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Israel de la Rosa
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Autor teatral, fotógrafo y guionista.
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El pétalo huérfano de una rosa detiene su apático vuelo circular y se instala con deliciosa pereza en el borde de mi consciencia. Tras él, minúsculo y delicado biombo, están sus manos vacías, están sus sueños desnudos, está mi ocre locura de permanentes ocasos.

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Te voy a contar una cosa sobre la calidad de vida. A nadie le importa la visión de un necio, está claro, y no soy otra cosa, pero después de la experiencia como navegante surcando durante mucho tiempo estas redes sociales, a uno se le forma, como a todos, una opinión más o menos sólida del comportamiento humano. Hace años, el amigo tonto que todos tuvimos en la pandilla se manifestaba como tal en la barra de un bar o en la excursión del domingo al monte; hacía las tonterías propias de un tonto, y no quiero ni imaginar hasta qué punto se habría multiplicado el impacto de su estupidez si hubiera tenido una red social a su alcance. Pero ese es otro tema, y además es muy largo.

A juzgar por los comentarios y las reflexiones, acompañados de imágenes, de los que acaban de regresar de este puente, uno alcanza a creer (equivocadamente) que la calidad de vida consiste en gastarse la pasta e irse a Punta Cana, tumbarse en una playa de aguas cristalinas y meterse por donde le cabe un daiquiri o una piña del tamaño de un Ford Fiesta. Y uno no deja de sorprenderse por el hecho de que, aunque aparentemente lo están pasando pipa, siempre encuentran el momento para sacar el teléfono e inmortalizar el instante. Imagino que debe de ser como aquella anécdota célebre del torero que se acostó con la actriz famosa y se levantó de la cama a medianoche. Ella le preguntó: "¿Adónde vas?" Y él, perplejo, contestó: "¿Cómo que adónde voy? Pues a contarlo". Porque, si los demás se enteran, lo que vives se disfruta el doble. Digo yo, vamos.

Pues te voy a decir, para que te enteres, lo que realmente significa calidad de vida: calidad de vida es no tener que madrugar nunca. Y no me refiero a los cuatro días del puente, sino al resto del año. Y no me refiero sólo al año en curso, sino a todos los demás. Y no te hablo de dormir dieciséis horas como un borrego, sino de dormir siete u ocho horas y despertar de forma natural, sin el chirrido de un despertador. Calidad de vida es tener tiempo para ti, pero tiempo de verdad, tiempo para dar un paseo, para tomar un café con amigos que valen la pena, tiempo para, si quieres, cogerte las dos bolas con la mano, si es que la mano te abarca. Tiempo para leer, para ver una película, para pensar. Tiempo de verdad. Incluso para ver la tele, si es lo que te gusta, pero sobre esto te diré un par de cosas: que no necesitas un televisor de plasma de tres por cuatro; puedes comprar algo más pequeño y más barato. Y que ese ratito lo aprovecharías mejor leyendo un buen libro, porque dentro de unos años descubrirás que ir al gimnasio a alisarte el vientre y a hincharte los brazos es una soberana gilipollez, y que lo que realmente debiste haber hecho fue ejercitar la mente. Pero ese es otro tema, y además es muy largo.

De todas formas, es muy probable que esté equivocado, así que no me hagas mucho caso y sigue gastándote la pasta (que no tienes) en irte a tomar el aire a Punta Cana y a meterte daiquiris y piñas gordas por donde te cabe. Y disfruta, que la vida no son dos días, pero tampoco son muchos más. Aunque seguro, es muy probable (y lamentable también), que no conoces Soria, ni Mérida, ni Bilbao, ni Salamanca. Pero no importa, porque lo que mola es ir adonde va todo el mundo, a los destinos de moda. Y subir fotos telefónicas inmortalizando el momento.

No olvides levantar el pulgar o poner los dedos en uve, por cierto, como si estuvieras celebrando, pobre de ti, alguna victoria.

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Embarcar sin equipaje en un beso, en un ligero y tierno beso, delicado como un copo de nieve blanca, y surcar el inmenso océano de su inmensa sonrisa, y navegar noche y día, y naufragar noche y día, y nacer de nuevo entre sus manos, y reinventar el llanto y la alegría.

Acércate, duendecillo, y sopla las velas de este corazón. Acércate y ahuyenta los temores, ahuyenta los miedos, duendecillo, que apenas encuentro valor para descorrer las cortinas de esta alma hecha jirones.

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