Algaphur. Ciudad amurallada sureña, situada en el límite del desierto de Yama. Hay una clara separación entre los barrios ricos y los pobres, marcados por murallas y grandes puertas. Muchos la han denominado como “la última gran joya del Imperio” ya que es la ciudad más al sur dentro de territorio imperial. No siempre fue así y todavía se pueden encontrar cultos secretos a los dioses sureños de antes de la asimilación imperial. Esta gobernada por el rey Arndir, titulo meramente honorífico que se le permitió quedarse al negociar con el Imperio durante la ocupación. La tensión social era palpable cuando Jurndir se dirigió para matar a cierto practicante de las ciencias arcanas.

                                     4. ALGAPHUR

   Cuando uno se acerca a una gran ciudad, se percata de la presencia de esta por una serie de claras e inconfundibles señales. Primero aprecias una mayor cantidad de comerciantes en los caminos. Seguidamente, puedes ver que el estado del camino mejora. Si tienes suerte y la ciudad se encuentra en un terreno despejado, la verás a la lejanía, sino, te la encontrarás al girar en alguna curva, cuando menos te lo esperes. Antes de poder entrar, sin duda alguna, sentirás el penetrante olor de la falta de higiene de las personas que se amontonan en la ciudad. Algaphur no era una excepción a esa norma.

   Jurndir había solicitado acompañar a una caravana que se encontró por el camino. Ésta también se dirigía a la ciudad de Algaphur y viajar en caravana es la mejor manera de evitar que los bandidos te roben y te maten, y, además, llamas menos la atención que un viajante solitario que se acerca a la ciudad. Acompañar a la caravana le costó dos monedas de oro.

  Antes de entrar a la ciudad, Jurndir pudo entrever lo peor que ésta podía ofrecer. Fuera de las murallas se encontraban las chabolas de los olvidados, de los desamparados. Los parias eran enfermos y los que seguían abiertamente otras religiones minoritarias. El Imperio les permitía quedarse y pagar impuestos, pero nadie podía convertirse en un ciudadano del Imperio y beneficiarse de sus murallas a menos que abrazara abiertamente a Talim, el Creador de Todo. Muchos se bautizaban y seguían rezando a sus dioses en secreto, pero algunos eran demasiado fieles a sus creencias para hacer tal cosa.

  Cuando hubo superado el ejercito de mendigos y suplicantes que se abalanzaban encima de los forasteros, pasó entre los guardias de la puerta sin que se giraran tan siquiera a mirarlo. El primer barrio que se encontró al entrar a la ciudad era el de los mercaderes, se antojaba bastante limpio y seguro, aunque no ostentoso. Los gritos de los vendedores ofreciendo sus mercaderías inundaban el lugar.

  Con una despedida fría, se separó de la caravana y se dirigió a los establos, para dar cobijo a su montura, a la que había bautizado con el nombre de Caballo. Se aseguraba el recordar el nombre del animal, además que a este no le desagradaba. El mozo de la caballeriza le dijo que podía mantener el caballo en el establo por cinco monedas durante una semana, que ellos le darían de comer y le cepillarían el pelaje. Jurndir pagó de mala gana. Aún no había empezado a buscar al llamado Aq'mar, su objetivo, y ya había perdido siete de las veinticinco monedas que le habían dado para ello. Más tarde, al caminar por el mercado, se daría cuenta de que los lugareños tenían la costumbre de regatear los precios.

  El mozo le había recomendado una posada en el barrio de al lado, que resultaba económica. Según dijo, era lo bastante cara como para que las camas no tuvieran piojos. Para llegar a ella, tubo que abandonar el barrio de los mercaderes e ir a uno bastante más pobre. Las casas, ahí, eran de madera y en algunos lugares, estaban, literalmente, unas encima de las otras. Los habitantes de ese lugar tenían cara de malas pulgas y observaban al forastero como si este fuera el hombre más gordo y rico que hubiesen visto nunca.
Todavía brillaba el sol, aunque ya estaba anocheciendo, y Jurndir no tubo problemas para encontrar la posada que le habían recomendado. Se llamaba “La Doncella” y tenía en el cartel tallado la silueta de una voluptuosa mujer. Al entrar vio que ya se encontraban unos cuantos parroquianos en la taberna. Había tres que estaban apostando en una mesa, en una especie de juego de dados. Otros dos murmuraban en un rincón; se giraron al ver entrar al forastero. El posadero era un hombre orondo, de cara rojiza y con un gran bigote que iba hasta el mentón. La camarera se sujetaba el pelo en una cola y llevaba un descocado vestido. Voluptuosa, sí, pero si esa mujer era doncella, él era el Emperador.

  Se acercó a la barra y se sentó en un taburete que cojeaba. La atención que había provocado al entrar se disipó en su mayoría.

  –Vino –el posadero le ofreció un baso de arcilla y se lo llenó de un vino aguado y agrio. A Jurndir le supo a gloria, hacía años que no bebía mas que agua–. Vengo de un largo viaje y busco una habitación para dormir. El mozo de la caballeriza me recomendó esta posada.

  –La noche son cinco monedas de plata, desayuno y cena incluidos.

  –Eso es un abuso, te pagaré dos monedas –había aprendido la lección–.

  –Tres de plata y cinco de cobre, mi ultima oferta. Si no te gusta, búscate otra posada –sin duda Jrundir parecía fuera de su elemento, perdido en esa ciudad

  No se podía decir que el posadero fuera un ejemplo de amabilidad y encanto, pero Jurndir aceptó el trato y cogió la llave. Le sirvió un estofado de verduras y patatas como cena. Cuando hubo terminado de comer, se dirigió arriba para depositar algunos objetos del viaje. La habitación era pequeña, con una ventana por la que un niño habría tenido problemas para pasar; la cama prometía ser confortable, aunque probablemente solo era por el cansancio que llevaba del viaje. La cama y una pequeña mesita de madera oscura eran todo el mobiliario que tenía, y una vela encima de la mesa, toda la iluminación.

  –He estado en celdas más acogedoras...

  Pero el viaje había sido agotador y se echó en la cama, quedándose dormido al instante.

  Cuando se despertó, molesto por unos picores, aún era media noche. La promesa de camas sin parásitos era más de lo que ese cuchitril podía cumplir. Le había costado mucho librarse de los piojos de cuando era esclavo durante esos dos meses de preparación, y que ahora volviera a tener, tan rápidamente, le ponía de mal humor.

  Seleccionó las monedas que tenía. Le quedaban 17 monedas de oro, una pequeña fortuna y los ahorros de una vida para muchos de los que vivían en ese barrio. Cada moneda de oro valía por diez monedas de plata y cada de plata, por diez de cobre. Se guardó tres de oro y toda la morralla en el saco donde llevaba siempre el dinero, colgado del cinturón. Cinco de oro más, las guardo en el cinturón, que era bastante bueno, de dos capas de cuero fino. Lo descosió y las metió dentro, repartidas a lo largo del cinturón para que no se marcaran, y lo volvió a coser. El resto de dinero, 9 Oros, los dejó con su equipaje. Se colgó la capa y se dirigió abajo, decidido a descubrir algo más del tal Aq'mar.

  El local se había llenado mientras dormía y ahora estaba abarrotado. La camarera iba de un lugar a otro, evitando los pellizcos en el trasero que le proferían los hombres. Era evidente que tenía bastante práctica en eso. Un par de prostitutas meneaban las caderas, ataviadas con ropajes de seda y pañuelos medio transparentes, ofreciendo la mercancía a cualquiera que pudiera interesarle.
Malhumorado, Jurndir se dirigió al posadero y le echó en cara los parásitos que ahora le rondaban por el cuerpo como en un bufé libre.

  –Seguro que no tienes más piojos de los que tenías cuando llegaste, chico–dijo el posadero–. Si no te gusta, puedes marcharte.

  –No me marcharé hasta que termine lo que me ha traído a esta apestosa ciudad, gordo. He dejado unas cosas en la habitación, si no están ahí para cuando vuelva, te haré responsable a ti.

  Llevaba consigo, por si acaso, todo lo que necesitaba para eliminar a Aq'mar. No podía dejarlo al azar, o lo que era lo mismo, a la buena voluntad de ese hombre con cara de cerdo. Se dirigía al exterior cuando le abordó una de las prostitutas. Jurndir hacía mucho que había estadi con otra mujer,una amiguita que había dejado en Argos, pero ya tenía suficientes picores como para someterse a nada más de lo que hubiera en esa posada. Además, recordaba las enseñanzas de su padre. “Nunca estés con una mujer antes de una batalla, los soldados se ablandan cuando están satisfechos” y bien podía ser que esa misma noche se encontrara con cierto brujo; no tenía intención de quedarse mucho en esa ciudad de pulgas y timadores.

  Cuando salió fuera, el frío de la noche en el desierto le despejó la cabeza. No había ni un alma en esa calle principal, pero, si prestabas atención, podías entrever a gente sin intenciones demasiado claras en los callejones oscuros y estrechos. Con paso firmo, se introdujo, sin un rumbo fijo, en uno de esos callejones. Necesitaba tiempo para pensar en su siguiente movimiento. Anduvo durante largo rato, por varios barrios, con la mano en la espada para alejar a mal intencionados que le tomaran por presa fácil.

  En un barrio incluso más pobre y miserable que donde se alojaba él, entro en otra taberna. El letrero rezaba algo así como el Buey. Había otra palabra detrás de “El Buey”, pero estaba gastada e ilegible. Abrió la puerta y se encontró con un posadero flaco y sonriente. La noche y el día con mi posadero habitual, pensó. No había camareras ni prostitutas. La gente no apostaba, ni festejaban. Los parroquianos de ese antro solo bebían en silencio, ahogados en sus penas. Se acercó a la barra y pidió vino.

  –¿Vino? ¿Estas seguro? Si quieres vino, te pondré vino, pero te recomiendo la cerveza. No es que esté buena, pero está menos mala que lo que puedo permitirme comprar como vino. Toma, una jarra, son dos cobres.

  Jurndir pagó, contento de encontrar a alguien que no intentaba timarle. Una vez hubo pagado, sin que él se percatara, una esmirriada figura empezó a moverse en silencio. Ésta tenía un objetivo claro, su bolsa, hinchada y tintineante. Alargó la mano, y por fortuna para nuestro protagonista, en ese momento se aposentó bien en el taburete, notando el roce en la pierna. Se giró de golpe, instintivamente, desenvainando el cuchillo que debía servirle para matar al brujo con la mano izquierda y agarrando a la furtiva figura con la derecha. Con un gesto, rápido como el rayo, la aplastó contra la barra y le puso el cuchillo en el cuello. Los demás clientes, levantaron la mirada, desinteresados por la situación.

  –De donde yo vengo, cuando alguien roba, le encerramos. Aunque creo que aquí más bien tenéis la costumbre de cortar manos, ¿me equivoco?

  Entonces fue cuando se dio cuenta de que era una muchacha la que había intentado robarle. Se guardó el cuchillo y la soltó. Ella extrañada, se agarró el magullado cuello y tosió. Antes de que pudiera salir corriendo, Jurndir sacó la espada y le agarró el brazo derecho a la chica, colocandolo encima de una de las mesas de la posada. Apoyó la afilada espada corta en su muñeca.

  –Yo creo que debería adoptar las tradiciones del lugar en el que estoy, por respeto a los lugareños. ¿Que te parece a ti la idea?

  La muchacha balbuceaba súplicas cuando el posadero intervino.

  –Venga, extranjero, no te lo tomes así. Mira, se llama Bel, solo es una chica pobre que intenta ganarse la vida.

  –¡Por los dioses! Si te dedicas al robo, a mi me parece fantástico, pero si te atrapan debes afrontar las consecuencias.

  –No digas esas cosas, hombre, por estos lares decimos “Sin crimen no hay castigo”. Seguro que podéis llegar a algún acuerdo que le permita mantener las dos manos.

  La chica, que forcejeaba con poco éxito, abrió mucho los ojos y soltó un leve “no” horrorizado.

  –Quizás sí que podamos llegar a un acuerdo –dijo Jurndir, divertido por la situación–. Verás soy... mensajero, y tengo un paquete para un tal Aq'mar, pero hoy mismo he llegado a la ciudad y no se por donde empezar a buscarle. Si me ayudas a encontrarlo, olvidaré que has intentado robarme. ¿Que te parece? ¿Tenemos trato?

  Los presentes palidecieron al oír el nombre del brujo. El posadero dejó negociadora y frunció el ceño.

  –Nadie que tenga tratos con ese monstruo es bienvenido en mi posada. Lárgate ahora, o no perderás la oportunidad de entregar tu mensaje, muchacho.

–Oh, sería una lástima, ya que mi mensaje le dejará helado –la arrogancia de la juventud era muy presente en Jurndir

  –Antes traías un paquete, ahora un mensaje. Dime, chico, ¿para que quieres encontrarte con Aq'mar?

  –Quiero algo que está en su poder. Su cabeza.

  Jurndir soltó a la joven, que corrió a irse a un rincón de la habitación.

  –¿Y que oportunidad te crees que puede tener un muchacho como tú –dijo el posadero mientras Jurndir perdía la poca paciencia que tenía– contra un poderoso brujo como Aq'mar?

  –¡Suficiente, posadero! –levantó la espada a la altura de la nariz del posadero– ¡Ya he aguantado suficiente tus insultos! ¡No soy ningún muchacho! Fui un muchacho cuando luché contra el Imperio, allá en Argos, en mi primera campaña militar, y lo seguí siendo cuando esos cobardes monoteístas me esclavizaron. ¿De verdad crees que puedo seguir siendo un muchacho tres años después? ¡Cruza conmigo tu acero, si te atreves!

  –Calma, joven guerrero, no pretendía importunarte –el posadero volvió a recuperar la expresión afable mientras levantaba las dos manos con las palmas al descubierto–. Si de verdad eres capaz de matar a Aq'mar, libraras a la ciudad de un malvado. Te indicaré donde vive, si así lo deseas. No es ningún secreto, toda la ciudad lo sabe. Así podemos evitar esa zona. Por cierto, mis amigos me llaman Largo, puedes hacer lo mismo si quieres.
Esa misma noche, Bel le enseñó el camino a la casa del brujo, en la parte rica de la ciudad. Realmente, no intentaba esconderse, tenía su nombre escrito en la puerta, pero, ¿que misterios encerraban esas puertas de madera maciza? ¿Que demonios le esperaban en su interior? Mejor ir a descansar, comer bien y prepararse. La noche siguiente entraría y mataría al brujo.

Licencia: CC BY-NC-ND 3.0
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