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Maria R. Peña
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Llamadme birmanito.

Variadas precipita el cielo las causas mientras espero el tardo tren que las cargue y porte/
a cualquier hora en uno cualquiera de estos días hasta las suaves esteras de una casa junto al mar.
Allí pruebo la pasta verde del tamarindo con su cebolla picada y su poquito de no sé qué/ 
con sabor a Gloria cuando me chupo los dedos rebuscando los tiznados rincones de mis uñas/
rielada mi cara por velitas alargadas y pizpiretas cuando afuera La Luna platea su potente disco/
para que la fiesta de las lámparas votivas lloren vivamente por los seis años felices e inolvidables/
del pequeño que se fue sin apellidos, sin yunques de fraguas, sin su lápiz, sin oda a su corto andar.

(Libre, libre, Aung San Suu Kyi está libre, suena y retumba desde el cuenco.)

Van a rapar a una nueva niña, le cortan los deseos de su enérgico y largo pelo negro/
para que rece según las leyes de un budismo, desafiado desde mi sima, mil años yerto/
con pintas de rojos labios como antiguas muñecas de cartón piedra los rostros blancos/ 
y los cuerpos marfilados de todos los bothisattva que bien resabiado a su alrededor contemplo/
satinados ante un pat waing acompañado del hne que desbarrigan las tripas de los gatos/ 
pues maullando van a los abismos abiertos por la brava danzarina de bata larga y verde/
con las manos unificadas entre ahorquilladas flores rosas sobre sus laicos bucles peinados/
y su boca en posición de dientes comedores de pétalos frescos ofrecidos por un borracho chamán.

(Otra mujer “ma” cree que el destino por la bata “longyi” del beodo habla.)

Libre se presiente, Aung San Suu Kyi es libre, ya lo fue antes del año capicúa uno nueve nueve uno/
en el que un Nobel se acercó a su casa, su cárcel, con generales myanmarenses con pistolas prisioneras.

Varias mujeres esperan a que las luces alógenas destellen reforzando las auras de los budas/ 
por sorber felices el evento cuando rellanen las oscuridades y las preces nocturnas se sucedan.
¿Entienden? No entienden. ¿Es nocturnidad el creer? 
El chamán fuerte les insta y ellas gritan: “¡Creemos!”
Y luce en otra hierática estatua, amarillenta de tanto pan de oro, un collar de amor y aire/
con billetes de legal uso ensartados, cosidos con angelical primor, con filigrana e hilo.

(¡Qué es esto Myanmar de mis amores!)

Desde la estación de Bagan repleto debe partir el vagón a las siete menos veinte/ 
sin resta, porque no se puede, y porque el bicho silba según le sale, le va o le viene/ 
al maquinista del acuoso buche atraído por el verdor de los árboles y las palmeras/ 
y la poca prisa, atrabiliado por raíles muy rectos, hacia una vía infinita que impaciente espera. 

(Se asientan las nieblas y Aung San Suu Kyi, nombre parental largo, debiera politizar libre.)

¿Quién debe esperarme en Mandalay que retrasarme no me importa?
No parece que sean los monjes de sayas blancas sobre túnicas rojas/
con sus bandas color canela saludadas desde los balcones con las consabidas juntas palmas/
bendecidoras de sus pasos encaminados en petición de la vianda que los alimenta.

Tras la primera puerta el cerdo a trozos cortado se adereza/ 
con coles chinas y zanahorias, coliflores y cebolletas…/ 
allí la niña aprende y ya toca el gong de llamada a la mesa/
porque la pulpa de tamarindo machacado a las bocas sin carmines espera/
y a que por filas monjiles lleguen entre 120 y 230, personas, una a una pronunciadas/
con un Sutra repetido de garganta en garganta felizmente en papeles apuntado/
y acompañado con las yemas de los diez dedos unidos en oración a lo birmano/
dejando escapar por la estancia unas voces aniñadas que acaban donde cesa la luz brillante/ 
al desprender sus cabezas rapadas un punto de loor tamizado por entre los visillos blancos.

El ventilador del techo difumina un nombre por las paredes/
y mi bolígrafo plastificado brillante rojea sobre el blanco papel/
pero es la niña quien compone oleajes turquesas en su alma desprendida/
para navegar en estudios que la familia en pagos ni en varios soñares pueden.
Aprenderá por repeticiones la pequeña y si se ha de valorar el sistema/
debería huir de machacar a las actrices que memorizan todos los poemas.
Contento va el gigante uniformado sobrevolando las aldeas de la llanura/
tras bultos de gente huyendo hacia las orillas de las selvas para ocultarse.

(Libre, libre, ¿Aung San Suu Kyi está libre? Sí, cuánto se alegran.)

No se escriben letras para ella… ¨¿Quién recuerda una mueca,/
un hoyito en la mejilla, unas sonrisas entre nieta alumna y maestra abuela,/
alguna flor ensortijada en el cabello ya perdido de su cabeza?

Penetro en la mosquitera y apago la luz que me cegó en las palabras/
cual rayito de eléctrica luna sobre mis puentes sin ojos entre noches y mañanas/
para despojarme de los clichés ambarinos de la devota niña lega/
ataviada con sombrilla mínima tras un biombo de bambúes y tallos.

Su familia contenta ofrende y agradece volcada desde el alma/
por el triple obsequio de su afortunado ingreso, su formación futura y sustento/
a cambio de unos mechones precipitados desde aproximadamente un metro y medio/
y saludados y barridos y perdidos y olvidados antes de llegar mecidamente al suelo.
Surgieron en canales los dos picos de las tijeras abriendo caminitos certeros/
en una rapa de doncella tan ancestral como la corta de coleta de un torero/
o de profesionales de lucha ‒unos y otros, entre machitos llorosos el juego‒/ 
en un afán la apuntada novicia de renovar túnicas para una incierta Iluminación/
no exenta de la rendida sumisión ante la banda canela que la condecora para otra vida/ 
y para otro nombre “Ma Tamanandi” que desde hoy con la tradición sacramenta.

(Se ríe el abrumador paisaje de mi antaño pasar por estas mismas tierras.)

Por qué escalera empedrada debo subir hoy para ver decenas de pagodas/
silueteadas entre las copas de los árboles verdes diseminados por el llano/
y no echar en falta el viento monzón dando levantada a los techos en cada estación lluviosa/
o para pensar que los meandros del Egawadi sí que me hacen libre, libre, como de niño fui.
Qué estrecha embarcación agondolada debo abordar hoy para levarle anclas/
en estas aguas turbias donde justicieras pompitas de jabón sacan luceros/
entre las ranas expectantes y las faldas de las bienaventuradas mujeres.
Por qué meandro debo navegar para ver a los elefantes disfrutar de la refriega en la ribera/
y cómo los otros inteligentes y saltarines mamíferos ayudan desde hace lustros a los humanos.
Pegan los marineros con los toletes en las regalas como sonando a llamadas para delfines/
que silenciosos para nuestro respirado medio agolpan a los peces hacia las barcas/
hasta dar la señal por azar convenida con el percutir de sus colas en la superficie/
en una suerte de morse entre consentidas razas de parecidas tetas mamadores/ 
y que aguardan a comer su parte ictínea cuando las redes aliadas hayan salido colmadas.

(Los cuervos negros en las cabezas negras de otros horrorosos birmanos/
con los delfines blancos bajo las grandes quillas de sus grandes barcos de hierro/
se mofan con cables electrificados que llenan de cadáveres las aguas del Delta.)

Y lo diré sin estirar, como hace la niña, mi dedo índice mientras opino/
para que no se interprete como una orden ni como agua anegada bajo las casas/
‒por donde se vencen a veces los pollitos, las arañas, los perritos y los mininos‒/
ni para asentir como los cebúes blancos a las órdenes de nada recatados látigos.
 
(Se deshace en la boca la carne del pescado picante que en el caldero al fuego coció.)

Del siglo XI los budas por las paredes dejan huellas inmensas en dos mil pagodas/
ahora en sus bocas áureas las sonrisas apretadas si a comprobarlas te acercas/
vestigios y pasos hacia un oligarquía que te inquieta cuanto le exiges explicaciones/
o que olvide en la explanada las historias cruentas de aquella Segunda Guerra/
llena de cañonazos sin ecos y de bicicletas con cadenas y con porta mapas bélicos/ 
o que encendamos una vela por los cuerpos de los muertos sin bando identificado.

(¿Otro templo budista a erigir, ahora para los sentenciados asesinos?)

Chirría en las tripas el plomo de las calaveras de las soldadas y asesinos a sueldo/
o de amarillentos jóvenes martillados a la desesperada en las palabras de un Tenno/
por un Reich o el izar de uno, dos, o tres malvados salva patrias aflautados y corruptos,/
de trapo y paja, serviles, alucinados en el matar para repartirse la plata y el Mundo.

(Libre se mueven sus pupilas desde la ventanilla de su barco amarrado.)

Esta mujer hermosa que me transporta a orar por todos en un templo irreconocible/
que no me importaría llevar inserto y bamboleando en alguno de mis visibles cartílagos/ 
como un relojito de arena que debo invertir en cada pausado momento de amor.

Agarro la escoba y adecento el jardín en recuerdo de anteriores propósitos/
y luego prendo algunas barras de incienso que se quedan a medio consumir en la ceniza/
pidiendo seriamente le a los muertos que respiren hondo el otro aire por mí/
porque no me vuelva a reencarnar ‒con ojitos me mira el buda‒ ni regresar a este vivir/
pues con oler este trenzado ramo, flores blancas hojas verdes, que por la niña ofrezco/
y ver pasar el aire por esa mella entre pendientes me llena de aquí a los restos.

(Libertad para los elefantes, que para Aung San Suu Kyi ya libre la esclavitud se presiente.)

Menguarán los bosques cuando ahítas las ciudades de mesas y barreños de palo santo/
se queden a jugar plácidamente los paquidermos ya sin trabajo de esclavos en las selvas/
desdeñando a la lluvia en libertad que se llevará por delante todo el escarnio doloroso/
de las indefensas aldeas desprendidas las raíces que de tanto aguantar perdieron fiereza.
Un caminito imposible de piedras y fango para llegar a la trompa herida/
o a los oídos de los que nunca sobre una peña se sientan un tiempo a escuchar/
aquellas melodías de los grandes animales y de las flautas cañizas que a los monos embelesan.
Se tiende el elefante y el jodido domador le carga seis hatos que casi levantar no puede/
y para colmar el vaso con ayuda de su trompa en el lomo se sube y ufano se tiende.
Una caravana de ellos por el bosque carga con toneladas de gigantescos troncos leñosos/
Mientras resuenan sus estudiadas melodías tronando como cientos de cajas chinas huecas/
como agraciado sonajero cual collar ensartado de pezuñas negras y secas de cabras.
Indostánico elefante el paquidermo birmano y el myanmarense apencado a su cuello/
en centaura silueta nueva para muchos occidentales y otros entreabiertos ojos.

Dile “To”, dile “Poe” sin diferir la etapa de aprendizaje en el paraíso de la llanura/
donde todos viven juntos, donde todos aprenden juntos, donde todos trabajan juntos/
en la regeneradora, en la utópica, en la ciudad espejo de los hombres y los tromperos.

A quien por turno me toque lavaré entero en la orilla de esta inmensa corriente/
con el agua empapando mi longyi coloreado recubriéndome piernas y cintura/
y le daré de beber y de comer, sin necesitarlo, en mi propia bandeja de plata dedada/
con plátanos verdes y un gran coco en el centro adornado de inciensos y canciones.
No seré quien le obligue a poner tres rodillas en tierra delante de ninguna estatua/
como otros romeros humillan a sus caballos para su personal orgullo de animal montador/
elevándose en un único centauro ante alguno de sus dioses de palos estructurados.

Tonté, en el delta del orgulloso Egawadi, y yo siguiendo 21 días a la guapa/
sin mostrar cansancio alguno entre los tallos de arrozales que me enverdecen/
y bebiéndome los silencios hasta la estación seca para sacar del fango algún siluro/
en disputada algarabía y albedrío, con hombres, mujeres y manos de resueltos críos/
saboreadores de la estupenda carne blanca que recibirá el perol con agua y fuego/
para preparar una buena sopa que a todos llene de contento y de brío/
y al que venga a deshoras con la mano en saludo señalando el corazón/
aun despeinado probará las habas tiernas y el arroz blanco con cáscara abrigado.

(Libre, libre, Aung San Suu Kyi vuela libre desde este hogar con leña prendida.)

Conciencia para aquellos que hicieron un hueco mínimo ante los tifones/
y tampoco previeron los tsunamis que los elefantes sensitivos si alertaron/
y para los guardadores del arroz a su debido tiempo sin presiones a sus mojadas espaldas/
porque los rifles ‒en posición descansada ahora‒ duermen como pequeñas espadas/
apuntando gravitatorias sobre las cabezas cabelludas, calvas o recién rapadas.

En la tierra clara ocho pezuñas de cebúes colorados desprenden de la paja el grano/
mientras dos peces vivos son a los dioses presentados y echados al agua calda/
en un diálogo natural entre lo caliente, lo hirviente, y un estómago cálido.

Introduzco mi ropa recién lavada en mi mochila breve con hojas anotadas/
y me encaro al rosado de las lenguas y a los marfilitos del elefantito mimado/
para que el cielo azul, turquesa y rojo, me invite a cerrar el capítulo/
y a dar la vuelta ‒cara gacha, mirada al suelo‒ a un lugar menos apetecido.
 
Me despido como casi nunca, el brazo en alto y encogido el codo, en señal de hasta siempre/
asperjando circularmente mi red, plomada en sus bordes, al aire que aviva mis alveolos fríos/
para sacar de estas gotas su imagen de niña pura despojada de su azabache pelo/
perfilada en un camafeo sobre mi mano junto a mi ideal paisaje para su bella ausencia.

                                         (En el cumpleaños de mi madre ausente)

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