3. DOS MESES

   Durante esos dos meses de preparación, al que iba a ser el sicario de un hombre que planeaba su muerte, se le ofrecieron suculentos manjares muy variados, carne y frutas dulces, arroz, pan, tortas; todo lo que siempre había soñado durante esos tres años que duró su vida de esclavo. Gracias a esto, Jurndir ganó en masa corporal y creció como un palmo, como si su cuerpo hubiese estado esperando el momento adecuado adecuado para crecer. No era demasiado, alto, estaba dentro de la media, pero sus brazos eran fuertes.

   En todo ese tiempo, no volvió a ver a Malek, solo el que había sido su entrenador, que, o bien le habían cortado la lengua, o no hablaba una palabra de su idioma. Se hacia comprender, sin embargo, con la vara y gesticulando. Jurndir cooperó completamente, pues sabía que todo lo que aprendiera de ese hombre, acabaría por hacerle servicio, tarde o temprano.

   Así fue como, entre entrenamiento y entrenamiento, se inició en el arte del sigilo, el engaño y ciertos trucos que sus antepasados habrían encontrado deshonrosos. Jurndir venia de Argos, una ciudad amurallada muy lejos de ese yermo desolado, verde en su totalidad, donde, día sí, día no, el cielo se transformaba en una violenta tormenta por la tarde, cuando por la mañana apenas si habría podido encontrar una nube en el cielo. En invierno, las tormentas de relámpagos, vientos y grandes lluvias se convertían en ventiscas despiadadas, mortales para aquel viajero que pillara desprevenido. En primavera, las riadas modificaban el terreno a placer, arrancando arboles y habrían podido con poblados enteros, si los lugareños no estuvieran curados en salud. Si bien los dioses habían utilizado estos elementos para convertir la tierra en escarpadas montañas o las montañas habían llamado a los elementos para asegurarse que solo los hombre más fuertes pudieran echar raíces en ellas, ni el más sabio habría podido decirlo. O quizás simplemente el ser humando fue, es y será siempre demasiado terco como para comprender que hay sitios donde no son bienvenidos.

   En esas montañas, se levantó una ciudad, hecha completamente de piedra, donde los hombres aprendieron a pelear. Cuando la construyeron se encontraron por casualidad o accidente con unas cavernas que agujereaban la montaña entera con un sistema de túneles. Decidieron bautizar a la ciudad con el nombre de la montaña. En las cavernas, además, encontraron un peligro oculto, una raza de hombres ciegos, flacos y pálidos, de dientes afilados, que gustaban de alimentarse de esas criaturas de la superficie que se habían acercado demasiado a sus dominios. Así pues, el pueblo de Argos se convirtió en una comunidad guerrera llena de veteranos y de héroes caídos. Pero esas criaturas temían a la luz y el fuego, así que, aunque no podían echarlas a causa de su aplastante número, pudieron mantenerlas a ralla. Venían guerreros de todos los rincones para ponerse a prueba en esas cavernas malditas; algunos se quedaban, otros morían y la mayoría se volvía a su tierra con la cola entre las piernas. Así pasaron cuatro siglos, combatiendo, ganando y perdiendo terreno, sin valor, quizás, más como una tradición que como un objetivo, hasta un día en que descubrieron ruinas de una antigua civilización. Entonces apareció el Imperio, llamados por ese descubrimiento, sin que nadie supiera el porqué de su interés. Muchos hombres murieron, en los dos bandos, pero por cada imperial vencido aparecían dos más para reemplazarlo, y terminaron por conquistar esa ciudad. La llenaron de hombres leales al imperio y se llevaron a los muchachos jóvenes, a todos, dejando a sus padres, los que sobrevivieron, en ascuas por el futuro de sus hijos. Les esclavizaron y los usaron como rehenes. Hasta ahí sabía Jurndir de lo que había pasado en su tierra.

   Durante su corto entrenamiento, Jurndir pensaba en su fortuna, en su porvenir. Sin duda, le habría salido más barato contratar a un asesino profesional que hacer que le enseñara a un extraño sus habilidades, por lo que la historia que le había contado Malek, que recurría a él porque la misión era de poca importancia y siempre podría contratar a un profesional era más que falsa. No quería admitir que le necesitaba. Pero, ¿para qué necesitaba el mago a un hombre anónimo para matar a su enemigo? ¿Tenía que suponer que no contaba con ningún antiguo conocido o ningún campesino al que ofrecerle la misión? Demasiados cabos sueltos para actuar a ciegas, muchos caminos en frente suyo. No se encontraba acorralado como con el incidente de la celda de los esclavos y, en su infancia, le habían enseñado que el buen guerrero espera a la oportunidad de atacar, el descuido de su enemigo. Demasiados cabos sueltos para actuar, en ese momento.

   Se encontraron en una sala con divanes Malek, Jurndir y el que durante ese corto período de tiempo, había sido su maestro, un anciano oriental, de piel amarillenta y larga y lacia barba blanca, calvo como un huevo. Había dos muchachas ataviadas con túnicas cortas, perfumadas y maquilladas; sus pies estaban atados entre si por cadenas de plata, imposibilitando una fuga a la carrera, lo que las señalaba como esclavas. Malek y el anciano hablaron en un idioma muy musical que Jurndir no había oído en su corta vida. Resultaba que su maestro sí tenía lengua, después de todo, aunque prefiriera no usarla. Jurndir tampoco había sido una persona muy habladora a lo largo de su vida, pero una situación como esa, en la que había entrenado y practicado extrañas artes des del amanecer hasta el anochecer, e incluso, en ocasiones, durante la noche, le quitaban a uno las ganas de hablar. No había olvidado que estaba ahí en condición de “invitado forzoso”.

   –El maestro Yao Tsun me ha informado de tus avances a lo largo de los dos meses que te he acogido para que te prepararas. Ya estás listo para convertirte en mi asesino y dejar la vida de esclavo para siempre, muchacho, enhorabuena.

   –Un asesino no se forja con dos meses, Malek–el anciano maestro enarcó las cejas al oír esa acertada afirmación de la boca del muchacho. Ahora resultaba evidente que también entendía su idioma, Jurndir supuso que simplemente no le pareció necesario usarlo, o que no valía la pena. Quizás no se encontrara en esa situación voluntariamente... Otra pregunta y todavía ninguna respuesta, eso hacia que se pusiera de mal humor.

   –Tendrá que servir, el tiempo empieza a volverse apremiante–cogió una copa y, sin que hiciera ninguna señal, una de las esclavas se apresuró a llenarla con vino. Ofreció a sus “invitados” con un gesto, pero los dos negaron con la cabeza–. Ya tienes preparada una montura, víveres para llegar a la ciudad, una espada, la daga encantada y la tripa de cabra, preparada para tu misión, tal y como acordamos. Además también tienes veinticinco monedas de oro, por si tubieras que alquilar una posada o lo que fueras. Tal y como acordamos. Ahora bien, debo advertirte que seguiré todos tus movimientos, por si se te pasara por la cabeza traicionarme o irte a algún otro lugar, abandonando tus amigos a su suerte... Bueno, solo decir que tengo maneras de hacer que sufras un dolor atroz y mueras, aunque estés a varias jornadas de aquí.

   Si el brujo tiene ese poder, pensó Jrundir, porqué no lo usará para matar a su enemigo...? Una pregunta más para el muchacho, una pregunta que le llevaría a hacerse otras durante el camino a Algaphur, ¿debería hacer lo que le pide el brujo, esperar que él cumpliera su parte del trato? ¿Debería poner a prueba su poder, olvidarse de Lars e ir a Argos, su hogar, a recuperar su vida por donde la dejó o a cualquier otro lugar del mundo para empezar de nuevo? ¿O quizás tendría todavía más opciones? ¿Cual de este camino era el correcto y cual le llevaba a una horrible muerte?

Licencia: CC BY-NC-ND 3.0
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