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Carlos Suarez Hernandez
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(Historias de Amor Siglo XXI)

>Hace diez minutos parecía Iron Man intentando salvar por cuarta vez al mundo, ahora no llego ni a Santo Tomás de Aquí (|) No.
¿Qué ha pasado?
<que has abierto la boca, CAPULLO.
>yo solo he dicho: nena, echemos un Kiki.
<tenías que haber preguntado: cariño, ¿quieres hacer el amor?
>estamos en el Siglo XXI, si quieres una historia de amor poética lee "PATERA Y YO"
<cállate capullo.
<eh, ¿dónde se compra?
> Dios!!!
>por cierto, vengo de hacer el amor con mi mujer... y no quería volver a repetirlo.

Un poco de humor...
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UN DÍA PARA ODIAR
(ensayo de Novela Negra)
Capítulo 1

La segunda vez que vi a Jennifer fue en la ficha de su expediente policial, tenía un ojo morado y un corte verdaderamente serio en el labio inferior que se extendía hacia la barbilla. He visto demasiadas fotos iguales para saber que no debía estar ahí... los ojos no pueden callar lo que escondemos con tanto ahínco.

La primera fue esta mañana en el depósito de cadáveres: sin marcas, simplemente hinchada por el ahogamiento en el río apenas a diez minutos de la central.

La tercera vez fue hace cinco minutos cuando entró en la comisaría gritando auxilio.

Pero empecemos por el principio​:

El café de la oficina me da nauseas por eso paso por Plenty's cada día antes de empezar a trabajar. El sargento Dimas se toma dos antes siquiera de dar las órdenes del día.
Cuando nos señaló para decirnos; a la zona del muelle, creo que miraba mi vaso de café con auténtico deseo.

Bryan odia el café. Bueno, odia todo lo que venga contenido en plástico o cartón. Creo que si pudiera se bañaría en cerveza.

Salimos sobre las 06:45. Una llamada general cuando llegábamos al muelle 17, bajo el puente Maverick, fue nuestro primer contacto con Jennifer. Su cuerpo ya estaba cubierto con una lona verde de las que usan para resguardar las barquillas de recreo de las heladas nocturnas.

El atestado reveló la hora y el lugar en que dos chichos, que parecían haberse conocido esa misma mañana, encontraron el cuerpo golpeando los pivotes de la vieja barcaza donde algunos barcos aún repostan en este lado del río.

"Bryan odia que las parejitas hagan sus cosas en público, más aún la interacción sexual entre seres humanos del mismo sexo, aunque sea a horas intespectivas y buscando la privacidad inmejorable de una casa. Creo que a Bryan le molesta que haya gente que pueda echar un polvo con la facilidad con la que se pueda comprar un café... y tiene una lista negra. Creo que abandoné el primer lugar de la lista cuando me divorcié de Karen hace ocho meses"

Uno de los chicos ha hecho una declaración contradictoria. Ha creido reconocer a la chica que flotaba desnuda. Nos ha dado una dirección, pero también ha confirmado verla en el autobús que le trajo hasta su promiscua aventura matinal. El cadáver no lleva menos de dos días pudriéndose bajo este puente... es materialmente imposible.

Le he pedido Bryan que le formule las mismas preguntas a ver si cambia la versión, no quiero, cuando llegue el inspector Moller, y espero que no le den el caso a él, tener que informar de estos detalles tan rocambolescos y que nos ordene verificarlos.

Bryan odia a Moller y creo que empieza a odiar al crío del autobús.

"Una vez le pregunté a Bryan si sabía por qué el puente se llamaba Puente Maverick ya que no conduce, cruza, o procede de la ciudad de Maverick... Bryan me contestó que era por el reverendo Dick Maverick, el que luchó por salvar el río frente a la presa Hoover, pero hace poco le oí decir al inspector Moller que era por el hijo fallecido del Alcalde, otra víctima famosa del Vietnam cuando ya prácticamente se había acabado el conflicto: sus fotos consiguieron recaudar mucho dinero para el Gobierno.
Se lo conté a Bryan y desde entonces ha abierto otra lista"

Al terminar el segundo interrogatorio al chaval de la voz quisquillosa hemos regresado a la orilla del río. Moller ya estaba reconociendo el cadáver... y de repente se ha puesto a llover, o eso creía yo.

Al acercarme al coche patrulla para llamar a la central y que buscaran en la base de datos la dirección dada por el chico, me he dado cuanta que no era así. Bajo el puente hay dos tuberías que traen agua desde la presa y una de ellas se ha roto en el preciso momento que el facha de Moller estaba observando meticulosamente el cadáver de la chica ahogada. En ese momento he pensado en que hay un Dios... víctima empapada, todos empapados.

Ahora me apetece un café. Le pediría a mi compañero que trajera dos extras de espuma pero no quiero volver a escuchar su discurso de los plásticos y los cartones... odio que haga eso.

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Paseando mi mano por la boveda estelar ruego que no acabe la noche. La luna se hace un hueco como la bella nota de un aria con la postura teatral de quien posa sin ganas, sin ser participe más que de su propio cuadro.
Con cada estrella que se añade a su estela, fulgura, fulgura, su cercanía.
Se sabe interprete, se gusta y postula en mi sueño como guia de la palabra que se esconde entre la belleza. Pero es visitadora, no se une a la boveda. Quizá alguien que mire desde el otro lado vea lo que yo no puedo más que admirar.
Paseando mi mano la recojo y cobijo. La acompaño hasta el final de su escena mientras cae el telón de un nuevo día.
Ésta noche volveré, y tú tan coqueta, quizás vistas de rojo bajo la vieja boveda estoica del atrezzo del firmamento.
Quizá no aparezcas, tú, parca protagonista, y mi porche quede sin uso, como mis ojos.

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ENTRE TANTO

Quise
decir algo
que rellenara
el espacio vacío,
quizá
desordenar
las líneas tan rectas.
Puse
en tela juicio
de dónde
el viento vino,
hasta divague
si llevó barro
o
dejó arena.

Entre tanto morí
viendo
como su cuerpo
se aleja.

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SIETE PASOS 2

A papá le daba igual quién fueras, sexo, drogas, ideología: mientras estuvieras en casa a las 10:00.

La zapatilla de papá duró tanto como la radiación de Chernóbil, mis veinticinco años de pubertad.

Mamá recriminaba solo lo que la pudiera animar a ser feliz. Mamá gastó todas sus lágrimas antes de los 23.

Un día llegué a casa y todo era normal. Mamá lloraba, papá leía el Caso.

Mis hermanos mayores sufrieron el letárgico crecimiento de los menores. Y los menores sufrieron la mala leche de mamá.

Miro con desconsuelo aquellos años. Mis hijos tienen abogados de turno.

A Dios pongo por testigo. Lo que el viento se llevó, no fue nada en comparación al Huracán Mamá.

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SIETE PASOS

Papá llamó al niño Luna y a la niña Sol. Papá ha muerto hoy bajo un cielo dividido.


Guardó siempre un tiempo para los días carmesí, ese pájaro herido en custodia.
Cuando las tumbas crecen.


Que otra palabra busque nombre, que se olvide el mío. Como en un abrir y cerrar de ojos en la oscuridad.


No tenía...
nunca tenía.
Ni tuvo nunca una palabra triste para dar.
Era rico de amor.


Atravesar el silencio es la frase más pura e impronunciable.


Cuando salto,
cuando reto a la gravedad,
noto su furia en todo.


Mamá nos cosio nuestro nombre... fue doloroso a la par que inquietante.
Tenía una letra preciosa.

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Me inquieta la luz del porche.
Me inquieta el tiempo que transcurre desde que pulso el interruptor hasta que la luz estalla, me inquieta lo que atrae; me quedo mirándola hasta que ocurre el primer aterrizaje, me inquieta la puntualidad.

A veces es motivo de disputa... sobre todo cuál es su verdadera función... por qué creará cuatro sombras, qué hace que una de ellas encaje tan bien con las figuras de nuestro balancín.

Me inquieta pensar que es un Campo Santo, que estemos infringiendo la Ley de Pena de Muerte. Me inquieta pensar que sufrago suicidios.

A veces es una fiesta, a veces es un funeral... y me preocupa que me inquiete tanto cuando se funde en fin de semana.

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(A PARTES IGUALES)


Marquecito Aroña andaba desde bien crío detrás de Lulita Casamarcos. Nada parecía quebrar su fijación con la niña del poderoso maderero Evanisto Casamarcos, aunque ya hubiera recibido un par de apuntes, de esos de los que si más claros purita leche entonces.

De descerebrado le definía su madre en el mercadito de Úlera. De escaso de luces, aunque el chico no parase de maquinar incontables formas de ver a la preciosa Lulita.

La pobre Farfolina ya no sabía qué hacer para que su enclenco vástago dejara de rondar a la chica y a la muerte a partes iguales.

¿Rondarla? más bien provocarla, le apuntaba la hermanastra a la madre. Ella, que había sido cómplice en los años primerizos de esos dos bobos mermelosos, como los llamaba ahora.

Dos días atrás, Marquecito, además había puesto en jaque la relación entre el temido empresario y el pueblito de Santa Úlera. El viejo ricachón estaba descontento con la parsimonia de sus habitantes ante la sinrazón del crío, qué decir de la presión del primogénito de los Aroña, de su distanciamiento con la niñita de sus ojos, hasta de la traición de su viejo criado Jesuson, que ahora lucía un chichón de grande como un huevo de Pardaleta Costeña, al dejar colarse a Marquecito en su propio comedor y darles la cena vestido y tiznado, como el viejo Negrón, para estar cerca de su amorcito. Lo que no había controlado el crío, del viejo criado, era que siempre le llevaba su pinchito y su fosforera para que el señor fumara su purito habano tras la manduca y no un mecherón con una figura que se desnudaba cuando lo prendían.

Mala hora para Marquecito, encerrado en la bodega del viejo chalupón de traslado maderas río abajo. Mala hora para Lulita, llorando desconsoladita y con una falta. Mala hora incluso para Don Evaristo, sí.

Hubiera querido terminar este cuento con copas brindando por la perseverancia y el amor, pero nadie contó con el desperezo del Monte Talcón, ni con la ola que mordía las orillas del Zanapó destruyendo a ricos y a pobres a partes iguales.


(al Sr. Vargas Llosa)
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El inagotable silencio (corto)

Cuando tenía 12 años jamás pude imaginar mi vida actual. Y ahora, tras varias vidas infructuosas, no puedo recordar qué pretendía aquel crío.
La cuerda se afloja cada vez que tiro para recuperar el camino.

No, no son mis mejores años pero aquel chaval tampoco ayuda. Si poco recuerdo de él era su eterna tristeza, encorvado, lánguido, demasiado tímido para construir una simple frase de queja.

Ya nada es agobiante ni crecido de estímulo suficiente. Los barcos, los barcos, sí, podrían ser mi fiel espejo; con rumbo acreditado a veces y otras según maneje la tormenta. Oh diablos, como seduce no saber lo que espera al otro lado de una cresta del tamaño de tu inconsciencia... ahhh, o de una puerta custodiada, o de una mano desconocida aguardando un apretón.

Sí, apenas lo recuerdo hambriento de abrazos que a veces apretaban demasiado; que querían demasiadas cosas de un crío. Quizá sus ojos delataban su inconmensurable fragilidad, quizás fuera su inagotable silencio.

Hoy lo cogería entre mis manos y le preguntaría si es libre por fin. Creo que le costaría reconocerme, ya solo nos une el nombre y la cicatriz que lo cambió todo.

Aún me chirrían los dientes cuando oigo el metálico y frío ruido de alguna hebilla, y aunque el corte fue limpio también acuchilló de mi cabeza todos los miedos.

Cuando tenía 12 años no creí que aquella herida fuera el principio de nada... hoy viajo por ella cada mañana y la tranquilizo al acostarme, y aunque la cuerda esté destensada por la edad, creo que él no cambiaría nada tampoco. Ni el inagotable silencio.

REDSKIN.
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