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Impulsiva, caótica y obsesiva. EL mundo no perdona a una mujer que no se calla.
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Un programa de +Raquel Fraga Aitana Sánchez​ en el que lee relatos nuestros.
¡Gracias!
Ya tenéis el programa de hoy para que lo escuchéis cuando queráis.

http://www.ivoox.com/versame-mucho20-audios-mp3_rf_13699362_1.html

Me habría gustado leer alguno mas pero el tiempo...

CERTAMEN CERRADO

Son once los relatos presentados. Os recuerdo que debéis elegir los cinco textos que más os han gustado y otorgarles 5, 4, 3, 2 y 1 punto respectivamente.
Las votaciones debéis enviarlas a : votacionescompulsivas@gmail.com antes de las 20: 00 (hora española) de mañana domingo.
No tengo claro de si podré subir mañana los resultados ya que me voy de viaje y no sé si tendré wifi, pero lo intentaré.
Abrazos a tutiplén, Compulsivos.



COMUNERO COMPULSIVO- ONCE

“Siempre tomo el metro en la estación de Baywater…”
Miraba la frase hipnotizado, con la mente más en blanco que el resto de la hoja. Llevaba así meses. Escribía, leía, rompía y volvía a empezar. No lograba ningún inicio que le convenciera. Tenía clara la primera frase y las directrices que marcarían el devenir de la historia, pero cuando se sentaba a intentar plasmarla en el papel todo parecía perder sentido. Tenía claro incluso que su tercera novela transcurriría íntegramente en Londres.

Se mudó allí. Alquiló una pequeña casa en un barrio residencial a las afueras. Una casa estrecha, con dos plantas muy sencillas, pero con un jardín interior que le conquistó desde el primer momento. Un pequeño porche presidido por una mesa y dos sillas de teca daban paso a un pequeño espacio en el que un par de rosales y una dama de noche ocupaban el espacio sin llegar a saturarlo. Entre los guijarros más cercanos a la casa, crecían unas enredaderas que trepaban por las columnas de madera dando una enorme sensación de frescor al porche. En cuanto la vio decidió que allí sería donde le daría forma. De día visitaría la ciudad, leería, haría algo de deporte y algún ejercicio de escritura de esos que tanto activaban su mente. De noche saldría al pequeño porche con una copa de vino, encendería dos velas y daría rienda suelta a su imaginación vomitando su gran historia sobre una infinidad de cuartillas.

Esa día había seguido su rutina y allí estaba, sentado con su copa de vino frente a esa maldita hoja en la que dos horas después solo se podía leer la misma frase. Vació el resto de la botella en la copa y miró el cielo. Se le pasó por la cabeza salir a pasear para aclarar sus ideas, aunque el cansancio y los efectos del alcohol le recomendaban quedarse en casa.

La niebla empezaba a hacer acto de presencia. Durante todo el día el cielo había estado tapado y no había dejado de caer esa fina lluvia a la que los extranjeros solían ignorar pero que terminaba por dejarlos hechos una sopa. Hacía un rato que notaba una sensación extraña, sin tener claro por qué, se sentía observado desde que cruzó el puente de Westminster. Había decidido atravesar los parques para llegar a coger el metro en la estación de Baywater. Aunque no era el camino más corto le apetecía caminar, pero a medida que dejaba atrás St. James y Green Park y se adentraba en Hyde Park, la sensación de desasosiego iba en aumento.

Miró hacia atrás pero no vio a nadie. La niebla era cada vez más densa y aunque las farolas estaban encendidas hacía un buen rato, su luz dejaba muchas zonas con esa opacidad que impedía saber que había más allá. Aceleró el ritmo mientras maldecía no haber cogido el metro antes a sabiendas que en ese estado no podría admirar la belleza del parque. Al cruzar el puente sobre la larga laguna, algo le empujó contra la barandilla.

- Ya es tarde, demasiado tarde…

Escuchó la voz de su editor mientras la afilada hoja de una daga entraba por su espalda antes de que lo lanzase hacia la oscuridad.



Despertó sobresaltado al notar el frío contacto con el agua. Gotas de sudor perlaban su frente y el corazón le iba a mil pero a su alrededor seguía reinando la calma. La vela le indicaba que no había permanecido dormido durante mucho tiempo. Miró el papel, cogió el bolígrafo y se dejó llevar.

591 palabras


COMUNERO COMPULSIVO-DIEZ

A las nueve en punto.

Día 1

Siempre tomo el metro en la estación Bayswater. Me levanto a las siete de la mañana, acabo de desayunar y marcho. Llegó al trabajo a las nueve en punto.
En el trabajo relleno un libro de Excel con la contabilidad, actualizo el registro de ingresos y gastos, preparo las facturas.
Llego a casa a las seis de la tarde.
Veo una película de Netflix.
Me acuesto.
Día 2
Siempre tomo el metro en la estación Bayswater. Me levanto a las siete de la mañana, acabo de desayunar y marcho. Llegó al trabajo a las nueve en punto.
En el trabajo relleno un libro de Excel con la contabilidad, actualizo el registro de ingresos y gastos, preparo las facturas.
Llego a casa a las seis de la tarde.
Veo una película de Netflix.
Me acuesto

Día 3.

Marc y yo hemos puesto fin a nuestra relación (eufemismo horrible donde los haya). Ya no nos soportamos.

Día 4
Siempre tomo el metro en la estación Bayswater. Me levanto a las siete de la mañana, acabo de desayunar y marcho. Llegó al trabajo a las nueve en punto.
En el trabajo relleno un libro de Excel con la contabilidad, actualizo el registro de ingresos y gastos, preparo las facturas. Me han invitado a una fiesta, es el vigésimo aniversario de la fundación de nuestra empresa, es mañana, puede ser interesante.
Llego a casa a las seis de la tarde.
Veo una película de Netflix.
Me acuesto

Día 5.

Cada día me gusta menos mi trabajo, está mal pagado. El salario que recibo apenas me da para alquilar un cuartucho pagando unas trescientas libras. Hay una gotera en el techo. Cuando iba a marcharme de casa ha empezado a llover. ¡Fantástico, a cambiarme otra vez!
Llego un cuarto de hora tarde, nadie se ha dado cuenta excepto Doris, nuestro jefa de sección.
-¿Qué tal Laurie?
-Muy bien.
-Tenemos bebida en la zona central, a la izquierda tenemos montado un improvisado karaoke con temas de Blondie, Cindy Lauper,… ¡Fiestaaaa!
El piso se llena de un ruido insoportable.
Varios compañeros lo repitieron en coro, hay una azotea, puedo escapar.
No hay nadie en la azotea. Cierro los ojos, intento respirar.
-Hola.-alguien se dirige a mí, abro los ojos.
Ante mí está un chico de unos veintisiete años, alto, de un metro ochenta. No está mal.
-Hola.
-¿De dónde vienes?-pregunto.
-Del tejado.
Miré al tejado, no me pareció improbable.
-¿Quién eres?
-El Pequeño vampiro ¿recuerdas?
-Muy ingenioso. Yo tenía tus libros en casa.
¿Quién eres?-pregunto esta vez con inquietud, nunca se sabe.
-Un invitado de ella-señala a Doris con la cabeza.
-¿Vas a quedarte mucho tiempo?<<el alcohol que he tomado al entrar empieza a hacerme efecto>>
-Me quedaré aquí hasta que salga el sol. Saldré por la ventana y caminaré por los tejados hasta llegar a mi morada. Dime una cosa…
-¿Qué?
-¿Qué es lo que más deseas en este mundo?
-Deseo ganar más dinero.
-Cierra los ojos.
Obedecí, al abrirlos él había desaparecido.

Día 6.
Siempre tomo el metro en la estación Bayswater. Me levanto a las siete de la mañana, acabo de desayunar y marcho. Llegó al trabajo a las nueve en punto.
En el trabajo relleno un libro de Excel con la contabilidad, actualizo el registro de ingresos y gastos, preparo las facturas. Me acerco al despacho de Doris para acercarle un libro de contabilidad.
Al entrar veo a Doris, está completamente inmóvil. Gritó con todas mis fuerzas, tiene dos marcas en el cuello, en la frente reposa una nota que dice “Tus deseos son órdenes”.


COMUNERO COMPULSIVO-NUEVE

Flores para Camden Square

Siempre tomo el metro en la estación de Bayswater para ir a Camden Square. Tengo formas más directas de llegar allí desde mi pequeño apartamento de alquiler en Queensway, lo sé, pero la línea amarilla me lleva hasta King's Cross para hacer transbordo en el autobús 390, y el hormigueo incesante y cosmopolita de la estación es un espectáculo que me gusta disfrutar.
Adormecido por el vaivén del vagón, rememoro el trayecto que hice junto a Ana hace apenas seis años, cuando la noticia del fallecimiento de su ídolo Amy Winehouse hizo que saliera de estampida con su oso de peluche preferido en una mano y un poema escrito a toda prisa en la otra rumbo al número 30 de Camden Square, donde se agrupaban los seguidores de la cantante para un último adiós. Durante el camino no dejó de corregir las palabras escritas en un papel cada vez más arrugado y húmedo de lágrimas, ya fuera apoyada en mi espalda o sobre sus piernas cruzadas cuando al fin conseguimos un sitio donde sentarnos en plena hora punta y yo sólo podía pensar, malhumorado y culpable a partes iguales, si recibiría el mismo tratamiento en caso de ser mi cuerpo el que hubiera aparecido muerto aquel 23 de julio. ¿Quién me iba a decir que Ana seguiría los pasos de la diva caída pocos meses después? Con el cuerpo de mi amada descansando en el cementerio de San Fernando, a tantos kilómetros del futuro que conseguimos labrarnos tan lejos de una Sevilla sin oportunidades, el epicentro del peregrinaje de los seguidores de Amy siempre me ha servido de lápida en la que llorar su pérdida, acunado por las canciones que grupos de fieles entonan ante el muro de flores, cartas y peluches que cubre las verjas del parque en honor a la diosa del soul.
En King's Cross dejo la línea amarilla de metro y dirijo mis pasos hasta la parada de autobús. La espectacular fachada de St. Pancras me lleva de nuevo a Ana, a la foto que se hizo ante el andén 9 3/4 la primera Navidad que pasamos en Londres, guapísima con la bufanda que se hizo a franjas rojas y doradas, los colores de la casa de Gryffindor, toda llena de hilos sueltos y nudos. Y es que Londres entero está impregnado de su aliento y de los recuerdos de mi vida junto a ella, y por eso es tan difícil el paso que estoy a punto de dar; esa es la razón de haber pospuesto durante tanto tiempo una última visita a Camden Square y por la que me he dejado medio sueldo del mes en un ramo de rosas que tantas sonrisas y codazos cómplices provoca entre mis compañeros de viaje.
Ya en Camden, un grupo de seguidoras de la cantante, todas con inmensos rabillos enmarcando sus ojos adolescentes e imposibles peinados retando al cielo de Londres, entonan estrofas de Back to black a voz en grito. «We only said googbye with words, i died a hundred times...», cantan con sorprendente buena voz, parando el concierto improvisado para dedicarme un caluroso recibimiento cargado de aplausos y silbidos cuando me ven aparecer con el espectacular ramo de rosas. Pero las flores no son para Amy, sino para Ana, olorosa ofrenda con la que rogar el perdón por la traición cometida, aunque en el último segundo extraigo la rosa más bonita de todo el ramo y dejo el resto ante una de las fotografías de la diva. Ana así lo hubiera querido.
-Cariño. He conocido a alguien... Creo que la quiero.
»Me gustaría intentarlo.

(599 palabras)

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Una situación difícil ...

COMUNERO COMPULSIVO-OCHO

Esperanzas y aspiraciones


Siempre tomo el metro en la estación de Bayswater, como cada día desde el mes de Junio. Cuando empieza el verano Londres se llena de turistas.
He pasado tres meses observando a la gente que deambula por los pasillos. Me siento en un banco del andén y los veo pasar. Todos van ajetreados a algún lugar, siempre con prisas. Ninguno parece reparar en mi presencia formal que me hace invisible.
Barba bien recortada al igual que mi pelo negro bien peinado. Pantalones vaqueros y camisa blanca arremangada hasta el antebrazo y una gorra con el logo del Manchester United, mi equipo favorito. La mochila de la universidad en un hombro y siempre un libro en la mano para leer algún pasaje que me calme el espíritu.
Delante de mí se para una pareja, deben ser novios pues escucho palabras suaves casi susurradas, sorprendiendo tocamientos cariñosos. Seguro que ambos tienen proyectos en común y mucha ilusión por llevarlos a cabo. Presiento que cada uno es el portador del corazón del otro. De momento no piensan que alguien se lo romperá.
Un hombre joven les flanquea, el típico Yuppie bien trajeado que seguro por las horas que son, se dirige a Wall Street para jugar sin escrúpulos con el dinero de los demás. Un lobo con piel de cordero en medio de un rebaño de ovejas mansas y aturdidas por el ocio. Lleva su cartera de piel bien aferrada, como si portara lo más valioso en ella. No augura que los bienes de esta tierra son perecederos y que no habrá rentas ni beneficios por las malas acciones.
Sonrío ante el doble sentido de la frase, hoy estoy ocurrente.
Quedan unos minutos todavía para que llegue el tren a la estación y sigo observando a unos ancianos, que hacen corrillo un poco más allá de un cartel que irónicamente anuncia una crema revitalizante para la piel. Vuelvo a sonreír con disimulo pensando en las bromas del destino. Seguro que estos están asegurados a todo riesgo con una buena póliza de vida. Con lo frágil e insegura que es la existencia y lo imprevisible de los acontecimientos. Cuanta ingenuidad la de los seres humanos.
Veo a una madre con un bebé metido en un cochecito y un niño de unos cinco años con el que habla animadamente sobre un programa infantil de televisión que verán juntos cuando lleguen a casa. Ellos son el ejemplo del futuro imperfecto que miserablemente esperamos todos. Promesas incumplidas, esperanzas vanas. Son la imagen de un mundo que perdió hace mucho la inocencia que ellos tienen todavía. Poseedores del amor que debería mover a esta sociedad enferma y podrida de intereses.
Los veo a todos mientras el convoy hace su entrada en la estación y va frenando con un chirrido de ruedas.
Abro el libro mientras se abren las puertas y rezo por el alma inmortal de todos ellos. Elevo la mirada al cielo inexistente, pues solo unos neones sustituyen al sol que es tan ruin en esta ciudad que me acogió.
Y mientras lo hago, dirijo las últimas palabras que saldrán de mi boca al creador de todo. El único que posee el amor suficiente, la vida eterna. El único tesoro que merece la pena poseer. Estoy convencido que hoy recuperaremos la inocencia que perdimos cuando fuimos expulsados del paraíso…
En unos segundos una fuerte explosión cuyo foco primigenio es la mochila de Aamaal , destroza tímpanos, desgarra cuerpos, y quiebra mamparas y cristales.
La sangre salpica los suelos y las paredes. El olor a quemado junto al humo, fluye por los respiraderos de la estación de Bayswater.


591 palabras.

COMUNERO COMPULSIVO-SIETE

El caso de los diamantes robados
Siempre tomo el metro en la estación de Bayswater para ir a Baker Street a felicitar las navidades a mi amigo. Nostálgico me adapto a los nuevos tiempos. Aunque la mañana está avanzada, lo encuentro hundido en su sillón a la luz de una lámpara con las yemas de los dedos juntas y los ojos cerrados. Apenas unas rendijas de luz entran en la habitación envuelta en el humo de su vieja pipa.
— Mi querido Watson, no podía venir en mejor momento —me dice saliendo de sus conjeturas.
Mi mirada interrogadora al ver una ajada boina roja sobre el aparador hace que se ponga en pie con la impetuosa energía que le caracteriza. Se frota las manos huesudas junto a la chimenea y abre las contraventanas. Una ciudad entumecida se deshace en lluvia.
— ¿Recuerda el robo de los diamantes congoleños?
—Ni idea.
—En octubre de 1887 la valija con los diamantes que el rey Leopoldo II mandaba a Su Majestad la Reina Victoria fue robada en Vitoria, una pequeña ciudad del norte de España. El emisario del rey, Henry Shelton, viajaba camuflado con una misión secreta que lo llevaba a Londres. Aunque se tuvo la máxima discreción para guardar la valija en la caja fuerte de la estación durante la media hora que paraba el tren, se encontraron la caja vacía. El alguacil de la ciudad hizo la vigilancia reforzado por dos miñones en la puerta. Los tres alegaron absoluta ignorancia. Henry dejó el caso envuelto en un gran misterio al volverse al Congo. Scotland Yard lo señaló como único sospechoso. El agente Jones y yo tuvimos que regresar a Londres. Traje conmigo esta chapela que el alguacil dejó olvidada en la sala de interrogatorio. Me acordé de ella cuando ayer vi con una igual al vasco que actúa en el Southbank Center con un espectáculo de magia para niños.
— ¿En qué hotel se aloja?
—Nada de hoteles. Esta noche canta Ainhoa Arteta en el Royal Albert Hall, le enviamos una invitación —responde apasionado y con los ojos como centellas
— ¿Y allí?
—Déjalo de mi cuenta. Si no lo consigo que saquen mi espíritu a patadas de esta ciudad que me cobija.
Cerca de las ocho llega el vasco al Royal Albert Hall con puntualidad inglesa. Unos cinco pies de altura y los hombros de un Hércules, de noble corazón. La joven pelirroja del guardarropa con gracia y coquetería le pide el paraguas y el largo impermeable que chorrea. Tan vivaz como irrespetuosa le señala el gran brillante que centellea en el dedo índice de su mano derecha.
—Con algo así uno tiene la vida resuelta.
—Es el único recuerdo que tengo de mi padre —contesta con fuerte acento español.
—Sería joyero —añade ingeniosa mientras lo envuelve con sus chispeantes ojos azules.
—Era levantador de pesas. —El espontáneo interés de la chica le anima a hablar—Mi abuelo, alguacil, se encontró una bolsita con diamantes. Un joyero lo engañó a cambio de unas monedas. Él se quedó con cuatro para jugar al mus con sus amigos. Mi padre nos dio uno a cada hermano.
A pesar de estar habituado a la asombrosa habilidad de mi amigo para el empleo de disfraces tengo que mirarlo detenidamente para convencerme de que es él. Se ha caracterizado de moza y vaya que da el pego. Los ojos no son los de Holmes sabueso, la nariz aguileña, tal vez. Desaparece y regresa en breves minutos.
— ¡Quién iba a decirlo!—exclamo. Se ríe hasta sofocarse y cae repantigado en una silla.
—Elemental, querido Watson.
Echa a andar y lo acompaño. Los dos nos esfumamos en la neblina fría y lluviosa de la noche londinense.
(600 palabras)










COMUNERO COMPULSIVO-SEIS

¿NOCHE DE BRUJAS?
—Siempre tomo el metro en la estación de Bayswater— explicó la chica
—¡Ah, muy bien! ¿Y?... ¿Qué haces por aquí, entonces?
El vozarrón del policía tenía notas intimidantes. Estaban a unas cinco cuadras del metro de Bayswater, y faltaban segundos para la medianoche.
Treinta y uno de octubre. Londres goteaba, como de costumbre; de a ratos lloviznaba y el entorno era frío y lodoso. Una procesión de autos avanzaba rasgando la niebla con sus faroles; incontables carteles coloridos guiñaban desde las paredes victorianas. ¿Qué hacía esta veinteañera raquítica, sola en medio de la bruma y del gentío?
Ella vestía minifalda morada y blusa naranja ceñidas al cuerpo; y unas botas bucaneras de altas plataformas…Nada más para que la abrigase en esta noche especial de invierno. ¡Ah! Se aferraba a una pequeña mochila blanca; todo un cuadro de soledad y desconcierto. Y encima, lloraba; mansamente, como el cielo plomizo de Londres, sentada en el cordón de la vereda.
—Perdí el dinero para el taxi. Se lo comenté al chofer y me hizo bajar aquí… Dijo que era cerca… ¿Me puede llevar?
— ¿De dónde venías? Hueles a whisky barato—Y se inclinó, enorme y fofo, hacia la boca pálida de la chica— Otra putita, seguro—cuchicheó.
Ella retrocedió unos pasos, entre asustada y juguetona, hacia el pórtico de un edificio señorial. Las manazas peludas siguieron su rastro, buscando la blusa naranja. Pero tropezaron contra la mochilita. Algo que dormía en ella vomitó rayos oscuros contra su pecho; desde el suelo, sintió que la chica se perdía en dirección al metro. Un transeúnte miró de reojo al policía que hablaba solo y caía rígido sobre el cemento.
En el aire flotaba una carcajada burlona… ¿O rugía un motor averiado?
*
—Siempre tomo el metro en la estación de Bayswater — explicó la vieja gitana al policía— pero “me he perdido”. ¿Me acompañas, guapo?
Venía desde Hyde Park; ya estaba cerca de la estación, pero no parecía dispuesta a tomar el metro
L a lluvia monótona y helada se escurría entre sus pechos, desde las trenzas chorreantes. ¡Tan llena de aretes y volados como en pleno día de verano!… ¡Tan sucios sus pies enchancletados!… Pero no patética. Brincaban sus brazaletes y su risa desdentada.
Estaban todavía cerca de Hyde Park, y casi era medianoche…
—¿Documentos, abuela? —dijo el agente con firme indiferencia; e intentó asir su brazo izquierdo.
Desde el bolso mugriento de la vieja, partieron como cuchillos invisibles los rayos fantásticos. Cuando cayó inerte, el hombre alcanzó a oír la risa malévola de la mujer, e intuyó su carrera en dirección al metro.
Un grupo de muchachos viajeros venía observando entre chanzas al policía que hablaba solo y gesticulaba; pasaron con sus carritos, guitarras y celulares en medio de la gitana y de los rayos; sólo vieron cómo el policía caía rígido. En Londres seguía la lluvia y ellos arreciaron sus bromas y carcajadas.
*
—Siempre tomo el metro en la estación de Bayswater; hoy me he perdido…—dijeron, en décimas de segundos, una monja altísima, una señora elegante, envuelta en pieles, una negra robusta y enrulada vestida de colorinches…
Y cada vez un policía cayó en catalepsia; y cada vez, alguien miró de reojo al hombre que hablaba solo y se desplomaba sobre el cemento... No había sangre, ni casquillos ni otra gente que rondara en torno.
*
Los puntuales relojes de Londres cantaron solemnes las doce campanadas.
Cielo arriba, una sombra paradójica, brillante, voló sobre la ciudad, los edificios, los parques, se deslizó en el túnel y se fundió en la masa humana que subía al tren.
597 palabras.





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¡Buenas tardes, Compulsivos!
Pues vamos con el último reto de la temporada. Y vamos a hablar de ¡Londres!
El tema es libre, puede ser un relato fantástico, de terror, erótico… De lo que vosotros prefiráis pero tiene que estar ambientado en la capital británica y comenzar con la siguiente frase: “ Siempre tomo el metro en la estación de Bayswater”
El texto no debe tener más de 600 palabras, sin contar las de la frase propuesta. Este certamen será anónimo y deberéis enviarme los relatos a : relatoscompulsivos@gmail.com
Una vez recibido el relato lo subiré a la Comunidad con un número de participación y cuando llegue la hora de votar tendréis que decirme el número de participante, no el nombre del relato.
La forma de votar será la habitual en los certámenes especiales, debereis escoger los cinco relatos que más os hayan gustado y otorgarles una puntuación de 5,4,3,2 y 1 punto respectivamente.
El reto comienza hoy y finalizará el 22 de julio a las 20:00 h (hora española). A partir de ese momento se abrirán las votaciones que durarán hasta el 23 de julio a las 22:00 H (hora española).
Un saludico a todos y buenas letras.

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