Otro relato rescatado del olvido y del paso del tiempo.
Sé que está fuera de plazo, pero tengo el permiso de la jefa +Daniela Huguet Taylor  #creíaquenohabríalátigoparamíperosí   ;)

#miRelato  

“MEJOR APAGO LA RADIO”



     No me gustan los domingos. Dicen que son para no hacer nada, reponer fuerzas para volver al trabajo el lunes, descansar de la juerga del fin de semana. Resultan aburridos, idénticos, siempre con el fútbol copándolo todo.

   Estaba en casa, sin saber qué hacer o dónde ir. Era un día extraño, gris, uno de esos en los que no llueve pero tampoco sales a la calle sin el paraguas.

   Comí un poco y luego cogí un libro; necesitaba distraerme. Me tumbé en la cama para estar más cómodo. No tardé mucho en quedarme dormido. Últimamente me asaltaban por las noches unas horribles pesadillas. Y esa tarde no fue una excepción. Si algo bueno tienen es que al despertar no las recuerdo, eso sí, mientras las vivo padezco sudores, doy vueltas, siento miedo... son tan reales.
   
   Me levanté bastante alterado, fui al baño y me refresqué un poco, a pesar de que no era un día, noche ya, de calor.

     Otra vez el aburrimiento. Tampoco tenía hambre y descarté la idea de pasar el rato cenando. Volví a la cama. Sobre la mesita tenía una radio de pilas, de esas pequeñitas que sirven también como despertador. Decidí ponerla. Más fútbol. Definitivamente, el domingo no es para mí. Pero, girando el dial, encontré un nuevo programa, y digo nuevo porque era la primera vez que lo escuchaba. Una locutora de suave y dulce voz narraba las historias que los oyentes enviaban. Me pareció que prometía y decidí dejarlo, incluso le subí el volumen para no perder detalle.

   Tras la breve presentación de una joven aficionada (o escritora novel), comenzó el cuento. Se titulaba “Ciudadano sangriento”.

     Cerré los ojos para imaginar mejor los personajes y situaciones. Siempre se me ha dado bien echar a volar con el pensamiento, y quizás de ahí provengan las continuas pesadillas.

     Me relajé y permití que la voz de la locutora, unida al texto de la historia, me llevasen por un rato fuera de la realidad.

     Contaba los espeluznantes actos cometidos en una ciudad cualquiera, durante un día cualquiera y por un hombre cualquiera. La protagonista no sabía qué sucedía a su alrededor. Escuchaba sirenas cerca de su barrio, pero eso no tenía mayor importancia, porque ¿quién no suele oírlas?. Ni la televisión ni la radio daban constancia de nada, sería demasiado rápido para ellos. Así que para la chica podría decirse que estaba siendo un día normal en su vida.

   Sin embargo, en esos momentos ya había dos víctimas, y a la tercera le corría la sangre cuello 
abajo, manchando su blusa y calentando las manos de su asesino.

   Sonó el teléfono. Era su novio; la esperaba en la cafetería que solían frecuentar.

   Comenzó a arreglarse para la cita. Un poco de perfume, ligero maquillaje, los zapatos semi-nuevos...

   De pronto yo también empecé a oír las sirenas. No sabía si eran reales o estaba sugestionado por el cuento. Quizás fuese producto de mi imaginación, u otra vez mis pesadillas.

   Salió del piso, dio un golpe al interruptor de la luz de la escalera pero parecía no funcionar; llevaba tiempo viviendo allí y estaba habituada a subir y bajar todos los días, por lo que no le costó mucho decidirse. Con cuidado, agarrada al pasamanos, un escalón tras otro. Oyó pasos y se detuvo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Todo estaba oscuro y en silencio. ¡Qué tonta soy! no hay por qué asustarse. Continuó la marcha, paso a paso, no tenía prisa y es mejor llegar tarde que romperte un tobillo en la caída.

   Pero en ese instante sintió una respiración agitada. Ahora estaba segura de que alguien subía. Sobre su mano fue a apoyarse otra, grande, áspera y caliente. Dio un respingo y gritó. Pensó en echar a correr, pero sin luz no se atrevía por miedo a precipitarse escalera abajo. ¡Tranquilícese, no voy a hacerle daño! Soy el inquilino del cuarto, es que no se ve nada y...

   Está bien, no se preocupe, siento haber gritado. Perdóneme.
Y continuó bajando.

   Una vez en la calle se sintió mucho mejor. La luz infunde tranquilidad, eso sin duda.

   Caminó hasta el lugar donde había quedado. Seguía dándole vueltas al incidente con el vecino. ¿Y si de verdad quisiera hacerme algo? Pensaba. Nadie podría haberlo evitado, es más, nadie se habría enterado. Cierto que di un grito, pero a la gente no le importa nadie salvo ellos mismos, no se habrían molestado ni en salir a preguntar. 

  Al llegar y besarle lo notó extraño, como nervioso. ¿Qué te pasa?. 
Oh, es por todo el movimiento que hay en esta zona, respondió, tantas sirenas me ponen los pelos de punta.
 
   Sí, es verdad, no sé qué puede haber sucedido, dijo ella.

   Algún crimen, hay tanto chalado suelto, dijo él secamente.

   En este punto la locutora hizo una pausa; sonaba una canción. Una de esas escogidas a propósito para poner en tensión a los oyentes.

    Pausas dramáticas que te dejan con la intriga de qué pasará, y te dan tiempo de ir al servicio, o a por un bocado.

   Me acerqué a la ventana y en la calle pude ver a un hombre oculto en las sombras, con un cigarrillo encendido en una mano. Parecía estar vigilando alguna de las viviendas.

   El corazón me dio un vuelco cuando sonó el teléfono. Entre mi temor a dormir, el cuento de la radio y las fantasías respecto al hombre misterioso, casi me provocan un infarto.

   Era mi hermana, estaba de camino porque había olvidado no sé qué. ¡Perfecto!. Pues vaya un día, ahora tendré que aguantar también su malhumor.

   Volví a la ventana pero el hombre había desaparecido. Miré a un lado y a otro, ni rastro. En el edificio de enfrente se encendió una luz. Dos sombras se proyectaban en las cortinas, parecían una pareja que discutía, pero enseguida vi que no era solo eso. Un gran cuchillo surgió de la nada; un forcejeo, golpes y... una de las sombras se desvaneció. ¡La ha matado! Estaba horrorizado; acababa de presenciar un asesinato frente a mi casa. Lo normal sería llamar a la policía, y sin embargo no pude dar un paso, seguía con la vista clavada en aquella ventana. De repente se apagó la luz, ya no veía la sombra, pero supe que él sí me vio. Ahora pude moverme, y rápido. Fui hacia el teléfono, tenía que avisar a alguien; aquel loco 
podría venir a por mí. De pronto quedó todo a oscuras. Esto no puede ser real, es otra pesadilla, pensé. Con todo 
lo que está sucediendo ya sólo faltaba un apagón. En mi carrera hacia el pasillo tropecé con una silla y caí, golpeándome la cabeza contra la puerta. ¿Y si pretende eliminar al único testigo? ¿Y si...? ¡mi hermana! ella viene hacia aquí, podrían encontrarse abajo, pero no puedo levantarme!

   Después de dejar a su novio, proseguía la locutora, emprendió la vuelta a casa. El barrio estaba ahora a oscuras. ¡Genial! No tendré luz ni en el piso, con lo poco que me van estas cosas, pensaba ella.

   Comenzó a sentir miedo; pensaba en lo que su novio había dicho respecto a todo aquel jaleo. ¿Y si fuese un loco?. Uno de esos perturbados que le encuentran el gusto a matar gente porque sí. Miraba a todas partes, se sentía inquieta, una extraña sensación la invadía; el pensamiento de que pudiese estar al acecho un hombre dispuesto a acabar con su vida resultaba demasiado fuerte para cualquiera. Apuró la marcha, quedaban veinte metros hasta el portal. Oyó un ruido entre los coches allí aparcados. Podría ser él, debo darme prisa, pensó. Era un gato, solamente un gato. Al fin llegó, abrió y rápidamente se metió dentro, cerrando tras de sí. De nuevo las oscuras escaleras.

   Yo seguía conmocionado pero aún prestaba atención al programa, y también a posibles sonidos en el interior del edificio. Aquella situación me tenía en tensión, casi a punto de comenzar a gritar. Me asaltaban imágenes de relucientes hojas de cuchillos sesgando finas pieles de blancos cuellos, tornándose rojas, con las redondas gotas de sangre cayendo lentamente al suelo. Una malvada sonrisa de satisfacción mientras se apropiaba de otra vida. Mi hermana podría ser la siguiente y me sentía incapaz de mover un dedo.

   Tenía una brecha en la cabeza de la cual parecían salir litros del fluido vital que recorre nuestros cuerpos. En realidad no era para tanto, sólo un golpeteo incesante en la herida, lo suficiente como para notarlo y aumentar un poco más, si cabe, la angustia que me embargaba.

   Hice un gran esfuerzo y conseguí arrastrarme hasta la bañera. Tanteando en la oscuridad alcancé el grifo y limpié la herida. Seguro que de poder verme en el espejo me habría asustado.

   Después de esto lo primero que hice fue echar el cerrojo a la puerta de las escaleras. Mi hermana tenía llaves, así que no era ese el problema, pero sí me preocupaba que pudiese encontrarla en la calle o que entrase tras ella en el edificio. Recordé que todavía no había llamado a la policía y fui hacia el teléfono. 
No sé qué pasaba aquel día, pero todo se volvía en mi contra; ahora no había línea. En mi estado 
tampoco iba a intentar dar caza a ese tipo; con un soplo de viento me habría caído. ¿Y cómo avisarla del posible peligro que corría? Sólo podía confiar en que todo fuese bien.

   Cerró la puerta, pasó la cadena y fue a buscar velas. No soportaba estar sin luz desde aquella noche de su infancia en que durmió sola por primera vez y se desatara una terrible tormenta. El pánico que sentía no era a causa de los truenos, sino a las feroces criaturas dibujadas en las paredes con cada fogonazo. Durante un tiempo habían tenido que quedarse sus padres a dormir con ella para tranquilizarla. Ahora lo había superado, salvo el no soportar las habitaciones oscuras. Ya con algo de iluminación se dispuso a cambiarse de ropa; cenaría un poco y luego a descansar. Esperaba poder calmar un poco los nervios y para ello preparó un baño. Sonó el timbre. Aunque extrañada, contestó. Su novio, pero ¿qué ocurría?, si hacía un rato que habían estado juntos. Pulsó para abrirle e hizo lo propio con la puerta del piso. Luego fue a la bañera; ya que estaba preparada no era cuestión de dejar que se enfriase. Al fin unos momentos de paz, allí relajada en el agua, y además tendría compañía. Podría acabar siendo una buena noche después de todo.

   Escuchó cerrar la puerta; estoy aquí, dijo, en el baño, ahora salgo o... entra tú. No hubo respuesta y tampoco entró nadie. Regresó al cuarto pero estaba vacío. ¿A qué juegas? preguntó, no pienso buscarte, allá tú. Faltaba algo, sabía que faltaba algo. Claro, las velas. No le dio importancia porque estaba 
acostumbrada a esos juegos. Decidió seguirle la corriente, se tumbó en la cama, con los ojos cerrados y esperó.

   Quizás yo debería hacer lo mismo. No tiene mucho sentido quedarme al lado del teléfono confiando en que lo arreglen. Después de todo, no creo que el tipo ese tuviese ganas de que lo arrestaran. Lo más sensato sería escapar de aquí, puesto que sabe que yo he visto el crimen. Por otro lado... si está loco de verdad... decidirá eliminarme, ¡y no puedo defenderme!

   Volví a tumbarme en la cama. Pensaba en mi hermana, en que si algo le sucedía yo no podría evitarlo. Su muerte caería sobre mi conciencia para siempre. Cerré los ojos y espantosas visiones me asaltaron de nuevo. Una tumba. Flores negras. Lágrimas. La tierra se remueve y una mano alcanza mi cuello. Tira de mí y no tengo fuerzas para resistir. Comprendo que en ese hoyo debería estar yo y dejo que me arrastre. Allí soy feliz, rodeado de seres que me comprenden y mi alma descansa por fin.

   ¿Qué estará haciendo? ¿Por qué tarda tanto? pensaba ella, impaciente. Escuchó pasos acercándose al cuarto, sonrió. Se había propuesto no mirar, deseaba que la sorprendiese con algo nuevo. ¿No vas a decir nada? pues yo tampoco pienso hablarte, tú verás lo que haces, exclamó burlona.

   El contacto del frío acero en la pantorrilla la hizo estremecer. Lentamente fue ascendiendo por su cuerpo, acariciándola con el filo del cuchillo. Se mostraba inquieta, con el vello erizado, pero ansiosa. No le temblaba el pulso; además, viéndola recostada y con los ojos cerrados resultaba mucho más fácil; quizás no tan excitante como otras veces, pero sencillo. Ya calculaba el momento exacto para darle el corte que acabaría con su vida cuando algo lo detuvo. Una sensación hasta aquel momento desconocida, no podía explicarse qué pasaba. Estaba paralizado, las ideas confusas, y luego llegó el dolor producido por la lámpara de noche al estrellarse en su cabeza. Cayó sobre la cama y ella le arrebató el cuchillo. Se sentía 
furiosa. Podría haber muerto a manos de aquel hombre y sin enterarse, por ser tan confiada. Ahora no sabía si acabar con él o llamar a la policía y salir corriendo.

   Hay alguien en la puerta, puedo sentirlo. Está tratando de abrirla y sigo son poder moverme apenas. ¡Llaves! oigo llaves. Entonces no es ese loco sino mi hermana; o quizás la ha matado ya, ahí mismo, ante 
la puerta, y ahora viene a por mí. Tengo que hacer algo, tengo que salir de aquí. Mi cabeza...

   Dando vuelta y media sobre mi propio cuerpo logré dejarme caer al suelo y luego me deslicé bajo la cama. Sabía que incluso esto sería inútil, porque aquel tipo habría estado vigilándome todo el tiempo y no vio 
que hubiera salido de casa. Estaba atrapado, sin defensa posible, escondido bajo una cama esperando a la encarnación de la muerte.

   Al fin entró, cerró la puerta y buscó el interruptor de la luz. ¡Qué tontería! Si es capaz de imaginar que funcionaría en mi casa cuando todo el barrio está a oscuras quizá tenga una oportunidad para salvarme. Se aleja por el pasillo, me está buscando, sin duda. Me vendría bien algo punzante pero estoy tan mareado...

   Ya vuelve, seguro que me encuentra y luego se divertirá acabando conmigo. Un pobre infeliz que por ser tan cotilla acabará metido en una caja de pino.

   Vamos, da un paso más y podré agarrarte los pies; con un poco de suerte te abrirás la cabeza como yo. Se ha quedado quieto, ¿qué hace? ¡La radio, la he dejado puesta! Bueno, podría pasarle a cualquiera, no tiene por qué pensar que estoy en casa. Pero no me ha visto salir, me está buscando.

   Me dan ganas de gritarle que estoy aquí, que acabe de una vez con esta angustia, y por otro lado, si tan sólo diese un paso hacia la cama... Pero no te quedes ahí inmóvil, deja de prestar atención a la locutora y haz lo que tienes pensado, venga, mátame.

   Fue peor el remedio que la enfermedad. Al llegar la policía se sintió mucho mejor; vio cómo le ponían las esposas y se lo llevaban de allí, pero la noticia de que habían encontrado un cadáver en el portal fue demasiado para ella. No le hizo falta tener que ir a reconocerlo, ya sabía que aquel cuerpo era el de su novio.

   Ahora está internada en un hospital psiquiátrico y se encuentra siempre muy violenta. Nadie va a verla.

   Con estas palabras terminó el cuento. Parece mentira que en la situación en que me encontraba todavía pudiese prestarle atención, pero quizá mi mente trataba de relajarse pensando en otros mundos menos peligrosos. Por fin movió los pies y se puso a mi alcance. Yo sabía que era una locura, que no conseguiría más que delatarme, pero no podía hacer otra cosa. Me armé de valor y le sujeté los tobillos, luego di un fuerte tirón y cayó. ¿Pero qué haces? ¡Podías haberme hecho daño!

   Reconocí la voz de mi hermana. Di gracias por que fuese ella, que estuviese viva y, sobre todo, porque significaba que yo seguiría vivo también. Salí de mi escondite, le pedí perdón y se solucionó el fallo del sistema eléctrico. Rápidamente fue a buscar el botiquín para curar mi herida y yo, mejor apago la radio.

FIN

Licencia: CC BY-NC-ND 3.0
http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/
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