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Pedro Tarrafeta
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Los datos son los datos (y III). Las haciendas forales NO son más eficaces que la Agencia Tributaria.



Esto no tiene nada que ver con la libertad de expresión. A mí me parece perfecto que cada cual diga lo que apetezca como le apetezca. No va el tema por ahí. Otra cosa es si se deben utilizar recursos públicos para difundir todo tipo de mensajes o perogrulladas, pero esa es otra discusión. Mi opinión personal es que prefiero que hable un charlatán antes que impedir que pueda hacerlo alguien con cosas que decir, por molestas que sean (ya sabéis, error de tipo I, de tipo II... ).

Tampoco tiene nada que ver con los límites del humor. Ese no es mi negociado. Supongo que José A. Pérez Ledo ha reflexionado sobre este extremo mucho más que yo y seguramente tiene opiniones fundadas al respecto. No me preocupa demasiado el tema, pero si puedo dar mi opinión diré que yo no compro (ni compré el número especial) Charlie Hebdo. No me gusta que se llame "lasaña" a los restos de los cadáveres todavía sangrantes de las ruinas del terremoto de Italia de hace unos días. Y sé que no me gusta y no la compro. Pero tampoco defendería bajo ningún concepto que se intentara limitar sus contenidos (allá ellos con lo que publican) ni que se impida el ejercicio de su libertad.

Tampoco tiene que ver con "la ofensa", esa ofensa genérica de la que Pérez Ledo se defiende con una disculpa genérica. No existe el derecho a no sentirse ofendido y soy consciente de ese hecho. De hecho no me lo he sentido. No me ha gustado como tampoco me hubiese gustado ver a Arévalo contando 10 minutos de chistes sobre "mariquitas y gangosos". Caspa sí, bastante casposo. ¿Ofensivo? ¿Y qué si lo fue? Volvemos al punto uno, la libertad de expresión y si se deben utilizar recursos públicos para ofender intencionalmente a personas o colectivos. Yo no me he sentido ofendido, esa es la verdad.

Pero sí me he cabreado y ha sido a varios niveles. Por un lado, más allá de la ofensa está el daño que algunas personas sufren al escuchar determinadas cosas. Hace unos años recuerdo gente abandonando la sala ante una tergiversación de la historia de Galileo o de otra persona que se levantó muy enfadada ante lo que consideraba negacionismo del TDAH que él había venido sufriendo durante años. Por supuesto este daño que a veces nuestras palabras provocan en terceros es incontrolable y probablemente también es en muchos casos inevitable. En el caso que nos atañe repetir e insistir en que un embrión humano es una empanadilla puede ser doloroso. Un porcentaje no desdeñable de embarazos se ve interrumpido tanto de forma natural como de forma voluntaria. En cualquiera de esas alternativas el embrión no es una empanadilla. Acudir a la ecografía, dejar de percibir el latido, que te manden a casa y expulsarlo en el inodoro es algo dolorosísimo. Y no es una empanadilla. Y supongo que la mujer que por cuestiones económicas o personales decide en el margen que da la ley interrumpir su gestación tampoco piensa que se está quitando una muela. No. Un embrión no es una persona pero tampoco es una empanadilla. Como tampoco el cadáver de tu madre muerta no es una persona pero no es relleno para una lasaña. O los restos óseos de un fusilado en una cuneta no es una persona pero tampoco son huesos para dar sabor al cocido ni nos hace ilusión que alguien se mee encima.

Ofensa no. Daño. Daño soez. Daño gratuito y daño perfectamente evitable... porque la charla era perfectamente evitable. Y ahí entra la segunda parte de mi cabreo.

Durante varios años he asistido a Naukas y he asistido y aplaudido a rabiar las charlas de Sergio Pérez Acebrón. Es exquisito. Explica lo que hace y que lo que hace es importante. Está en el límite donde se discuten cuestiones de bioética. Él ha planteado las cuestiones desde un punto de vista serio, informado y objetivo. Y lo ha hecho siempre de forma muy respetuosa, seguramente porque sabe a qué juega y qué se juega. ¿Ha contribuído esta charla en este sentido? Permítanme que lo dude. Por esta razón también creo que la charla era evitable. Tan evitable como que me planten una viñeta de Charlie Hebdo en una guía de primeros auxilios.

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Una ida de olla sobre impuestos. ¿De verdad se recauda más cuando se reduce el fraude fiscal?

Yo soy contrario a la pena de muerte. Y lo soy por cuestiones estrictamente morales: aunque se me pudiese demostrar con todo el rigor y con el peso de abrumadora evidencia empírica que la pena de muerte disuade a muchos criminales y reduce la comisión de delitos violentos me seguiría oponiendo. Pero hay que reconocer que enrocarse en el argumento moral es en muchas ocasiones moneda de mal pagador.

Ante la falta de argumentos sólidos, del debido estudio y conocimiento de los problemas, de evidencia, de datos, de modelos, de razonamientos válidos en definitiva es relativamente fácil enrocarse en cuestiones morales. Es muy fácil elevar la anécdota a categoría, expresar un principio moral inquebrantable y a partir de ahí matar cualquier posible discusión. Si verdaderamente son cuestiones morales las que nos impiden cambiar de posición difícilmente podremos avanzar en la negociación, en el acuerdo o menos aún en el consenso. Afortunadamente la mayor parte de las veces la apelación a la moralidad no es sino un intento de volver a toriles, de acudir a la seguridad de una posición que no necesitamos justificar y de la que no nos pueden sacar. Sí: es cobardía intelectual.

Y hay muchos ejemplos. Desde los que defienden una idea "por encima de todo lo demás" sea ésta la libertad, la solidaridad, la igualdad, la seguridad o los pepinillos en vinagre. Los que se refugian en "ataques intolerables" a "la dignidad", por ejemplo, ante cualquier cambio legislativo que entiendan que no les beneficia.

Pero todo esto no sería muy grave si se quedara a nivel de discusión de barra de bar o intercambio de pareceres en las redes sociales. Lo peor es que nuestros políticos llevan el debate hacia máximas morales (cada cual la suya) y desde ese punto de vista es muy difícil explicar cualquier cambio de parecer, el resultado de una negociación o pacto. En resumen, resulta muy difícil desdecirse una vez que uno se pone solemne.

Población en edad de trabajar (de 16 a 64 años) según la EPA:
2011 T3 = 31.063.500 personas
2015 T3 = 30.152.600 personas
Aproximadamente 900.000 personas menos.

"Pero es que han tenido que emigrar".

Saldo migratorio con el extranjero de personas entre 16 y 64 años (años completos excepto 2015, 1er semestre solo):

2012 -136.454
2013 -225.369
2014 -92.152
2015 -12.750

En total: unas 466.000 personas, esto es, la mitad.

Sin tener en cuenta el saldo migratorio la población en edad de trabajar ahora es casi de 500.000 personas menos. Para recuperar el número de empleos que había en 2011 el paro tendría que caer sustancialmente por debajo de los niveles que había entonces.

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Esto es un error. Y por varios motivos.

1) En el hipotético caso de que la especulación financiera fuese algo contra lo que luchar (y yo no pienso que lo sea en absoluto) la imposición de una tasa sólo va a frenar el número de transacciones pero no las burbujas especulativas. Como ejemplo tenemos el mercado inmobiliario español de hace unos años: cada transacción venía gravada por un impuesto altísimo (ITPyAJD entre el 6 y el 10%) pero eso no impidió la formación de una gigantesca burbuja. Es más... la necesidad de resarcirse del impuesto pudo tener su efecto perverso.
2) Las cantidades recaudadas serán mínimas. Tenemos el ejemplo de Suecia https://es.wikipedia.org/wiki/Tasa_Tobin#Experiencia_en_Suecia_con_las_tasas_sobre_las_transacciones_financieras
3) Si queremos evitar los desbordamientos de los ríos (crisis financieras) hay que limpiar y acondicionar el cauce. La medida propuesta se parece más a un intento de añadir espesante al agua para que no fluya tanto.

Pero puedo estar equivocado, pero si esto sale adelante (cosa que dudo sinceramente) tendremos ocasión de comprobarlo.

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Ayer vía +Juan Ignacio Pérez llegaba a este texto de Jonathan Haidt http://heterodoxacademy.org/2015/11/24/the-yale-problem-begins-in-high-school/ cuya lectura recomiendo. El autor narraba su experiencia vivida en un instituto norteamericano señalando la falta de libertad de expresión que existe de facto si uno no se pliega a la ortodoxia del discurso dominante. Corren malos tiempos para la libertad de expresión y si no lean este delirante decálogo para hombres que participen en espacios feministas http://www.pikaramagazine.com/2015/01/decalogo-de-compartamiento-para-hombres-que-participan-en-espacios-feministas/

En estos días ha surgido también en mi tierra un debate sobre la libertad de expresión centrado en un presunto artista que sustrajo hipotéticamente 250 hostias consagradas (¡hace falta ser gilipollas para tragarse 250 misas con el propósito de robar las hostias una a una durante la comunión!) y con ellas compuso la palabra "PEDERASTIA". Por supuesto los más exaltados de entre los ofendidos rezaron un rosario en la exposición que terminó con vivas a Cristo Rey. Al final un "artista" anónimo consiguió su puntito de notoriedad: pasar de ser una persona anónima a ser un gilipollas con nombres y apellidos y los otros bailándole el agua. Un espectáculo penoso.

Pero lo cierto es que el "artista" en mi opinión tiene derecho a expresarse libremente y así lo defiendo. Para mí la libertad de expresión incluye tanto las cosas que me gustan como las que no y no existe el derecho a no sentirse ofendido. La libertad de expresión incluye cosas como decir "¡Eh, miradme! Soy gilipollas". En esto enlazamos con el comienzo de este texto: no hay lugar para los "safe spaces" en una sociedad democrática y libre.

Lo diré de otra manera: no voy a buscar ofender a nadie, no es mi propósito, pero yo me he cansado de medir mis palabras por miedo a que alguien pueda reprocharme el daño que mis opiniones le causan. De hecho, si a alguien no le gustan no tiene por qué respetarlas. Yo tampoco tengo ninguna intención de respetar ninguna opinión si se trata de una gilipollez.

Si en mi ánimo no está ofenderte y tú te ofendes..... ¡Es tu puto problema!

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La Torre Blanca de Tesalónica iluminada con los colores de la bandera francesa...
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Pues yo no tengo nada que decir. No es que no se me ocurran mil cosas motivadas fundamentalmente por las vísceras revueltas... es que no puedo aportar nada original. El horror... esta vez por fanatismo como en otras ocasiones ha sido la locura, el odio o el miedo.

No puedo aportar nada original. Lo único que puedo decir es que voy a seguir con mi vida exactamente igual que ayer y que antes de ayer. No voy a cambiar ni un milímetro (y estaré vigilante para no hacerlo) porque es lo que los terroristas pretenden: que algo cambie. Y en otras situaciones podría apoyar cambios pero ante el chantaje terrorista... ¡ni un milímetro!. Esto ya no va de objetivos: se trata de principios y los míos hoy son inamovibles.

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Llevo unos días con un dilema que no me deja tranquilo del todo. El tema tiene que ver con Josep Pamiés y las charlas que como buen charlatán va a dar en algunos centros públicos. Tiendo a estar de acuerdo con lo que sobre el asunto han dicho algunas personas como +Deborah García Bello en su muy recomendable blog que aquí enlazo.

El asunto parece claro: el señor no solamente es un charlatán sino que además de anticientíficas sus afirmaciones pueden suponer riesgos para la salud de aquellas personas incautas que se crean toda su morralla.

Pero no me quedo tranquilo. Y no me quedo tranquilo porque de alguna manera estoy haciendo excepciones a algo que creo que no debería hacer. A saber: no creo en la censura y soy un firme defensor de la libertad de expresión. Y me jode participar en intentos de impedir que alguien se exprese... sí... incluso en un lugar público y para decir barbaridades. La cuestión es cómo reconciliar mi defensa de la libertad de expresión con el deber que creo que debemos asumir de que los asistentes a las charlas de Pamiés conozcan de qué personaje se trata, lo estúpido de sus planteamientos y lo peligroso que puede ser hacerle caso.

No es fácil pero tal vez debería establecerse algún tipo de protocolo por el que (como en los paquetes de tabaco) se haga algún tipo de advertencia antes y después de la charla de que lo que se dice en la misma carece del más mínimo fundamento. No sé muy bien cual es la solución, pero permitidme no quedarme tranquilo cuando la solución de algo es impedir que alguien hable... Preferiría que hable y en el mismo acto y ante el mismo público quede como el estafador que es.
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