1. EL ESCLAVO:

Jurndir apenas si recordaba su vida con sus padres. Intentaba recordarlos mirando a las nubes, la única cosa que había conseguido encontrar en común de su lejana tierra natal a ese árido yermo en el que pasaba los días, trabajando de sol a sol, para algún poderoso señor. Tenía 17 veranos y hacia tres que yacía cautivo de las cadenas y las argollas. Poco tiempo, tres años, para olvidar a tus parientes, pero el tiempo pasa más despacio para aquel hombre al que le arrebatan la libertad.

-No te pares, Jurn, o volverás a sentir el látigo, muchacho.

Un anciano, compañero de infortunios, se había dirigido a él. Era un buen hombre, nativo de aquel desierto, rondando los cincuenta, número que la vida de esclavo, la arena y la calor habían convertido en casi ochenta. Su cara arrugada era la única que sonreía para Jurn por esos lares. Le llamaba Lars.

- ¿Porqué me miras de esta forma, te ha tocado demasiado el sol? - Lars apartó la vista y volvió a su tarea, acarrear las piedras sin valor, los excedentes de la excavación-. Vamos, chico, camina, ahórranos hacer venir al capataz.

El joven obedeció, ya conocía demasiado bien a ese panzudo del capataz. Se jactaba de arrancar la carne del hueso con un solo latigazo, y, si no cumplía sus amenazas, dolía como tal. Así, entre sudor y calor, pasaron aquella jornada. Cuando llegaba la noche, los guardias les llevaban a unas celdas, excavadas en la roca, dentro de la excavación. Les encadenaban a una larga cadena atada a una argolla de hierro en la pared. La cadena les daba libertad de movimiento, para poderse estirar en el duro suelo, pero poco más, de manera que podía llegar al hombre que tenían justo al lado, pero no al que tenían enfrente del habitáculo. La celda no tenía ventanas y el techo era el justo para que un hombre, de tamaño medio, pasara. Jurndir tenía a la diestra a su anciano amigo ya la izquierda un hombre de piel morena, del lejano sur, que no hacía mucho que se encontraba entre ellos, que era demasiado alto para la celda y tenia que agacharse para poder entrar. Poco importaba, ya que en cuanto se cerraba la puerta, lo único que podían hacer era dormir, sin luz y agotados por la jornada.

Era ya noche avanzada cuando dos guardias y un hombre altanero, de mediana edad, entraron en la celda. No era la primera vez que veían a los ojos maliciosos y la nariz aguileña de ese hombre. Vestía una túnica morada, de largas mangas y sus manos se escondían en la manga del brazo contrario. Se rumoreaba entre los esclavos que era un brujo y cada vez que escogía a alguien, no se le volvía a ver. Los guardias, armados con porras muy disuasorias, golpearon a los dos esclavos que tenían más cerca. Para este momento ya estaban todos de pie y se podían escuchar los gemidos de horror de alguno. Jurndir solo sentía ira.

- ¿A ver - preguntó el brujo, con una sonrisa lobuna y la más negra maldad dibujada den sus ojos-, quien de vosotros, pobres desgraciados, desearía ser libre? ¿Quién desearía poder evitar esta miserable vida de gusanos que tenéis y merecéis? ¿Nadie?

Todos habían oído los rumores que corrían sobre aquel malvado hombre y, aunque muchos habrían abrazado la muerte felizmente, temían que su suerte, si iban con él, fuera aún peor.

- En ese caso - siguió hablando el brujo, sin cambiar su expresión ni un ápice-, escogeré yo. Sargento, quiero al negro, a esos dos piojosos de ahí y a este muchacho.

Los músculos de Jurndir se tensaron, templados por los trabajos forzados, aunque mal alimentados, parecían menos de lo que eran. El musculoso sargento, mientras el otro guardia iba a buscar a los otros dos esclavos que había solicitado el brujo, empezó a soltar la cadena del hombre a su derecha antes de venir a por él. Jurndir, que tenía claro que no iba a dejarse conducir a los aposentos de ese brujo como un cordero que va al matadero, se abalanzó al cuello del sargento con la cadena que ataba sus manos, estrangulándolo. El sureño cogió la espada que llevaba el sargento colgada del cinto. Afortunadamente, hacía demasiado poco tiempo que estaba con ellos como para que le hubieran anulado la voluntad a ese hombre y estaba preparado para entablar batalla a cualquiera que se le acercara. Tenía esa mirada en los ojos del hombre que no tiene nada que perder.

Sin embargo, había una variable que no habían tenido en cuenta en su improvisado acto de rebeldía, el brujo. Sacó por primera vez las manos de las mangas, la derecha, cerrada en un puño. Su huesudas manos amarillentas y descoloridas tenían las uñas largas afiladas y negras, más garras que manos, acostumbradas a ritos innombrables. Abrió la mano y sopló, echando un polvo rojizo a los dos esclavos rebeldes. Jurndir, que se encontraba a espaldas del sargento, evitó el contacto con el polvillo, pero su compañero de armas no tubo esa suerte. Inmediatamente, cayó como un peso muerto, inconsciente. El sargento, que todavía luchaba para liberarse del joven esclavo, también perdió el conocimiento y Jurndir le soltó. Agarró el arma que su compañero había soltado al perder el conocimiento y fue a encararse al otro guardia. Todo esto había pasado en muy poco tiempo, y justo ahora se daba cuenta que algo iba mal con su sargento. Se giró y vio a aquel panorama, dos hombres, hechos y derechos, inconscientes en el suelo y un muchacho de negros cabellos y con fuego en los ojos empuñando la hoja corta que pertenecía a un guerrero.

- Por Talim, ¿Que demonios...? - el guardia no daba crédito a sus ojos, ¿como un hombre como su sargento, que llevaba media vida vigilando a esclavos, se había dejado sorprender por un muchacho y un negro?

Con la sangre fría de la que solo un ser humano puede hacer gala, Jurndir levantó la cabeza del sargento, agarrando el grasiento pelo, y le cortó el gaznate. Si tenía que morir, no sería solo.

- ¡Maldito hijo de perra asesino! Ya veras cuando te coja - la ira bailaba en los ojos del guardia mientras anclaba otra vez al esclavo que había soltado a la argolla.

- Venga soldado, venga a tu sargento, ese muchacho se está burlando de ti... - El brujo seguía sonriendo, increíblemente divertido por se giro de acontecimientos, sabiéndose seguro.

Después de escuchar las burlas del brujo, Jurndir pensó que un brujo sería mejor pago aún que un sargento para el barquero y le lanzó la espada. Con un movimiento demasiado ágil para un hombre, el brujo agarró la espada al vuelo.

- Vaya, eso no se hace, muchacho. ¿Querías hacerme daño? - El brujo agarro la espada por el mango y apuntó el filo a su pecho-. Hace mucho que vendí mi alma, no puedes matarme, chico.

Se hundió la espada hasta la guarda y no salió una sola gota de sangre. La sonrisa no se borró ni por un segundo de la cara del brujo. Solo cambió su expresión cuando se rió, con esa risa que helaba la sangre.

Fue entonces cuando a Jurndir se le cambió la mirada. Ahora si que sentía miedo de verdad. El pánico cundió por la celda, los otros esclavos temblaban e intentaban esconderse en la pared lisa, sin ningún éxito. Entonces, mientras el joven estaba pasmado mirando a esa criatura salida de mil infiernos, un guardia, que no se había sorprendido con el espectáculo del brujo, le golpeó la cabeza con la porra, y el mundo y su futuro, se le volvieron negro, ahora en manos de un brujo y un guardia con ansias de venganza por su sargento muerto. Antes de perder el conocimiento, solo alcanzó a ver a su anciano amigo, Lars, de pié, sin temblar, sin miedo, sin hacer nada para ayudarle.

Licencia: CC BY-NC-ND 3.0
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