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LA VIRGEN MARIA MADRE DE DIOS
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PARA LLEGAR A JESUS, NUESTRA SALVACIÓN; TENEMOS QUE HACERLO A TRAVES DE LA VIRGEN MARIA Y AMARLA DESPUÉS QUE A DIOS MÁS QUE A NADA.
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La Virgen María, Madre de Dios
FUENTES DE ESTA PAGINA: http://www.franciscanos.org
                                           
                                   http://www.legiondemaria.org
 
                                   http://forosdelavirgen.org/  
                                   http://www.ewtn.com/  
                                   http://www.corazones.org/

La Virgen María, Madre de Dios «Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres Virgen hecha Iglesia y elegida por el santísimo Padre del cielo, a la cual consagró Él con su santísimo amado Hijo y el Espíritu Santo Paráclito, en la cual estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien» (San Francisco, Saludo a la B.V. María).
 
«Santa Virgen María, no ha nacido en el mundo ninguna semejante a ti entre las mujeres, hija y esclava del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial, Madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo: ruega por nosotros... ante tu santísimo amado Hijo, Señor y maestro» (San Francisco, Antífona del Oficio de la Pasión).
 
«Francisco rodeaba de amor indecible a la Madre de Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad. Le tributaba peculiares alabanzas, le multiplicaba oraciones, le ofrecía afectos, tantos y tales como no puede expresar lengua humana» (2 Cel 198). «Francisco amaba con indecible afecto a la Madre del Señor Jesús, por ser ella la que ha convertido en hermano nuestro al Señor de la majestad y por haber nosotros alcanzado misericordia mediante ella. Después de Cristo, depositaba principalmente en la misma su confianza; por eso la constituyó abogada suya y de todos sus hermanos» (LM 9,3).
 
«El misterio de la maternidad divina eleva a María sobre todas las demás criaturas y la coloca en una relación vital única con la santísima Trinidad. María lo recibió todo de Dios. Francisco lo comprende muy claramente. Jamás brota de sus labios una alabanza de María que no sea al mismo tiempo alabanza de Dios, uno y trino, que la escogió con preferencia a toda otra criatura y la colmó de gracia».
 
«Puesto que la encarnación del Hijo de Dios constituía el fundamento de toda la vida espiritual de Francisco, y a lo largo de su vida se esforzó con toda diligencia en seguir en todo las huellas del Verbo encarnado, debía mostrar un amor agradecido a la mujer que no sólo nos trajo a Dios en forma humana, sino que hizo "hermano nuestro al Señor de la majestad"» (K. Esser).
 
«El intenso amor a Cristo-Hombre, tal como lo practicó San Francisco y como lo dejó en herencia a su Orden, no podía dejar de alcanzar a María Santísima. Las razones del corazón católico y de la caballerosidad de San Francisco lo llevaban al amor encendido de la Madre de Dios... San Francisco cultivó con esmero y con toda su intensidad el servicio a la Virgen Santísima dentro de los moldes caballerescos y condicionado a su concepto y a su práctica de la pobreza. Nada más conmovedor y delicado en la vida de este santo que la fuerte y al mismo tiempo dulce y suave devoción a la Madre de Dios» (C. Koser).
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BIOGRAFIA DE LA VIRGEN MARÍA

La Gran Promesa
 
Mas de cuarenta siglos habían pasado desde que Dios Nuestro Señor, a raíz de la caída original y en la misma hora que fulminaba su castigo sobre los culpables, dejó brillar, en medio de su enojo, un rayo de luz y de esperanza, precursor de su inmensa misericordia.
Al tocar el turno a la serpiente tentadora, es decir al diablo, le dijo Dios: "Enemistades pondré entre ti y la mujer, entre tu posteridad y la suya: Ella quebrantará tu cabeza y tú morderás su talón". (Gen. 3, 15).
La Tradición cristiana ha visto siempre en esas palabras, la gran promesa del Redentor futuro y de su completa redención o victoria sobre el pecado y el demonio.
La Promesa divina se cumplió, hace ya casi dos mil años. Llegada, en efecto según el plan divino, la plenitud de los tiempos, como aurora divina de redención apareció María Inmaculada y llena de gracia, de la cual nació a su tiempo el divino Sol de Justicia, Cristo Jesús, nuestro Redentor, el prometido Triunfador invicto del demonio, del pecado y de la muerte.
El Nacimiento

María Santísima, hija de San Joaquín y Santa Ana por especial favor de Dios, nació en Jerusalén, y cuando tuvo tres años fue llevada por sus padres al templo de esa ciudad para ser presentada al Señor y entregada a su servicio, viniendo a ser entre todas las doncellas el mayor ejemplo de santidad y modestia. La Iglesia celebra el 21 de Noviembre la Presentación de la Santísima Virgen en el Templo.
Allí la Niña María aprendió a hilar lana y lino, a labrar las vestiduras sacerdotales y demás objetos para el culto santo; leía con suma atención las divinas escrituras y con encendido amor, aunque sin ninguna ceremonia exterior hizo voto perpetuo de guardar su pureza virginal. En ese entonces debía tener ya más de doce años, pues en esta edad era cuando se permitía a las jóvenes judías hacer votos valederos.
Sabemos por la revelación y el magisterio de la Iglesia, que en Ella, la gracia divina se adelantó a la naturaleza viciada; que ningún hálito impuro la contaminó jamás; que sola Ella, entre todas las hijas de Adán, por un milagro de preservación redentora, fue preservada del universal contagio del pecado original; que Dios pareció haber agotado los tesoros inmensos de su omnipotencia, para embellecer y santificar su alma; y que la fidelidad perfecta de la Virgen, correspondiendo con exacta cooperación a los continuos llamamientos de la gracia, acumuló en sí méritos sobrenaturales sobre toda otra humana medida e hizo de Ella la más bella, la más sublime y santa entre todas las puras criaturas salidas de las manos del Creador.
Fisonomía Exterior de María

El gran Padre y Doctor de la Iglesia, San Ambrosio, dice a este respecto:
"Era la Virgen María de alma prudente y corazón blando y humilde, grave y parca en el hablar, aficionada a lecturas santas, modesta en sus palabras, muy atenta a lo que hacía, y buscando en todo siempre agradar a Dios y no a los hombres.
A nadie molestó jamás, a todos quiso bien, y tuvo particular respeto y reverencia a los mayores.
Nada duro o provocativo había en sus ojos o en su mirar; nada de atrevido o inconsiderado en sus palabras; y en sus acciones, nada que no fuese de todo punto digno y decoroso.
Sus gestos y su andar, nada tenían de ligero, suelto o petulante, antes bien, procedía con todo orden y compostura, de suerte que, la modestia y continente exterior de su persona eran como un bello reflejo de su alma, y podía servir como acabado ejemplar de toda probidad.
Era Ella la mejor guarda de sí misma, y tan apacible en su andar, en sus palabras y ademanes, que con sus pasos y movimientos, más que avanzar en el camino parecía adelantar en la virtud. Cuando hacía esta Virgen modestísima, podía tomarse como regla de buen proceder y de virtud.
Los Desposorios

Dos años después de muertos sus padres y siendo ya de catorce años, quisieron los sumos sacerdotes que tomase esposo, más Ella rehusó esto terminantemente por su amor a la pureza y promesa virginal; pero por providencial manifestación de Dios aceptó, previo voto mutuo de castidad, a San José por compañero, con el cual se desposó y se fue a vivir a Nazaret, pequeña aldea donde se ejercitó en la oración y la contemplación.
El día menos pensado, estando la Santísima Virgen en oración, se le presentó el arcángel San Gabriel y le anunció que Ella concebiría en su seno al Hijo del Altísimo, que iba a hacerse hombre, sin dejar de ser Dios para redimir a la humanidad; y que esto se haría maravillosamente suministrando su purísima sangre en su propio seno al Espíritu Santo obrador del prodigio; luego le reveló, como para confirmar la divina encarnación, que Isabel su prima, había concebido un niño, que sería precursor del Verbo humanado; entonces la Santísima Virgen determinó ir a visitar a Santa Isabel, guardando grande reserva de lo que pasaba; mas en aquel venturoso día --que llamamos de la Visitación--, al ver Santa Isabel a María Santísima, exclamó: "¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a visitarme?" No pudo María dejar de bendecir a Dios en tal momento y prorrumpió en admirable cántico de alabanzas a Dios, de sentida expresión de humildad y de reconocimiento, que denominamos el himno del Magníficat.
El Nacimiento de Jesús

Antes del Nacimiento del Bautista, María regreso a Nazaret, donde vivía con humildad, recogimiento y oración. Tuvo luego que ir San José a la ciudad de Belén, patria del profeta David, a cumplir con el empadronamiento ordenado por edicto imperial; en tal viaje acompañó al esposo la Santísima Virgen, cuidándose más de pensar en que todo lo ordena la divina providencia, que en la fecha en que pudiera ser el alumbramiento. Habiendo arribado a Belén, hallándose como perdidos en medio de las multitudes que habían llegado de todas partes para hacerse inscribir; en vano buscaron asilo para pasar la noche, pues ninguno les abrió, tanto por ser desconocidos y pobres, como por estar ya todo ocupado. Tuvieron que albergarse en un mezquino establo, refugio de pastorcitos y rebaños. Allí, hacia la media noche, el Verbo encarnado sale milagrosamente del seno de María, ésta lo toma en sus brazos, lo adora, lo envuelve en humildes pañales y coloca sobre unas pajas del pesebre; tal es el nacimiento del divino Infante, cual pasa el rayo de luz por un purísimo cristal.
Por este tiempo, a los 40 días, la Santísima Virgen se presentó, sin estar obligada, al templo de Jerusalén a la ceremonia legal de la Purificación y a ofrecer la oblación del caso. ¡Qué humildad y obediencia!. Y allí oyó las amargas profecías de Simeón el anciano.
Vida en Nazaret

Estando aún la Sagrada Familia en Belén, una noche un ángel del Señor ordenó a San José tomara a Jesús y con la Santa Madre huyeran a Egipto porque Herodes buscaba al Niño para darle muerte. ¡Qué afán! Mas qué obediencia y prontitud en emprender aquella huída. Años después por aviso Angélico volvieron a Nazaret.
Siendo el Niño de doce años, fue llevado por sus padres al templo de Jerusalén en cumplimiento de prescripciones santas de asistir a los sacrificios y oír explicar la Sagrada Escritura; mas por la imprevista quedada del Niño Jesús en el templo, --que ellos juzgaron que se les había perdido--, ¡Cuánto sufrimiento hasta encontrarlo!. Estaba en medio de los doctores, oyéndolos y enseñándoles...
En Nazaret continuó la Sagrada Familia la oscura y humilde vida: allí crecía el Niño en edad, santidad y ciencia a vista de todos; allí aumentaba a diario la perfección de María y tuvo la pena de ver morir a San José, a quién asistieron con Jesús en su último instante de vida humana; de allí salió a los 30 años de edad, Jesús divino Maestro, a emprender la vida en público, de enseñanzas, predicación, beneficios y continuo sacrificarse hasta la muerte.
Durante la Vida Pública de Jesús

En los tres años de vida pública de Nuestro Señor Jesucristo hallamos a María Santísima principalmente en tres momentos: 1º Abogando por los necesitados en Caná de Galilea; 2º Saliendo al encuentro de Jesús, agobiado con el peso de la Cruz, en la calle de la amargura; y 3º En el Calvario, donde fue constituida Madre Nuestra.
1º Las Bodas de Caná
Había sido invitado Jesús con sus discípulos a unas bodas, a que asistía también María. Durante la comida faltó el vino. María se lo advirtió a Jesús. "Mujer, le contesta el Salvador, ¿por qué te diriges a mí? No ha llegado aún mi hora".
Y dice María a los sirvientes: "Haced cuanto El os diga". Ordena Jesús que llenen de agua seis tinajas, manda escanciarlas, y gustan los convidados un vino mejor que el que hasta entonces se les había servido. Este fue el primer milagro de Jesús, que sirvió para confirmar a sus discípulos.
Si María no hubiese intervenido, el Salvador no hubiese obrado el prodigio; sin embargo, el milagro se efectuó, y nota el Evangelio que fue el primero que obró Jesús. ¡Qué delicada atención la del Señor!
Durante una época entera de su vida, va como a olvidarse de su Madre; pero antes le concede obtener el primer milagro que confirma la fe de sus discípulos. ¡Qué demostración tan espléndida del poder de María!.
2º En la Calle de la Amargura
Acompañada por San Juan y por las piadosas mujeres, María quiso salir al encuentro de su divino hijo. El lugar del suplicio no es ciertamente un sitio adecuado para una madre.
Bien sabía Ella que no habría podido prestar ningún socorro a su Hijo pues los verdugos, según la ley, se lo habrían impedido. Sabía muy bien, además, que con su presencia, lejos de disminuir el dolor del Salvador, no haría más que aumentarlo. Esto no obstante, su deber, su calidad de Corredentora, no le permitía estar ausente; impulsada por el deber, se dirigió Ella también hacia el Calvario, al encuentro de su Hijo.
Una antigua tradición nos cuenta que la Virgen en vez de agregarse a la multitud tumultuosa que seguía al condenado, tomó un atajo a fin de encontrarse con su Hijo, quizás junto a la puerta por la cual habría debido pasar para dirigirse al Calvario y se encontró de hecho con Él, pero, a causa de los esbirros y de la plebe no hubo ni pudo haber otra cosa, entre Ella y Él, que un rápido cambio de miradas y de afectos, sintetizando en dos palabras pronunciadas más con el corazón que con los labios: "Madre mía, Hijo mío". Cuánto pesar y compasión no se expresarían mutuamente. Cuántas cosas no se dirían en estas dos palabras.
3º María Santísima al pie de la Cruz
Después de haberse visto María como olvidada durante la vida pública del Salvador, reaparece en el momento supremo del sacrificio. Allí está; fuerte en medio de su inmenso dolor. La ve su Hijo, y en su corazón sumergido en el sufrimiento, halla aún, lugar para la compasión y la piedad hacia su Madre. En el momento de la despedida, quiere verse reemplazado para con Ella. ¿A quién confiar tan preciosa misión, sino a su discípulo amado?. "Mujer, dice a María, designando a Juan: he aquí a tu Hijo". "Hijo, dice a San Juan, he aquí a tu Madre".
María mira a su alrededor. Sólo ve a Juan, y a Juan precisamente mira Jesús. Entonces comprendió muy bien María que Juan estaba allí en representación de otros hombres, cuyo lugar él ocupaba en esos instantes sublimes, y esos hombres éramos todos nosotros. Recién entonces comprendió el hondo significado de su "fiat" de Nazaret: para salvarnos, para ser Nuestra Madre en el orden de la gracia, debía sacrificar a su Hijo, en el orden de la naturaleza. He aquí, cómo la Santísima Virgen ha quedado constituida Madre nuestra, he aquí cuál es la parte que ha tenido en nuestra redención y hasta qué punto le somos deudores de la vida de la gracia para nuestra salvación.
Últimos años de la Virgen

Los últimos años vividos por María sobre la tierra, han permanecido envueltos en una neblina tan espesa que casi no es posible entreverlos con la mirada, y mucho menos penetrarlos. La Escritura calla y la tradición nos hace llegar solamente ecos lejanos e inciertos. Indudablemente la Virgen, en aquellos años en que permaneció en la tierra, debió exclamar continuamente, con mayor razón que San Pablo, dirigiéndose a los primeros cristianos: "Mi vida es Cristo y la muerte sería para mí una ganancia. Mas, ¿qué escoger?. A la verdad, mucho mejor sería para mí irme con Él; pero vuestra necesidad me manda quedar aquí... Permaneceré con vosotros para provecho vuestro y gozo de vuestra fe" (Filipenses, 1, 21-26). ¡Si la Iglesia, hija de María era todavía niña, y como tal, aún tenía necesidad de todos aquellos cuidados que sólo una madre puede procurar, de todas aquellas finas y delicadas solicitudes que sólo un corazón de madre puede percibir. Y María, consagrada enteramente al provecho de la Iglesia, prestó de continuo hacia Ella, cuerpo místico de Cristo, todos aquellos cuidados y atenciones maternales que había tenido para con su divino Hijo. A Ella, por consiguiente, como a la madre de una familia, recurrían de continuo los Apóstoles y discípulos, todos los fieles especialmente en las horas de duda, de dolor y de persecución. Ella aconsejaba a todos, sostenía a todos. Junto a Ella, aquellos primeros fieles olvidaban las penas del destierro y se sentían animados para recorrer con ardor el camino que conducía a la patria.
Fin del Destierro
 Todo nos induce a creer que la vida terrena de María, así como tuvo su comienzo en la ciudad santa, así también tuvo en ella su término. Ella pasó de la Jerusalén terrestre a la Jerusalén Celestial. No se comprende bien, en efecto, cómo pudo morir la Virgen. Para nosotros es fácil, demasiado fácil morir. Pero para María no sucede lo mismo.
Después de consolar, enseñar y amparar a los apóstoles y discípulos de Cristo, cuando fue tiempo de salir de este mundo, abrasada en amor divino se durmió plácidamente.
No fue una sacudida violenta que arrancó el alma de María; fue el impulso de la caridad lo que la separó dulcemente del cuerpo enviándola al Paraíso envuelta en una onda de deseo ardiente de su Amado.
Después de su muerte la Santísima Virgen fue llevada a los cielos por los ángeles, donde coronada de gloria y de poder y con trono sobre todos los coros angélicos y todos los santos, permanece eternamente como Madre de Dios que es, y Señora y Madre nuestra, ejerciendo su amabilísimo poder por los siglos de los siglos.
Acudamos confiados a María

Para terminar este dulcísimo tema recordemos las autorizadas y eficaces palabras de San Bernardo: "¡Oh tú quien quiera que seas, que te sientes como fluctuar inseguro entre los grandes riesgos, huracanes y tempestades de este siglo! Si no quieres perecer, si no quieres morir en medio de tan grandes tempestades, pon tus ojos y no apartes tu mirada del fulgor de esta estrella, de María, tu guía y salvadora.
Si se levantan vientos furiosos de tentación, si tropiezas en escollos, si ocurren adversidades, mira a la estrella, invoca a María..
Si te vieres fuertemente arrastrado por los vientos de la soberbia, de la ambición, de la envidia, de la detracción, mira a la estrella, invoca a María.
Si la ira, o la envidia, o la avaricia, o el ardor de la pasión y estímulo de la carne, agitase violentamente la navecilla de tu alma, mira a la estrella, invoca a María.
Si espantado por el número y enormidad de tus pecados, confuso por su espantosa fealdad, y aterrado por el temor del juicio divino, recurrieras a hundirte en la tristeza o, lo que es aún peor, en el abismo de la desesperación, acuérdate de María, acógete a su amparo, invoca su protección.
¡En los peligros, en las perplejidades, en las angustias, piensa en María, acude a María, invoca a María!. No se aparte su nombre de tus labios, no se aparte de tu corazón; y para merecer más seguramente su amparo, procura imitar ante todo los ejemplos virtuosos de su vida.
Siguiéndola, no te extravías; llamándola no desesperas; recordándola, no yerras; sosteniéndote Ella, no caes; protegiéndote Ella, no hay por qué temer; guiándote Ella, no te cansas; amparándote Ella, con seguridad llegarás a la posesión de la eterna bienaventuranza.
Tengamos, pues, un tierno y ferviente amor, una confianza grande y segura en María Santísima, por ser Ella para nosotros Madre bondadosísima, y además Medianera, por gracia y favor de Dios omnipotente. Ella puede y quiere socorrernos en toda necesidad, en todo peligro, en toda tentación.
Fuente: www.legiondemaria.org
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MARÍA, «LA VIRGEN HECHA IGLESIA»[1]
En la época de Francisco de Asís el culto y la devoción a la Madre de Dios había alcanzado una grande expansión y había hallado una noble manifestación en la poesía religiosa de los trovadores, de la cual hará suyas el santo algunas expresiones de loor a santa María.[2] Efectivamente, después de su conversión «entonaba loores al Señor y a la gloriosa Virgen su Madre» (1 Cel 24). El motivo por el cual escogió para restaurar, en tercer lugar, la iglesia de la Porciúncula fue, como dice el biógrafo, «por la grande devoción que profesaba a la Madre de toda bondad» (1 Cel 21). Más tarde se sentirá feliz de poder fijar junto a Santa María de los Ángeles el centro de encuentro de su fraternidad. Y fue aquí, «en la iglesia de la Virgen Madre de Dios observa san Buenaventura donde él suplicaba insistentemente, con gemidos continuados, a aquella que concibió al Verbo lleno de gracia y de verdad, que se dignara ser su abogada. Y la Madre de la misericordia obtuvo con sus méritos que él mismo concibiera y diera a luz el espíritu de la verdad evangélica».[3]
Allí, ante el altar de la misma iglesita, bajo la mirada de la imagen de María, la joven Clara, aquella noche de la fuga de la casa paterna, prometió obediencia a Francisco y se comprometió en el seguimiento del Señor crucificado.
Trataremos de trazar, a base de los escritos personales de Francisco y de Clara y de otros datos históricos, las líneas fundamentales de la que podemos llamar la espiritualidad mariana franciscana.

ELEGIDA Y CONSAGRADA POR LA TRINIDAD
Francisco considera a la Virgen como el instrumento privilegiado del don central de la Encarnación. La contempla formando parte del designio salvífico de la Trinidad:
«Te damos gracias porque, así como nos creaste por medio de tu Hijo, así también, por el santo amor tuyo con que nos amaste, hiciste nacer a ese mismo verdadero Dios y verdadero hombre de la gloriosa siempre Virgen la beatísima santa María y, mediante la cruz, la sangre y la muerte de él, quisiste rescatarnos de nuestra cautividad» (1 R 23,3).
De la meditación del evangelio de la Anunciación toma Francisco los conceptos que después él asimila y expresa en formas diversas. Así cuando habla a los cristianos de ese mismo gran don del Padre, su Palabra, Jesucristo:
«Esta Palabra del Padre, tan digna, tan santa y gloriosa, la anunció el altísimo Padre desde el cielo por medio de su arcángel san Gabriel a la santa y gloriosa Virgen María, de cuyo seno recibió la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad. Siendo rico, quiso por encima de todo elegir la pobreza en este mundo, juntamente con la beatísima Virgen María, su Madre» (2CtaF 4-5).
En los salmos natalicios del Oficio de la Pasión canta a este don del Hijo que el Padre nos ha mandado, haciéndolo «nacer de la bienaventurada Virgen María» (OfP 15,3). Y es precisamente esta excelsa maternidad el título por el cual María debe ser honrada: «Escuchad, hermanos míos: si la bienaventurada Virgen es tan honrada, y muy justamente, porque le llevó en su santísimo seno...» (CtaO 21).
En cierto sentido Francisco halla el origen de la hermandad de la familia de Dios en la misma maternidad de María:
«Rodeaba de amor indecible a la Madre de Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad. Le tributaba peculiares alabanzas (cf. SalVM y OfP ant), le multiplicaba oraciones, le ofrecía afectos, tantos y tales como no puede expresar lengua humana. Pero lo que más alegra es que la constituyó abogada de la Orden y puso bajo sus alas, para que los nutriese y protegiese hasta el fin, a los hijos que estaba a punto de abandonar. ¡Ea, Abogada de los pobres!, cumple con nosotros tu misión de tutora hasta el día señalado por el Padre (Gal 4,2)».[4]
De esas alabanzas o loores laudas trovadorescas han sido conservadas dos de profundo contenido teológico: elSaludo a la Virgen María y la Antífona que Francisco recitaba al final de cada hora del Oficio de la Pasión. En ambas cabe destacar la relación singular de María con las tres personas de la santísima Trinidad, tipo y modelo de la relación que Dios quiere establecer con cada uno de los creyentes:
«¡Salve, Señora, Reina santa, Madre santa de Dios, María! Eres Virgen hecha Iglesia, elegida por el santísimo Padre del cielo, consagrada por él con su santísimo amado Hijo y con el Espíritu Santo Paráclito. En ti existió y existe la plenitud de toda gracia y todo el bien. ¡Salve, palacio de Dios! ¡Salve, tabernáculo suyo! ¡Salve, casa suya! ¡Salve, vestidura suya! ¡Salve, esclava suya! ¡Salve, madre suya! ¡Salve, también vosotras, santas virtudes todas, que, por gracia e iluminación del Espíritu Santo, sois infundidas en los corazones de los fieles, para hacerlos, de infieles, fieles a Dios!» (SalVM).
«Santa Virgen María, no ha nacido en el mundo ninguna semejante a ti entre las mujeres, hija y esclava del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial, Madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo: ruega por nosotros con san Miguel arcángel y con todas las virtudes de los cielos y con todos los santos ante tu santísimo amado Hijo, Señor y Maestro» (OfP Ant).
La santa Virgen, en efecto, es proclamada: elegida por el santísimo Padre del cielo y por él, con su santísimo amado Hijo y con el Espíritu Santo, consagrada. Conceptos que derivan de la contemplación del diálogo de Gabriel con María (cf. Lc 1,26-38).
De la misma contemplación evangélica ha extraído el sentido, tan fecundo para él, de las expresiones del otro texto, si bien no han sido inventadas por él: Hija y esclava del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial; Madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo; Esposa del Espíritu Santo.
Parece que Francisco haya sido el primero, entre los escritores, en dar a la Virgen María el título de Esposa del Espíritu Santo, hoy normal en la teología mariana. No sólo en María, sino aun en la unión mística de cada cristiano con Dios, la relación nupcial se realiza, según un concepto repetidamente expresado por él, por obra del Espíritu Santo. Es interesante, a este respecto, el paralelismo con la Forma de vida dada a Clara y a las hermanas pobres: «Por inspiración divina os habéis hecho hijas y esclavas del altísimo sumo Rey el Padre celestial y os habéis desposado con el Espíritu Santo» (FVCl 1). La elección divina de una mujer consagrada es vista por Francisco según el tipo ideal de la Virgen María. Más aún, parece directamente inspirada en la misma Forma de vida la hermosa carta de Gregorio IX de 1228, ya citada, a Clara y a las hermanas, que comienza: «Dios Padre, al cual os habéis ofrecido como esclavas, os ha adoptado en su misericordia como hijas, y os ha desposado, por obra y gracia del Espíritu Santo, con su Hijo unigénito Jesucristo...».[5]

ASOCIADA AL MISTERIO DE LA POBREZA DEL HIJO
Son muy numerosos los textos en que presenta Francisco a la Virgen pobrecita compartiendo con Jesús la condición de los pobres, en conformidad con la opción hecha por el Hijo de Dios desde la Encarnación:
«Siendo rico (2Cor 8, 9), quiso él por encima de todo elegir la pobreza en este mundo, juntamente con la beatísima Virgen María, su Madre» (2CtaF 5; cf. OfP 15,7).
«Recuerden los hermanos que nuestro Señor Jesucristo, hijo de Dios vivo y omnipotente..., fue pobre y huésped, y vivió de limosna, tanto él como la bienaventurada Virgen y sus discípulos».[6]
Esta motivación la repetía para animar a los hermanos que se avergonzaban de ir pidiendo limosna:
«Carísimos hermanos, no os avergoncéis de salir por la limosna, pues el Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo. A ejemplo suyo y de su Madre santísima hemos escogido el camino de una pobreza verdadera» (LP 51).
Como hemos visto, era sobre todo el misterio del Nacimiento el que más le hablaba de la situación en que se halló la Virgen por falta de lo necesario:
«No recordaba sin lágrimas la penuria en que se vio aquel día [el de Navidad] la Virgen pobrecita. Sucedió que una vez, al sentarse para comer, un hermano hizo mención de la pobreza de la bienaventurada Virgen y de Cristo su hijo. Se levantó al momento de la mesa, estalló en sollozos y, bañado en lágrimas, terminó de comer el pan sobre la desnuda tierra. De ahí que llamase a la pobrezavirtud regia, porque brilló con tanto esplendor en el Rey y en la Reina» (2 Cel 200).
Enseñaba a saber descubrir en cada necesitado, no sólo al Cristo pobre, sino también a su Madre pobre:
«En cada pobre reconocía al Hijo de la Señora pobre y llevaba desnudo en el corazón a aquel que ella había llevado desnudo en sus brazos» (2 Cel 83).
«Hermano, cuando ves a un pobre decía, se te pone delante el espejo del Señor y de su Madre pobre» (2 Cel 85).
De modo especial menciona la pobreza de María al proponer el compromiso de la pobreza evangélica a Clara y las hermanas, y así escribe en el testamento dictado para ellas:
«Yo, el hermano Francisco, el pequeñuelo, quiero seguir la vida y pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin. Y os ruego a vosotras, señoras mías, y os recomiendo que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza» (UltVol 1-2).
Por su parte, santa Clara se identificó de lleno con esa manera de ver la pobreza evangélica, como aparece en su Regla y en su Testamento. El cardenal protector, Rinaldo, escribió en la aprobación de la Regla: «Siguiendo las huellas de Cristo y de su santísima Madre, habéis elegido vivir... en pobreza suma». En el texto de la Regla se hace mención expresa cuatro veces de la pobreza de Cristo y de su santísima Madre, aun en aquellos lugares en que san Francisco, en su Regla, habla sólo de la de Cristo:
«Y, por amor del santísimo y amadísimo Niño, envuelto en pobrísimos pañales y reclinado en un pesebre (cf. Lc 2,7.12) y de su santísima Madre, amonesto, ruego y exhorto que se vistan siempre de vestidos viles» (RCl 2,25).
«Y, a fin de que jamás nos separásemos de la santísima pobreza que habíamos abrazado, ni tampoco las que habían de venir después de nosotras, poco antes de su muerte el bienaventurado Francisco nos escribió de nuevo su última voluntad, con estas palabras: "Yo, el hermano Francisco, el pequeñuelo, quiero seguir la vida y pobreza del altísimo Señor Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin"» (RCl 6,6-7).
«Ésta es la celsitud de la altísima pobreza... Sea ésta vuestra porción... Adheríos a ella totalmente, amadísimas hermanas, y, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo y de su santísima Madre, ninguna otra cosa queráis tener jamás bajo el cielo» (RCl 8,4-6).
«... a fin de que, sumisas y sujetas siempre a los pies de la misma santa Iglesia, firmes en la fe católica (cf. Col 1, 23), observemos perpetuamente la pobreza y humildad de nuestro Señor Jesucristo y de susantísima Madre, y el santo Evangelio que firmemente hemos prometido» (RCl 12,13).
En su Testamento, santa Clara indica como compromiso fundamental «la pobreza y la humildad de Cristo y de la gloriosa Virgen María su Madre» (TestCl 46-47). Y también ella, en su primera carta a santa Inés de Praga, contempla la misión maternal de María marcada con la pobreza en el punto mismo de la Encarnación:
«Si, pues, tal y tan gran señor, descendiendo al seno de la Virgen, quiso aparecer en el mundo hecho despreciable, indigente y pobre, a fin de que los hombres... llegaran a ser ricos..., regocijaos y alegraos grandemente... una vez que habéis preferido el desprecio del mundo a los honores, la pobreza a las riquezas..., y os habéis hecho merecedora de ser llamada hermana, esposa y madre del Hijo del Padre altísimo y de la gloriosa Virgen» (1CtaCl 19-24).
Así escribe en la primera carta a Inés de Praga; y en la tercera, siempre en el contexto del anonadamiento de la Encarnación, le dice:
«Llégate a esta dulcísima Madre, que engendró un Hijo que los cielos no podían contener, pero ella lo acogió en el estrecho claustro de su vientre sagrado y lo llevó en su seno virginal» (3CtaCl 18-19).
El biógrafo de la santa recuerda las fervorosas exhortaciones que hacía ella a las hermanas, presentando como ejemplo Belén:
«Mediante pláticas frecuentes inculca a las hermanas que su comunidad sería agradable a Dios cuando viviera rebosante de pobreza, y que perduraría firme a perpetuidad si estuviera defendida con la torre de la altísima pobreza. Anímalas a conformarse, en el pequeño nido de la pobreza, con Cristo pobre,a quien su pobrecilla Madre acostó niño en un mísero pesebre» (LCl 14).

TIPO Y MODELO DE RESPUESTA A DIOS
En el Saludo a la Virgen aparece una invocación poco común, que debió de antojárseles inverosímil a los copistas de los antiguos manuscritos, y se tomaron la libertad de modificarla. Pero la crítica textual la ha restablecido en su forma original: Ave Domina..., quae es virgo Ecclesia facta, esto es: Virgen hecha Iglesia.[7]
Semejante concepto teológico no era extraño a la tradición patrística, tradición que ha recogido el concilio Vaticano II para afirmar: «La Madre de Dios, como ya enseñaba san Ambrosio, es tipo de la Iglesia, por lo que hace a la fe, a la caridad y a la perfecta unión con Cristo... En tanto que la Iglesia ha alcanzado ya en la beatísima Virgen la perfección, con la cual ella es sin mancha, los fieles se esfuerzan todavía por crecer en la santidad luchando contra el pecado; por esto elevan sus ojos a María, que refulge como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos...» (LG 63 y 65).
Así se comprende por qué Francisco asocia al Saludo a la Virgen el de «todas las santas virtudes que, por gracia e iluminación del Espíritu Santo, son infundidas en los corazones de los fieles»; María, en efecto, es cifra y modelo de toda virtud. Santa Clara escribe a santa Inés de Praga, en un contexto muy semejante al de la carta de san Francisco a los fieles sobre la morada de la Trinidad en nosotros:
«A la manera que la gloriosa Virgen de las vírgenes llevó a Cristo materialmente en su seno, así también tú, siguiendo sus huellas, especialmente las de su humildad y pobreza, puedes llevarlo siempre espiritualmente en tu cuerpo casto y virginal...» (3CtaCl 24-25).
Clara proponía a la Virgen María como modelo de entrega a Dios y de fidelidad a Cristo, pero las hermanas y los demás vieron en ella una perfecta imitadora de la misma santa Virgen. Dei Matris vestigium impronta de la Madre de Dios la designan el autor de la Leyenda y el antiguo oficio litúrgico; con el tiempo, lo mismo que Francisco fue llamado alter Christus, Clara será celebrada como altera Maria.[8]

ABOGADA Y PROTECTORA
Francisco y Clara invocan frecuentemente la intercesión y los méritos de la Virgen María.[9] Escribe Tomás de Celano:
«Pero lo que más alegra es que la constituyó abogada de la Orden y puso bajo sus alas, para que los nutriese y protegiese hasta el fin, a los hijos que estaba a punto de abandonar. ¡Ea, Abogada de los pobres!, cumple con nosotros tu misión de tutora hasta el día señalado por el Padre (Gal 4,2)» (2 Cel 198).
Santa Clara, que había invocado sobre sus hermanas pobres, en el Testamento y en la Bendición última, la protección de María, tuvo el consuelo de ser visitada por la Virgen de las vírgenes, acompañada de un coro de santas vírgenes: la envolvió con un velo blanco finísimo y la besó dulcemente, tres días antes de su muerte, según la visión tenida por sor Benvenuta:
« Mientras la testigo se entretenía pensando e imaginando esto, vio de pronto con los ojos de su cuerpo una gran multitud de vírgenes, vestidas de blanco, con coronas sobre sus cabezas, que se acercaban y entraban por la puerta de la habitación en que yacía la dicha madre santa Clara. Y en medio de estas vírgenes había una más alta, y, por encima de lo que se puede decir, bellísima entre todas las otras, la cual tenía en la cabeza una corona mayor que las demás. Y sobre la corona tenía una bola de oro, a modo de un incensario, del que salía tal resplandor, que parecía iluminar toda la casa. Y las vírgenes se acercaron al lecho de la dicha madonna santa Clara. Y la que parecía más alta la cubrió primero en el lecho con una tela finísima, tan fina que, por su sutileza, se veía a madonna Clara, aun estando cubierta con ella. Luego, la Virgen de las vírgenes, la más alta, inclinó su rostro sobre el rostro de la virgen santa Clara, o quizá sobre su pecho, pues la testigo no pudo distinguir bien si sobre el uno o sobre el otro. Hecho esto, desaparecieron todas. Preguntada sobre si la testigo entonces velaba o dormía, contestó que estaba despierta, y bien despierta, y que eso fue entrando la noche, como se ha dicho».[10]

NOTAS:
[1] Pueden verse varios estudios sobre el tema en La Virgen María, Madre de Dios.- R. Brown, Notre Dame et St. François, Montreal 1960; Feliciano de Ventosa, La devoción a María en la espiritualidad de san Francisco, en Estudios Franciscanos 62 (1961) 5-21, 227-296; AA. VV., La Madonna nella spiritualità francescana, en Quaderni di Spiritualità Francescana 5, Asís 1963; K. Esser, Devoción de san Francisco a María santísima, en Temas espirituales, Aránzazu 1980, 281-309; H. Pyfferoen, Ave... Dei Genitrix, quae est Virgo Ecclesia facta, en Laurentianum 12 (1971) 413-434; H. Pyfferoen - O. van Asseldonk, María santissima e lo Spirito Santo in san Francesco d'Assisi, en Laurentianum 16 (1975) 446-474; O. Van Asseldonk, María, sposa dello Spirito Santo, secondo san Francesco, en Laurentianum 23 (1982) 414-423; una refundición de los dos artículos precedentes: María santísima y el Espíritu Santo en san Francisco de Asís, en Selecciones de Franciscanismo, vol. XVI, núm. 47 (1987) 187-216, que puede verse también en versión informática; F. Uricchio, S. Francesco e il vangelo dell'Infanzia di Luca, en AA. VV., Parola di Dio e Francesco d'Assisi, Asís 1982, 90-154; A. Pompei, María, en DF, 931-952.
[2] Cf. F. X. Cheriyapattaparambil, Francesco d'Assisi e i trovatori, Perusa 1985, 65-72.
[3] LM 3, 1. Sobre el significado mariano de la Porciúncula, como centro de la Orden, en los primeros biógrafos véase: 1 Cel 106; 2 Cel 18-20; LM 2,8; 3,1; TC 54-56; LP 56; EP 55 y 82-84.
[4] 2 Cel 198. Este pensamiento no era extraño a la piedad medieval. En la Oratio 52, atribuida a san Anselmo, se lee: O. María per quam talem fratrem habemus [María por la que tal hermano tenemos] (PL 158, 958).
[5] I. Omaechevarría, Escritos de santa Clara..., Madrid, BAC, 19994, 360-361.
[6] 1 R 9,4-5; cf. 2 R 6,2-3. No consta en los evangelios canónicos que Cristo y María hayan practicado la mendicidad.
[7] SalVM 1. Hay quienes transcriben ecclesia, con minúscula, en el sentido de la iglesia material o templo, sentido que encajaría en la serie de figuras que luego siguen «tabernáculo suyo, casa suya», pero precisamente porque no forma parte de esa enumeración, sino de los conceptos teológicos iniciales, es más seguro el sentido de Iglesia universal. Cf. H. Pyfferoen, Ave... Dei Genitrix, quae est Virgo Ecclesia facta, en Laurentianum 12 (1971) 413-434.
[8] LCl Introducción: «... imiten las doncellas a Clara, impronta de la Madre de Dios, nueva capitana de mujeres» (Omaechevarría, p. 134). La expresión se halla en el himno Concinat plebs fidelium, de Alejandro IV, de las primeras vísperas del Oficio antiguo de santa Clara.
[9] 1 R 23,6; ParPN 7; OfP Ant 3; TestCl 77; BenCl 7.
[10] Proc 11, 4. Tomás de Celano refiere ese mismo hecho en la Leyenda de Santa Clara de la siguiente manera: «La mano del Señor se posó también sobre otra de las hermanas, quien con sus ojos corporales, entre lágrimas, contempló esta feliz visión: estando en verdad traspasada por el dardo del más hondo dolor, dirige su mirada hacia la puerta de la habitación, y he aquí que ve entrar una procesión de vírgenes vestidas de blanco, llevando todas en sus cabezas coronas de oro. Marcha entre ellas una que deslumbra más que las otras, de cuya corona, que en su remate presenta una especie de incensario con orificios, irradia tanto esplendor que convierte la noche en día luminoso dentro de la casa. Se adelanta hasta el lecho donde yace la esposa de su Hijo e, inclinándose amorosísimamente sobre ella, le da un dulcísimo abrazo. Las vírgenes llevan un palio de maravillosa belleza y, extendiéndolo entre todas a porfía, dejan el cuerpo de Clara cubierto y el tálamo adornado» (LCl 46).
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MARIA EN EL CATECISMO DE LA IGLESIA

CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO,
NACIÓ DE SANTA MARÍA VIRGEN"
Virginidad de María
I   CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO ...484 La anunciación a María inaugura "la plenitud de los tiempos" (Ga 4, 4), es decir, el cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es invitada a concebir a aquel en quien habitará "corporalmente la plenitud de la divinidad" (Col 2, 9). La respuesta divina a su "¿cómo será esto, puesto que no conozco varón?" (Lc 1, 34) se dio mediante el poder del Espíritu: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti" (Lc 1, 35).
485 La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la del Hijo. El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, él que es "el Señor que da la vida", haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya.
486 El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María, es "Cristo", es decir, el ungido por el Espíritu Santo, desde el principio de su existencia humana, aunque su manifestación no tuviera lugar sino progresivamente: a los pastores, a los magos, a Juan Bautista, a los discípulos. Por tanto, toda la vida de Jesucristo manifestará "cómo Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder" (Hch 10, 38).
Canción de MaríaII ... NACIDO DE LA VIRGEN MARÍA487 Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo.
La predestinación de María
488 "Dios envió a su Hijo" (Ga 4, 4), pero para "formarle un cuerpo" quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a "una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María" (Lc 1, 26-27):
El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida.
489 A lo largo de toda la Antigua Alianza, la misión de María fue preparada por la misión de algunas santas mujeres. Al principio de todo está Eva: a pesar de su desobediencia, recibe la promesa de una descendencia que será vencedora del Maligno y la de ser la Madre de todos los vivientes. En virtud de esta promesa, Sara concibe un hijo a pesar de su edad avanzada. Contra toda expectativa humana, Dios escoge lo que era tenido por impotente y débil para mostrar la fidelidad a su promesa: Ana, la madre de Samuel, Débora, Rut, Judit y Ester, y muchas otras mujeres. María "sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de él con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación".
Inmaculada ConcepciónLa Inmaculada Concepción
490 Para ser la Madre del Salvador, María fue "dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante" El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como "llena de gracia" (Lc 1, 28). En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios.
491 A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María "llena de gracia" por Dios había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX:
... la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano.
492 Esta "resplandeciente santidad del todo singular" de la que ella fue "enriquecida desde el primer instante de su concepción", le viene toda entera de Cristo: ella es "redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo". El Padre la ha "bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" (Ef 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. El la ha "elegido en él, antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor" (Ef 1, 4).
493 Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios "la Toda Santa" ("Panaghia"), la celebran "como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva criatura". Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.
Anunciación"Hágase en mí según tu palabra..."
494 Al anuncio de que ella dará a luz al "Hijo del Altísimo" sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo, María respondió por "la obediencia de la fe" (Rm 1, 5), segura de que "nada hay imposible para Dios": "He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 37-38). Así dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención : Ella, en efecto, como dice san Ireneo, "por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano". Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar: "el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe". Comparándola con Eva, llaman a María ’Madre de los vivientes’ y afirman con mayor frecuencia: "la muerte vino por Eva, la vida por María".
La maternidad divina de María
495 Llamada en los evangelios "la Madre de Jesús" (Jn 2, 1; 19, 25), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como "la madre de mi Señor" desde antes del nacimiento de su hijo (Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios ["Theotokos"].
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe, la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido "absque semine ex Spiritu Sancto", esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): "Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne, Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios, nacido verdaderamente de una virgen... Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato... padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente".
497 Los relatos evangélicos presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas: "Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo", dice el ángel a José a propósito de María, su desposada (Mt 1, 20). La Iglesia ve en ello el cumplimiento de la promesa divina hecha por el profeta Isaías: "He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo".
498 A veces ha desconcertado el silencio del Evangelio de san Marcos y de las cartas del Nuevo Testamento sobre la concepción virginal de María. También se ha podido plantear si no se trataría en este caso de leyendas o de construcciones teológicas sin pretensiones históricas. A lo cual hay que responder: la fe en la concepción virginal de Jesús ha encontrado viva oposición, burlas o incomprensión por parte de los no creyentes, judíos y paganos; no ha tenido su origen en la mitología pagana ni en una adaptación de las ideas de su tiempo. El sentido de este misterio no es accesible más que a la fe que lo ve en ese "nexo que reúne entre sí los misterios", dentro del conjunto de los Misterios de Cristo, desde su Encarnación hasta su Pascua. San Ignacio de Antioquía da ya testimonio de este vínculo: "El príncipe de este mundo ignoró la virginidad de María y su parto, así como la muerte del Señor: tres misterios resonantes que se realizaron en el silencio de Dios".
Guad_a.jpg (19359 bytes)María, la "siempre Virgen"
499 La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre. En efecto, el nacimiento de Cristo "lejos de disminuir consagró la integridad virginal" de su madre. La liturgia de la Iglesia celebra a María como la "Aeiparthenos", la "siempre-virgen".
500 A esto se objeta a veces que la Escritura menciona unos hermanos y hermanas de Jesús. La Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como no referidos a otros hijos de la Virgen María; en efecto, Santiago y José "hermanos de Jesús" (Mt 13, 55) son los hijos de una María discípula de Cristo que se designa de manera significativa como "la otra María" (Mt 28, 1). Se trata de parientes próximos de Jesús, según una expresión conocida del Antiguo Testamento.
501 Jesús es el Hijo único de María. Pero la maternidad espiritual de María se extiende a todos los hombres, a los cuales El vino a salvar: "Dio a luz al Hijo, al que Dios constituyó el mayor de muchos hermanos (Rm 8, 29), es decir, de los creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora con amor de madre".
La maternidad virginal de María en el designio de Dios
502 La mirada de la fe, unida al conjunto de la Revelación, puede descubrir las razones misteriosas por las que Dios, en su designio salvífico, quiso que su Hijo naciera de una virgen. Estas razones se refieren tanto a la persona y a la misión redentora de Cristo como a la aceptación por María de esta misión para con los hombres.
503 La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más que a Dios. "La naturaleza humana que ha tomado no le ha alejado jamás de su Padre...; consubstancial con su Padre en la divinidad, consubstancial con su Madre en nuestra humanidad, pero propiamente Hijo de Dios en sus dos naturalezas".
504 Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María porque él es el Nuevo Adán que inaugura la nueva creación: "El primer hombre, salido de la tierra, es terreno; el segundo viene del cielo" (1 Co 15, 47). La humanidad de Cristo, desde su concepción, está llena del Espíritu Santo porque Dios "le da el Espíritu sin medida" (Jn 3, 34). De "su plenitud", cabeza de la humanidad redimida, "hemos recibido todos gracia por gracia" (Jn 1, 16).
505 Jesús, el nuevo Adán, inaugura por su concepción virginal el nuevo nacimiento de los hijos de adopción en el Espíritu Santo por la fe. "¿Cómo será eso?" (Lc 1, 34) . La participación en la vida divina no nace "de la sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios" (Jn 1, 13). La acogida de esta vida es virginal porque toda ella es dada al hombre por el Espíritu. El sentido esponsal de la vocación humana con relación a Dios se lleva a cabo perfectamente en la maternidad virginal de María.
506 María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe "no adulterada por duda alguna" y de su entrega total a la voluntad de Dios. Su fe es la que le hace llegar a ser la madre del Salvador: "Beatior est Maria percipiendo fidem Christi quam concipiendo carnem Christi" ("Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo").
507 María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia: "La Iglesia se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo".
"Alégrate, llena de gracia"
721 María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. Por ello, los más bellos textos sobre la sabiduría, la tradición de la Iglesia los ha entendido frecuentemente con relación a María: María es cantada y representada en la Liturgia como el "Trono de la Sabiduría".
En ella comienzan a manifestarse las "maravillas de Dios", que el Espíritu va a realizar en Cristo y en la Iglesia:
722 El Espíritu Santo preparó a María con su gracia. Convenía que fuese "llena de gracia" la madre de Aquel en quien "reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente" (Col 2, 9). Ella fue concebida sin pecado, por pura gracia, como la más humilde de todas las criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del Omnipotente. Con justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la "Hija de Sión": "Alégrate". Cuando ella lleva en sí al Hijo eterno, hace subir hasta el cielo con su cántico al Padre, en el Espíritu Santo, la acción de gracias de todo el Pueblo de Dios y por tanto de la Iglesia.
723 En María el Espíritu Santo realiza el designio benevolente del Padre. La Virgen concibe y da a luz al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. Su virginidad se convierte en fecundidad única por medio del poder del Espíritu y de la fe.
724 En María, el Espíritu Santo manifiesta al Hijo del Padre hecho Hijo de la Virgen. Ella es la zarza ardiente de la teofanía definitiva: llena del Espíritu Santo, presenta al Verbo en la humildad de su carne dándolo a conocer a los pobres y a las primicias de las naciones.
725 En fin, por medio de María, el Espíritu Santo comienza a poner en Comunión con Cristo a los hombres "objeto del amor benevolente de Dios", y los humildes son siempre los primeros en recibirle: los pastores, los magos, Simeón y Ana, los esposos de Caná y los primeros discípulos.
725 Al término de esta Misión del Espíritu, María se convierte en la "Mujer", nueva Eva "madre de los vivientes", Madre del "Cristo total". Así es como ella está presente con los Doce, que "perseveraban en la oración, con un mismo espíritu" (Hch 1, 14), en el amanecer de los "últimos tiempos" que el Espíritu va a inaugurar en la mañana de Pentecostés con la manifestación de la Iglesia.
MARÍA, MADRE DE CRISTO, MADRE DE LA IGLESIA
963 Después de haber hablado de la función de la Virgen María en el Misterio de Cristo y del Espíritu, conviene considerar ahora su lugar en el Misterio de la Iglesia. "Se la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor... más aún, ’es verdaderamente la madre de los miembros (de Cristo) porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza’" "...María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia".
Primeros pasosI LA MATERNIDAD DE MARÍA RESPECTO DE LA IGLESIA
Totalmente unida a su Hijo...
964 La función de María con relación a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo, deriva directamente de ella. "Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte". Se manifiesta particularmente en la hora de su pasión:
La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: ’Mujer, ahí tienes a tu hijo’ (Jn 19, 26-27).
965 Después de la Ascensión de su Hijo, María "estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones". Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, "María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra".
... también en su Asunción...
966 "Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte". La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos:
En el parto te conservaste Virgen, en tu tránsito no desamparaste al mundo, oh Madre de Dios. Te trasladaste a la vida porque eres Madre de la Vida, y con tu intercesión salvas de la muerte nuestras almas.
... ella es nuestra Madre en el orden de la gracia
967 Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es "miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia", incluso constituye "la figura" ["typus"] de la Iglesia.
968 Pero su papel con relación a la Iglesia y a toda la humanidad va aún más lejos. "Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra Madre en el orden de la gracia".
969 "Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna... Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora".
970 "La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres... brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia". "Ninguna creatura puede ser puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor. Pero, así como en el sacerdocio de Cristo participan de diversa manera tanto los ministros como el pueblo creyente, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en las criaturas de distintas maneras, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente".
II EL CULTO A LA SANTÍSIMA VIRGEN
 
971 "Todas las generaciones me llamarán bienaventurada" (Lc 1, 48): "La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano". La Santísima Virgen "es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de ’Madre de Dios’, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades... Este culto... aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente"; encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el Santo Rosario, "síntesis de todo el Evangelio".

Exhortación Apostólica Marialis Cultus
 
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MARIA EN OTRAS RELIGIONES Y DENOMINACIONES

La Virgen María en el Islam
María (o Mariam como ellos le llaman) es un punto de encuentro en el diálogo con los musulmanes, ya que ellos honran a María como la madre de Jesús (un gran profeta), reconocen su Inmaculada Concepción, su virginidad antes, durante y después del parto y la veneran con devoción.
 Pero lo más sorprendente es la vinculación que existe entre los musulmanes y la aparición de Fátima, que posiblemente sea la puerta para la conversión.
En siete capítulos (suras) distintos del Corán (el texto sagrado de los mahometanos) se hace alusión a María, así por ejemplo en la capítulo 19, que lleva el título María, queda de manifiesto su virginidad  en la maternidad y en el 66, con el titulo de  prohibición, Mahoma la propone como ejemplo de vida para sus esposas y para todas las mujeres de los creyentes. En el último versículo, el 12 de capítulo 66, el Corán dice: « ¿Queréis que yo os dé un ejemplo de fiel a seguir, válido para todos los creyentes del mundo?». Allí se propone como ejemplo a María.
Esto quiere decir: tener esperanza, tener un modelo a seguir, tener una mujer tan pura a la que mirar para ir adelante, una mujer que tenía plena confianza en Dios. Ella es el ejemplo de la confianza, confianza total en el Absoluto, en el Dios que es la suma perfección y belleza.
El puesto, por consiguiente, de María en el Islam es muy elevado y el P. Perbal, advertía a este propósito: “Mientras que los judíos calumniaban a la mujer de su nación, a la hija de sus reyes, el Islamismo la defendía y la defiende, la glorifica siempre. Para ellos, Mariam es la Madre virgen e Inmaculada del profeta sublime, Jesús, el más santo de los profetas; para ellos es una “oualiya”, es decir, una santa elevada por el Señor a la más alta santidad, de forma que es la favorecida con la “isma”, es decir, con la plenitud de la perfección, y de esta manera está como superior a todas las mujeres”
 
SOBRE EL ISLAM
El Islam es la única gran religión pos-cristiana en el mundo. Como tuvo su comienzo con Mahoma en el siglo VII, pudo reunir ciertos elementos del cristianismo y del judaísmo, junto a otras costumbres de Arabia. El Islam adopta la doctrina de la unidad de Dios, Su Majestad y Su Poder Creativo, donde Jesús no es Dios sino un Profeta.
El Occidente Europeo cristiano, apenas escapó la destrucción a manos de los musulmanes. Una vez fueron detenidos cerca de Tours, y otra vez, un tiempo después, a las puertas de Viena. La Iglesia de todo el norte de África fue prácticamente destruida por el poder musulmán. En el presente los musulmanes comienzan a levantarse de nuevo.
Si el Islam es una herejía, tal y como lo cree Hilaire Belloc, entonces sería la única herejía que nunca disminuyó. Otras han tenido su momento de vigor para luego más tarde entrar en un decaimiento doctrinal al morir su líder, y finalmente evaporarse en un vago movimiento social. El mahometanismo, por el contrario, solo ha experimentado su primera fase. Nunca hubo tiempo en que disminuyera, ni es su números ni en la devoción de sus fieles.
 
QUE DICE EL CORÁN SOBRE MARÍA
El Corán, que es la Biblia de los Musulmanes, contiene muchos pasajes concernientes a La Santísima Virgen. Primero, el Corán cree en Su Inmaculada Concepción, también en su parto virginal. El Tercer capítulo del Corán coloca la historia de la familia de María en una genealogía que se remonta a Abraham, Noé y Adán. Cuando se comparan los relatos del Corán y del evangelio apócrifo sobre el nacimiento de María, somos tentados a creer que Mahoma dependía mucho de este último. Los dos libros describen la avanzada edad y esterilidad de la madre de María. Cuando, a pesar de todo, concibe, la madre de María proclama, según el Corán: “Oh Señor, te ofrezco y consagro a ti lo que ya está en mi. Acéptalo de mí”.
Cuando nace María su madre exclama: “¡y yo te la consagro con toda su descendencia bajo tu protección, Oh Dios, contra Satanás!”.
“Oh Mariam, Dios te ha escogido, te ha hecho pura y te ha elegido antes que a todas las mujeres de todos los mundos”. Un “hadit”, es decir, un texto de la tradición, proclama también que María es Inmaculada: “Todo hijo de Adán, apenas nacido, es tocado por Satanás, con excepción del Hijo de María y de su Madre”
El Corán pasa por alto a José en la vida de María, pero la tradición musulmana conoce su nombre y tiene algo de familiaridad con él. En esta tradición José habla con María, quien es virgen. Al preguntarle como fue que ella concibió a Jesús sin padre, María le contesta: “¿No sabes tú que Dios, cuando creó el trigo no necesitó semilla, y que Dios, por Su poder, hizo crecer los árboles sin ayuda de la lluvia? Todo lo que Dios hizo fue decir “Hágase”, y se hizo”.
En el tercer capítulo, de los versículos 34 en adelante, el Corán habla de la pureza total de maría.
En un versículo, a propósito de María, se habla de libertad. La mujer de Imran, que es la madre de María, reza a Dios diciendo: «Dios, yo te dedico aquella que tengo en el seno y la dedico para que sea libre, libre en absoluto».
Esta palabra se usa sólo una vez en el Corán y sólo para María. Esta libertad es una libertad absoluta de todo aquello que puede ser visto como pecado, como un mal, como un fallo, como una debilidad. María es pura de todo esto. Y luego viene la afirmación de Dios: «Yo lo acepto».
El Corán también contiene versos sobre La Anunciación, la Visitación y el Nacimiento. Contiene pinturas de Ángeles acompañando a La Santa Madre y diciendo: “Oh María, Dios te escogió y purificó, y te eligió sobre todas las mujeres de la tierra”.
En el décimo-noveno capítulo del Corán, existen 41 versos sobre Jesús y María. Hay tal defensa a la virginidad de María aquí, que el Corán, en su cuarto libro, atribuye la condenación de los judíos a la monstruosa calumnia de ellos contra la Virgen María. 
María es el único nombre propio femenino mencionado en el Corán y aparece 34 veces, de las cuales 24 relacionado con  Jesús. 
 
INMACULADA CONCEPCIÓN
Según el Corán, la concepción de María fue la más pura y santa “Y cuando los ángeles dijeron; ¡María! Alá te ha  escogido y purificado. Te ha escogido entre las mujeres del universo”.
Cuando la mujer de Imran supo que tendría un hijo hizo un voto a Dios: “Te ofrezco un voto, a Tu exclusivo servicio, lo que hay en mi seno. ¡Acéptamelo! Tú eres Quien todo lo oye, Quien todo lo sabe”.
“Y cuando dio  luz una hija dijo: Le he puesto por nombre María y la pongo bajo Tu protección  contra el maldito demonio, y también a su descendencia”.
De ésta forma no le fue posible a Satanás tocarla, un hadith (tradición) atribuido al mismo profeta dice: “Todo hijo de Adán, es tocado por un demonio en el momento mismo de nacer. La criatura así tocada emite un grito. Solamente María y su hijo hicieron excepción de esta regla”.
Se puede ver en esta preservación especial de parte de Dios una alusión al dogma cristiano de la Inmaculada Concepción. De este modo, mientras que todos, sin excluir los mismos profetas y sus madres, nacen manchados con el pecado original heredado del primer padre, tanto el Corán como los exegetas y toda la tradición musulmana atestiguan unánimemente que el Ala preservó de él a María y a su hijo.
 
VIRGINIDAD DE MARÍA
El Corán  nos trasmite detalladamente en dos textos el relato de la Anunciación del ángel a la Virgen María, en los capítulos 3 y 19 y también se extiende en el relato del nacimiento de Cristo en varios versículos de distintos capítulos, encontramos por ejemplo: “Y a la que conservo su virginidad. Infundimos en ella nuestro Espíritu e hicimos de ella y de su hijo signo para todo el mundo”, “Y a María, hija de Imran, que conservo su virginidad y en la que infundimos de nuestro Espíritu…”.
La anunciación la sitúan en Jerusalén y no en Nazaret como queda atestiguado por el evangelio de Lucas. Al presentársele el ángel a María le anuncia que él es el enviado para darle un hijo puro, zakia, es la palabra en árabe que aparece para designar la pureza de su hijo, es decir, exento de culpa, que crece en el bien y en la santidad. Ella pregunta como sucedería eso si ella no es una mujer de mala vida, el ángel la tranquiliza diciéndole que para Ala no es imposible. Los exegetas del Corán hablan de una abertura en el vestido de la Virgen por la cual el ángel soplo. Los musulmanes reconocen en toda este capítulo (19) un signo evidente de que ella conservo su virginidad antes, durante y después del parto, llamando infiel o impío aquel que se atreva a ponerlo en duda: “y son impíos por haber dicho contra María una calumnia monstruosa”.
La expresión “ibn Mariam” (hijo de Maria) que aparece varias veces en el Corán, también pone de manifiesto que no nació Jesús con intervención de ningún hombre, ya que existía la costumbre y aun hoy es conservada de emparentar al hijo con el padre y no con la madre. Al establecer esta relación de Jesús con su madre, refuerza la creencia en la virginidad de María. 
 
EL SIGNIFICADO DE FÁTIMA
María es para los musulmanes la verdadera Sayyida o Señora. El único posible serio rival en su credo sería la hija del mismo Mahoma, cuyo nombre es Fátima. Pero después de la muerte de Fátima, Mahoma escribió: “Tú serás la mas bendita entre todas las mujeres del paraíso, después de María”. En una variante del texto, Fátima dice: “Sobrepaso a toda mujer excepto a María”.
Esto nos lleva al punto: ¿Por qué la Santa Madre, en el siglo XX, se reveló en la pequeña aldea de Fátima, para que todas las futuras generaciones la conocieran como “Nuestra Señora de Fátima”?. Ya que nada sucede desde el cielo si no es con la mayor fineza de detalle. Creo que la Santísima Virgen escogió ser conocida como “Nuestra Señora de Fátima”, como promesa y signo de esperanza para el pueblo musulmán, y como asegurándoles que ellos, que le manifiestan tanto respeto, un día aceptarán también a su Divino Hijo.
Evidencia para respaldar estas opiniones se encuentra en el hecho histórico de que los musulmanes ocuparon Portugal durante siglos. Cuando al fin los echaron fuera, el último jefe musulmán tenía una hermosa hija llamada Fátima. Un joven católico se enamoró de ella y por él, ella no solo se quedó cuando se retiraron los musulmanes, sino que también abrazó la Fe. El joven esposo estaba tan enamorado de ella que le cambió el nombre al pueblo donde vivía por el de Fátima. Por lo tanto, el lugar donde la Virgen apareció en 1917 tiene una conexión histórica con Fátima, la hija de Mahoma y con la conversión de los musulmanes.
La última prueba de la relación de Fátima y los musulmanes es la entusiasta recepción que los musulmanes en África, la India y otros lugares le dieron a la estatua peregrina de Nuestra Señora de Fátima. Los musulmanes asistieron a servicios de la Iglesia en honor a Nuestra Señora y permitieron procesiones religiosas, y hasta oraciones frente a sus Mezquitas. En Mozambique, los musulmanes que no se convirtieron comenzaron a ser cristianos después que la imagen de Nuestra Señora de Fátima fue erigida.
Fuentes: Enciclopedia Mariana Theotocos, www.conocereisdeverdad.org, Arzobispo Fulton J. Sheen, www.corazones.org, Hna. María de Roncesvalles, teóloga musulmana Sherazade Hushmand

La Virgen María y la Tradición Ortodoxa
Las Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa, está compuesta por iglesias que actúan independientemente pero se encuentran en comunión entre sí; son las herederas del primer cristianismo de oriente (del Imperio Bizantino) y hoy reside allí el grueso de sus fieles.
Practican una veneración y honra especial a María, como la Madre de Dios, al punto que sus íconos que representan las advocaciones marianas llevan el prefijo de Madre de Dios, así por ejemplo la madre de Dios de Kazan, la Madre de Dios de Kursk, la Madre de Dios de Iver, etc..
Hay una larga tradición de íconos marianos ortodoxos que producen el prodigio de exhalar crisma (aceite bendito y curativo), lágrimas, sangre.
Se registran dos diferencias principales respecto a la teología mariana con la iglesia Católica Romana: no aceptan la Inmaculada Concepción porque piensan que María fue concebida en pecado original como todos los hombres, y no aceptan concebir a María como corredentora.
 
COMO ES LA IGLESIA ORTODOXA
La Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa es una comunidad cristiana, cuya antigüedad, según su tradición católica, se remonta a Jesús y a los doce apóstoles, a través de una ininterrumpida sucesión apostólica. Es la tercera de las tres grandes iglesias o comunidades cristianas, después de la Iglesia católica romana y el conjunto de iglesias protestantes, y cuenta con más de 225 millones de fieles en todo el mundo.
La Iglesia ortodoxa se considera la heredera de todas las comunidades cristianas de la mitad oriental del Mediterráneo (esto lleva a ciertas tensiones con iglesias orientales unidas a Roma). Su doctrina teológica se estableció en una serie de concilios, de los cuales los más importantes son los primeros Siete Concilios, llamados “ecuménicos”, que tuvieron lugar entre los siglos IV y VIII. Tras varios desencuentros y conflictos, la Iglesia católica ortodoxa y la Iglesia católica romana se separaron en el llamado “Cisma de Oriente y Occidente”, el 16 de julio de 1054. El cristianismo ortodoxo se difundió por Europa oriental gracias al prestigio del Imperio Bizantino y a la labor de numerosos grupos misioneros.
Existen catorce (o quince, según el estatuto que se reconozca a la Iglesia ortodoxa en América) iglesias ortodoxas autocéfalas, es decir, que poseen la capacidad de nombrar sus propios obispos (incluyendo el patriarca, arzobispo o metropolitano que encabeza la iglesia) y de resolver sus problemas internos sin acudir a ninguna autoridad superior. Aunque actúan de forma independiente, las iglesias autocéfalas se encuentran en comunión entre sí.
 
DIFERENCIAS DOCTRINALES
Tienen varias diferencias doctrinales, litúrgicas y de tradición con la Iglesia Católica Romana.
La Iglesia ortodoxa sostiene que la Virgen María fue concebida en pecado original como las demás criaturas. La Iglesia romana, por definición del Papa Pío IX, en el año 1854, proclamó dogma de fe la Inmaculada Concepción.
La Iglesia ortodoxa no acepta la figura de la Virgen María como corredentora, a pesar de su veneración particular.
La Iglesia ortodoxa rechaza la adición del “Filioque” en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano, aprobada por Roma, por lo que no admite la procedencia del Espíritu Santo del Padre y el Hijo, sino únicamente del Padre.
La Iglesia ortodoxa considera que la consagración del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús en la misa se efectúa por el Prefacio, las Palabras del Señor y la Epíclesis y no tan solo por las Palabras del Señor (las palabras dichas por Cristo en la Última Cena) como enseña la Iglesia romana.
La Iglesia ortodoxa niega la existencia del purgatorio.
 
Otras Diferencias
La Iglesia ortodoxa enseña que las decisiones de un Concilio Ecuménico son superiores a las decisiones de cualquier jerarca eclesiástico. Así mismo, no admite la infalibilidad del Obispo de Roma en ningún caso. La infalibilidad es una prerrogativa de toda la Iglesia, y no de una persona.
La Iglesia ortodoxa sólo admite 7 concilios ecuménicos. La Iglesia romana 21.
La Iglesia ortodoxa no admite la supremacía universal de derecho del Obispo de Roma sobre toda la iglesia cristiana. Todos los obispos son iguales. Sólo reconoce una “primacía de honor” (primus inter pares).
En la Iglesia ortodoxa el ministro ordinario del Santo Crisma es el sacerdote; en la Iglesia romana lo es el obispo, y el sacerdote sólo extraordinario.
En la Iglesia ortodoxa se pueden ordenar hombres casados con una mujer de buena reputación, de tal forma que hay diáconos y presbíteros casados, mientras que otros clérigos, tradicionalmente aquellos con votos monacales, deben ser hombres célibes. Una vez ordenados no se pueden casar, o volver a casar, si es el caso. Los obispos, a partir de la Edad Media, son elegidos de entre los monjes. En la Iglesia católica romana funciona de la misma manera para los ritos orientales en cuanto al celibato, pero no en el rito latino, donde todos los clérigos, sin excepción, deben ser célibes.
La Iglesia ortodoxa no tiene (y no admite) ordenes, ni congregaciones. La forma de que un feligrés desee hacer votos de vida consagrada es por medio de los monasterios o los sketes.
La Iglesia ortodoxa oficialmente tiene lenguas vernáculas como lenguas litúrgicas desde mucho más temprano (siglo IX) que la Iglesia católica romana (siglo XX). En 867 el Papa Adriano II le otorgó una bula por la que se reconocía el uso del antiguo eslavo en la liturgia, elevándole también al iniciador de ello, san Metodio, al rango obispal.
En la Iglesia ortodoxa no se admiten las representaciones tridimensionales, como las estatuas de santos, sino únicamente imágenes planas, o bidimensionales, tales como pinturas o mosaicos, tradicionalmente llamados iconos. Además los íconos son pintados en un rito de oración que requiere del canto gregoriano.
La liturgia ortodoxa no utiliza instrumentos musicales, sólo la voz humana.
La Iglesia ortodoxa nunca organizó cruzadas. La Iglesia católica romana apoyó en ocasiones la invasión y conquista de tierras cristianas ortodoxas por los denominados cruzados (véase El saqueo de Constantinopla, Cruzadas Bálticas).
La Iglesia ortodoxa nunca practicó la venta de las indulgencias.
 
COMO CONCIBEN LOS ORTODOXOS A LA VIRGEN MARÍA
Para un cristiano ortodoxo, la Santísima Virgen María es la Madre de Dios y por lo tanto, se le debe veneración y honra. María, tiene un lugar privilegiado en la Iglesia Ortodoxa, pues que ha llevado una vida de castidad y pureza, de tal manera que Dios la consideró digna de ser la mujer, en la cual se encarnó el Verbo de Dios. Y esta elección divina no se basó sobre la predestinación, sino sobre la plenitud de las virtudes que ella manifestaba. Dios miró su corazón invadido por la fe y la humildad; esto está claro en sus palabras: “…porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava.”(Lucas 1:47). María se humilló y Cristo descendió; ambas cosas, humildad y descenso, se unieron en la realización de la Encarnación Divina.
El largo proceso de purificación e iluminación de la raza judía, tan vivamente descrito en el Antiguo Testamento, alcanzó su culminación en la santísima Madre de Dios. En ella hallaron cumplimiento la fe y el heroísmo de muchas generaciones del pueblo elegido. Aceptó con humildad el reto de la Anunciación; durante la vida de su Hijo, permaneció en último término; y estuvo con los Apóstoles el día de Pentecostés, cuando el nuevo período de la historia de la humanidad comenzó con el advenimiento del Espíritu Santo.
Un teólogo ortodoxo escribe: “el alma de la piedad ortodoxa, es una calurosa veneración de la Virgen María, la Madre de Dios”. Su nombre es constantemente invocado en las oraciones litúrgicas comunitarias y personales, porque se la ama no solamente como la madre de Cristo, sino también como la madre de toda la humanidad, pues abraza en su caridad a toda la familia humana, de la que su Hijo es el único Redentor.
La función de María en la Encarnación es doble. Por un lado, ella asegura la continuidad de la raza humana. Su Hijo es Hijo de David, Hijo de Abraham y de todos los padres progenitores. Por otro lado, Él exhibió una nueva fuente de generación. El fue el nuevo Adán.
La Encarnación está estrechamente ligada con dos conceptos ortodoxos acerca de la Virgen María: a) Su perpetua virginidad; b) Su denominación de Theotokos.
En el texto de San Lucas (1:26-37), se ve al arcángel Gabriel manifestándose a María. Ésta, maravillada por las palabras del ángel, comenzó a dialogar con él, hasta que finalmente ella misma acepta la propuesta divina diciendo: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.”  Libremente ella aceptó la voluntad de Dios, por lo tanto, en el divino misterio de la encarnación del Salvador, no fue un simple instrumento sin opinión. La voluntad divina fue transmitida por el ángel y la voluntad humana se pone de manifiesto en la respuesta de la Virgen.
No podemos negar la lucha de María por alcanzar y perfeccionar las virtudes. Tampoco podemos rechazar la idea de su libertad. Ella opinó y eligió a Dios. Allí encontramos el acuerdo divino-humano: Dios ofrece a la Virgen ser la Madre y ella acepta voluntariamente y con alegría.
El ángel aseguró a María que sería la madre del Hijo del Altísimo. Como creemos en la Santísima Trinidad, creemos que Jesucristo es Dios y el Unigénito Hijo de Dios el Padre. Por lo tanto, los cristianos Ortodoxos creen y proclaman que la Virgen María es la Madre de Dios. Hay grupos de cristianos que consideran que esto es un error, pero ¿por qué no podemos llamar a la Virgen, Madre de Dios?… San Mateo, haciendo referencia a una profecía de Isaías, dice: “ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios con nosotros.” (Mateo 1:23) Entonces Emmanuel es Dios. Por otro lado el ángel le dice a José: “Dará (la virgen) a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.”(Mateo 1:21) La palabra Jesús es en hebreo Yehosu’a, que significa Yahveh salva (o el Señor salva) Entonces Jesús es el Hijo del Padre, el Hijo del Altísimo, Emmanuel, Yahveh el Señor. Y en consecuencia, la Virgen María es la madre del Hijo de Dios, la madre del Hijo del Altísimo, la madre de Emmanuel, la Madre de Yahveh, en definitiva la Madre de Dios.
Pero algunos dicen que María dio a luz la naturaleza humana de Jesús y no la divina. Eso es cierto. Entonces, ¿por qué la llamamos Madre de Dios? …La llamamos Madre de Dios, porque Jesús es una sola persona, a pesar de tener dos naturalezas. Ambas naturalezas están unidas sin confusión ni mezcla en la persona de Jesucristo. Si hablamos de nosotros, no decimos que nuestro padre y nuestra madre son los que engendraron mi cuerpo, sino todo mi ser. Así tampoco podemos dividir al Señor.
Cuando Jesús se dirige al Padre, no le dice: “Oh Padre de mi esencia” o “Oh Padre de mi naturaleza divina,” sino lo llama “Padre mío”. Todas las evidencias son claras, es por eso que para el cristiano ortodoxo, María es la verdadera Madre de Dios y a ella honramos y engrandecemos en cada Divina Liturgia, en cada oración y en todo momento nos encomendamos a sus intercesiones ante su Hijo, el Salvador y Redentor de nuestras almas.
Ella es el Paraíso místico, la Puerta infranqueable del Señor, el Puerto seguro, la Muralla y protección de los que buscan a Dios, la que intercede ante Cristo Dios por la salvación de nuestras almas, la Defensora infalible de los cristianos, la siempre bienaventurada, santísima, Purísima Madre de Dios.
 
LA VIRGEN MARÍA EN LA LITURGIA ORTODOXA
En la Liturgia Ortodoxa se venera a la Madre de Dios, se la recuerda, se menciona su nombre y se pide su intercesión.
Por las oraciones de la Madre de Dios, Salvador, sálvanos.
Conmemorando a la santísima, purísima, bendita y gloriosa Señora nuestra, la Madre de Dios y Siempre Virgen María…
Verdaderamente es justo el celebrarte, Madre de Dios, siempre bienaventurada y exenta de pecado, Madre de nuestro Dios. Eres más venerable que los querubines y más gloriosa que los serafines. Te magnificamos, pues diste a luz al Verbo Dios, sin dejar de ser virgen. Tu eres la verdadera Madre de Dios.
 
CELEBRACIONES LITÚRGICAS MARIANAS EN LA IGLESIA ORTODOXA
1) Anunciación (25 de marzo)
2) Dormición (15 de agosto)
3) Nacimiento de la Madre de Dios (8 de setiembre)
La fiesta del nacimiento de la Madre de Dios, probablemente tiene su origen en Jerusalén, a mediados del siglo V. Porque allí fue donde se mantuvo viva una tradición según la cual la casa natal de María se encontraba junto a la puerta de la Piscina Probática. San Juan Damasceno (675-749), en uno de su himnos dice: “Entonad vuestra alabanza, regocijaos y no tengáis miedo, porque en la santa Piscina Probática nos ha sido engendrada la Madre de Dios, por quien el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo le plugo ser engendrado” (Homilía sobre la Natividad de María, 6, PG 96, 661-670)
El porqué se escogió el mes de setiembre, puede ser porque si tomamos las palabras de san Juan Damasceno que dice: “Hoy es el comienzo de la salvación del mundo”, y consideramos que el nacimiento de María es el comienzo histórico de la obra de redención, probablemente se ha querido situarlo a principios de dicho mes pues con él se daba inicio en el imperio bizantino al año civil y también al año eclesiástico.
San Andrés de Creta (+740) dirá: “La celebración de hoy es para nosotros el comienzo de todas las fiestas”(PG 97, 805)
¿Por qué el octavo día?… Porque el octavo día sucede a los seis días de la creación y al sábado. Es el día del Señor y anuncia el futuro de la vida eterna.
 La fiesta del nacimiento de María se basa sobre un relato que aparece en un escrito apócrifo llamado Protoevangelio de Santiago que se remonta al siglo II. A él hacen referencia muchos de los Padres que escribieron acerca de la vida de la Madre de Dios, tales como Gregorio el taumaturgo, Atanasio de Alejandría, Gregorio de Nisa, Dionisio el Aeropagita, Máximo el confesor, entre otros.
¿Por qué María fue engendrada por una estéril?… San Juan Damasceno responde: “Era necesario que a ella, la maravilla de las maravillas, se le preparase una entrada al mundo con otras maravillas, y para que, poco a poco, de las situaciones más pobres y miserables, brotasen las más grandiosas realidades” Y agrega: “era necesario que naciese primogénita la que había de engendrar al Primogénito de toda la creación, en quien todo el universo tiene su fundamento”
4) Presentación de María en el Templo (21 de noviembre)
 
LA VIRGEN MARÍA EN LA ICONOGRAFÍA ORTODOXA
1) La Virgen del Signo
Es la virgen orante que con el niño recibe el nombre de virgen del signo. Cristo está representado en un círculo, fuera y delante del vientre de Su madre.
Suspendido misteriosamente parece escapar a las reglas de la gravedad de la Tierra. Puesto que es Dios, a quien todo el Universo no puede contener, sin embargo se ha confinado al vientre de la Virgen.
La alusión a las palabras del profeta Isaías no se puede omitir aquí: “Por lo tanto el Señor Dios os dará un signo, la virgen está encinta y dará a luz un hijo que llamará Emmanuel que quiere decir Dios con nosotros” (Is. 7:14)
El rostro del niño es el de un adulto, con una frente ancha que representa su plenitud de sabiduría. Tiene un rollo que contiene las escrituras y bendice con Su mano derecha.
El gesto de las manos con su palma hacia arriba expresa la espera del don que va a recibir, y al mismo tiempo una preparación total para quedar llena del altísimo. Estas manos levantadas son la renuncia a cualquier intervención autónoma en la historia. Crean un receptáculo invisible que sólo Dios puede llenar y del que fluye como de una vasija de una fuente la verdadera agua de vida.
2) La Virgen Hodigitria
El nombre significa “la que señala el camino.” La Virgen mira majestuosamente al espectador y señala con su mano derecha al niño que tiene en su brazo izquierdo. El niño está vestido con vestiduras brillantes para recordarnos Su Divinidad. Se presenta siempre como un adulto, bendiciendo con una mano y sosteniendo un rollo con la otra.  Se lo ve como Emmanuel, consciente de Su rol de Salvador. La Madre, vestida con un manto púrpura oscuro, no ejerce un rol protector hacia su Hijo, sino más bien lo presenta a la humanidad, rogándole al mismo tiempo. Su mano derecha, en un gesto de gran riqueza, parece recibir y ofrecer al mismo tiempo. La expresión de su rostro es seria, plena de real serenidad.
 3) Virgen de la Ternura
Representa el tierno afecto recíproco entre la Madre y el Hijo. La Mirada de la Virgen está dirigida hacia el vacío. Tiene en el rostro una expresión de profunda tristeza. Sus manos apenas tocan al niño. Parecen inmovilizadas por el pensamiento que la absorbe y contribuye aún más a dar esa expresión de intensa contemplación y melancolía.
El niño está representado con un impulso expresivo de ternura. Él, que conocía la tristeza oculta de Su madre, acerca su mejilla contra la de ella para consolarla. Su rostro, más brillante que el de María, manifiesta ese deseo de darle esperanza. Ella se inclina hacia Él implorando Su misericordia para aquellos que han solicitado su protección mediante su súplica delante de su Hijo.
Fuentes: charla del Padre Víctor Villafañe en el Encuentro Arquidiocesano de Catequistas 2003, OrthodoxWiki y otras


Los Reformadores Protestantes y la Virgen María
Este artículo muestra como la posición de Lutero y Calvino respecto de María es más reconocedora de la Virgen María que las que se están divulgando en estos tiempos por la mayoría de los evangélicos.
Lo cual parecería confluir en el mismo sentido, pues se notan signos de un minimismo mariano dentro del catolicismo,  que resalta de María su fidelidad y oración, y esconde su carácter de Reina.
El autor de este artículo, Arraiz, dice: muy curiosa siempre me ha parecido el rechazo que por la Virgen María tienen algunas denominaciones protestantes. Las raíces de dicho rechazo parecen más bien originarse en rechazar lo que ellos consideran un “exceso” en la devoción que el católico tiene por la madre del Señor. Pero este rechazo que los lleva a alejarse de todo lo que suene a “católico”, les impide rechazar todo razonamiento, por más bíblico que sea, que redunde en la veneración de la Virgen. En la mayoría de los casos, sobre todo las sectas (1), deforman la doctrina católica para hacerla parecer herética (2), afirmando así que la Iglesia enseña a “adorar” a María e incluso en algunos casos llegan a afirmar que los católicos creemos que María es una “diosa”.
Lo cierto es que esto siempre no fue así, muchos protestantes tienen por grandes eruditos bíblicos y modelos a imitar a los reformadores protestantes, y desconocen profundamente que muchas de sus posturas hoy, difieren un universo de las posturas de los reformadores. En el caso de las doctrinas relacionadas a la Virgen María precisamente pasa lo mismo.
 
LUTERO Y LA VIRGEN MARÍA
Hoy día el protestantismo entero desconoce que María es madre de Dios, en su afán de disminuirla le ha negado el título que la Iglesia le ha concedido desde siempre, comenzando por Isabel quien inspirada por el Espíritu Santo le llamó “madre del Señor” (Lucas 1,43) (3) hasta la Iglesia primitiva que no dudaba en llamarla la Theotókos (Madre de Dios) (4). Sin embargo, Lutero nunca dudó en darle este título que le concedió hasta el final de sus días:
Martín Lutero, 24 Dezember 1539: LW 47,860
“Así juzgó Dios a su Madre: La ley de Dios la condenaba como adúltera. 2) Así quedaba maltrecho su honor. 3) Su vida quedó en peligro y su honor matrimonial dañado. María fue concebida en pecado como los demás hombres; y, aunque ella fuera purificada del pecado original, no le habría bastado para un tal nacimiento. Por eso, es el Espíritu Santo el protagonista, el que la purifica y toma las puras cotas de sangre de su corazón; pues todo tiene que ser purificado”
Martín Lutero, Auslegung des Magnificat, 1522: LW 7,572
“Las grandes cosas que Dios ha realizado en María se reducen a ser la Madre de Dios. Con esto le han sido concedidos muchísimos otros bienes, que nadie podrá nunca comprender. De ahí se deriva todo su honor, toda su bienaventuranza y que ella sea en medio de toda la raza humana una persona del todo singular e incomparable. Ella ha tenido con el Padre celeste un niño, y un niño tal…Se comprende todo su honor, cuando se la llama Madre de Dios. Nadie puede decir otra cosa mayor de ella, aunque uno tuviera tantas lenguas como follaje tiene la hierba, como estrellas el cielo o arena las playas. Hay que meditar en el corazón lo que significa ser Madre de Dios”.
Igual sucede con el dogma de la virginidad perpetua de María, negado hoy por todos los protestantes, sin embargo Lutero también creía firmemente en su virginidad antes y después del parto.
Martín Lutero, 28 Dezember 1544: LW 49,646
“Y ningún hombre, ni siquiera el demonio, tiene que saber cómo puede suceder que una mujer virgen quede encinta sin varón. Pues porque ahí estarán las tres divinas Personas. La obra ha de ser realizada por las tres, aunque esa actuación acabe únicamente en la persona del Hijo”
Martín Lutero, 1537/1538: LW 46,723
En textos como Juan 2,12; 7,2; Mateo 12,46; Hechos 1,14 uno se preocupa y pregunta cómo el Señor Jesús pudo tener hermanos, dado que él era el hijo único de María, y la virgen María no fue madre de ningún otro hijo. Entonces algunos responden que eran hijos de un matrimonio precedente de José, antes de estar con María; éstos fueron llamados después “hermanos de Cristo”; otros dicen que José tuvo junto con María otra mujer, tal como estaba permitido entre los judíos…Yo creo que “hermanos” aquí significa “primos”, dado que los judíos y la Sagrada Escritura llamaban a todos los primos “hermanos”
Martín Lutero, Tischrede n.4435 Ergänzungen, 1539: LW 48,579
“María permaneció virgen, pues tras sentirse madre del Hijo de Dios, no deseó ser madre de otro hombre, sino permanecer en esta gracia”
Martín Lutero, Predigt 24 Dezember 1540: LW 49,174
“A José le cabe un gran honor ante Dios. A él le fueron confiados el Hijo de Dios y su Madre. Así José es un carpintero, que actúa como cualquier hombre de pueblo y que trabaja en lo oculto. [b]Pero quedó escrito para nosotros para que sepamos que Cristo vino y que su madre fue virgen, aunque bajo el velo de esposa se ocultaba la virgen antes y después del nacimiento”
Martín Lutero, 1535 bis 1545: LW 43,22
“La carta a los Hebreos dice que Sara pidió por la fe la fuerza de la concepción, para que comprendas que ella quedó encinta de Abraham siguiendo el curso normal de la naturaleza, no a través de un milagro. Este sí aconteció en la virgen María que concibió en su seno, pero de su propia semilla, no de la semilla de un hombre. Para ello el Espíritu Santo la cubrió con su sombra”
 
CALVINO Y LA VIRGEN MARÍA
Calvino se pronunció frecuentemente en defensa de la virginidad de María, refuta al igual que San Jerónimo más de un milenio atrás, el argumento de que Mateo 1,25 implica que José tuvo relaciones con María, y también refuta el trillado argumento protestante que trata de insinuar, que porque Jesús es llamado primogénito, María tuvo otros hijos (5).
Juan Calvino. JCO 45,70; cf. JCO 46,271-272
“A partir de Mateo 1,25, Elvidio creó mucha confusión en la Iglesia, porque de él dedujo que María había permanecido virgen únicamente hasta el primer nacimiento y después tuvo otros hijos con su marido. La perpetua virginidad de María fue defendida vigorosamente por Jerónimo. Es suficiente decir que es insensato y falso deducir de estas palabras qué sucedió después del nacimiento de Cristo. Es llamado el primogénito no por otra razón sino para que sepamos que él nació de la Virgen. En este texto se niega que José hubiera tenido concurso marital con María antes de nacer el niño; todo está limitado a este tiempo. Pero nada se dice de lo que sucedió después”.
Juan Calvino, Johannis Calvini Opera quae supersunt omnia (=JCO)(Verlag C. A. Schewedtke und Sohn, Braunscheweig 1863 ff.), Bände 45; Commentarius in Harmoniam evangelicam (“Harmonia evangelica” 1555), Band 46; Sermons sur I’Harmonie évangélique 1558, 1560, 1562. JCO 36,156
“Es indudable que el profeta habla de una auténtica virgen, que ha de concebir no según las normas de la naturaleza, sino a través de la actuación de gracia del Espíritu Santo. Este es el misterio, que Pablo magníficamente ensalza: “Dios ha aparecido en la
carne”.
Juan Calvino, JCO 45,30
“Cuando María supo que de ella nacería el Hijo de Dios, recibió un mensaje inaudito, y ésta fue la razón por la que excluyó la relación sexual con un hombre. Por eso exclamó desconcertada: “¿Cómo sucederá esto?”…No era ésta una pregunta contra la fe. La hizo movida por la admiración; no por la desconfianza”
Juan Calvino. JCO 45,426
“¿No es este el hijo del carpintero?. (Mateo 13,55) Por designio admirable de Dios vivió Cristo hasta los treinta años en lo oculto de la casa de sus padres. Esto fue extraña e injustamente motivo de tropiezo para que la gente de Nazaret, en lugar de conocerlo con temor como enviado del cielo. ¡Si hubieran descubierto que era Dios el que actuaba en Cristo! Pero intencionalmente ellos pensaban en José, en María y en todos los parientes y sus relaciones entre ellos, para ocultar la luz que se manifestaba. Como “hermanos” eran designados –según la costumbre judía- sobre todo los parientes de sangre. Pero de ello dedujo ignorantemente Elvidio que María había tenido más hijos, porque alguna vez habla de “hermanos de Cristo”
 
H. ZWINGLI Y LA VIRGEN MARÍA
Zwingli explica que el matrimonio con José fue unicamente para que José apareciera como esposo y la protegiera de la ley, y así poder dar al niño y a ella protección y cuidado.
H. Zwingli, Eine Predigt von der reinen Gottesgebärerin María: ZSW 1,391-392
“Cuando se cumplió el tiempo designado por Dios, envió a su mensajero Gabriel a la joven María (Magd María), que estaba desposada con el piadoso José. La sabiduría divina se muestra en que el desposorio con José no pretendía establecer una relación matrimonial entre ellos en orden a engendrar hijos, sino para que la hija María, después de encontrarse encinta, no fuera apedreada según la ley judía, que estaba establecida para quienes concebían sin marido. El que José apareciera como esposo, la protegía de la ley. También se desposó con él para que ella y el niño encontraran en él un protector y cuidador”
Explícitamente declara que es virgen, antes, en y después del parto:
H. Zwingli, Eine Predigt von der reinen Gottesgebärerin María: ZSW 1,392-393
“Hay que considerar aquí el honor que el evangelista Lucas y también Mateo le tributan por su elevada pureza; ella es joven pura e intacta antes del parto, en el parto y después del parto, es decir, siempre.Entre los hombres es imposible que una madre sea al mismo tiempo virgen; para Dios todo es posible, porque todas las criaturas obedecen a su voz”
 
CONCLUSIÓN
Hoy día muchos protestantes piensan que el católico que cree que María es Virgen, es porque nunca se ha encontrado con los pasajes que hablan de los “hermanos” de Jesús, la mayoría no sabe, que todos esos argumentos fueron refutados hace más de un milenio, y más recientemente incluso, por los reformadores protestantes. Lo mismo, para los reformadores, siempre venerar a María fué una característica que no podía faltar en un cristiano.
Fuente: José Miguel Arráiz
Notas
(1) Diferenciando por su puesto el abismo que hay entre las comunidades eclesiales protestantes y las sectas protestantes.
(2) Falacia del muñeco de paja: Consiste esta falacia en deformar las tesis del contrincante para debilitar su posición y poder atacarla con ventaja. Se diferencia de la falacia ad hominem en que ésta elude las razones para concentrarse en el ataque a la persona. La falacia del muñeco de paja, ataca una tesis, pero antes la altera. Para ello, disfraza las posiciones del contrincante con el ropaje que mejor convenga, que suele ser el que recoge los aspectos más débiles o menos populares.
(3) La expresión “Madre del Señor” es equivalente a “Madre de Dios”, ya que en el Nuevo Testamento el título Señor (del griego Kyrios) se da a Cristo, quien es Señor y Dios. De la misma manera la Septuaginta (versión griega de los Setenta del siglo 2 a.C) traduce Yahveh por “Señor” (del hebreo Adonai). Ver por ejemplo como en el mismo capítulo el ángel le dice: “el Señor está contigo” para referirse a Dios.
(4) Según sabemos ya Alejandro de Alejandría habría llamado a María “La Theotókos” (Cf. “Nuestro Señor Jesucristo ha recibido real y no aparentemente un cuerpo de la Theotókos”: Alejandro de Alejandría. Ep. Ad Alex. Const. N.12 en TEODORETO. Historia eclesiástica, I,3: OG 82,908), aparece también en un papiro egipcio que registra una de las oraciones marianas más antiguas “Sub tuum praesidium” (Cf. G. GIAMBERNARDINI, II Sub tuum Praesidium nella tradizione egiziana, en Mar 96 (1969), 324-362. Testimonios numerosos también de Gregorio Nacianceno, en su carta 101: PG 36,181, Cirilo de Alejandría, Orígenes (Según el historiador Sozomeno (Hist. Eccl. 7,32: EG 866)), San Ambrosio, etc. etc.
(5) Los protestantes alegan que como Jesús es llamado (Juan 3,16.18) y primogénito de María (Lucas 2,7) implican que Jesús es el primero de entre varios hijos. El argumento falla desde su base, ya que primogénito no implica la existencia de otros hijos, sino “primer nacido”, o “hijo preeminente”. Así mismo Cristo es llamado “primogénito” del Padre en Hebreos 1,6 y no por eso deja de ser unigénito.
Bibliografía
Mariología, José C.R. García Paredez
Patrología, Johannes Quasten
Abreviaturas
JCO = Jean Calvino Opera
LW = Luther Werke
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Lo que es la Virgen María, según el Papa Francisco, en quince rasgos
A luz de su alocución en la basílica de Santa María la Mayor de Roma ante la Salus Populi Romani, el sábado 4 de mayo de 2013
 
 
1.- Bajo su guía maternal nos conduce a estar cada vez más unidos a su Hijo Jesús.
2.- María nos da la salud, es nuestra salud.
3.- María es madre y una madre se preocupa sobre todo por la salud de sus hijos, sabe cuidarla siempre con amor grande y tierno.
4. Es una mamá ayuda a los hijos a crecer y quiere que crezcan bien, por ello los educa a no ceder a la pereza -que también se deriva de un cierto bienestar – a no conformarse con una vida cómoda que se contenta sólo con tener algunas cosas.
5.- Es la mamá cuida a los hijos para que crezcan más y más, crezcan fuertes, capaces de asumir responsabilidades, de asumir compromisos en la vida, de tender hacia grandes ideales.
6.- La Virgen hace precisamente esto con nosotros, nos ayuda a crecer humanamente y en la fe, a ser fuertes y a no ceder a la tentación de ser hombres y cristianos de una manera superficial, sino a vivir con responsabilidad, a tender cada vez más hacia lo alto.
7.- Es una mamá además que piensa en la salud de sus hijos, educándolos también a afrontar las dificultades de la vida. No se educa, no se cuida la salud evitando los problemas, como si la vida fuera una autopista sin obstáculos. La mamá ayuda a los hijos a mirar con realismo los problemas de la vida y a no perderse en ellos, sino a afrontarlos con valentía, a no ser débiles, y saberlos superar, en un sano equilibrio que una madre “siente” entre las áreas de seguridad y las zonas de riesgo. Y esto una madre sabe hacerlo.
8.- Es una madre que lleva al hijo no siempre sobre el camino “seguro”, porque de esta manera no puede crecer. Pero tampoco solamente sobre el riesgo, porque es peligroso. Una madre sabe equilibrar estas cosas. Una vida sin retos no existe y un chico o una chica que no sepa afrontarlos poniéndose en juego ¡no tiene columna vertebral!
9.- María ha vivido muchos momentos no fáciles en su vida, desde el nacimiento de Jesús, cuando para ellos “no había lugar para ellos en el albergue” (Lc 2, 7), hasta el Calvario (cfr. Jn 19, 25). Y como una buena madre está cerca de nosotros, para que nunca perdamos el valor ante las adversidades de la vida, ante nuestra debilidad, ante nuestros pecados: nos da fuerza, nos muestra el camino de su Hijo.
10.- Jesús en la cruz le dice a María, indicando a Juan: “¡Mujer, aquí tienes a tu hijo!” y a Juan: “Aquí tienes a tu madre”(cfr. Jn 19, 26-27). En este discípulo todos estamos representados: el Señor nos confía en las manos llenas de amor y de ternura de la Madre, para que sintamos que nos sostiene al afrontar y vencer las dificultades de nuestro camino humano y cristiano.  A no tener miedo de las dificultades. A afrontarlas con la ayuda de la madre
11.- Una buena mamá no sólo acompaña a los niños en el crecimiento, sin evitar los problemas, los desafíos de la vida, una buena mamá ayuda también a tomar las decisiones definitivas con libertad.
12.- María es maestra de la verdadera libertad. Donde reina la filosofía de lo provisorio, ¿qué significa libertad? Por cierto, no es hacer todo lo que uno quiere, dejarse dominar por las pasiones, pasar de una experiencia a otra sin discernimiento, seguir las modas del momento. Libertad no significa, por así decirlo, tirar por la ventana todo lo que no nos gusta. La libertad se nos dona ¡para que sepamos optar por las cosas buenas en la vida!
13.- María como buena madre nos educa a ser, como Ella, capaces de tomar decisiones definitivas, con aquella libertad plena con la que respondió “sí” al plan de Dios para su vida (cfr. Lc 1, 38).
Queridos hermanos y hermanas, ¡qué difícil es, en nuestro tiempo, tomar decisiones definitivas! Nos seduce lo provisorio. Somos víctimas de una tendencia que nos empuja a lo efímero… ¡como si deseáramos permanecer adolescentes para toda la vida! ¡No tengamos miedo de los compromisos definitivos, de los compromisos que involucran y abarcan toda la vida! ¡De esta manera, nuestra vida será fecunda! Y ¡esto es libertad! Tener el coraje de tomar decisiones con grandeza.
14.- Toda la existencia de María es un himno a la vida, un himno de amor a la vida: ha generado a Jesús en la carne y ha acompañado el nacimiento de la Iglesia en el Calvario y en el Cenáculo.
15.- María, la Salus Populi Romani, es la mamá que nos dona la salud en el crecimiento, para afrontar y superar los problemas, en hacernos libres para las opciones definitivas; la mamá que nos enseña a ser fecundos, a estar abiertos a la vida y a ser cada vez más fecundos en el bien, en la alegría, en la esperanza, a no perder jamás la esperanza, a donar vida a los demás, vida física y espiritual.
Danos, María, danos la salud que sólo tú puedes donarnos,
 para ser siempre signos e instrumentos de vida.
 
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BEATA ANA CATALINA EMMERICH
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