Cuarta y última entrega de las aventura de Fuu y Carbón.
Aviso: éste es aún menos amable que el anterior (La canica y la canija)

La felicidad de los sádicos (y IV)
#miRelato  de +Relatos de G+ 

Pasaron los años. No es fácil decir cuántos. Los suficientes, sin embargo, para que aquellos pequeños que fueran intercambiados en un oscuro trato que tuvo lugar en una casa lujosa de Le Grau-du-Roi, hoy fueran unos curtidos piratas a bordo de La Cracheuse del capitán Spitz, quien a pesar de los años, seguía manteniendo su reputación de pirata más temible de los siete cielos.

Fuu y Carbón se habían convertido en los auténticos maestres de mecánica de la nave. Tampoco el tiempo pasaba en balde para La Cracheuse, pero los hermanos habían ido actualizando el sistema de propulsión con el paso del tiempo a base de peripecias y con buena ayuda de ese don particular que los caracterizaba para tratar con las máquinas. Podríamos mencionar, a modo de anécdota, el día en que el tren correo de Zurich a Ginebra no pudo efectuar su servicio porque la locomotora había aparecido saboteada. “Alguien” la había desguazado en una noche para robar sus pistones de sistema “compound”. Esos mismos pistones trabajaban sin descanso en La Cracheuse impulsando las bielas que movían el cigüeñal. O aquella otra ocasión en que una pequeña ciudad del noroeste de los Estados Unidos se disponía a inaugurar la iluminación, con gran pompa y boato, autoridades, banderitas y bandas de música. Cuando el alcalde activo el interruptor que debía iluminar su vanguardista ciudad, no pasó nada. ¿Lo adivináis? La dinamo de la central eléctrica de aquella ciudad estaba ahora acoplada al cigüeñal de La Cracheuse, proveyendo de luz eléctrica todas las estancias de la nave.

En cuanto a su relación con Spitz, ésta seguía siendo tormentosa. De Spitz habían aprendido todas sus malas artes y un placer un tanto enfermizo en hacer padecer a sus víctimas, igual que un gato cualquiera disfruta jugueteando con su presa antes de asestarle el golpe de gracia. Por lo general, Carbón procuraba interactuar lo mínimo con el resto de la tripulación, y a menudo se comunicaba usando únicamente monosílabos y gruñidos. Sin embargo, Fuu y Spitz mantenían una especie de relación amor-odio en la que él nunca le perdonó que ella le arrancara un ojo de un zarpazo, pero, al mismo tiempo, Spitz no podía ocultar que admiraba la bravura de aquella fierecilla que un día consiguió como parte de un lote. Además, las habilidades como mecánicos que ambos habían demostrado, los habían convertido en piezas imprescindibles en La Cracheuse. Por ello, Spitz procuraba mantenerlos al margen durante los abordajes a otras aeronaves o cuando llevaban a  cabo asaltos a poblados en cualquier rincón del mundo. A pesar de ello, no podía evitar que, de vez en cuando, los hermanos se escaparan para cometer tropelías por su cuenta, contribuyendo a forjar “La leyenda de los hombres gato de Spitz”. 

Uno de los asaltos que se les atribuyen es aquel que tuvo lugar en algún lugar de Inglaterra, cuando un buen mercader llamado Johnson, de profesión carnicero, se dirigía al mercado en su caballo. Cuentan que Johnson oyó los lamentos de una mujer en el bosque, lo que le animó a detenerse para averiguar lo que ocurría, a pesar de saber que la zona era frecuentada por bandidos. Tras buscar entre los árboles, se encontró a una joven, desnuda y con los cabellos pelirrojos alborotados, que atada a un árbol lloraba pidiendo socorro, explicando entre sollozos que había sido asaltada por una banda de maleantes. Johnson, como hombre valiente que era, la desató y le ofreció su abrigo para protegerla del frío. La subió consigo a su caballo y emprendió de nuevo la marcha a galope tendido. Se dice que no habían recorrido ni cien yardas cuando ella dio un potente silbido, y que, al momento, tres hombres armados con sables saltaron al camino cortándoles el paso, obligando a Johnson a detenerse. Se dice que Johnson se defendió con uñas y dientes de aquellos tres bandidos, hiriendo a uno de ellos y esquivando a los otros dos. Sin embargo, una inesperada puñalada por la espalda le arrebató la vida, una puñalada a manos de aquella joven cómplice de los bandidos. Johnson nunca supo que el nombre de la joven era Fuu, ni que era ella la que había ideado la emboscada, ni tampoco pudo ver la sonrisa chesshírica de Fuu cuando ésta le clavó el puñal que le hizo dar con sus huesos en el suelo (1).

    (1) Basado en la canción Two Butchers, de Steeleye Span
         (Two Butchers - Steeleye Span)

Aquella misma Fuu se encontraba ahora en compañía de Carbón en “su” sala de máquinas a bordo de La Cracheuse, mientras ésta se deslizaba por los cielos a medio vapor. Las bombillas Edison que ellos mismos habían instalado por toda la nave (obtenidas en un fabuloso golpe asestado a la mismísima fábrica Edison) los iluminaban tenuemente mientras se disponían a engrasar las partes móviles de la maquinaria. 

Cuando engrasaban el cigüeñal, siempre lo hacían por parejas, ella por un lado del cigüeñal, y él por el otro. Era una tarea peligrosa, pues el cigüeñal quedaba bastante bajo en un foso que atravesaba la sala de máquinas, y a cada lado tan sólo había una pequeña cornisa para apoyar los pies y un pasamanos para agarrarse. Para aplicar la grasa sobre el cigüeñal, cada uno por su lado, se agarraban a los pasamanos e inclinaban el cuerpo  sobre el foso, cuidando que las bielas no les golpearan. Así había sido siempre desde que Steamer, aquel viejo que los tomo bajo su protección y que ya había pasado a mejor vida, les enseñara a hacerse cargo de las máquinas. Así había sido siempre, y nunca había pasado nada. Sin embargo, algunas desgracias, si no habían ocurrido antes, era porque alguna divina providencia velaba para que nada malo pasara. Ese día, la divina providencia debía de estar ocupada en otros menesteres, porque una turbulencia sacudió repentinamente la nave en aquel delicado momento, haciendo que Fuu perdiera pie en la estrecha cornisa. Quién sabe; tal vez la providencia había salido a mear…

Carbón se quedó petrificado, lívido, al ver cómo el brazo izquierdo de su hermana era seccionado con total facilidad por las bielas, como si de una cizalla se tratara. No pudo reprimir una arcada que acabó por hacerle echar toda la pota sobre el cigüeñal. (Más tarde descubrirían que la pota de Carbón tenía unas cualidades fascinantes como lubricante, pero eso es otra historia). La extremidad amputada salió volando y aterrizó sobre el suelo de la sala de máquinas frente al hogar de la caldera, aquel mismo hogar que en cierta ocasión había dado buena cuenta del ojo derecho de Spitz.

¿Y qué hizo Fuu? Nada. Tras recuperar la compostura y conseguir apoyar los pies de nuevo en la cornisa, se miró el muñón sangrante y dejó escapar un tímido “ay”. Con cuidado, mientras se desangraba lentamente, se apartó del cigüeñal y se acercó con paso inseguro, como aturdida, hasta donde había aterrizado su brazo. Se agachó frente a él, sólo para perder el equilibrio y caer de culo sobre la cubierta. Carbón acudió hasta ella mientras se limpiaba restos de vómito de la cara con el antebrazo. Fuu giró la cabeza para mirarle, y él le devolvió la mirada. Normalmente se comunicaban así, sin palabras. Una mirada era suficiente para hacerse entender. Fuu recogió su brazo del suelo y Carbón la ayudó a ponerse de nuevo en pie, encaminándose hacia la salida de la sala de máquinas. Ella avanzaba dando tumbos, notando cómo una debilidad iba invadiendo su cuerpo poco a poco, dejando un reguero de sangre oscura tras de sí. 

Salieron al corredor. Carbón seguía tirando de ella, intentando mantenerla  en pie mientras ella se derrumbaba por momentos sobre las paredes. Lo más difícil fue trepar por las empinadas escalas a la cubierta superior, la cubierta noble donde se encontraba el puente. Allí se cruzaron con algunos miembros de la tripulación que reaccionaban de muy diverso modo. Alguno se desmayó, algún otro se tronchó a carcajadas, y la mayoría sencillamente se quedaba perplejo ante la estampa de los dos hermanos-gato avanzado hacia el puente como detritus por acequia, cubiertos por sangre, vómito y portando un brazo que no estaba donde se suponía que debía estar.

En el puente, Spitz se rodeaba de sus hombres de confianza mientras discutían alrededor de una mesa sobre la que había desplegada una carta de navegación. Cuando los hermanos entraron en el puente, se hizo un silencio sepulcral, sólo roto por el ruido de cristales rotos de una botella (de ron, probablemente) que alguien, anonadado, había dejado caer al suelo. Los hombres de confianza del capitán abrieron pasillo a medida que Carbón avanzó hacia Spitz cargando con una Fuu al borde de la inconsciencia. Cuando llegaron hasta la mesa, Fuu dejó caer su brazo sobre ella, manchando la carta de navegación. Esa fue una de las pocas ocasiones en que, según la leyenda, el temible Spitz quedó momentáneamente atónito. Miró el brazo, miró a Fuu, y de nuevo al brazo antes de esta hablara:
―Engrasado ya estar, cigüeñal…
La última palabra apenas se escuchó. Fuu se desplomó, pálida, sobre la cubierta del puente. Spitz rodeó entonces la mesa y se agachó junto a ella, ladeando la cabeza para mirarla frente a frente. No había duda: los labios de Fuu mostraban una sonrisa risueña. Tras unos segundos, una sonrisa exactamente idéntica se dibujó en la cara de Spitz. Fuu estaba feliz. Él estaba feliz. Compartían la felicidad de los sádicos.

Epílogo

Muchas aventuras siguieron, y muchas también precedieron a todo lo aquí relatado, como aquella en la que Fuu y Carbón, siendo aún niños, regresaron a hacer una “visita de cortesía” a Le Grau-du-Roi en compañía de la tripulación de La Cracheuse, violando el acuerdo por el cual Spitz dejaría en paz las tierras de Monsieur Niox, o aquella otra en la que “La Manca de La Cracheuse” asaltó a solas (a una mano y dos pies) el banco de una ciudad en Rumanía. Para todo ello deberemos buscar otro momento… y encontrarlo.

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“La felicidad de los sádicos" por Germán Sánchez Felíu está licenciada bajo la Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Para ver una copia de esta licencia, visita http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/

 
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