de rebaños para estar lo más alejado posible de la ciudad. Yo lo envié, porque, en su calidad de esclavo, era digno de obtener este reconocimiento y aún mayor.

EDIPO.- ¿Cómo podría llegar junto a nosotros con rapidez?

YOCASTA.- Es posible. Pero ¿por qué lo deseas?

EDIPO.- Temo por mí mismo, oh mujer, haber dicho demasiadas cosas. Por ello, quiero verlo.

YOCASTA.- Está bien, vendrá, pero también yo merezco saber lo que te causa desasosiego, señor.

EDIPO.- Y no serás privada, después de haber llegado yo a tal punto de zozobra. Pues, ¿a quién mejor que a ti podría yo hablar, cuando paso por semejante trance?

Mi padre era Pólibo, corintio, y mi madre Mérope, doria. Era considerado yo como el más importante de los ciudadanos de allí hasta que me sobrevino el siguiente suceso, digno de admirar, pero, sin embargo, no proporcionado al ardor que puse en ello. He aquí que en un banquete, un hombre saturado de bebida, refiriéndose a mí, dice, en plena embriaguez, que yo era un falso hijo de mi padre. Yo, disgustado, a duras penas me pude contener a lo largo del día, pero, al siguiente, fui junto a mi padre y mi madre y les pregunté. Ellos llevaron a mal la injuria de aquel que había dejado escapar estas palabras. Yo me alegré con su reacción; no obstante, eso me atormentaba sin cesar, pues me había calado hondo.

Sin que mis padres lo supieran, me dirigí a Delfos, y Febo me despidió sin atenderme en aquello por lo que llegué, sino que se manifestó anunciándome, infortunado de mí, terribles y desgraciadas calamidades: que estaba fijado que yo tendría que unirme a mi madre y que traería al mundo una descendencia insoportable de ver para los hombres y que yo sería asesino del padre que me había engendrado.

Después de oír esto, calculando a partir de allí la posición de la región corintia por las estrellas, iba, huyendo de ella, adonde nunca viera cumplirse las atrocidades de mis funestos oráculos.

En mi caminar llego a ese lugar en donde tú afirmas que murió el rey. Y a ti, mujer, te revelaré la verdad. Cuando en mi viaje estaba cerca de ese triple camino, un heraldo y un hombre, cual tú describes, montado sobre un carro tirado por potros, me salieron al encuentro. El conductor y el mismo anciano me arrojaron violentamente fuera del camino. Yo, al que me había apartado, al conductor del carro, lo golpeé movido por la cólera. Cuando el anciano ve desde el carro que me aproximo, apuntándome en medio de la cabeza, me golpea con la pica de doble punta. Y él no pagó por igual, sino que, inmediatamente, fue golpeado con el bastón por esta mano y, al punto, cae redondo de espaldas desde el carro. Maté a todos.

Si alguna conexión hay entre Layo y este extranjero, ¿quién hay en este momento más infortunado que yo? ¿Qué hombre podría llegar a ser más odiado por los dioses, cuando no le es posible a ningún extranjero ni ciudadano recibirlo en su casa ni dirigirle la palabra y hay que arrojarlo de los hogares? Y nadie, sino yo, es quien ha lanzado sobre mí mismo tales maldiciones. Mancillo el lecho del muerto con mis manos, precisamente con las que lo maté. ¿No soy yo, en verdad, un canalla? ¿No soy un completo impuro? Si debo salir desterrado, no me es posible en mi destierro ver a los míos ni pisar mi patria, a no ser que me vea forzado a unirme en matrimonio con mi madre y a matar a Pólibo, que me crió y engendró. ¿Acaso no sería cierto el razonamiento de quien lo juzgue como venido sobre mí de una cruel divinidad? ¡No, por cierto, oh sagrada majestad de los dioses, que no vea yo este día, sino que desaparezca de entre los mortales antes que ver que semejante deshonor impregnado de desgracia llega sobre mí!

CORIFEO. A nosotros, oh rey, nos parece esto motivo de temor, pero mientras no lo conozcas del todo por boca del que estaba presente, ten esperanza.

EDIPO.- En verdad, ésta es la única esperanza que tengo: aguardar al pastor.

YOCASTA.- Y cuando él haya aparecido, ¿qué esperas que suceda?

EDIPO.- Yo te lo diré. Si descubrimos que dice lo mismo que tú, yo podría ponerme a salvo de esta calamidad.

YOCASTA.- ¿Qué palabras especiales me has oído?

EDIPO.- Decías que él afirmó que unos ladrones lo habían matado. Si aún confirma el mismo número, yo no fui el asesino, pues no podría ser uno solo igual a muchos. Pero si dice que fue un hombre que viajaba en solitario, está claro: el delito me es imputable.

YOCASTA.- Ten por seguro que así se propagó la noticia, y no le es posible desmentirla de nuevo, puesto que la ciudad, no yo sola, lo oyó. Y si en algo se apartara del anterior relato, ni aun entonces mostrará que la muerte de Layo se cumplió debidamente, porque Loxias dijo expresamente que se llevaría a cabo por obra de un hijo mío. Sin embargo, aquél, infeliz, nunca lo pudo matar, sino que él mismo sucumbió antes. De modo que en materia de adivinación yo no podría dirigir la mirada ni a un lado ni a otro.

EDIPO.- Haces un sensato juicio. Pero, no obstante, envía a alguien para que haga venir al labriego y no lo descuides.

(Entran en palacio.)

CORO.

ESTROFA 1ª

¡Ojalá el destino me asistiera para cuidar de la venerable pureza de todas las palabras y acciones cuyas leyes son sublimes, nacidas en el celeste firmamento, de las que Olimpo es el único padre y ninguna naturaleza mortal de los hombres engendró ni nunca el olvido las hará reposar! Poderosa es la divinidad que en ellas hay y no envejece.

ANTÍSTROFA 1ª

La insolencia produce al tirano. La insolencia, si se harta en vano de muchas cosas que no son oportunas ni convenientes subiéndose a lo más alto, se precipita hacia un abismo de fatalidad donde no dispone de pie firme. Pido que la divinidad nunca haga cesar la emulación que es favorable para la ciudad. Al dios no cesaré de tener como protector.

ESTROFA 2ª

Si alguien se comporta orgullosamente en acciones o de palabra, sin sentir temor de la Justicia ni respeto ante las moradas de los dioses, ¡ojalá le alcance un funesto destino por causa de su infortunada arrogancia! Y si no saca con justicia provecho y no se aleja de los actos impíos, o toca cosas que son intocables en una insensata acción, ¿qué hombre, en tales circunstancias, se jactará aún de rechazar de su alma las flechas de los dioses? Si las acciones de este tipo son dignas de horrores, ¿por qué debo yo participar en los coros?

ANTÍSTROFA 2ª

Ya no iré honrando a la divinidad al sagrado centro de la tierra, ni al templo de Abas ni a Olimpia, si estos oráculos no se cumplen como para que sean señalados por todos los hombres. Pero, ¡oh Zeus poderoso!, si con razón eres así llamado, que riges todo, no te pase esto inadvertido ni tampoco a tu poder siempre inmortal. Se diluyen los antiguos oráculos acerca de Layo, extinguiéndose, y Apolo no se manifiesta, en modo alguno, con honores, y los asuntos divinos se pierden.

(Yocasta sale de palacio acompañada de servidoras.)

YOCASTA.- Señores de la región, se me ha ocurrido la idea de acercarme a los templos de los dioses con estas coronas y ofrendas de incienso en las manos. Porque Edipo tiene demasiado en vilo su corazón con aflicciones de todo tipo y no conjetura, cual un hombre razonable, lo nuevo por lo de antaño, sino que está pendiente del que habla si anuncia motivos de temor. Y ya que no consigo nada con mis consejos, me llego ante ti, oh Apolo Liceo pues eres el más cercano, cual suplicante, con estos signos de rogativas para que nos proporciones alguna liberación purificadora, puesto que ahora todos sentimos ansiedad, al ver asustado a aquel que es como el piloto de la nave.

(Entra en escena un mensajero.)

MENSAJERO.- ¿Podrían informarme, oh extranjeros, dónde se halla el palacio del rey Edipo?

CORIFEO.- Ésta es su morada y él mismo está dentro, extranjero. Esta mujer es la madre de sus hijos.

MENSAJERO.- ¡Que llegues a ser siempre feliz, rodeada de gente dichosa, tú que eres esposa legítima de aquél!

YOCASTA.- De igual modo lo seas tú, oh extranjero, pues lo mereces por tus favorables palabras. Pero dime con qué intención has llegado y qué quieres anunciar.

MENSAJERO.- Buenas nuevas para tu casa y para tu esposo, mujer.

YOCASTA.- ¿Cuáles son? ¿De parte de quién vienes?

MENSAJERO.- De Corinto. Ojalá te complazca ¿cómo no? la noticia que te daré a continuación, aunque tal vez te duelas.

YOCASTA.- ¿Qué es? ¿Cómo puede tener ese doble efecto?

MENSAJERO.- Los habitantes de la región del Istmo lo van a designar rey, según se ha dicho allí.

YOCASTA.- ¿Por qué? ¿No está ya el anciano Pólibo en el poder?

MENSAJERO.- No, ya que la muerte lo tiene en su tumba.

YOCASTA.- ¿Cómo dices? ¿Ha muerto el padre de Edipo?

MENSAJERO.- Que sea merecedor de muerte, si no digo la verdad.

YOCASTA.- Sirvienta, ¿no irás rápidamente a decirle esto al amo? ¡Oh oráculos de los dioses! ¿Dónde están? Edipo huyó hace tiempo por el temor de matar a este hombre y, ahora, él ha muerto por el azar y no a manos de aquél.

(Sale Edipo de palacio.)

EDIPO.- ¡Oh Yocasta, muy querida mujer! ¿Por qué me has mandado venir aquí desde palacio?

YOCASTA.- Escucha a este hombre y observa, al oírle, en qué han quedado los respetables oráculos del dios.

EDIPO.- ¿Quién es éste y qué me tiene que comunicar?

YOCASTA.- Viene de Corinto para anunciar que tu padre, Pólibo, no está ya vivo, sino que ha muerto.

EDIPO.- ¿Qué dices, extranjero? Anúnciamelo tú mismo.

MENSAJERO.- Si es preciso que yo te lo anuncie claramente en primer lugar, entérate bien de que aquél ha muerto.

EDIPO.- ¿Acaso por una emboscada, o como resultado de una enfermedad?

MENSAJERO.- Un pequeño quebranto rinde los cuerpos ancianos.

EDIPO.- A causa de enfermedad murió el desdichado, a lo que parece.

MENSAJERO.- Y por haber vivido largos años.

EDIPO.- ¡Ah, ah! ¿Por qué, oh mujer, habría uno de tener en cuenta el altar vaticinador de Pitón o los pájaros que claman en el cielo, según cuyos indicios tenía yo que dar muerte a mi propio padre? Pero él, habiendo muerto, está oculto bajo tierra y yo estoy aquí, sin haberlo tocado con arma alguna, a no ser que se haya consumido por nostalgia de mí. De esta manera habría muerto por mi intervención. En cualquier caso, Pólibo yace en el Hades y se ha llevado consigo los oráculos presentes, que no tienen ya ningún valor.

YOCASTA.- ¿No te lo decía yo desde antes?

EDIPO.- Lo decías, pero yo me dejaba guiar por el miedo.

YOCASTA.- Ahora no tomes en consideración ya ninguno de ellos.

EDIPO.- ¿Y cómo no voy a temer al lecho de mi madre?

YOCASTA.- Y ¿qué podría temer un hombre para quien los imperativos de la fortuna son los que lo pueden dominar, y no existe previsión clara de nada? Lo más seguro es vivir al azar, según cada uno pueda. Tú no sientas temor ante el matrimonio con tu madre, pues muchos son los mortales que antes se unieron también a su madre en sueños. Aquel para quien esto nada supone más fácilmente lleva su vida.

EDIPO.- Con razón hubieras dicho todo eso, si no estuviera viva mi madre. Pero como lo está, no tengo más remedio que temer, aunque tengas razón.

YOCASTA.- Gran ayuda suponen los funerales de tu padre.

EDIPO.- Grande, lo reconozco. Pero siento temor por la que vive.

MENSAJERO.- ¿Cuál es la mujer por la que temen?

EDIPO.- Por Mérope, anciano, con la que vivía Pólibo.

MENSAJERO.- ¿Qué hay en ella que los induzca al temor?

EDIPO.- Un oráculo terrible de origen divino, extranjero.

MENSAJERO.- ¿Lo puedes aclarar, o no es lícito que otro lo sepa?

EDIPO.- Sí, por cierto. Loxias afirmó, hace tiempo, que yo había de unirme con mi propia madre y coger en mis manos la sangre de mi padre. Por este motivo habito desde hace años muy lejos de Corinto, feliz, pero, sin embargo, es muy grato ver el semblante de los padres.

MENSAJERO.- ¿Acaso por temor a estas cosas estabas desterrado de allí?

EDIPO.- Por el deseo de no ser asesino de mi padre, anciano.

MENSAJERO.- ¿Por qué, pues, no te he liberado yo de este recelo, señor, ya que bien dispuesto llegué?

EDIPO.- En ese caso recibirías de mí digno agradecimiento.

MENSAJERO.- Por esto he venido sobre todo, para que en algo obtenga un beneficio cuando tú regreses a palacio.

EDIPO.- Pero jamás iré con los que me engendraron.

MENSAJERO.- ¡Oh hijo, es bien evidente que no sabes lo que haces...

EDIPO.- ¿Cómo, oh anciano? Acláramelo, por los dioses.

MENSAJERO.- ...si por esta causa rehúyes volver a casa!

EDIPO.- Temeroso de que Febo me resulte veraz.

MENSAJERO.- ¿Es que temes cometer una infamia para con tus progenitores?

EDIPO.- Eso mismo, anciano. Ello me asusta constantemente.

MENSAJERO.- ¿No sabes que, con razón, nada debes temer?

EDIPO.- ¿Cómo no, si soy hijo de esos padres?

MENSAJERO.- Porque Pólibo nada tenía que ver con tu linaje.

EDIPO.- ¿Cómo dices? ¿Que no me engendró Pólibo?

MENSAJERO.- No más que el hombre aquí presente, sino igual.

EDIPO.- Y ¿cómo el que me engendró está en relación contigo que no me eres nada?

MENSAJERO.- No te engendramos ni aquél ni yo.

EDIPO.- Entonces, ¿en virtud de qué me llamaba hijo?

MENSAJERO.- Por haberte recibido como un regalo entérate de mis manos.

EDIPO.- Y ¿a pesar de haberme recibido así de otras manos, logró amarme tanto?

MENSAJERO.- La falta hasta entonces de hijos lo persuadió del todo.

Edipo.- Y tú, ¿me habías comprado o encontrado cuando me entregaste a él?

MENSAJERO.- Te encontré en los desfiladeros selvosos del Citerón.

EDIPO.- ¿Por qué recorrías esos lugares?

MENSAJERO.- Allí estaba al cuidado de pequeños rebaños montaraces.

EDIPO.- ¿Eras pastor y nómada a sueldo?

MENSAJERO.- Y así fui tu salvador en aquel momento.

EDIPO.- ¿Y de qué mal estaba aquejado cuando me tomaste en tus manos?

MENSAJERO.- Las articulaciones de tus pies te lo pueden testimoniar.

EDIPO.- ¡Ay de mí! ¿A qué antigua desgracia te refieres con esto?

MENSAJERO.- Yo te desaté, pues tenías perforados los tobillos.

EDIPO.- ¡Bello ultraje recibí de mis pañales!

MENSAJERO.- Hasta el punto de recibir el nombre que llevas por este suceso.

EDIPO.- ¡Oh, por los dioses! ¿De parte de mi madre o de mi padre lo recibí? Dímelo.

MENSAJERO.- No lo sé. El que te entregó a mí conoce esto mejor que yo.

EDIPO.- Entonces, ¿me recibiste de otro y no me encontraste por ti mismo?

MENSAJERO.- No, sino que otro pastor me hizo entrega de ti.

EDIPO.- ¿Quién es? ¿Sabes darme su nombre?

MENSAJERO.- Por lo visto era conocido como uno de los servidores de Layo.

EDIPO.- ¿Del rey que hubo, en otro tiempo, en esta tierra?

MENSAJERO.- Sí, de ese hombre era él pastor.

EDIPO.- ¿Está aún vivo ese tal como para poder verme?

MENSAJERO.- (Dirigiéndose al Coro.) Ustedes, los habitantes de aquí, podrían saberlo mejor.

EDIPO.- ¿Hay entre ustedes, los que me rodean, alguno que conozca al pastor a que se refiere, por haberlo visto, bien en los campos, bien aquí? Indíquenmelo, pues es el momento de descubrirlo de una vez por todas.

CORIFEO.- Creo que a ningún otro se refiere, sino al que tratabas de ver antes haciéndolo venir desde el campo. Pero aquí está Yocasta que podría decirlo mejor.

EDIPO.- Mujer, ¿conoces a aquel que hace poco deseábamos que se presentara? ¿Es a él a quien éste se refiere?

YOCASTA.- ¿Y qué nos va lo que dijo acerca de un cualquiera? No hagas ningún caso, no quieras recordar inútilmente lo que ha dicho.

EDIPO.- Sería imposible que con tales indicios no descubriera yo mi origen.

YOCASTA.- ¡No, por los dioses! Si en algo te preocupa tu propia vida, no lo investigues. Es bastante que yo esté angustiada.

EDIPO.- Tranquilízate, pues aunque yo resulte esclavo, hijo de madre esclava por tres generaciones, tú no aparecerás innoble.

YOCASTA.- No obstante, obedéceme, te lo suplico. No lo hagas.

EDIPO.- No podría obedecerte en dejar de averiguarlo con claridad.

YOCASTA.- Sabiendo bien qué es lo mejor para ti, hablo.

EDIPO.- Pues bien, lo mejor para mí me está importunando desde hace rato.

YOCASTA.- ¡Oh desventurado! ¡Que nunca llegues a saber quién eres!

EDIPO.- ¿Alguien me traerá aquí al pastor? Dejen a ésta que se complazca en su poderoso linaje.

YOCASTA.- ¡Ah, ah, desdichado, pues sólo eso te puedo llamar y ninguna otra cosa ya nunca en adelante!

(Yocasta, visiblemente alterada, entra al palacio.)

CORIFEO.- ¿Por qué se ha ido tu esposa, Edipo, tan precipitadamente bajo el peso de una profunda aflicción? Tengo miedo de que de este silencio estallen desgracias.

EDIPO.- Que estalle lo que quiera ella. Yo sigo queriendo conocer mi origen, aunque sea humilde. Esa, tal vez, se avergüence de mi linaje oscuro, pues tiene orgullosos pensamientos como mujer que es. Pero yo, que me tengo a mí mismo por hijo de la Fortuna, la que da con generosidad, no seré deshonrado, pues de una madre tal he nacido. Y los meses, mis hermanos, me hicieron insignificante y poderoso. Y si tengo este origen, no podría volverme luego otro, como para no llegar a conocer mi estirpe.

CORO

ESTROFA

Si yo soy adivino y conocedor de entendimiento, ¡por el Olimpo!, no quedarás, ¡oh Citerón!, sin saber que desde el plenilunio de mañana yo te ensalzaré como región de Edipo, al tiempo que nodriza y madre, y serás celebrado con coros por nosotros como quien se hace protector de mis reyes. ¡Oh Febo, que esto te sirva de satisfacción!

ANTÍSTROFA

¿Cuál a ti, hijo, cuál de las ninfas inmortales te engendró, acercándose al padre Pan que vaga por los montes? ¿O fue una amante de Loxias, pues a él le son queridas todas las agrestes planicies? El soberano de Cilene o el dios báquico que habita en lo más alto de los montes te recibió como un hallazgo de alguna de las ninfas del Helicón con las que juguetea la mayor parte del tiempo

(Entra el anciano pastor acompañado de dos esclavos.)

EDIPO.- Si he de hacer yo conjeturas, ancianos, creo estar viendo al pastor que desde hace rato buscamos, aunque nunca he tenido relación con él. Pues en su acusada edad coincide por completo con este hombre y, además, reconozco a los que lo conducen como servidores míos. Pero tú, tal vez, podrías superarme en conocimientos por haber visto antes al pastor.

CORIFEO.- Lo conozco, ten la certeza. Era un pastor de Layo, fiel cual ninguno.

EDIPO.- A ti te pregunto en primer lugar, al extranjero corintio: ¿es de ése de quien hablabas?

MENSAJERO.- De éste que contemplas.

EDIPO.- Eh, tú, anciano, acércate y, mirándome, contesta a cuanto te pregunte. ¿Perteneciste, en otro tiempo, al servicio de Layo?

SERVIDOR.- Sí, como esclavo no comprado, sino criado en la casa.

EDIPO.- ¿En qué clase de trabajo te ocupabas o en qué tipo de vida?

SERVIDOR.- La mayor parte de mi vida conduje rebaños.

EDIPO.- ¿En qué lugares habitabas sobre todo?

SERVIDOR.- Unas veces, en el Citerón; otras, en lugares colindantes.

EDIPO.- ¿Eres consciente de haber conocido allí a este hombre en alguna parte?

SERVIDOR.- ¿En qué se ocupaba? ¿A qué hombre te refieres?

EDIPO.- Al que está aquí presente. ¿Tuviste relación con él alguna vez?

SERVIDOR.- No como para poder responder rápidamente de memoria.

MENSAJERO.- No es nada extraño, señor. Pero yo refrescaré claramente la memoria del que no me reconoce. Estoy bien seguro de que se acuerda cuando, en el monte Citerón, él con doble rebaño y yo con uno, convivimos durante tres períodos enteros de seis meses, desde la primavera hasta Arturo. Ya en el invierno yo llevaba mis rebaños a los establos, y él, a los apriscos de Layo. ¿Cuento lo que ha sucedido o no?

SERVIDOR.- Dices la verdad, pero ha pasado un largo tiempo.

MENSAJERO.- ¡Ea! Dime, ahora, ¿recuerdas que entonces me diste un niño para que yo lo criara como un retoño mío?

SERVIDOR.- ¿Qué ocurre? ¿Por qué te informas de esta cuestión?

MENSAJERO.- Éste es, querido amigo, el que entonces era un niño.

SERVIDOR.- ¡Así te pierdas! ¿No callarás?

EDIPO.- ¡Ah! No lo reprendas, anciano, ya que son tus palabras, más que las de éste, las que requieren un reprensor.

SERVIDOR.- ¿En qué he fallado, oh el mejor de los amos?

EDIPO.- No hablando del niño por el que éste pide información.

SERVIDOR.- Habla, y no sabe nada, sino que se esfuerza en vano.

EDIPO.- Tú no hablarás por tu gusto, y tendrás que hacerlo llorando.

SERVIDOR.- ¡Por los dioses, no maltrates a un anciano como yo!

EDIPO.- ¿No le atará alguien las manos a la espalda cuanto antes?

SERVIDOR.- ¡Desdichado! ¿Por qué? ¿De qué más deseas enterarte?

EDIPO.- ¿Le entregaste al niño por el que pregunta?

SERVIDOR.- Lo hice y ¡ojalá hubiera muerto ese día!

EDIPO.- Pero a esto llegarás, si no dices lo que corresponde.

SERVIDOR.- Me pierdo mucho más aún si hablo.

EDIPO.- Este hombre, según parece, se dispone a dar rodeos.

SERVIDOR.- No, yo no, pues ya he dicho que se lo entregué.

EDIPO.- ¿De dónde lo habías tomado? ¿Era de tu familia o de algún otro?

SERVIDOR.- Mío no. Lo recibí de uno.

EDIPO.- ¿De cuál de estos ciudadanos y de qué casa?

SERVIDOR.- ¡No, por los dioses, no me preguntes más, mi señor!

EDIPO.- Estás muerto, si te lo tengo que preguntar de nuevo.

SERVIDOR.- Pues bien, era uno de los vástagos de la casa de Layo.

EDIPO.- ¿Un esclavo, o uno que pertenecía a su linaje?

SERVIDOR.- ¡Ay de mí! Estoy ante lo verdaderamente terrible de decir.

EDIPO.- Y yo de escuchar; pero, sin embargo, hay que oírlo.

Servidor.- Era tenido por hijo de aquél. Pero la que está dentro, tu mujer, es la que mejor podría decir cómo fue.

EDIPO.- ¿Ella te lo entregó?

SERVIDOR.- Sí, en efecto, señor.

EDIPO.- ¿Con qué fin?

SERVIDOR.- Para que lo matara.

EDIPO.- ¿Habiéndolo engendrado ella, desdichada?

SERVIDOR.- Por temor a funestos oráculos.

EDIPO.- ¿A cuáles?

SERVIDOR - Se decía que él mataría a sus padres.

EDIPO.- Y ¿cómo, en ese caso, tú lo entregaste a este anciano?

SERVIDOR.- Por compasión, oh señor, pensando que se lo llevaría a otra tierra de donde él era. Y éste lo salvó para los peores males. Pues si eres tú, en verdad, quien él asegura, sábete que has nacido con funesto destino.

EDIPO.- ¡Ay, ay! Todo se cumple con certeza. ¡Oh luz del día, que te vea ahora por última vez! ¡Yo que he resultado nacido de los que no debía, teniendo relaciones con los que no podía y habiendo dado muerte a quienes no tenía que hacerlo!

(Entra en palacio.)

CORO

ESTROFA 1ª

¡Ah, descendencia de mortales! ¡Cómo considero que vives una vida igual a nada! Pues, ¿qué hombre, qué hombre logra más felicidad que la que necesita para parecerlo y, una vez que ha dado esa impresión, para declinar? Teniendo este destino tuyo, el tuyo como ejemplo, ¡oh infortunado Edipo!, nada de los mortales tengo por dichoso.

ANTÍSTROFA 1ª

Tú, que, tras disparar el arco con incomparable destreza, conseguiste una dicha por completo afortunada, ¡oh Zeus!, después de hacer perecer a la doncella de corvas garras cantora de enigmas, y te alzaste como un baluarte contra la muerte en mi tierra. Y, por ello, fuiste aclamado como mi rey y honrado con los mayores honores, mientras reinabas en la próspera Tebas.

ESTROFA 2ª

Y ahora, ¿de quién se puede oír decir que es más desgraciado? ¿Quién es el que vive entre violentas penas, quién entre padecimientos con su vida cambiada? ¡Ah noble Edipo, a quien le bastó el mismo espacioso puerto para arrojarse como hijo, padre y esposo! ¿Cómo, cómo pudieron los surcos paternos tolerarte en silencio, infortunado, durante tanto tiempo?

ANTÍSTROFA 2ª

Te sorprendió, a despecho tuyo, el tiempo que todo lo ve y condena una antigua boda que no es boda en donde se engendra y resulta engendrado. ¡Ah, hijo de Layo, ojalá, ojalá nunca te hubiera visto! Yo gimo derramando lúgubres lamentos de mi boca; pero, a decir verdad, yo tomé aliento gracias a ti y pude adormecer mis ojos.

(Sale un mensajero del palacio.)

MENSAJERO.- ¡Oh ustedes, honrados siempre, en grado sumo, en esta tierra! ¡Qué sucesos van a escuchar, qué cosas contemplarán y en cuánto aumentará la aflicción de ustedes, si es que aún, con fidelidad, se preocupan por la casa de los Labdácidas! Creo que ni el Istro ni el Fasis podrían lavar, para su purificación, cuanto oculta este techo y los infortunios que, enseguida, se mostrarán a la luz, queridos y no involuntarios. Y, de las amarguras, son especialmente penosas las que se demuestran buscadas voluntariamente.

CORIFEO.- Los hechos que conocíamos son ya muy lamentables. Además de aquéllos, ¿qué anuncias?

MENSAJERO.- Las palabras más rápidas de decir y de entender: ha muerto la divina Yocasta.

CORIFEO.- ¡Oh desventurada! ¿Por qué causa?

MENSAJERO.- Ella, por sí misma. De lo ocurrido falta lo más doloroso, al no ser posible su contemplación. Pero, sin embargo, en tanto yo pueda recordarlo te enterarás de los padecimientos de aquella infortunada. Cuando, dejándose llevar por la pasión atravesó el vestíbulo, se lanzó derechamente hacia la cámara nupcial mesándose los cabellos con ambas manos. Una vez que entró, echando por dentro los cerrojos de las puertas, llama a Layo, muerto ya desde hace tiempo, y le recuerda su antigua simiente, por cuyas manos él mismo iba a morir y a dejar a su madre como funesto medio de procreación para sus hijos. Deploraba el lecho donde, desdichada, había engendrado una doble descendencia: un esposo de un esposo y unos hijos de hijos.

Y, después de esto, ya no sé cómo murió; pues Edipo, dando gritos, se precipitó y, por él, no nos fue posible contemplar hasta el final el infortunio de aquélla; más bien dirigíamos la mirada hacia él mientras daba vueltas.

En efecto, iba y venía hasta nosotros pidiéndonos que le proporcionásemos una espada y que dónde se encontraba la esposa que no era esposa, seno materno en dos ocasiones, para él y para sus hijos.

Algún dios se lo mostró, a él que estaba fuera de sí, pues no fue ninguno de los hombres que estábamos cerca. Y gritando de horrible modo, como si alguien lo guiara, se lanzó contra las puertas dobles y, combándolas, abate desde los puntos de apoyo los cerrojos y se precipita en la habitación en la que contemplamos a la mujer colgada, suspendida del cuello por retorcidos lazos. Cuando él la ve, el infeliz, lanzando un espantoso alarido, afloja el nudo corredizo que la sostenía. Una vez que estuvo tendida, la infortunada, en tierra, fue terrible de ver lo que siguió: arrancó los dorados broches de su vestido con los que se adornaba y, alzándolos, se golpeó con ellos las cuencas de los ojos, al tiempo que decía cosas como éstas: que no lo verían a él, ni los males que había padecido, ni los horrores que había cometido, sino que estarían en la oscuridad el resto del tiempo para no ver a los que no debía y no conocer a los que deseaba.

Haciendo tales imprecaciones una y otra vez  -que no una sola-, se iba golpeando los ojos con los broches. Las pupilas ensangrentadas teñían las mejillas y no destilaban gotas chorreantes de sangre, sino que todo se mojaba con una negra lluvia y granizada de sangre.

Esto estalló por culpa de los dos, no de uno sólo, pero las desgracias están mezcladas para el hombre y la mujer. Su legendaria felicidad anterior era entonces una felicidad en el verdadero sentido; pero ahora, en el momento presente, es llanto, infortunio, muerte, ignominia y, de todos los pesares que tienen nombre, ninguno falta.

CORIFEO.- ¿Y ahora se encuentra el desdichado en alguna tregua de su mal?

MENSAJERO.- Está gritando que se descorran los cerrojos y que muestren a todos los Cadmeos al homicida, al que de su madre... profiriendo expresiones impías, impronunciables para mí, como si se fuera a desterrar él mismo de esta tierra y a no permanecer más en el palacio, estando como está sujeto a la maldición que lanzó. Lo cierto es que requiere un soporte y un guía, pues la desgracia es mayor de lo que se puede tolerar. Te lo mostrará también a ti, pues se abren los cerrojos de las puertas. Pronto podrás ver un espectáculo tal, como para mover a compasión, incluso, al que lo odiara.

(Se abren las puertas del palacio y aparece Edipo con la cara ensangrentada, andando a tientas.)

CORO.

¡Oh sufrimiento terrible de contemplar para los hombres! ¡Oh el más espantoso de todos cuantos yo me he encontrado! ¿Qué locura te ha acometido, oh infeliz? ¿Qué deidad es la que ha saltado, con salto mayor que los más largos, sobre su desgraciado destino? ¡Ay, ay, desdichado! Pero ni contemplarte puedo, a pesar de que quisiera hacerte muchas preguntas, enterarme de muchas cosas y observarte mucho tiempo. ¡Tal horror me inspiras!

EDIPO.- ¡Ah, ah, desgraciado de mí! ¿A qué tierra seré arrastrado, infeliz? ¿Adónde se me irá volando, en un arrebato, mi voz? ¡Ay, destino! ¡Adónde te has marchado?

CORIFEO.- A un desastre terrible que ni puede escucharse ni contemplarse.

ESTROFA 1ª

EDIPO.- ¡Oh nube de mi oscuridad, que me aíslas, sobrevenida de indecible manera, inflexible e irremediable! ¡Ay, ay de mí de nuevo! ¡Cómo me penetran, al mismo tiempo, los pinchazos de estos aguijones y el recuerdo de mis males!

CORIFEO.- No tiene nada de extraño que en estos sufrimientos te lamentes y soportes males dobles.

ANTÍSTROFA 1ª

EDIPO.- ¡Oh amigo!, tú eres aún mi fiel servidor, pues todavía te encargas de cuidarme en mi ceguera. ¡Uy, uy!, No me pasas inadvertido, sino que, aunque estoy en tinieblas, reconozco, sin embargo, tu voz.

CORIFEO.- ¡Ah, tú que has cometido acciones horribles! ¿Cómo te atreviste a extinguir así tu vista?, ¿qué dios te impulsó?

ESTROFA 2ª

EDIPO.- Apolo era, Apolo, amigos, quien cumplió en mí estos tremendos, sí, tremendos, infortunios míos. Pero nadie los hirió con su mano sino yo, desventurado. Pues ¿qué me quedaba por ver a mí, a quien, aunque viera, nada me sería agradable de contemplar?

CORO.- Eso es exactamente como dices.

EDIPO.- ¿Qué es, pues, para mí digno de ver o de amar, o qué saludo es posible ya oír con agrado, amigos? Sáquenme fuera del país cuanto antes, saquen, oh amigos, al que es funesto en gran medida, al maldito sobre todas las cosas, al más odiado de los mortales incluso para los dioses.

CORIFEO.- ¡Desdichado por tu clarividencia, así como por tus sufrimientos! ¡Cómo hubiera deseado no haberte conocido nunca!

ANTÍSTROFA 2ª

EDIPO.- ¡Así perezca aquel, sea el que sea, que me tomó en los pastos, desatando los crueles grilletes de mis pies, me liberó de la muerte y me salvó, porque no hizo nada de agradecer! Si hubiera muerto entonces, no habría dado lugar a semejante penalidad para mí y los míos.

CORO.- Incluso para mí hubiera sido mejor.

EDIPO.- No hubiera llegado a ser asesino de mi padre, ni me habrían llamado los mortales esposo de la que nací. Ahora, en cambio, estoy desasistido de los dioses, soy hijo de impuros, tengo hijos comunes con aquella de la que yo mismo ¡desdichado! nací. Y si hay un mal aún mayor que el mal, ése alcanzó a Edipo.

CORIFEO.- No veo el modo de decir que hayas tomado una buena decisión. Sería preferible que ya no existieras a vivir ciego.

EDIPO.- No intentes decirme que esto no está así hecho de la mejor manera, ni me hagas ya recomendaciones. No sé con qué ojos, si tuviera vista, hubiera podido mirar a mi padre al llegar al Hades, ni tampoco a mi desventurada madre, porque para con ambos he cometido acciones que merecen algo peor que la horca. Pero, además, ¿acaso hubiera sido deseable para mí contemplar el espectáculo que me ofrecen mis hijos, nacidos como nacieron? No por cierto, al menos con mis ojos.

Ni la ciudad, ni el recinto amurallado, ni las sagradas imágenes de los dioses, de las que yo, desdichado que fui quien vivió con más gloria en Tebas, me privé a mí mismo cuando, en persona, proclamé que todos rechazaran al impío, al que por obra de los dioses resultó impuro y del linaje de Layo. Habiéndose mostrado que yo era semejante mancilla, ¿iba yo a mirar a éstos con ojos francos? De ningún modo. Por el contrario, si hubiera un medio de cerrar la fuente de audición de mis oídos, no hubiera vacilado en obstruir mi infortunado cuerpo para estar ciego y sordo. Que el pensamiento quede apartado de las desgracias es grato.

¡Ah, Citerón! ¿Por qué me acogiste? ¿Por qué no me diste muerte tan pronto como me recibiste, para que nunca hubiera mostrado a los hombres de dónde había nacido? ¡Oh Pólibo y Corinto y antigua casa paterna sólo de nombre, cómo me criaron con apariencia de belleza, pero corrompido de males por dentro! Ahora soy considerado un infame y nacido de infames.

¡Oh tres caminos y oculta cañada, encinar y desfiladero en la encrucijada, que bebieron, por obra de mis manos, la sangre de mi padre que es la mía! ¿Se acuerdan aún de mí? ¡Qué clase de acciones cometí ante la presencia de ustedes y, después, viniendo aquí, cuáles cometí de nuevo! ¡Oh matrimonio, matrimonio, me engendraste y, habiendo engendrado otra vez, hiciste brotar la misma simiente y diste a conocer a padres, hermanos, hijos, sangre de la misma familia, esposas, mujeres y madres y todos los hechos más abominables que suceden entre los hombres! Pero no se puede hablar de lo que no es noble hacer. Ocúltenme sin tardanza, ¡por los dioses!, en algún lugar fuera del país o mátenme o arrójenme al mar, donde nunca más me puedan ver. Vengan, dígnense tocar a este hombre desgraciado. Obedézcanme, no tengan miedo, ya que mis males ningún mortal, sino yo, puede arrostrarlos.

CORIFEO.- A propósito de lo que pides, aquí se presenta Creonte para tomar iniciativas o decisiones, ya que se ha quedado como único custodio del país en tu lugar.

EDIPO.- ¡Ay de mí! ¿Qué palabras le voy a dirigir? ¿Qué garantía justa de confianza podrá aparecer en mí? Pues de mi enfrentamiento anterior con él, en todo me descubro culpable.

(Entra Creonte.)

CREONTE.- No he venido a burlarme, Edipo, ni a echarte en cara ninguno de los ultrajes de antes. (Dirigiéndose al Coro.) Pero si no sienten respeto ya por la descendencia de los mortales, siéntanlo, al menos, por el resplandor del soberano Helios que todo lo nutre y no muestren así descubierta una mancilla tal, que ni la tierra ni la sagrada lluvia ni la luz acogerán. Antes bien, tan pronto como sea posible, métanlo en casa; porque lo más piadoso es que las deshonras familiares sólo las vean y escuchen los que forman la familia.

EDIPO.- ¡Por los dioses!, ya que me has liberado de mi presentimiento al haber llegado con el mejor ánimo junto a mí, que soy el peor de los hombres, óyeme, pues a ti te interesa, que no a mí, lo que voy a decir.

CREONTE.- ¿Y qué necesitas obtener para suplicármelo así?

EDIPO.- Arrójame enseguida de esta tierra, donde no pueda ser abordado por ninguno de los mortales.

CREONTE.- Hubiera hecho esto, sábelo bien, si no deseara, lo primero de todo, aprender del dios qué hay que hacer.

EDIPO.- Pero la respuesta de aquél quedó bien evidente: que yo perezca, el parricida, el impío.

CREONTE.- De este modo fue dicho; pero, sin embargo, en la necesidad en que nos encontramos es más conveniente saber qué debemos hacer.

EDIPO.- ¿Es que van a pedir información sobre un hombre tan miserable?

CREONTE.- Sí, y tú ahora sí que puedes creer en la divinidad.

EDIPO.- En ti también confío y te hago una petición: dispón tú, personalmente, el enterramiento que gustes de la que está en casa. Pues, con rectitud, cumplirás con los tuyos. En cuanto a mí, que esta ciudad paterna no consienta en tenerme como habitante mientras esté con vida, antes bien, déjame morar en los montes, en ese Citerón que es llamado mío, el que mi padre y mi madre, en vida, dispusieron que fuera legítima sepultura para mí, para que muera por obra de aquellos que tenían que haberme matado.

No obstante, sé tan sólo una cosa, que ni la enfermedad ni ninguna otra causa me destruirán. Porque no me hubiera salvado entonces de morir, a no ser para esta horrible desgracia. Pero que mi destino siga su curso, vaya donde vaya. Por mis hijos varones no te preocupes, Creonte, pues hombres son, de modo que, donde fuera que estén, no tendrán nunca falta de recursos. Pero a mis pobres y desgraciadas hijas, para las que nunca fue dispuesta mi mesa aparte de mí, sino que de cuanto yo gustaba, de todo ello participaban siempre, a éstas cuídamelas. Y, sobre todo, permíteme tocarlas con mis manos y deplorar mis desgracias. ¡Ea, oh Señor! ¡Ea, oh noble en tu linaje! Si las tocara con las manos, me parecería tenerlas a ellas como cuando veía. ¿Qué digo? (Hace ademán de escuchar.) ¿No estoy oyendo llorar a mis dos queridas hijas? ¿No será que Creonte por compasión ha hecho venir lo que me es más querido, mis dos hijas? ¿Tengo razón?

(Entran Antígona e Ismene conducidas por un siervo.)

CREONTE.- La tienes. Yo soy quien lo ha ordenado, porque imaginé la satisfacción que ahora sientes, que desde hace rato te obsesionaba.

EDIPO.- ¡Ojalá seas feliz y que, por esta acción, consigas una divinidad que te proteja mejor que a mí! ¡Oh hijas! ¿Dónde están? Vengan aquí, acérquense a estas fraternas manos mías que les han proporcionado ver de esta manera los ojos, antes luminosos, del padre que las engendró. Este padre, que se mostró como tal para ustedes sin conocer ni saber dónde había sido engendrado él mismo.

Lloro por ustedes dos pues no puedo mirarlas, cuando pienso qué amarga vida les queda y cómo será preciso que pasen sus vidas ante los hombres. ¿A qué reuniones de ciudadanos llegarán, a qué fiestas, de donde no vuelvan a casa bañadas en lágrimas, en lugar de gozar del festejo? Y cuando lleguen a la edad de las bodas, ¿quién será, quién, oh hijas, el que se expondrá a aceptar semejante oprobio, que resultará una ruina para ustedes dos como, igualmente, lo fue para mis padres? ¿Cuál de los crímenes está ausente? El padre de ustedes mató a su padre, fecundó a la madre en la que él mismo había sido engendrado y las tuvo a ustedes de la misma de la que él había nacido. Tales reproches soportarán. Según eso, ¿quién querrá desposarlas? No habrá nadie, oh hijas, sino que seguramente será preciso que se consuman estériles y sin bodas.

¡Oh hijo de Meneceo!, ya que sólo tú has quedado como padre para éstas pues nosotros, que las engendramos, hemos sucumbido los dos, no dejes que las que son de tu familia vaguen mendicantes sin esposos, no las iguales con mis desgracias. Antes bien, apiádate de ellas viéndolas a su edad así, privadas de todo excepto en lo que a ti se refiere. Prométemelo, ¡oh noble amigo!, tocándome con tu mano. Y a ustedes, ¡oh hijas!, si ya tuvieran capacidad de reflexión, les daría muchos consejos. Ahora, supliquen conmigo para que, donde les toque en suerte vivir, tengan una vida más feliz que la del padre que les dio el ser.

CREONTE.- Basta ya de gemir. Entra en palacio.

EDIPO.- Te obedeceré, aunque no me es agradable.

CREONTE.- Todo está bien en su momento oportuno.

EDIPO.- ¿Sabes bajo qué condiciones me iré?

CREONTE.- Me lo dirás y, al oírlas, me enteraré.

EDIPO.- Que me envíes desterrado del país.

CREONTE.- Me pides un don que incumbe a la divinidad.

EDIPO.- Pero yo he llegado a ser muy odiado por los dioses.

CREONTE.- Pronto, en tal caso, lo alcanzarás.

EDIPO.- ¿Lo aseguras?

CREONTE.- Lo que no pienso, no suelo decirlo en vano.

EDIPO.- Sácame ahora ya de aquí.

CREONTE.- Márchate y suelta a tus hijas.

EDIPO.- En modo alguno me las arrebates.

CREONTE.- No quieras vencer en todo, cuando, incluso aquello en lo que triunfaste, no te ha aprovechado en la vida.

(Entran todos en palacio.)

CORIFEO.- ¡Oh habitantes de mi patria, Tebas, miren: he aquí a Edipo, el que solucionó los famosos enigmas y fue hombre poderosísimo; aquel al que los ciudadanos miraban con envidia por su destino! ¡En qué cúmulo de terribles desgracias ha venido a parar! De modo que ningún mortal puede considerar a nadie feliz con la mira puesta en el último día, hasta que llegue al término de su vida sin haber sufrido nada doloroso.
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jhonatan aguirre choa

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EL DEMONIO DIJO:
EL DEMONIO ME DIJO
 
I
 
En toda mi vida he hablado con Demonio solamente cinco veces. Entre todos los que viven hoy, me jacto de ser aquel que lo trata con más familiaridad y que lo conoce más íntimamente. Me trata—lo afirmo con cierto orgullo que no quiero ocultar—con una benigna condescendencia, que alguna vez ha llegado a conmoverme. Cuando estoy con él, no me canso de oirle. Mejor aún: lo escucho y lo miro con fijeza. El Demonio, tal como se ha presentado ante mí, al menos, es una figura enormemente sugestiva y que sale fuera de lo vulgar y plebeyo. Es muy alto y muy pálido; es todavía bastante joven, pero su juventud es de aquellas que han vivido mucho y que son más tristes que la vejez. Su rostro, blanquísimo y alargado, no ofrece otras particularidades que la boca sutil, cerrada y estrecha y una arruga, única y muy profunda, que se leyanta perpendicularmente entre las cejas y se pierde casi en el nacimiento de los cabellos. No he sabido nunca de qué color son sus ojos, porque no he podido nunca contemplar más de un instante; y no sé tampoco de qué color son sus cabellos, porque un gran gorro de seda, que no se quita jamás, los esconde cuidadosamente. Viste decentemente de negro, y sus manos están siempre, invariablemente, enguantadas. Es un poco difícil que en estos tiempos se decida a venir entre nosotros. Un día me confesaba, con aire de tristeza: —Ahora los hombres no me interesan realmente. Se compran con poco, pero valen siempre menos. No tienen ni médula, ni alma, ni vida; talvez carecen de sangre, suficientemente roja para escribir el contrato de pragmática. A pesar de estos pesares, cuando se aburre ciertos días en su reino tan concurrido, viene a visitarnos. Nadie, en verdad, se da cuenta de su presencia, porque los hombres ya no le reconocen, y pasana su vera, creyéndole un prójimo cualquiera, sonriendo y quitándose el sombrero con un gesto de sensualidad y de aplomo que mete miedo. Pero yo siento siempre la huella de su paso, y me apresuro a gozar de su querida compañía. La conversación del Demonio es la más útil y agradable que conozco: es una de esas charlas la suya que hace comprender el mundo—especialmente el que habita en nosotros—mucho mejor que todos esos manualotes que pueden leerse en la biblioteca universitaria de Heidelberg. No he encontrado nunca ser más indulgente que el Diablo. Conoce tan maravillosamente las iniquidades, las bribonadas, las porquerías y las bestialidades humanas, que nada le maravilla ni le repugna. Es pacífico antiguo, y me parece más cristiano que todos los cristianos que hay en el mundo. Ha perdonado hasta a aquel que le condenó y le arrojo de su lado. Cuando habla de él, reconoce en efecto, que el Omnipotente obró justamente arrojándole del cielo, puesto que un rey no puede permitir que haya en torno a él seres demasiado soberbios e indisciplinados. —Si hubiera sido yo en su lugar—me confesó una vez,—habría condenado al rebelde a una pena harto más terrible. Le habría obligado a la inacción, a la inmovilidad. Por el contrario, Dios estuvo generosamente misericordioso conmigo y me proporcionó medios para seguir la carrera; me aburro de vez en cuando; no tengo muchas quejas; me hubiera aburrido cien mil veces más en el seno de la beatitud celestial. Está animado, aún hacia los hombres, de una cierta bondad tenuemente irónica, secundada, digámoslo, de un profundo desprecio que a ratos no sabe disimular. El Demonio es, profesionalmente, el atormentador de los hombres; pero el hábito le ha hecho menos feroz y menos terrible. No es, en la actualidad, el hirsuto y monstruoso demonio de la Edad Media, rabudo y con cuernos, que acariciaba vírgenes en los monasterios y ocasionaba fiebres solitarias a los padres en el desierto. Se ha convencido ahora que la tentación es perfectamente inútil. Los hombres pecan porque sí, naturalmente y espontáneamente, sin necesidad de excitaciones ni de súplicas. Les deja en paz, y los hombres corren hacia él como el agua se precipita por la pendiente. Por ende, no les considera como enemigos dignos de conquistarse, mas como buenos y fieles súbditos dispuestos a pagar su tributo sin hacerse rogar cosa mayor. Y no de otro modo, no por otra suerte de razonamientos, le ha brotado, en estos últimos tiempos, por nosotros los hombres, una piedad que no apaga el desdén, sino que lo atenúa y lo vela. Me sostiene en este parecer la última entrevista que he celebrado con él, en la cual me ha revelado algo que no carece de interés para todos los que buscamos en más arriba y el más allá.
 
II
 
Lo encontré la última vez en una de esas calzadas solitarias de los alrededores de Florencia, empotradas entre muros grises, de los cuales asoman ramos de olivo. Caminaba leyendo un librito, encuadernado en negro, y reía para sus adentros como él solo sabe reír. Me acerqué a él, y apenas me vió, cerró el libro, me cogió por un brazo y comenzó a decirme: —Conozco, muchos siglos ha, este libro. Se trata de la Biblia, y yo la releo de vez en cuando, cuando quiero ponerme de buen humor. Este volumen está escrito en inglés… Apropósito. El inglés encaja perfectamente en el Antiguo Testamento, mientras el italiano se presta admirablemente para el Nuevo. Estaba leyendo ahora mismo, por milésima vez, los primeros capítulos del Génesis: tú comprenderás seguramente la razón. En ellos tengo yo reservado un papel importante, y me permito el lujo de ser alguna vez, además de soberbio, un poco vanidoso. Me complace, pues, verme bajo las prisioneras escamas de la serpiente. Arrollado en el árbol como en las viejas estampas, sacudiendo mi cabeza negruzca hacia el dulce cuerpo de la graciosa Eva. Sin embargo, es un verdadero pecado que la historia de la tentación haya sido alterada por los historiadores, siervos de Dios. Un día u otro, si me sobra tiempo, haré seguramente una edición corregida de la Biblia, pero no solamente corregida, sino aumentada, porque los santos y piadosos Padres han tenido a menos escribir con la debida frecuente mi nombre y han dejado en la obscuridad algunas de mis empresas más insignes. “Volviendo a lo de la tentación, repito mi querido amigo, que la narración bíblica es descaradamente falsa. Jamás he hablado así a ningún hombre, pero creo que eres tú aquel a quién puede decirse lo que ningún hombre podría imaginarse de su cuenta y riesgo. Te confesaré, por ende, que no fui, en el verdadero sentido de la palabra un tentador y un engañador. Cuando me dirigí a Eva para obligarla a gustar del fruto prohibido, no tenía ninguna tentación de precipitar a los hombres en la desgracia. Era mi único propósito vengarme de Jehová, que, según se me antoja por entonces, se había portado conmigo indignamente. Quería precisamente crearle enemigos en potencia y no me pasó por las mentes engañar, cuando dije a Eva: Comed de esto y seréis semejantes a Dios. “No decía—créeme—más que la pura y verdadera verdad. En efecto; el árbol prohibido era el de la sabiduría, el árbol de la ciencia, no solamente del bien y del mal, como afirma el Hebreo, sino de lo verdadero y de lo falso, de lo visible y de lo invisible, del cielo y de la tierra, de los animales y de los espíritus. Y tú sabes, querido amigo, que sabiduría es potencia y que ser Dios significa precisamente ser sabio y poderoso. Yo no quería engañar a los hombres apuntándole la manera de hacerse semejantes a Jehová. Mi interés estaba en que triunfasen porque contaba con sus ayudas para tornar a conquistar el Cielo. “Presiento en tu mira que quieres preguntarme algo más y sé lo que quieres preguntarme. ¿Cómo de explica entonces que Adán y Eva, a pesar de haber gustado el fruto prohibido, no fueron dioses, sino que, por el contrario, fueron arrojados por su Dios del paraíso terrenal? “Te explicaré brevemente, si te agrada, este aparente misterio. Eva, en la confusión del momento, no se dio cuenta de que los frutos del árbol eran muchos y muy diversos entre sí; tan atropellada y confusa estaba, que no oyó lo que yo le gritaba entonces. Porque yo le decía al oído que no era cosa de tocarlos, de comer poco de ellos, sino que era absolutamente preciso despojar enteramente el árbol, o lo que es igual, conquistar toda la sabiduría. Por el contrario, apenas hubo probado parcamente del fruto prohibido, le faltó la presencia de espíritu suficiente para coger y comer rápidamente todos los demás frutos. Y así acaeció que Jehová pudo darse cuenta del peligro y castigarlos con el destierro eterno. Si Adán y Eva hubieran comido todos los frutos del árbol maravilloso el Gran Viejo no hubiera podido, seguramente, arrojarlos del Paraíso. Hubiéranse convertido en dioses contra Dios, y ningún ángel armado de espadas flamígeras hubiera podido obligarles a la vergonzosa fuga. Dios pudo castigarlos porque no habían pecado absolutamente. El pecado original fue castigado porque no fue suficiente grande. Así pasa siempre en la tierra, y no quiero recordarte una vez más la fábula de Alejandro y del pirata, para demostrarte que se castiga un delito cuando es pequeño, y se ensalza y premia cuando es grande. “El hombre, en aquel día lejano, perdió, pues, una de las probabilidades de convertirse en Dios, y yo una de las ocasiones más felices para volver al Cielo. Pero yo creo, excelente amigo mío, y así te lo digo, aunque los hombres no concedáis demasiado crédito a los consejos del Demonio, yo creo que estáis aún en sazón de acabar con los frutos del árbol; que aún es tiempo de que lleguéis a ser dioses. No recordáis, ciertamente el camino del Paraíso terrenal; pero yo sé que la semilla del árbol se ha diseminado en los alrededores del Paraíso y que ya ha adquirido vigor y lozanía. Se trata de buscarlo en vuestros bosques y de cultivarlo con amor hasta que vuelva una vez más a mostrar sus frutos. Y entonces—creed en vuestro viejo amigo el Demonio que lacayos envidiosos quieren presentarme como vuestro mortal enemigo,—entonces podréis comer vuestro antojo, hasta saciaros, y mi promesa se cumplirá. “¿Quiéres preguntarme alguna particularidad algún signo de reconocimiento fácil para dar con el árbol y sus frutos? No puedo decirte nada; de veras. Ordenes superiores ,e lo prohíben. Es preciso que lo encuentres por ti mismo, pacientemente, constantemente. Y avísame así que lo encuentres, porque tal vez mi misión concluya y el buen Dios me llamará a su lado.” La voz del Demonio al llegar aquí, se hizo un poco más melancólica que de ordinario. La arruga secta y profunda que se insinúa en mitad de su frente, se me antojó más honda. Y después de haberse detenido algún minuto, como preocupado por alguna cavilación nueva, continuó su camino en silencio mirando las estrellas que comenzaban a temblar en el lánguido cielo del crepúsculo.
 
Juan PAPINI.

INTERPRETACION DEL CUENTO CON PALABRAS CLAVES:

- Conversar
- Diablo
- Hombre
- Librito
- Biblia
- Confundir
- Vengarse
- Dios
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CUENTO: FUE UN SUEÑO.

Guy de Maupassant
(Francia, 1850-1893)

¿fue un sueño?

      ¿Por qué se ama? ¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mudno, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios... un nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite una y otra vez, que se susurra incesantemente, en todas partes, como una plegaria.
      Voy a contaros nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una, que es siempre la misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan absolutamente envuelto, atado y absorvido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo.
      Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche llegó a casa muy mojada, porque estaba lloviendo intensamente, y al día siguiente tosía, y tosió durante una semana, y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron, escribieron y se marcharon. Se compraron medicinas, y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo le hablaba me contestaba, pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo! Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo: “¡Ah!” ¡y yo comprendí! ¡Y yo comprendí!
      Me consultaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque sí recuerdo el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!
      ¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas... mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un viaje.
      Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación —nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano después de su muerte—, me invadió tal oleada de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cogijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía bien, y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.
      Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces... tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal —en aquel liso, enorme, vacío cristal— que la había contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!
      Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de mármol blanco, con esta breve inscripción:
      «Amó, fue amada, y murió.»
      ¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que estaba oscureciendo, y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagabundear por aquella ciudad de la muerte. Anduve y anduve. Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la ciudad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las llanuras.
      ¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!
      Al final del cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie ciuda, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.
      Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, agarrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.
      Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente, lentamente, silenciosamente, hacia aquel terreno lleno de muertos. Anduve de un lado para otro, pero no conseguí encontrar de nuevo la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con mi cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Toqué las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!
      No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo Tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.
      Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente como se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:
      «Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.»
      El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A continuación con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:
      «Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo, y murió en pecado mortal.»
      Cuando hubo terminado de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado, y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos.
      Pensé que también ella había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:
      «Amó, fue amada, y murió.»
      Ahora leí:
      «Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, pilló una pulmonía y murió.»
      Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.

INTERPRETACION DEL CUENTO, ATRAVEZ  DE PALABRAS CLAVES:

- Hombre
- Amo
- Mujer
- Muerto
- Fue
- Cementerio
- Vio
- Tumbas
- Abrirsen
- Salian
- Esqueletos
- Escribiendo
- Lapidas
- Verdad
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