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Carlos TH
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LIBERTADES – ACEPTACIÓN DE LAS DEL OTRO. (Desde la utopía).


Aunque nuestra tácita aceptación del contrato social nos ha sometido a unas normas, con la consecuente cesión de parte de nuestra libertad natural, nuestra libertad individual debe ser inalienable ante las exigencias de una sociedad, (la personalizo aquí como un ente), progresivamente más restrictiva que ha ido incluyendo clausulas, a ese contrato, cada vez más exigentes en aras de la seguridad, la estabilidad, del “bien común”, de la convivencia… excusas en fin para cercenar el deseo ejercer “su” libertad en los más díscolos miembros de la “tribu” que por su tamaño se ha hecho ingobernable, incontrolable para aquellos que creen que “su” pueblo debe ser guiado, encauzado y corregido en función de sus criterios, en suma pastoreados como buenas ovejas, y para ello, no solo tienen sus perros pastores, ejerciendo coerción, sino que han conseguido inocular el espíritu de oveja a la mayoría de miembros del rebaño. ¿O no?

Libertades.-

El concepto es tan amplio que quizás, al menos en principio, habrá que acotarlo.
Puntualizo que mi reflexión es sobre las libertades individuales en el entorno social. Y desde el punto de vista de un individuo, (yo), que aprecia, y por ello extraña, la libertad.
Tomemos, pues, como punto de partida necesario una referencia socialmente aceptada (¿?), aunque aparentemente desconocida. La Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, 2010. En su capítulo II y en los artículos 10 y 11 hace referencia a:

Artículo 10
Libertad de pensamiento, de conciencia y de religión
1. Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Este derecho implica la libertad de cambiar de religión o de convicciones, así como la libertad de manifestar su religión o sus convicciones individual o colectivamente, en público o en privado, a través del culto, la enseñanza, las prácticas y la observancia de los ritos.
2. Se reconoce el derecho a la objeción de conciencia de acuerdo con las leyes nacionales que regulen su ejercicio.

Artículo 11
Libertad de expresión y de información
1. Toda persona tiene derecho a la libertad de expresión. Este derecho comprende la libertad de opinión y la libertad de recibir o de comunicar informaciones o ideas sin que pueda haber injerencia de autoridades públicas y sin consideración de fronteras.
2. Se respetan la libertad de los medios de comunicación y su pluralismo.

Podríamos haber tenido también en consideración la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU, u otros documentos similares, con los que se lavan las conciencias, pero como muestra nos vale este botón.
Socialmente se acepta, y así se expresa en estos documentos, que todas las personas tienen derecho a “libertades” específicas, que no son más que partes reconocibles y etiquetables de su libertad individual, de su libertad inherente como ser humano. Pero, a la vez que se reconocen no se garantizan, ni se promueven, son palabras bonitas, hojas al viento… papel mojado. Valium para las conciencias.

Hago referencia a los artículos antes citados de La Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea porque si bien el tema es mucho más amplio, en razón del tiempo y el espacio, lo voy a restringir a esta pequeña faceta.

Este derecho “reconocido” a esas libertades, podríamos decir, es la letra grande del contrato y aunque “la parte contratante de la primera parte”, o sea, en última instancia los gobiernos de las naciones estado, los enarbola y proclama con toda la demagogia y populismo del que acusan a las fuerzas emergentes y de oposición, los niega y cercena añadiendo mil y una clausulas en letra pequeña. Si, esas que ninguno leemos y que luego nos dan quebraderos de cabeza.
Así, con una pléyade de argumentos, justifican las “limitaciones” de las libertades individuales, siempre en aras del “bienestar de la sociedad en su conjunto”. Y donde la Carta de la Unión Europea o la Declaración de la ONU dicen digo… ellos dicen Diego.
Por toda Europa, en las últimas décadas, tenemos ejemplos de la involución gubernamental de los derechos de los pueblos y como no de los individuos. En nuestro país sin ir más lejos hay casos flagrantes, por ejemplo la “ley mordaza”. Los endurecimientos de las leyes de seguridad ciudadana son generalizados, vendiéndonos la moto de que hay que cambiar libertad por seguridad. Pero en el fondo esto es comprensible. Los poderes económicos y la nueva aristocracia política han de poner cerco al rebaño, que si va por libre es más difícil de ordeñar.
Lo que realmente me indigna, una indignación de andar por casa evidentemente, es algo que comenté de pasada más arriba. La inoculación del espíritu de oveja al rebaño. Y me indigna no solo porque estemos asumiendo bobaliconamente que nos estén usando, que nos estén “cosificando”, que nos desprecien como inferiores y no merecedores de nuestras libertades, sino, y fundamentalmente, porque hemos hecho nuestros sus postulados. Ahora somos nosotros mismos (una gran mayoría, lean la prensa y estudios sociológicos) quienes negamos a los otros sus libertades.
En las redes sociales, en las conversaciones, en las actitudes, en el talante (por más que ZP haya hecho denostable el término) se advierte una creciente falta de respeto hacia los derechos y libertades del “otro”. De tal forma que cuando alguien se atreve a expresar libremente su libres pensamientos o a vivir conforme a su elección libre, con tal que se separen un poco de lo que el “establishment” ha determinado como “bueno”, “democrático”, “de bien”, etc., o si no se atiene a lo tradicionalmente asumido (inoculado a través de siglos de servilismo), se castiga como una execrable abominación. En palabras más simples, se le da la del pulpo, además sin piedad, negándole tácita o explícitamente el derecho a tener su propia opinión y mucho menos a expresarla. Y no me estoy refiriendo exclusivamente a los reductos ultra-decualquiersigno incluidos los religiosos. No, me refiero al señor o señora de al lado, al vecino, al conocido o desconocido que se siente en su “derecho” de negarte tu derecho a ser, pensar y expresarte libremente.
Esto me quema la sangre.

No sé qué pensaría J.J. Rousseau de en qué ha acabado su contrato social.
Pero creo que Voltaire hace mucho que no descansa en paz en su tumba del Panteón de París. Alguien que hace tanto tiempo estaba dispuesto a defender con su vida el derecho de otro a decir lo que pensaba… aunque no estuviese de acuerdo con lo que decía.

Seguimos sin entender que defender las libertades de los demás es, en el fondo y en la forma, defender las nuestras.
No envidio al que acepta convertirse en policía para su hermano, en espía de su vida, en delator de su libertad, en perro pastor de un pastor que le considera su mejor oveja.

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Vuelve el romántico empedernido.

Nocturno.

Sobre un mástil, marfil de luna,
pende marchita la noche desarbolada.

Mis pasos caminan sobre los pasos
que dejaron tus huellas, de luz escamas.

Esperanzado te busco tras cada sombra,
bajo cada hoja muerta mi voz te llama.

Tomo el viento y violento lo sacudo
por si de ti quedó prendida una palabra.

El rocío suavemente quema mis labios
por la ausencia del ángel que los besara.

Te huelo, amada, entre las flores,
mas entre ellas tu aroma se me escapa.

Y como cada noche, del alba herido,
arrastro mi corazón a la vacía cama.
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Normalmente cuando escribo, sobre todo poesía, el resultado tiene un tinte gris oscuro (tirando a negro).
La mayoría de mis textos son así. Aunque tan solo suelo publicar en las redes los más “estéticos”. Los que me conocen saben que soy romántico y tengo tendencia a lo gótico y existencialista. Para ejemplo un botón:

Desierto.

¡Qué inmenso es este desierto!,
lleno de gente, de cosas, de sentimientos.

Quiero avanzar y solo levanto polvo,
sintiendo que le estorbo a la vida,
o que la vida me es un estorbo.

Todas las direcciones son la misma.
Y donde miro solo hay un horizonte
que se curva como ola y me busca
para que en él me ahogue.

Todo aquello en lo que me apoyo,
en cenizas se transforma.
Y veo entristecido que no proyecto ni sombra.
Porque yo mismo soy sombra.

¿Dónde está la luz que me desintegre?
¿O dónde la negra noche
para que en ella me disuelva?
Que lo he de hacer sin un reproche,
sin llevarme nada en prenda.

¡Qué inmenso es este desierto!
Lleno de cosas viejas.

Viejos hombres, viejos niños
y emociones también viejas.
Quiero moverme y solo levanto polvo,
el polvo de mi existencia.

Mi existencia hecha polvo,
que con el viento se dispersa.

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La belleza de la libertad. Aplaudo en pié.

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El tiempo, su paso y su peso. En algún momento la experiencia de la vejez fue reverenciada y honrada… hoy nuestra sociedad la estigmatiza, la rechaza. Donde la estética prima sobre la ética, las arrugas, las canas, los surcos de expresión labrados por años de emociones son menospreciados. Sin entender que tras esa piel quemada por el tiempo hay un ser en plenitud.
https://jucatohi.blogspot.com.es/2016/07/prisionero-del-tiempo.html
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