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Buena Ficción
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Blog personal dedicado a la creación literaria. Escritores indie.
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Empujé por última vez, y con un gruñido seco, derramé un resumen de mí mismo. «Bueno, eso fue —pensé—, ya está».
Al tiempo que quedaba casi paralizado por la descarga orgásmica que recorría mi espina dorsal con la intensidad eléctrica de un rayo. Ella suspiró en la distancia, yo traté de mantener la compostura.

¿Se puede estar tan cerca de alguien y a la vez tan lejos?
Salsa de mayonesa
Salsa de mayonesa
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Camino por las calles desiertas de la ciudad. Esa dama —de nombre Soledad— me tiende la mano, galante, guiando mis pasos hacia ningún lugar.
Me siento insignificante en su telaraña, me ahogo y muero en la calidez del líquido amniótico, para renacer reencarnado en otras vidas; lejos, muy lejos de esta dimensión: soy el humo que emana de entre los lujuriosos labios de una vedette del Moulin Rouge; al rato, la flema que constriñe la garganta a un jornalero en los campos de Castilla. Puedo ser cuanto imagine, no hay límites.

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El agua había dejado de salir. Y ella, sin atreverse aún a abrir los ojos, tanteó el relieve de la pared hasta dar con la toalla. Los charquitos en el suelo de la ducha brillaron bajo la luz naranja, y dos hoyuelos, uno por mejilla, le sostuvieron la mirada un instante, antes de ocultarse tras un gesto neutro.
Crisálida
Crisálida
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«La vida es lo suficientemente larga como para esperar algo bueno todavía; no puedo seguir así, dejando escapar el tiempo», pensaba Ruth, y poniendo los ojos en blanco buceó en su memoria buscando algún recuerdo nítido al que aferrarse. «Una vida plena», eso era, podía sentirse afortunada… «Pero ¿qué diantres sería eso?». Parecía una anciana pensando de esa forma; no era algo apropiado para alguien tan joven y fuerte como ella; sí, fuerte, como lo fue él hasta el último momento. «Bah, tonterías».
Una vida plena
Una vida plena
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Caperucita Mercromina. Adolescente e intransigente —elijase uno, el segundo va en el pack—, animalista, vegana, iconoclasta, feminista, atea y un largo etcétera de imperdibles sobre la chupa; en fin, nada del otro mundo.
Caperucita 2.0
Caperucita 2.0
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Una bruma cálida se interpone entre las paredes del dormitorio —en uno de los pequeños pisos abuhardillados, junto a la rivera, que el ayuntamiento alquila a recién licenciados y parejas jóvenes— y sus ojos miopes. Está oscuro y solo el leve resplandor de la luna, que despide la madera de la ventana, le ilumina el cuerpo. En un movimiento rápido se deshace del sostén y sus pechos quedan firmemente amortiguados bajo la tela del camisón.
Íncubo
Íncubo
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Decidí evitar la puerta principal y rodeé el edificio. No me costó demasiado encontrar la entrada posterior. Olía a tabaco y decenas de colillas ensuciaban el suelo. Opté por las escaleras, descartando el ascensor. Accedí a la cuarta planta y recorrí despacio el pasillo de baldosas moteadas siguiendo, como siempre, mi instinto. Alguien gritó desde una de las habitaciones sin incorporarse de la cama.
Entreabierta
Entreabierta
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Los juegos de los muchachos, en la piscina de bolas, llegaban a sus oídos como el reverberar suave y aglomerado de una tromba de diminutos granos de arroz atravesando un palo de lluvia. En el aseo de caballeros, entretenido en apuntar a la pastilla desinfectante, Bongo observó con disimulo al hombre que ocupaba el retrete contiguo en la pared; los camareros de La Trattoria vestían un polo rojo con la mascota del toro blanco de ojos en forma de pepperoni bordado a la espalda.

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Los juegos de los muchachos, en la piscina de bolas, llegaban a sus oídos como el reverberar suave y aglomerado de una tromba de diminutos granos de arroz atravesando un palo de lluvia. En el aseo de caballeros, entretenido en apuntar a la pastilla desinfectante, Bongo observó con disimulo al hombre que ocupaba el retrete contiguo en la pared; los camareros de La Trattoria vestían un polo rojo con la mascota del toro blanco de ojos en forma de pepperoni bordado a la espalda.
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