Ayer compartí este relato con la comunidad. He tenido que cambiar un par de palabras y expresiones que, tras una breve revisión, no me gustaba cómo quedaban en el contexto.

Igualmente, aquí está de nuevo, feliz año nuevo a todos :)

Las llamas en la niebla por Adrián Peg se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-SinDerivadas 3.0 Unported. CC BY-ND.
Relato para +Relatos de G+.
Sin título.
Adrián Peg. 
#MiRelato

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Por muy fuerte que sea el dolor en el pecho, por muy amargas que sepan las saladas lágrimas al besar tus dulces labios. Por mucho que lloren las nubes y el mundo ahí fuera, a veces sale el sol. En ocasiones, sólo hace falta ser turista en tu propia tierra para descubrir la belleza en sus pequeños detalles. Caer para recordar cómo se alza la mirada al cielo. Morir para apreciar la vida.

Suelta la pluma sobre la madera revenida y alarga despacio la mano, hasta asir suavemente la taza de café. Observa fijamente el nuevo párrafo en su bloc de notas mientras se hace el silencio a su alrededor. Comprende bien lo que ha escrito, lo lleva dentro. Es extranjero en su propio barrio, en su mismo pueblo, entre su gente y sus costumbres. No considera a nadie distinto bajo el yugo del mismo emperador, aunque se siente solo y vacío de esperanzas, aun ante las ebrias miradas del tumulto que abarrota el bar.

La taza besa despacio sus labios, ajados por el frío de otro largo invierno en la soledad de su mundo interior, vertiendo el calor del café a través de su garganta desnuda. Cierra despacio los ojos y se sumerge otra vez en su cuerpo, su silencio perfecto y su propio templo, su oscura cárcel sin salida. Busca en esa calma sin dolor las palabras correctas que, más tarde, unirá sobre el papel como se funden entre sí las piezas de un puzzle infinito y sin solución. Piezas rotas que vagan en busca otras piezas desgastadas a las que unirse para olvidar juntas quién las rompió.

A veces, es una nueva frase lo que aparece tras la cortina a la nada. Un algo completamente genuino, que se presenta como una sombra entre la neblina tras la ventana del bar. Y el algo se acerca, sigiloso, hasta colarse entre los renglones del bloc. Otras veces, la nueva pieza del puzzle es un verso usado, parte de algún viejo blues. Puede que el siguiente sea de Billie Holiday, quizá admitiendo una locura tan grande que la impulsaría a atravesar el fuego o a mover montañas si [su él] se lo llegase a pedir. En otras ocasiones, la pieza es una dolorosa frase que forma parte del pasado, una lápida construida con palabras y en la que escribir con lágrimas.

Hi, I’m empty. So tell me you care for me.

Escribe, afanoso, la frase que acaba de aparecer en su mente, mientras una lágrima se desliza rauda por su mejilla hasta el mentón, desde donde se precipita a la blanca hoja de papel en una eterna caída libre. Traga saliva forzosamente y trata de respirar relajado, aunque le tiemblan las manos. Cierra los ojos de nuevo para intentar tranquilizarse, repitiendo una y otra vez las palabras mágicas. Cuando los vuelve a abrir, sigue sentado en la misma silla de bar en que se encontraba, pero el local y su furioso griterío han desaparecido en derredor. Oye un golpe seco y, luego, como un deslizar de algo que cae a su lado.

Mira lento hacia ambos lados, al suelo, luego hacia arriba, somnoliento. El sonido que oía se trata de una larga cuerda que cae pesada en torno a él y que, tras rodearle, le ata a la silla inmovilizándole por completo. Al principio intenta resistir, luego liberarse, pero pronto desiste. Decide que no tiene ganas suficientes. Se nota cansado, tan cansado... La cuerda sigue cayendo, siempre infinita, impasible, afilada, y parece ya una maraña de hilos de gigante retorcidos, en los que se puede leer, entre nudo y nudo, la palabra Soledad. Mira otra vez al cielo o al techo de la nada en que dormita atado, sin querer comprender aún qué es este lugar.

Encuentra, en el paseo de su mirada, una cegadora luz que le alumbra desde lo alto en mitad de este vacío, formando un círculo de oscuridad en torno a él. En la misma luz está el origen de la cuerda y es desde ahí desde donde sigue cayendo, siempre absurda, eterna, voraz. Este potente foco que le señala pierde fuerza paulatinamente, a medida que una diminuta sombra empieza a perfilarse sobre el mismo haz. Comienza a llorar en silencio, observando la caída del objeto unido al extremo de la vil cuerda, que se desliza sobre sí misma pesadamente cada vez que la sombra pierde y gana volumen debido a los torpes giros de esa cosa, ahora de forma similar a la de un gigantesco yunque.

El ambiente se vuelve pesado en torno a él. El aire se torna de súbito viciado, oscuro, caliente. Tiembla. Respira rápido, sin llegar a llenar los pulmones ninguna vez. De cuando en cuando, unas pequeñas luces titilantes aparecen a lo lejos como esperanzas en la oscuridad, pero el viento las apaga rápidamente. Son las dudosas llamas de velas que luchan contra el vendaval que se está formando cerca. El olor a humedad delata a la tormenta que está por venir. Mira hacia arriba otra vez y descubre que el objeto que cae sobre él tiene ahora el tamaño de un animal grande; un elefante, quizá. Por un momento, el tiempo se acelera y los acontecimientos se suceden a terrible velocidad. Un rayo a lo lejos anuncia la llegada del temporal y una fuerte lluvia se desata con una violencia pasmosa. El agua le golpea sin compasión, y suena como a bofetadas de gotas suicidándose contra el suelo.

Mientras, a lo lejos, todo el aire que ha salido de sus labios se ha organizado en lentos círculos que han dado lugar a dos grandes ciclones que ahora bailan entre sí, burlándose de él y apagando todo rastro de las luces diminutas que surgían a cada rato. Inevitable y bajo este cambio de tempo en el desarrollo de los acontecimientos, el enorme objeto se precipita contra él a gran velocidad. Ahora, su tamaño es el de tres edificios de diez plantas, y está a menos de un kilómetro de distancia. Deja de notar las gotas golpeándole y de ver los ciclones bailar a lo lejos. Deja de sentir, deja de ser y se ve por un segundo a sí mismo atado a la silla del bar, desde fuera de su propio cuerpo. El sonido de la lluvia se vuelve opaco, gris. Levanta la mirada hacia donde antes estaba el haz de luz, cierra los ojos y espera la muerte inundado por la calma.

Pero la muerte no llega, y vuelve a abrir los ojos tras un instante. El tiempo casi se ha detenido por completo y el enorme peso, ahora a unos metros de distancia, cae extremadamente despacio sobre él, conformando una eterna tortura. Una de las pequeñas llamas aparece cerca ahora y, antes de que los ciclones y la lluvia la apaguen brutalmente para siempre, puede ver el origen de la cuerda en un hueco en la superficie del objeto, en cuya base puede alcanzar a leer las letras r e s i ó n escritas. La luz de un rayo le descubre una figura conocida a lo lejos. Es él mismo, que le grita desesperado que se desate y escape. Aturdido, intenta moverse sin éxito. Un nuevo rayo surca el cielo y alcanza a la figura, que se desploma sobre el suelo y desaparece, tragado por la oscuridad. De nuevo, el tiempo vuelve a su velocidad normal y todo el peso del objeto cae sobre su cuerpo. Sólo llega a escuchar un violento crujido antes de desaparecer para siempre de ese mundo.

Abre los ojos de nuevo y mira, aún desconcertado, alrededor. Tras la ventana, la niebla ahora está acompañada de una fuerte lluvia, cuyas gotas explotan contra los cristales como en un asedio interminable a la fortaleza del café y el aguardiente. Guarda el bloc de notas en un bolsillo y se acerca a la barra vacía, a pagar el café. De una puerta blanca del fondo de la sala, aparece una chiquilla joven embutida en un disfraz de camarera, cargando fatigosamente con una caja de velas sobre sus frágiles brazos. Su pelo, quizá en otros momentos una preciosa melena dorada, se trata ahora de una feucha coleta graciosa que, curiosamente, le hace suspirar mientras dibuja una sonrisa. Ella comienza a sacar las velas y deposita una sobre cada mesa de la pequeña cafetería con olor a pastas y café. Él deja el dinero sobre la barra y sale de la cafetería en silencio.

Aún en el pórtico cubierto de la cafetería, conecta los auriculares a su teléfono mientras en su mente escucha el eco de la última frase que ha escrito. Busca la canción The time is now, de Moloko, remezclada por alguien de quien sólo conoce el nombre, y pulsa el botón de reproducir. Se pone los cascos y baja la capucha del abrigo sobre su cabeza. Comienza a caminar hacia la azotea de su edificio, decidido a buscar la muerte, cuando nota un golpe en la espalda. La chica, disfrazada de camarera, le grita bajo el vendaval y la lluvia algo que no logra entender debido a la música de sus auriculares. Mientras se los quita, baja la mirada y ve algo entre sus delicadas manos. Ella ahora sólo le observa, en silencio, mientras el agua se desliza por su sutil piel. Abre las manos y él puede observar la llama de una vela, que titila resistiendo los elementos, sin llegar a apagarse.
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