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ALIMENTACIÓN ECOLÓGICA

Quisiera contar algunas anécdotas para reflexionar y contextualizar este artículo:

Año 2000, paseando por la US 1 a su paso por la ciudad de Miami, soy testigo de una curiosa escena: docenas de policías armados, apoyados por coches patrulla y hasta por un helicóptero, flanquean a un pequeño grupo de manifestantes. Me acerco a averiguar quiénes pueden ser tan peligrosos personajes y compruebo con asombro que se trata de un pequeño grupo de ecologistas, apenas unas cuarenta personas, provistos de pancartas en las que expresan su oposición al tratado de libre comercio de América del Norte. Quince años después ya sabemos quién se ha beneficiado de dicho tratado. EEUU ha podido inundar el mercado de maíz subsidiado haciendo caer el precio que se pagaba hasta entonces a los campesinos mexicanos hasta un 70%; esto ha llevado a la quiebra a un millón y medio de pequeños agricultores, mientras grandes empresas importadoras (entre ellas el grupo Bimbo) han multiplicado sus beneficios.
Leo en la prensa especializada que una gran cadena de hamburgueserías americana ha llegado a un acuerdo de colaboración con una importante petrolera ¿española?, Repsol, para franquiciar 150 hamburgueserías en estaciones de servicio.
Y dos detalles para la esperanza:

Ollanta Humala, actual presidente del Perú ha promulgado una moratoria al ingreso de transgénicos en dicho país en los próximos diez años. La noticia ha sido celebrada con júbilo por los más prestigiosos cocineros del país que apuestan por la marca Perú como sinónimo de agricultura ecológica y biodiversidad, otro motivo más para visitar este maravilloso lugar, auténtico paraíso gastronómico.
Bután, el pequeño país budista al norte de la India en el que priman los índices de felicidad psicológica sobre el producto interior bruto, se ha convertido en el primer país del mundo en el que toda su agricultura es ecológica.
Ajenos a las grandes fuerzas que se mueven en el planeta relativas al futuro de nuestra alimentación, en el pequeño mundillo alternativo madrileño continuamos como siempre con nuestra actitud miope y provinciana, empeñados cada uno en convertirse en propietario exclusivo y excluyente de un pequeño nicho de mercado que sigue siendo minoritario, más poseídos por la envidia y el miedo a la competencia que por el deseo de dar a conocer las bondades de una alimentación sana y respetuosa con el medio ambiente.
El hecho es que, siendo como es para algunos la alimentación algo parecido a una religión, nadie parece ponerse de acuerdo en qué corriente es más recomendable y en base a qué criterios. Incluso dentro de un mismo movimiento parece ser que hay diferentes escuelas o sub-corrientes que tampoco se ponen de acuerdo entre ellas. Y entre tanta microfragmentación que parece llevarnos a la conclusión de que cada persona individual deberíamos inventar nuestra propia forma de alimentación adaptada a las necesidades particulares de nuestro organismo y de nuestra forma de vida, parece que nadie ha reparado en la cuestión fundamental: que de poco nos servirá ser vegetarianos, veganos, crudívoros o macrobióticos si los productos que compramos en las fruterías o en los supermercados vienen contaminados desde su origen por venenos químicos o provienen de semillas transgénicas.

Como consumidores tenemos muy poca información sobre el verdadero origen de los alimentos que compramos, y sin la información adecuada es muy difícil ejercitar el derecho a la libre elección. Pocas son las familias que sabrían decir cuál es la procedencia de las legumbres o de los cereales que consumen, más allá de si los cogieron del lineal de éste o de aquél supermercado, y lógicamente, no nos dará la misma garantía de calidad unas lentejas cultivadas en un pequeño cultivo familiar del Bierzo que en un monocultivo extensivo de la Pampa Argentina. El consumo de productos de la agricultura podría suponer un acercamiento y conocimiento entre productor y consumidor.
Personalmente, estando como está el mundo con millones de familias viviendo por debajo del umbral de la pobreza y seres pasando hambre, no me preocuparía demasiado si de vez en cuando hemos de sacrificar algún pollo o conejo, entiendo que hay un orden de prioridades por encima del sentimentalismo ecologista, y si además el animal ha tenido una vida digna y ha sido alimentado de manera natural, puede constituir un alimento saludable y contribuir al equilibrio de nuestra nutrición.

En Nuevos Druidas estamos concienciados de que consumidores y productores formamos parte de la misma cadena de toma de decisiones, cada una de las cuales, por pequeña que parezca, va conformando el modelo de sociedad en que viviremos el día de mañana. Las pequeñas elecciones al hacer la cesta de la compra pueden hacer tanto o más por cambiar la situación mundial como los grandes movimientos políticos. Además de indignarnos con quienes explotan los recursos naturales poseídos por la ceguera del egoísmo– que también se puede y no es incompatible – alimentarnos de manera informada y consciente mejorará nuestra salud y apoyará al pequeño agricultor sensato frente a la irresponsabilidad de las multinacionales del sector que priman la rentabilidad económica y los dividendos por encima de cualquier consideración humana o medioambiental.
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Esto me gustó.  No hay que ponerse tan solemne para meditar.
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