Sólo había escrito una historia y quería buscar otro lugar para sentir la inspiración del escritor. Realmente lo tenía fácil. Mi máquina es modelo portátil, podía llevarla a cualquier sitio. No necesitaba ningún tipo de energía externa, como esos cacharros de ahora (pilas alcalinas, enchufes baterías,...). No hay comparación, el tacto que uno siente al golpear cada una de las teclas. Pero bueno tampoco me voy a pasar demasiado tiempo en describir las maravillosas sensaciones de las antiguas tecnologías.

Así que resuelto cogí mi máquina de escribir y salí a la calle, mientras bajaba las escaleras pensé a qué lugar iba a dirigirme.

En cuanto estuve en la calle tuve la sensación de que me observaban, veía a gente de toda clase y condición hablando con sus últimos teléfonos de última generación. ¡Qué necios eran esclavos de sus tecnologías. Cada dos pasos alguien hablando por él móvil, o escribiendo.

Yo me sentía orgulloso, sin ningún tipo de atadura tecnológica. Así con estos pensamientos llegué al café (de momento no pondré nombre, debo negociar con ellos un dinerillo), me senté en una de las esquinas y esperé a que viniesen a preguntarme.

- ¿Que vas a tomar?- me preguntó la camarera, sin ningún tipo de gesto. Apenas supe que era ella quien hablaba porque me fijé en sus labios moviéndose.

- Un café con leche- Estaba un poco nervioso era la primera vez. Siempre hay una primera vez para todo. Y esta era la primera vez que utilizaría mi máquina, estaba impaciente, algo nervioso quería terminar cuanto antes de tomar el café y ponerme a escribir. Me mantenía relajado para que nadie notara mi nerviosismo.

Al rato llegó la camarera y puso  la taza sobre la  mesa y al lado el cuenquito con un churro, y un trozo de bizcocho. Un minúsculo trozo, se podía coger perfectamente entre el dedo gordo y el índice, y casi llegaban a rozar. 

Con un movimiento de vaivén de la mano fue echando la leche. Era casi mágico yo quedé hipnotizado, y no podía apartar los ojos de su mano, en el último instante, con un giro asombroso de muñeca dejó caer las últimas decoraciones del café con leche. En ese momento, sentí la necesidad de abrazarla, por el trabajo bien hecho, pero me aguante no debía llamar la atención. Quería pasar desapercibido, sólo pude mirarla a los ojos y sonreírla. Tantas cosas quería decirla. No era el momento y el lugar.

Cogí el sobre del azúcar y con una destreza inusitada lo rompí. Algo del azúcar saltó por encima de la mesa, también se desparramó por el suelo. dirigí una mirada de reojo alrededor, me pareció que sólo una pareja cuchicheaban entre ellos y se reían. Con la cucharilla revolví, debía mantenerme impasible, como que no había pasado nada. Llevé la cucharilla a la boca y sentí todo el amargor del café. No había salvado ni un miligramo del azúcar. Disimuladamente me relamí, como si fuese el café más dulce que había tomado en mi vida.

Por un momento quedé dudando, entre coger el churro y mojarlo en el amargo café o llevarlo directamente a la boca. Opté por lo último, estaba tan tieso y frío, que parecía masticar chicle en vez de un churro. No importa nada, no había ido para delicatessen, así que lo engullí como un pelícano a un pez, y algo se me atravesó en la garganta. Tuve que echar mano rápidamente al café, lo tragué a la vez que me abrasaba la lengua, el cielo de la boca y la garganta. El churro se desatascó y cayó como una piedra en pozo sin fondo. Sentí un calor inusitado por la cara y cogí con mi mano izquierda, a la vez que llevaba temblando la taza a la mesa. No calculé bien y la taza se precipitó al vacío. No solo la taza, sino también el platito, y el bizcochito.

Creo que se rompió en un gran número de trozos. No me paré a contarlos, no tenía tiempo. El líquido me salpicó los pantalones recién planchados, y se me metieron trozos de porcelana por todos los recodos de los calcetines. Pensé “tranquilo, apenas nadie se ha dado cuenta”, era un solo pensamiento positivo dirigido a mi mente.¡Todos me estaban mirando!

Llegó la camarera con una sonrisa forzada, la fregona y el cubo, y recogió todos los restos. Me preguntó.

-¿Quieres tomar otro café?
- No gracias, con uno es bastante. Si nó me pongo un poquito nervioso. Tráeme un vaso de whisky con hielo por favor- le dije a la camarera con una amplia sonrisa en. 

Ya había terminado los preliminares, y ahora un poco más seguro de mi. Podía empezar a escribir mi siguiente historia.


EL CABALLERO OSCURO

El caballero Oscuro montado en su corcel, seguía el camino del bosque. Apenas podía ver más allá de su yelmo debido al crepitar de la lluvia en su armadura. Una luz cegadora iluminó los árboles, y a los lejos advirtió la presencia de una joven doncella, que cantaba alegremente.

- Qué mujer tan hermosa - pensó – Cuánto daría por poder tenerla. ¿Cómo lo haré?¿Qué le diré?

Mientras meditaba estas palabras se bajó de su corcel, se escondió detrás de una gran piedra del camino, y observo cómo se acercaba. Allí estuvo un buen rato, hasta que llegó a su altura. De un salto se abalanzó sobre ella, y sin mediar palabra la atravesó con su daga.

Ni un ¡Ay! Pudo decir cuándo sitio en su cuerpo la punzada...

El caballero oscuro se levantó, limpio su arma la guardó y la observó mientras ella gemía.

-¡mmm! ¡Oh! ¡Ah!

-Desventurada has sido por cruzarte en mi camino. Ahora me marcho y ahí te quedas.

Ella lo miró con ojos suplicantes, y una lágrima salió de sus ojos deslizándose sobre su mejilla. El agarró las riendas, y así como se acercó, se alejó al galope.

Allí en el suelo quedó gimiendo la doncella que se cruzó en su camino. ¡Dolor o gusto! ¿Qué sería?

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