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Estefanía González
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¡Observad , amigos ¡acaso no lo veis!
que no lo he sobrevivido ni menos resistido, no lo veis,
que voy hacia adentro, que
para aquél de ahí yo voy hablando por dentro, que
me repliego y desdeño
mi cabello, que embolso mis manos
retiro mi palabra, no lo veis,
observad,
que me marcho, que voy
cayendo, que me entrego,
y grito, porque los locos
buscan tanteando a sus protectores, como
yo a mi guarda.

Ingeborg Bachman
¡Observad, amigos!
¡Observad , amigos ¡acaso no lo veis! que no lo he sobrevivido ni menos resistido, no lo veis, que voy hacia adentro, que para aquél de ahí yo voy hablando por dentro, que me repliego y desdeño mi cabello, que embolso mis manos retiro mi palabra, no lo veis...

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Como cuando la selva entera sigue a Tarzán, su grito que atraviesa la noche, los golpes en su pecho que resuenan en la noche, la selva unida por el hombre (blanco: finjamos no verlo, hundámonos en la noche, en la selva); 
así, sí, como cuando cabezas recortadas contra la luna, cabezas de leones y de hienas, de panteras y de simios, cabezas asomando acumuladas (¡vivas, no disecadas!) se agolpan en oleada tras el hombre; 
así, como esa selva que se abalanza, me siguen a mí horas, días, años 
y todas las particiones del futuro y me hacen sombra
y se abalanzan.  
Así corro, apremiada por la selva, así corro y corro y corro ante la ola gigantesca del tiempo que se curva y muestra el ribete blanco de abrirse porque está a punto, lista y deseosa de tragarme. 

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18/7/17
Abades




Yo con esto lloro y me expando de gozo.
No puedo evitarlo. He de declarar mi amor.
Leí en 2010 o 2011 Abades en extrañas circunstancias.
Nos fuimos a Santillana, ciudad medieval, a una feria de libros artísticos que se celebraba dentro de una basílica helada. Yo llevaba mi capita negra. Estaba transida de dolor y amor aquel año, aquellos años, aquella vida. Estaba aquella vida quebrada de dolor. Era un grito y un gemido. Da lo mismo.
El frío me penetraba lentamente y reblandecía mis huesos, así que salía al césped a tirarme al sol con Abades. Salía del olor de la piedra al olor de la tierra. Salía y me tiraba al suelo con este libro que creía haber cogido al azar de la librería y otro que también creí coger al azar, pero que tan perfecta compañía hacía al primero que no, no pudo ser azar. Un librito sobre pintura romántica de Acantilado, de Rafael Argullol. Los leí a la vez. Salía al pequeño prado junto a la basílica y leía mientras el sol lamía lentamente mis huesos de espuma, y me expandía un poco. A veces había niños que se me lanzaban encima y me cabalgaban llorando. Otras turnaba a mi marido en la oscuridad de piedra para que él viera el sol. Se protegía los ojos al salir, como un vampiro. Vendimos muy poco. Cuando yo estaba erguida los que pasaban no se atrevían a mirarme porque espantaba. Pero me tendía sobre la tierra no del todo seca, sobre su exhalación. Me tendía sin tiempo. Abades es medieval, romántica, postmoderna, y su belleza deja los ojos en blanco. El mar estaba cerca y había un sol que no quemaba. Mis huesos, como el monte Saint-Michel en que levanta su abadía Éble en el libro, estaban hechos de agua y arena, y mi alma era de aire y fuego blanco. Todo lo había llevado la riada y los elementos se habían fundido en un caos claro y no se separaban. Como el paisaje sin forma que contempla el monje de Friedrich de la portada de no sé qué edición de Abades, así nos deshacíamos y fundíamos yo y el mundo, dulcemente podridos, blandos, amantes. Y cuando vuelvo a tomar como hoy el libro y lo empiezo me fundo otra vez y me deshago, dulcemente podrida, blanda, amante.

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Hierba que se inclina

Era un camino estrecho entre hierba que se inclinaba. Flores blancas y azules se inclinaban también. Se inclinaban los senderos y temblaban un poco. Era un camino estrecho hacia una casita escondida. Caminaba y oía su respiración y el ruido de sus pasos. Cuando llegó al pequeño claro ya no había sol, pero todo estaba aún caliente y naranja, salía el calor de la tierra y de la piedra. Atravesó el río saltando de roca en roca, y sus pies hicieron un ruido seco y hogareño sobre ellas. Caminó hacia la casita, de cuyas ventanas laterales salían arbustos de flores blancas y arbustos con bolitas rojas. En una de las ventanas del frente, en el alfeizar, colocó cuidadosamente los cacharritos que había llevado en la mochila: cazuelitas, platitos, cuchillitos, tenedorcitos. Era una cocinita casi completa, de aluminio, perfecta. Dispuso la mesa para ocho comensales y después escuchó el silencio del bosque que la rodeaba, las ramas que crujían y susurraban. Caminó alrededor de la casa, observando la vegetación del interior, los huecos en que podría acuclillarse y dormir encogida en medio de la espesura en medio de la casa en medio del bosque. Se sentó en el suelo y se abrazó las rodillas.
Esperó durante una hora, pero no llegaron.
Tendría que volver con su padre que estaría con seguridad enfadado por haber tenido que esperarla. A lo mejor la había estado buscando. A lo mejor había alarmado a toda la gente del bar y todos la estaban buscando.
Dudó si recoger los cacharritos o dejarlos allí y finalmente prefirió dejarlos. Así se congraciaría con ellos. Volvería, y quizá, si ahora habían estado observándola, se atreverían a desvelarse la próxima vez. Pensarían que era una buena niña, una niña dulce y generosa, paciente, no amenazante, que merecía quedarse a vivir con ellos. Pero ya era de noche.

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Decidí subirme hasta Reykiavik, pero bueno, hubo ciertos impedimentos. Realmente me apetecía vivir del cuento y ser camarera, pero hubo ciertos impedimentos. El Océano, en primer lugar, se erizó y se hinchó de montañas repletas de sangre oscura, y pensé que el viento me azotaría la cara por ahí colgada. Ya se sabe que el viento barre Gran Bretaña y seguro que también Islandia. Por otra parte, resultó que yo tenía una pareja, pero no me acordaba mientras hacía mis planes. El caso es que llevábamos cuatro años juntos, pero claro, hay cosas que no se tienen en la cabeza cada maldito instante del día. De todos modos, mi pareja se mostró dispuesta a compartir conmigo aquel futuro de ociosidad. Y esa luz, por supuesto. La luz es fundamental.
(...)

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Llueve tibio y pesado
el cielo de junio.
Sus pestañas llenas.

Viene hacia mí corriendo y cae.

Llueve lento y redondo.
La tarde refleja
su piel luminosa, el júbilo
de la lluvia, el semáforo rojo.

Viene hacia mí corriendo y cae.

Tiene un caracol en un tarro,
cristal lleno de espuma,
retorcido.

Viene hacia mí corriendo y cae.
La tarde redonda,
sus pestañas llenas.

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El olor de un ser que siempre ha estado solo, oliéndose a sí mismo en su estancia sin otros,
oliendo su acre mismidad.
y el olor de otro ser solo que sólo a sí mismo ha olido
se encuentran.

Se transforman en caracoles y se aman como caracoles, intercambiando partículas que se desprenden con el rozamiento.

En la siesta llega hasta ellos el olor dulzón de un guiso de carne, un regusto de vino,
y vuelven a amarse
abriéndose y penetrándose de la grandeza de todo lo que tienen por delante.

La despreocupación por la forma, los desayunos orgiásticos de las babosas, los frotamientos de los mil aromas.

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Voy vestida de dragón.
Mi alto casco empenachado,
Mi dolmán con alamares, la cintura alta.
En medio del baile,
Yo, que soy mujer y hombre, doy

Un paso atrás.
No soy yo.
No soy nadie.
Sólo observo.

Yo no soy este dragón de la guardia,
Mi cintura alta, mi alto penacho,
Mi apostura.

Soy este dragón de la guardia,
Pecho cruzado, cintura enfajada,
Casco con penacho.
Soy la apostura en el centro
Del remolino.

Observo cómo me observan.
Me eleva la excitación.
Revoloteos de faldas, plumas y abanicos,
Aire frío afuera, cognac y cigarros.
Giros, giros.

En pleno baile
Un paso atrás.

Tules, ojos entornados,
Las puntas de mi bigote,
La apostura, giros, giros.

En pleno baile
Un paso atrás.

El dragón de la guardia
Alta la cintura y pecho cruzado,
Casco empenachado.
Yo no soy.

Yo no soy este dragón.
No soy hombre ni mujer.
Soy lo que observa.
Estoy atrás.

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Quien trilla el mundo hoy
Fue un albañil a veces,
Un Arquitecto, otras.


6/5/17
Atención
El sol se tumba a mi lado y me acaricia. Los visillos lo han suavizado. Me colma de atenciones.
El sol me colma de atenciones.
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