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Karluna Gonzalez Piña
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"La vida es muy corta, para ser común y corriente"
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2016
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Imperante!
¡Buenos días!
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Del muro de Víctor H. Moreno..........
INFIDELIDAD: la pandemia del siglo XXI-Opinión personal


¿sabes cuántas personas hay en el mundo? No te pongas a contarlas, ya te lo digo yo: ¡casi siete mil millones! Espera, así queda mejor: 7.000.000.000.
¡Cuánta gente! Más que en un concierto de Pablo Alborán... Increíble, ¿verdad? Eso quiere decir que en caso de que decidas TENER PAREJA vas a tener muchísimas posibilidades de elección. No te preocupes si no gustas a una, dos o varias personas: en este mundo todo ser humano del montón tiene su público. Que no te cambien los fracasos, ni te crezcan los triunfos. Pero no, no te voy a dar clases para ligar o técnicas para relacionarte con el sexo opuesto —más que nada porque si supiera de algo de eso, no estaría soltero—; te voy a hablar de elección.
Cuando decides estar con una persona es porque tú, chico o chica, has querido. Simple, ¿no? Has seleccionado. Has escogido. Eliges la opción «tener pareja» de manera voluntaria, sin presiones. Y no solo eso: también escoges de entre ese grupo más o menos extenso de posibilidades a la persona que crees que mejor se adapta a tus criterios selectivos y prioridades personales. Incluso puedes abarcar nuevos círculos sociales y conocer a gente nueva si lo que tienes cerca no te satisface —hay gente muy «tiquismiquis» y selectiva, que acabarán viviendo con preciosos gatitos, que terminarán locos de tanto estar pendientes de un humano que les habla en otro idioma y que, a falta de acariciar otras cosas, les soban la panza a cada instante—. Puedes conocer a decenas de personas, en serio. Cientos. Miles. Incluso llegar a cientos de miles de personas. Ya dependerá de cómo te lo montes —aunque debe ser difícil conocer a tanta gente y escoger a la que creas mejor...—.
Lo importante es que, sin presión social y de manera autónoma, decides comprometerte con UNA sola de todas esas personas que formaban tu círculo de acción. Y he ahí la palabra clave: COMPROMISO. Un compromiso que has «firmado» de manera implícita al comenzar una relación recíproca con un maravilloso ser escogido entre mil. Y digo recíproca porque hoy día hay relaciones tan raras, que una de las partes afirma estar con X persona, pero esta X persona lo niega. Hay que tener claros los conceptos, amigas y amigos. Aun así, hablo del compromiso entre dos personas libres que desean hacer vida en común, respetando cada cual su propia intimidad personal y esfera social —algo que en la práctica jamás es así, especialmente por temas de celos, desconfianzas, necesidad de control sobre la hembra por temas de inseguridad, complejos de inferioridad, subnormalidad innata, etc...—. Vamos, que me refiero a un noviazgo de los de toda la vida, más allá de «rolletes», «follamigos», «amigovios» o «como se les quiera llamar», y que solo representan relaciones de un nivel de vinculación bajo y escaso compromiso.
Ese compromiso, voluntario y elegido motu proprio, conlleva deberes y obligaciones. Pero no pesan. Jamás deberían pesar. Sería absurdo decir lo contrario cuando nadie te ha obligado a estar con una persona. Ha sido elección tuya: desechas el poder estar con varias personas o el vivir solo por el hecho de quedarte con una y hacer vida con ella. O él. Tienes que estudiar, tienes que ir a trabajar, tienes que comer... Pero nadie te pone una pistola en la cabeza para que «decidas» amar, querer, cuidar o apoyar a tu pareja. La obligación impuesta por la sociedad no existe. Esto no es como trabajar o estudiar porque sí, porque es lo que hay si quieres formar parte del sistema. Tienes pareja al igual que has querido tener un coche, un apartamento con un enorme y acogedor salón, un reloj con una preciosa correa de cuero beige, o un montón de tacones en un vestidor. Elecciones voluntarias.
Entonces, me pregunto yo, ¿qué clase de persona es capaz de traicionar algo que voluntariamente ha escogido? ¿Cómo es en realidad un individuo que apuñala la confianza de la persona que ha elegido amar, querer, cuidar y apoyar? ¿Qué cabe esperar de alguien que traiciona SUS PROPIAS decisiones? Y, yendo más lejos aún... ¿Qué clase de inteligencia, moral y qué ética residen en la mente de un sujeto que además de ser infiel alardea de ello?
En los términos que explico, ser infiel a la chica —o chico— que has escogido es semejante a estos ejemplos que podrían sucederse en cualquier bar del mundo siguiendo la lógica del infiel:
Ejemplo uno: — Pues sí, ayer me dieron el BMW nuevo. Menudo cochazo, tío, casi cincuenta mil euros. Esta misma mañana lo he estampado contra una farola preciosa. ¡Tienes que ver cómo lo he dejado! Hecho una puta mierda, ja, ja, ja... ¡Me encanta!
Ejemplo dos: — ¡Anselmo! ¿Cómo estás? A ver si te pasas por mi apartamento nuevo. Ayer mismo prendí fuego al salón, ja, ja, ja, ja. Está todo quemado y huele fatal... ¡Deberías verlo!
Ejemplo tres: — ¡Braulio, acompáñame al baño, que voy a tirar por el váter el reloj que me compré la semana pasada! ¡Te dejo que tires de la cisterna tú mismo! ¡Riámonos!
Ejemplo cuatro: — ¿Qué tal, chicas? ¿Os gusta mi nuevo zapatero? ¡Pues mirad como acuchillo a todos estos zapatos preciosos, bua-ja, ja, ja, ja, ja! (risa de loca poseída previa a una masacre «taconil»).
Los ejemplos son absurdos, lo sé. Tanto como el hecho de ser infiel e ir en contra de la lógica traicionando a la persona que confía en ti, a la que has «prometido» cuidar, a lo que es «TUYO», que será —o es— padre o madre de tus hijos y con la que vas a pasar más vida en común que la que pasaste con tus padres.
¿Tan poco valor le das a algo que lo desechas y traicionas así? ¿Es el principal problema la «facilidad» con la que se obtienen muchas cosas en esta vida la que no nos hace darle el valor que verdaderamente tienen? No le encuentro sentido si no es así: cuanto más fácil es tener algo, menos valor le daremos. Cuanto más tengas de algo, menos importancia tendrá, y viceversa. Tal vez por eso, a veces, es fácil saber de qué va una persona u otra en función de lo que puede o no tener. Aunque por suerte no todos pensamos igual.
Si eres capaz de semejante engaño —o engaños—, ¿qué no serás capaz de hacer con aquellas personas con las que no tienes ese grado de vinculación? Personalmente jamás he confiado en una persona que es infiel confeso —o confesa—, porque si tiene la poca vergüenza de traicionar un vínculo tan poderoso como la pareja —especialmente los casados en santo matrimonio delante de Dios, en ocasión de personas cristianas practicantes—, ¿qué no podrá llegar a hacer con quienes no tenga deber de fidelidad alguno, y sin divinidad de por medio como testigo de santa unión?
El humano infiel es mezquino, embustero, zafio, egoísta, carente de empatía, de asertividad, de valores y de principios, de conciencia, de inteligencia y de principios éticos y morales. Sin excepción, sin matices y sin justificación. Y hay personas que lo justifican —tanto los que las disfrutan como quienes las padecen—, pero la infidelidad jamás es justificable; jamás es excusable. Nace de una persona que jamás cambiará y que entiende y asimila esa práctica como habitual, y que jamás sabrá valorar, respetar, entender ni AMAR a la persona que tiene al lado. Si tu pareja te ha sido infiel, jamás olvides, ni perdones. Ni conoces a alguien infiel, tú sabrás si quieres evitar problemas o tirarte directamente a la jaula de los leones. No es nuestra guerra y todos somos mayorcitos para saber qué hacemos.
Si una relación va mal, si dos personas han dejado de amarse pero hacen vida en común, si existen problemas pasajeros, si la distancia se ha convertido en un impedimento para el pleno goce de la relación o si padecemos deseos sexuales irrefrenables en diversas situaciones, CREO, humildemente, que el acto cobarde de la infidelidad no va a arreglar los problemas ya existentes. Más bien lo contrario. Pero lo mismo me equivoco, ¿no?...
Si no estás enamorado o enamorada, deja a tu pareja. Si no existe pasión y no va a volver a encenderse la llama, ten los cojones —o los ovarios— de decir «se acabó» antes que la falta de escrúpulos para entregar tu inquieto órgano reproductor a otra persona. Si sabes que una relación no va a llegar a buen puerto ten la inteligencia para dejarla de manera madura y amistosa antes de que se contamine tóxicamente. Si te has dado cuenta de que la persona con la que estás no es la persona que creías que era, zanja la relación. Pero en ningún caso es justificable la infidelidad, la traición o la mentira, salvo que la primera sea consentida o exista algún acuerdo para tener relacionas extramaritales —casos contados de parejas de mentalidad sana y abierta, o relaciones en las que se sigue manteniendo el núcleo familiar en favor de los hijos, aunque cada par disfrute de su sexualidad libre y consentidamente—.
Más allá de estos dos grupos en los que no existe justificación, sino consentimiento, la infidelidad mata. Mata la bondad en las personas, la capacidad de amar, la confianza en el sexo opuesto —o el mismo, según el caso—, la capacidad de lealtad entre humanos, la ganas de comenzar nuevas relaciones, la motivación por crear una familia, altera la visión de nuestro entorno y nos convierte en personas desencantadas y apáticas con todo lo que creíamos idílico cuando éramos más jóvenes. Yendo dos pasos más allá, la infidelidad también mata personas, y no sólo en el sentido figurado de romper un corazón. También en el literal.
¿Y sabéis lo peor? Cada día conozco a más personas infieles, de esas que no creen en el deber ni en la lealtad si no les viene impuesto por obligaciones de inexcusable cumplimiento. Como si el ir a trabajar y el estudiar, que son compromisos obligatorios, fuesen tareas más deseables que el tener pareja, que es un compromiso voluntario y placentero. Porque nadie se echa pareja para estar peor que estando solo. Sería de memos. Y todas estas personitas que nombro, pertenecen a todas las escalas y posiciones sociales, sin excepción. Parejas aparentemente modélicas en las que una de las partes jamás se imaginaría que el sexo de su par ha sido penetrado o ha penetrado en tercera persona. Personas por las que pondrías la mano en el fuego y te la achicharrarías. Personas que salen y entran y que tienen un desliz, personas que siguen viéndose con antiguas parejas sin que no lo sepa absolutamente nadie, gentes de la noche y del día, vecinos con tres hijos y un nivel de vida elevado, relaciones secretas en el ámbito laboral..., y todo, y no hay que ser demagogo, sacando provecho en muchos casos de las nuevas tecnologías y la sencillez para crear o mantener contactos en secreto —el típico nombre en la agenda de un teléfono llamado «Juan Trabajo» y que en realidad esconde a «Rubiaza que conocí hace dos semanas en discoteca PimPamPum y con la que espero quedar cuando tenga la oportunidad para lame... Para tomar un café»—. Contacos nuevos, o antiguos. Una gran putada, y una gran realidad cada vez más extendida e igualitaria. Porque si cuando se habla de infidelidad la primera imagen que se te viene a la cabeza es la de un hombre, ve actualizando tus conceptos, porque hace mucho, mucho tiempo, que la infidelidad es cosa de seres humanos machos y hembras. Un rollo para los que no hemos pecado jamás de infieles y pensamos que el resto actúa como nosotros. Una lata cuando tienes que saludar o darle dos besos a alguien y puedes ver sus cuernos sin que ésta sepa qué descansa sobre su ornamentada testa.
¿Sabéis qué? Os confesaré algo. A veces me encantaría ser verdaderamente libre. Tener una casa por la que no pagar impuestos en el campo, como la del abuelo de Heidi pero sin tantos terraplenes, acantilados ni columpios infinitos, plantar mis propios alimentos, vivir rodeado de animales y confeccionar mis propias ropas de abrigo —y a poder ser con wi-fi, que la libertad no debe estar reñida con el acceso a la información y los e-books—. Todo con tal de saber si sería más feliz así que rodeado de un entorno en el que me cuesta confiar y creer. Pero lo cierto es que prefiero seguir creciendo en sociedad pensando que quedan personas que sepan valorar al resto, que amen y deseen ser amadas, en quien se pueda confiar y que anhelen tus mismos deseos por formar una familia. Personas sensatas con el chip del sentido común instalado, que sepan lo que quieren y luchen por ello día a día, teniendo en cuenta que estar en pareja es una elección y una forma de vida, no un sacrificio constante ni una losa contra la que haya que pelear. Más bien al revés: una lucha conjunta de dos contra el mundo, donde ninguna de las partes tira de la otra. Personas que no se «despisten» con terceras personas ni den pie a juegos en los que alguna de las partes siempre acaba saliendo malparada. Porque podemos tener ojos y usarlos, desenvolvernos en nuestro círculo social, quedar con nuestras amistades y mantener contacto con nuestras ex-parejas, pero en el momento en el que nos comprometemos con alguien no debemos olvidar que es nuestra decisión: una decisión que emplaza —o debería hacerlo— a una persona a la posición número UNO de nuestras preferencias en la vida.
Para terminar, y relacionado con lo anterior, un pequeño consejo: si no vas a colocar a la persona que escojas como PAREJA en el trono que descansa sobre tu pedestal de prioridades en la vida, no la busques, no le hagas perder el tiempo, ni la martirices ni la desees, porque una Reina no merece estar en otro lugar.
Ni un Rey.
Feliz día y mejor semana.
PD.- Espero que nadie se moleste. Es tan solo una opinión personal y general que nace de mi propio sentir y que hacía tiempo que quería compartir.
No espero que todo el mundo piense como yo, y no quiero herir sensibilidades/susceptibilidades con el texto. Nadie se debe dar por aludido/a. Aun así, es la versión light y extendida (solo son 5 folios a Word a pesar de lo que parezca aquí) de lo que me hubiera gustado escribir sobre este tema. Me habría gustado ser menos light y más concreto, pero en ocasiones ser diplomático es la mejor manera de ser.
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