Lo que aquel día pasó en Le Grau-du-Roi (I)
#miRelato  

Era… una pila de basura. Básicamente, lo que es basura: desperdicios que no quiere nadie, pequeños retales, botellas y porcelana rota, algún que otro pedazo de metal y… ¡eh! ¡Premio! Levantó en alto la mano, igual que si hubiera conseguido un trofeo, agarrando un hueso de pollo asado en el que algún insensato aún había dejado algo de carne. Se lo pasó a él, quien miraba aquel hueso de pollo con la misma impaciencia y la misma ansia que ella. Prácticamente se lo arrebató y se sentó en el suelo para saborearlo y repelarlo tanto como fuera posible. Mientras tanto, ella siguió rebuscando entre la basura en busca de algún otro trofeo similar, igual que hacían cada día hacia la misma hora del atardecer, cuando algún sirviente vaciaba el cubo de la basura en el callejón trasero de aquella casa lujosa.

Ambos tenían un gran parecido. La misma estatura, piel clara, ojos miel, alrededor de cuatro años de edad. La mayor diferencia era el contraste entre el pelo rojizo de ella y el pelo completamente negro de él, salvo por un mechón completamente blanco en la parte izquierda de la cabeza. Sin embargo, algo los hacía diferentes al resto de gente que habitaba en Le Grau-du-Roi, en todo el sur de Francia y probablemente en buena parte del mundo: sus largos y desaliñados cabellos ocultaban al mismo tiempo unas orejas gatunas que intentaban asomar por encima de sus cabezas, así como la falta de ellas en el lugar en que sería de esperar que estuvieran. Pero lo que de verdad, de verdad los hacía diferentes, era la cola peluda que les nacía al final de la espalda y que aquellos harapos que vestían, rescatados de otras pilas de basura que habían ido encontrando a lo largo del tiempo, no eran capaces de esconder.

En realidad, algunas de aquellas pilas de basura eran verdaderos filones en los que más pronto o más tarde uno acababa por encontrar… lo que fuera que buscara… aunque esta vez no era exactamente así. No había más pollo. Todo lo que ella consiguió rescatar fue un trozo de pan que, eso sí, había tenido la gracia de quedar rociado por los jugos del pollo asado. “¡Menos da una piedra!”, supongo que debió pensar mientras sujetaba el trozo de pan con ambas manos, observándolo con la cabeza un poco ladeada durante unos segundos antes de disponerse a hincarle el diente.

Mientras tanto, algo más lejos, concretamente cerca de una aldea en los alrededores de Burdeos, dos campesinos iban hablando mientras volvían de trabajar en sus campos, azada al hombro, con el sol ya algo bajo en el poniente.
―¡Qué no pue ser!
―¡Qué te digo que sí!
―¡Qué no pue ser!
―¡Qué me lo dijo él, qué se lo oyó decir a su señor, qué se lo contó musú Ferrin, el de Blanquefort!
―¿Pero qu’es lo que le contó musú Ferrín?
―¡Pos lo que t’estoy contando yo, tú! Que dicen qu’es así, que míe lo que dos hombres y que tie la fuerza de diez, que d’un mandoble parte un buey por la mitá, tú. Que tie los ojos negros como la noche y que n’ellos se pue ver al diablo nadando en las calderas de l’infierno mientras se rie de ti, y que si lo miras a los ojos es l’último que haces en tu vía, porque entonces él mismo te l’arranca a bocaos. Y que además es un mozo bien parecido, y que enamora a toas, pero que es un amor traicionero, porqu’él es traicionero, en verdá. ¡Oy! ¡Si es un pirata! ¡Qué quien quiera caridá que vaya al convento, tú!
―Eso es verdá. En lo de la caridá ties razón, pero que no sé yo si me lo creo, to eso.
―Pos es lo que yo te digo. Y que es solo ver su nave y se le hiela la sangre al mismo mismo Satanás, que dicen qu’es el qu’alimenta las calderas de su nave, que son como las mismas calderas de l’infierno. Que ande llega con sus hombres, que son más de cien mil, arrasa con to y no te queda pa’ na’, y que con eso pa’ qué queremos más, que se llevan hasta las raíces de los plantones y se las comen en sopas de ajo, porque ahí ande lo ves, l’ajo es su debilidá y se pue comer una cabeza ajos entera d’un bocao y sin pelar.
―Pos l’olerá l’aliento que asusta hasta las raposas.
―Pos l’olerá, tú, ¡que no digo que no!, pero que se la come d’un bocao, que se lo dijo Champfleuri, que se lo oyó decir a su señor, que se lo contó musú Ferrin, el de Blanquefort.
―¡Qué no pue ser!
―¡Qué te digo que sí!
―¡Qué no pue ser!
Y así siguieron su conversación, camino abajo mientras volvían de trabajar en sus campos, azada al hombro, con el sol ya algo bajo en el poniente.

Mientras, algo más cerca, un acontecimiento extraordinario inquietaba a los habitantes de Le Grau-du-Roi. Sobre las tranquilas aguas del Estanque de Medard había venido a posarse una nave voladora, ¡y no una cualquiera! Para empezar no había muchas de aquellas, parecidas a un pequeño vapor, pero cuyo estilizado casco de madera quedaba suspendido en el aire con ayuda de varios balones llenos de vapor y aire caliente. Pero además, ésta era tristemente conocida: La Cracheuse del capitán Spitz. El hecho de que una bandera blanca ocupara el lugar de la tradicional bandera negra con la calavera no conseguía tranquilizar a las gentes del pueblo, que iban y venían por las orillas del canal central de Le Grau-du-Roi, los unos queriendo ver aquella nave con sus propios ojos, los otros procurando tomar precauciones. Pero nada de esto parecía molestar a nuestros pequeños protagonistas, que estaban en aquel callejón, en la parte trasera de aquella casa lujosa a orillas del canal, buscando algo que llevarse a la boca en su habitual pila de basura, que a estas alturas seguía siendo eso: una pila de basura.

Al mismo tiempo, todavía más cerca, concretamente dentro de los muros de aquella casa lujosa y exactamente en el salón principal, un caballero bien vestido con traje de chaqueta oscuro, pipa y monóculo se sentaba a una mesa con una pierna cruzada sobre la otra. Apoyaba una mano sobre la mesa mientras la otra sujetaba la pipa de la cual iba dando lentas caladas. Parecía tener una postura relajada, pero en realidad pero no lo estaba. Nadie lo habría estado en aquella situación, frente a un hombre corpulento de aspecto amenazador y armado con un sable al cinto. Aquel otro hombre parecía la antítesis del primero: ropas gastadas, botas sucias, un pelo largo y oscuro más o menos ordenado en una trenza y parcialmente cubierto por un viejo tricornio. En medio de ambos hombres, en el centro de la mesa que los separaba, una bolsa de cuero volcada de la que asomaban algunas monedas de oro. Los ojos del hombre corpulento, negros como la noche, estaban fijos en aquella bolsa. Su mano derecha descansaba sobre su cinturón mientras la izquierda lo hacía sobre la mesa, cerca, muy cerca de la bolsa, listo para cogerla en cualquier momento mientras en su rostro se mezclaban la euforia y la impaciencia.
―Seis mil francos de oro ―dijo el caballero elegante con acento y pronunciación exquisitos―. Seis mil francos de oro y usted y sus hombres dejan en paz mis tierras y a mis jornaleros.
Algo parecido a una sonrisa pícara quiso dibujarse en la boca del hombre corpulento, quien rápidamente cogió la bolsa con una de sus enormes manos, recogió las pocas monedas sueltas que habían caído sobre la mesa y la cerró tirando de los cordeles.
―¿Y resto de acuerdo? ―preguntó con una voz áspera y gastada aderezada con un acento verdaderamente particular.
El hombre elegante se frotó la frente dejando escapar un suspiro. Giró la cabeza hacia una doncella del servicio que estaba en pie unos cuantos pasos tras él.
―Georgette, ¿los has visto?
―Sí señor. Están donde siempre, señor.
El caballero elegante se levantó sin muchas ganas, pero guardando una perfecta compostura, e hizo un gesto al rudo hombre corpulento, indicándole que le siguiera.

De vuelta al callejón, él seguía sentado en el suelo repelando el hueso de pollo mientras ella masticaba en pie su primer bocado de aquel currusco de pan. Bajo su maraña de pelo, instintivamente movió una oreja al oír cómo se abría la puerta trasera de la casa lujosa. De ella aparecieron el hombre elegante y el corpulento. Ambos pequeños miraron a uno y a otro, completamente quietos. El hombre corpulento les parecía verdaderamente grande; parecía tener el tamaño de dos hombres. Y además olía raro, eso también lo notaron.
―Ahí los tiene. Suyos son ―dijo el hombre elegante, siempre con esa pronunciación tan cuidada.
―¿Pa? ―dijo la pequeña mientras su hermano seguía sentado mirando a los dos hombres, aunque sin dejar de chupar su hueso de pollo.
_Antes de que pudieran darse cuenta, el hombre corpulento de olor raro y mirada tenebrosa agarró a la pequeña por la muñeca y tomó al otro bajo el brazo, como si de un fardo se tratara. Ella intentó soltarse, pero el tipo corpulento de olor raro era realmente fuerte, como si tuviera la fuerza de diez hombres (o bueno… quizás alguno menos). 
―¡Pa! ¡Pa! ―protestaba, aunque cuidándose mucho de no soltar su preciado trozo de pan al jugo de pollo asado―. ¡Pa! ¡Pa! ¡Pa! ―siguió protestando mientras el tipo corpulento la arrastraba hacia afuera del callejón, hacia la calle que bordeaba el canal. El pequeño en cambio no protestó. Con las manos ocupadas en sujetar el hueso de pollo que seguía chupeteando como el mejor de los caramelos, vio al hombre elegante entrar de nuevo en la casa y cerrar la puerta tras de sí, justo antes de que el hombre corpulento saltara con ambas criaturas a un bote que le estaba esperando con cuatro remeros. Aquellos cuatro fornidos remeros comenzaron a bogar canal arriba hacia el cercano Estanque de Medard, donde la Cracheuse parecía acariciar las aguas tranquilas del estanque ante la mirada atónita de los habitantes de Le Grau-du-Roi.

Los gritos de ¡Pa! ¡Pa! ¡Pa! siguieron pudiendo escucharse mientras el bote se alejaba hacia el estanque, mientras los pequeños eran subidos a la aeronave, e incluso mientras ésta se elevaba para desaparecer entre las nubes.

-------------

"Lo que aquel pasó en Le Grau-du-Roi" por Germán Sánchez Felíu está licenciada bajo la Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Para ver una copia de esta licencia, visita http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/  
Ocultar esta publicación
Shared publiclyView activity