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Sara S.
No todas las opiniones son iguales. Algunas son muchísimo más robustas, sofisticadas y bien apoyadas en la lógica y el argumento que las demás
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29. Freya Stark ✓

Estoy fascinada con esta mujer.

La historia de Freya Stark se ha ganado un lugar en mi corazón. Que difícil es poner en pocas lineas toda su vida.

No encontró marido ni pudo tener hijos, como ella quiso una gran parte de su vida, pero su fuerza interior y su voluntad de hierro la convirtieron en una mujer de lo más singular.

Hablaba nueve idiomas, viajaba sola por todo Oriente Próximo, fue una de las primeras personas no árabe en recorrer el sur del Desierto Arábigo y descubrió ciudades perdidas.

No creo que nadie imaginase que aquella bebé que nació prematura (¡sí, prematura!) un 31 de enero de 1893, enfermiza y bautizada como Freya Madelein Stark se fuese a convertir en una leyenda. Ni que nadie creyese que viviría de manera intensa durante100 años. Fue una mujer que buscó conocimiento y aventuras durante toda su vida. Recorrió, con más de 80 años, China, India, Asia Central e Iran. Cuando cumplió los noventa la filmaron a lomos de una mula por las montañas del Himalaya. Durante su vida ha retratado como nadie las magnificas ruinas de Oriente enterradas en la arena, ciudades medievales ancladas en el tiempo, harenes y caravanas. Nos regala en sus libros y en sus miles de fotografías en blanco y negro un mundo desaparecido ¡gracias!

Aunque su vida de exploradora comenzó sobre los 34 años su infancia y su juventud también fueron muy intensas. Hasta ella viajamos.

Su padre fue Robert Stark, un pintor bohemio y soñador británico. Su madre, Flora, escultora, pianista y apasionada, muy hermosa y elegante. Robert se enamoró a primera vista de ella en Florencia donde coincidieron, se casaron y se fueron a vivir al sur de Inglaterra. Con los meses y a petición de la madre de Freya, que tenía entonces tan sólo diecisiete años, se mudaron a Paris para poder dedicarse a la pintura. Allí vivieron en un pequeño estudio abuardillado de la Rive Gauche y fue donde concibieron a su primera hija, Freya.

Freya vino al mundo antes de tiempo y sus padres no tenían nada preparado (me suena) así que un amigo y artista australiano (Herbert Young), que luego se convertiría en un buen amigo y padrino de Freya, fue a comprar una canastilla y pañales a la pequeña recién nacida.

Al nacer de manera prematura tuvo que luchar ya desde un principio y aferrarse a la vida con todas sus fuerzas para no morir. Siguió con una infancia desgraciada, rodeada de pobreza y sin acceso a una buena educación. El ambiente de los Stark cambió de bohemio y artístico en Paris a una vida más tranquila en la ciudad medieval de Asolo, cerca de Venecia. Se instalaron en una villa que había comprado Herbert Young. Y allí nació su segunda hija, Vera. Al cabo de una año las hermanas se fueron a vivir una temporada con la abuela materna, en Geneva. Freya la adoraba, era culta y artista, le narraba cuentos clásicos con una melodiosa voz. Por tanto, se podría decir que los primeros año de vida fueron bastante nómadas para Freya aunque ello le permitió aprender cuatro idiomas.

Su madre era estricta con sus hijas, imprevisible y dominante. Flora la idolatró muchos años, no le encontraba defectos, era su referente. Su padre era menos temperamental y buscaba una vida al aire libre y en contacto con la naturaleza. Robert trató a Freya como un niño y la educó para ser valiente y afrontar con entereza los peligros. La cargaba en una cesta siendo bebe y se la llevaba de excursión por los Dolomitas en Italia.

La felicidad de los padres de Freya duró poco. Flora quería una rica vida social, con fiestas excéntricas y, además, estaba harta del ritmo de vida de su marido. Mientras Robert solo pensaba en huir al campo y estar lejos del bullicio. Vamos, eran una bomba de relojería.

A los nueve años cayó en sus manos un volumen de Las mil y una noches. Aquellos cuentos de un erotismo sofisticado le abrieron un inocente apetito de viaje del que no se descabalgó jamás.

Cuando Freya tuvo diez años su madre tomó una decisión que cambio para siempre el rumbo de sus vidas. Flora abandonó a su marido y se marchó a Donero, una lúgubre ciudad del norte de Italia, con Mario di Roascio, un conde italiano. Un joven seductor de 23 años. Al contrario de lo que muchos pensaron su huida no tenía que ver con las pasión sino con los negocios. Este nuevo traslado hizo que las vidas de las niñas se desmoronaran a su alrededor. Las hermanas se levantaban temprano, hacían las tareas, preparaban su comida y por las tardes estudiaban con unas monjas francesas. Vamos, que no tenían amigos y casi no veían a su madre. Desde el principio, y dada la situación, Ferya odiaba al conde.

Pocos días antes de que Freya cumpliese los 13 años su madre invitó a las hermanas para que visitaran la fábrica textil y viesen la nueva maquinaria. Durante la visita ocurrió una desgracia, Freya enganchó su melena en una de las máquinas de acero y en pocos segundos fue lanzada por el aire. El conde Mario la arrancó sin piedad justó antes de que el operario detuviese la máquina y el resultado fue la pérdida del cuero cabelludo, una oreja, el párpado de un ojo y abundante piel de la sien. Estuvo apunto de morir en el accidente y también estuvo cerca de hacerlo tras una serie de injertos que su cuerpo rechazaba. Al final, tras una operación sin anestesia en un hospital de Turin donde le extrajeron piel de sus propios muslos para insertarlos en su cabeza, comenzó una mejora milagrosa.

Una año después de todo esto Freya, su madre y su hermana se trasladaron a la casa familiar del conde Mario así que su drama continuaba. Para terminarlo de arreglar su madre comprometió a su hija Vera con el tal Mario para asegurarse el futuro del negocio. Ahí Freya perdió por completo la fe en su madre. Por aquel entonces su padre se ya se había ido a vivir a los frondosos bosques de Canadá.

Hasta 1911 no consiguió escapar de su prisión particular y estudiar en el Bedford College de Londres. Estaba a punto de cumplir los veinte años cuando pudo acudir por fin a una escuela de verdad. Freya vivió en Londres en casa de Viva Jeyes una amiga norteamericana de Flora. Muy bien posicionada acogió a Freya con cariño y le presentó a importantes figuras literarias. Freya discutía sobre política, literatura o cualquier tema como una más. Cuando comenzaba a sentirse bien y feliz estalló la primera guerra mundial y la escuela cerró. Para su tristeza tuvo que regresar a Italia. Como no quería quedarse en casa de Mario convenció a su madre para ir a trabajar como enfermera en un hospital de Bolonia. Durante esta época empezó a escribir ensayos aunque nadie los vio hasta que fueron publicados en 1968.

Estando de enfermera Freya se enamoró de Quirino, un medico, culto y varonil que en 1925 le acabó pidiendo matrimonio. Ambos comenzaron a preparar su boda pero Freya se empezó a encontrar mal. Tuvo una grave infección que la dejó en cama varias semanas. En ese tiempo su prometido la abandonó por otra mujer. Fue un durísimo golpe para ella. Además se sumó la actitud de su madre, quien se indigno de manera sobrehumana con el tal Quirino porque pensaba que era la única oportunidad de su hija para casarse. Este comportamiento la hundió todavía más.

A causa de la guerra su madre se estaba quedando sin dinero ni trabajo, al igual que el conde.

Freya compró una casa en la ciudad de Mortola, en la costa italiana y la animó a que se mudase con ella. Flora terminó aceptando y juntas comenzaron desde cero en el negocio de floricultura.

Fueron años duros, de poca comida, y Freya lo único que quería era escribir, era su única evasión, aunque a penas tenía tiempo porque las tareas domesticas y las flores lo ocupaban todo. Sin embargo, su ansia de conocimiento no tenia limites, mientras removía el puchero leía a Virgilio. Estaba convencida de que aquellas penurias no iban a durar para siempre.

En uno de los veranos se hizo amiga de una hija de ricos que iban a veranear en una de las casas vecinas. Se llamaba Venetia y era muy hermosa, rubia con ojos claros, todo lo contrario a Freya. Se hicieron muy buenas amigas. Las unía su pasión por la aventura y juntas emprenderían un temerario viaje a Oriente. Para ese momento ya hablaba ingles, francés, italiano y aleman y empezaría a aprender árabe. Para aprender este idioma iba abandonaba unas horas el negocio de la floricultura, cogía un tren a San Remo y allí un viejo monje capuchino que había vivido en Beirut le daba clases. Nadie entendía su locura por el árabe.

Antes de llegar a los ansiados escenarios que quería recorrer todavía tuvo que superar una nueva enfermedad. En este caso se enfrentó a una dolorosa ulcera gástrica de la que fue operada de urgencia. Necesitó seis meses para recuperarse en casa de su padrino Herbert Young en Asolo. Y allí no perdió tiempo porque leyó todo lo que pudo sobre Oriente Próximo. Además, continuó sus clases con un profesor egipcio y cuando se encontró con más fuerzas volvió a Londres. Ya se sentía mejor y el recuerdo del hombre que la había abandonado comenzaba a desvanecerse pero antes de comenzar sus andanzas todavía tuvo que soportar una desgracia más, la muerte de su hermana a los treinta i tres años. Vera que murió tras un aborto y dejaba a cuatro niños pequeños al cuidado de Mario. Este cayó en una profunda depresión.

Por fin, un año después, hizo su sueño realidad y partió a Oriente. Fue en noviembre de 1927 cuando la señorita Freya Stark se embarcaba en el viejo carguero Abbazia rumbo a Beirut. Tenía 34 años estaba cansada y muy delgada pero la idea de viajar la rejuvenecía.

Un mes de travesía para divisar las costas del Líbano. El aire del mar la había curado y ya ni recordaba todas las enfermedades que habían hecho pender de un hilo su vida. Viajaba sola, sin casi equipaje, una cámara de fotos, mapas, libros y un revolver muy bien escondido. Durante su travesía leyó libros de exploradores y arabistas y aprendió cartografía y a manejar la brújula.

Su destino era una aldea llamada Brummana, en las montañas de Beirut. Una vez allí luchó contra el frío, la soledad y el proselitismo de sus anfitriones (se estaba quedando en casa de unos misioneras cuáqueros). Contrató a un profesor sirio para que le ayudase a perfeccionar su gramática y se sumergió en la cultura árabe. Hizo ejercicio, aunque los médicos se lo habían prohibido, escaló las laderas de la montaña y entonces comenzó a sentir atracción por los drusos (heterodoxa minoría islámica) que habitaban en la aldea. Esta extraña secta le intrigaba de sobremanera. Recorrió a lomos de burro las montañas de Yebel Druso en el sur de Siria y acabó en un barrio de Damasco donde esperaría a su amiga de Italia, Venetia. Se alojó en una casa de una una familia cristiana, era una casa ruidosa y modesta con un insoportable hedor a alcantarillas, un frío que calaba los huesos y una casera deshonesta. En su habitación había pulgas. Todo estaba mal pero pero no se rindió y recorrió las empinadas calles de Damasco. Se escapó al desierto y su belleza la sobrecogió. Los nómadas del desierto sirio la acogieron al igual que a su héroe Lawrence de Arabia. Desde ese momento consideró a esa gente los auténticos árabes de oriente.

Estaba esperando a su amiga con ansia porque con ella quería partir a la región de Yebel Druso y entrevistarse con su jefe supremo y líder espiritual. Era una idea descabellada porque esa región era inaccesible, se encontraba bajo la ley marcial francesa. Fueron y las detuvieron los militares franceses que no daban crédito a lo que estas dos mujeres les contaban. Pensaron que eran espías por sus libretas y mapas. Al final las mujeres reconocieron que habían recorrido más de cien kilómetros a lomos de un burro y se habían alojado en aldeas drusas y que ignoraban que estaban en territorio prohibido. En los días siguientes fueron las incómodas huéspedes en casa de los oficiales francesas que no sabían que hacer con ellas. Al tercer día las dejaron libres, con sus burros, sus equipaje y su guía Naím que todavía, con el susto en el cuerpo, se comprometió a seguir con ellas. Se fueron, como tenían pensado, a buscar al líder supremo de los drusos. Se entrevistaron con el jeque Ahmed el Hajari, un venerable anciano que se quedó alucinado por encontrase con dos europeas. Siguiendo a lomos de burro fueron deteniéndose en cada aldea que luchaba por mantener su independencia frente a los franceses. Terminaron el viaje y volvieron a Inglaterra. Freya estaba agotada pero orgullosa de haber podido demostrar que una mujer podía viajar sola por tierras árabes. Y eso no era nada más que el comienzo.

Volvieron de nuevo, alquilaron un coche y pusieron rumbo hacia Palestina, recorriendo parajes bíblicos de Tierra Santa y se detuvieron en Jerusalén. Se escaparon a el Cairo para ver atardecer desde lo alto de las pirámides. Después de siete meses volvió a casa para ver a su madre y publicó su primer articulo bajo el seudónimo de Tharaya (es el nombre árabe de una luminosa estrella de la constelación de las Pléyades). Su madre estaba bien pero cuando visitó a sus sobrinos le sorprendió la tristeza y la soledad que se plasmaba en sus caras y lo huraño y envejecido que estaba Mario. Se sintió muy mal por no haberlos cuidado y su ulcera de colon volvió y la debilidad se adueño de nuevo de ella. Freya decidió ir a Canada para ver a su padre que vivía en una cabaña de madera rodeada de montañas nevadas y bosque. En este paisaje salvaje había encontrado su hogar. Durante cuatro meses Freya se quedó con él. Sin embargo, su mente poco a a poco se iba a Mesopotamia. Le contó a su padre que conoció a una secta llamada Los Asesinos, que iba a investigar su misterioso culto y a localizar en el desierto sus castillos y fortalezas.

Y así fue. Con 36 años se se marchó a Bagdad. Se instaló en el barrio de ls prostitutas sin saberlo hasta que por la insalubridad se fue a una casita de madera pequeñísima per confortable con vistas al Tigris. Siguió estudiando persa y árabe. Le fascinaba la ciudad, sus harenes y charlas en árabe con las mujeres iraquíes. Aborrecía la vida colonial de Bagdad. Por ello la criticaban los ‘suyos’. El estudio del Corán le abrió las puertas a un conocimiento más profundo del mundo islámico y le ayudó a entender su complejidad. En los próximo meses comenzó su siguiente gran aventura por el desierto de Persia en busca de los castillos y fortalezas de Los Asesinos. Sabía que su principal bastión era un inexpugnable castillo emplazado en la Roca de Alamut.

Freya le iba contando todo a su madre y su madre, por primera vez, comenzó a apoyarla en sus viajes, le enviaba ropa y guardaba las noticias que salían de ella en la prensa. Sin embargo, este repentino conocimiento que mostraba su madre y su nueva obsesión la abrumaba de nuevo.

Por sus hazañas y sus escritos se convirtió en una exploradora importante que contaba con el apoyo de la Royal Geographical Society. Empezó a ser respetada y al llegar a los sitios contaba con un buen alojamiento y todo le resultaba más fácil. Sin embargo, esas nuevas comodidades duraron poco porque cuando volvió a Bagdad se encontró con un brote tifus de cara y tuvo que abandonar la ciudad. Su interés se centró en el valle de Shahrud, ahora en Persia, donde había un castillo llamado Lamiaser, era el único que había resistido a la invasión de los mongoles en el año 1256. En esta expedición su anterior mulero, experto en arqueología, no la pudo acompañar y viajó con otro mulero que no mostraba interés por nada. Paraban en aldeas a dormir y aunque le ofrecían habitación ella dormía al raso envuelta en su manta para evitar las pulgas. Llegó a Lamiaser para descubrir que apenas quedaban unas torres vigías y unos muros ruinosos. Ella estaba completamente encantada por ser la primera europea en ver este castillo habitado en su tiempo por la temible secta de Los Asesinos. Hizo fotos, tomo apuntes, midió los restos. Tan inmersa estaba en sus mediciones que no cayó en la nube de mosquitos que la rodeaba. La atacaron y terminó contrayendo la malaria. Quedó casi en coma y su mulero Ismail estaba horrorizado porque pensaba que iba a morir. Tenía fiebre, deliraba y sufría espantosas visiones. Contra todo pronostico terminó recuperándose.

Había pasado tres años fuera de casa y decidió que ya era el momento de volver. Con toda la pena de su corazón, en marzo de 1933, abandonó su casa junto al Tigris y puso rumbo a Italia. Tenía cuarenta años y, a través de sus escritos e investigaciones, había conseguido ser una reconocida especialista en Oriente Medio. Una vez que estuvo en Asolo recordó que era una pobre solterona, sin embargo, la ausencia de una marido no le parecía un drama. La Royal Geographical Society le concedió un galardón por sus aportaciones cartógrafas. Le pareció un sueño que una ilustre institución reconociese las hazañas femeninas. Aparecieron nuevos compromisos, entrevistas, conferencias, actos en su honor a los que asistía siempre vestida a la última moda de Paris. Se había hecho muy popular, conoció a grandes personajes, publicaron sus libros, la reconocieron y entonces Freya quiso hacer algo que ya tenia pensado desde hacía mucho tiempo: cirugía estética. Quería mejorar su aspecto y aliviar el dolor que le producían su cicatrices. De esta manera ingresó en un hospital cargada de libros y mapas de Arabia. Tuvieron que pasar largos meses para recuperarse y la verdad es que el resultado se consideró inmejorable.

Regresó a Asolo para disfrutar de su familia pero ahora su familia le exigía más aventuras, más libros y ella tenía ganas de estar quieta un tiempo. Aunque ese tiempo de tranquilidad no fue muy largo. De hecho, mientras estuvo en el hospital leyó La Reina de Saba y sus leyendas despertaron su imaginación así que en noviembre de 1934 desembarcaba en el puerto de Aden. Después de unos días siguió rumbo a Mukalla en un pequeño vapor. A los pocos días, con una particular caravana formada por un corpulento solado negro y dos jóvenes guías, atravesaron un terreno seco y desolado hasta a llegar a una aldea, Wadi Doan, por desgracia allí había una epidemia de sarampión y, como no, Freya fue víctima de esta enfermedad. Durante más de una semana se estuvo muriendo pero de nuevo recuperó fuerzas y continuó por las escarpadas montañas. En algún lugar le lanzaron pierdas pero ella continuó hasta llegar a Hajarayn. Por el desierto iba para poder llegar a Shabwah, aquel gran valle de Arabia donde en la antigüedad se abrían paso las caravanas que transportaban incienso hasta los puertos del mediterráneo. Parecía que nunca iban a llegar, que no existía tal lugar pero, un día, com si de un espejismo se tratase, encontraron un vergel de palmeras, cuidados campos de cultivo y una ciudad amurallada. Al llegar a Tarim, centro sagrado para los suníes, los hombres se apartaban para no tocarla, la trataron como una mujer sabia por el interés que mostraba hacia el islam. Allí de nuevo escribió. Se puso enferma, se recuperó y así varias veces mientras escribía, descubría y cartografiaba acompañada de un lagarto azul del que se hizo inseparable.

En 1938 volvió a Asolo para terminar un libro de fotografías pero en Italia los fascistas estaban por todas partes y tuvo que marcharse a Inglaterra Les pidió a Flora y a su padrino que la acompañasen pero ellos ya se sentían demasiado viejos para moverse de donde estaban. Freya hizo su equipaje, cogió a su lagarto y pusieron se rumbo Inglaterra. Paró en Paris a comprar ropa y sombreros grandes. Al llegar a Londres se encontró con un ambiente bélico, calles cortadas y soldados patrullando, habitantes escondidos y el temor de los ataques aéreos de Hitler. Era un escenario que la deprimía pero fue entonces cuando recibió un telegrama de la oficina colonial que cambiaría su vida de nuevo. Fue reclutada com “experta en Arabia del sur”. Era una gran especialista y la única con varios idiomas y distintos dialectos árabes y persa. Así, el 8 de octubre puso por primera vez sus conocimientos de Oriente Próximo al servicio del Imperio Británico.

Fue llevada a El Cairo para descubrir que ayuda recibía de Italia el poderoso imán que gobernaba la fortaleza de Sanaa. Se convirtió en una excelente espía y su trabajo fue muy satisfactorio. Freya se veía casi todos los días con su jefe Steward, que mostraba un notable interés por ella a pasar de su juventud. Parece ser que Stward le iba a pedir matrimonio pero a Freya la invitaron a viajar a El Cairo. Allí Freya encontró un ambiente festivo. Mientras Europa se cubría de rojo sangre en El Cairo había muchos refugiados de lujo en hoteles, reyes, jeques, millonarios, diplomáticos y muchos espías. Daban fiestas hasta el amanecer, se encontraban allí las mejores orquestas del mundo. Se practicaba golf, tenis, había un hipódromo pero, a pesar de ello, echaba de menos a su jefe y compañero Steward.

Entre tanto apareció un trabajo que hacer. Freya propuso la creación de una compleja organización de propaganda probritanica basada en las sociedades secretas islámicas que había estudiado en sus viajes. Pretendía crear una hermandad árabe bajo la tutela de los ingleses. La llamó Hermandad de la Libertad y tuvo gran éxito. Nació en el Cairo pero acabaron uniéndose Bagdad, Jerusalén, Aden y la India.

Desde allí se sentía preocupada por su madre y su padrino. Les enviaba cartas a diario a unos amigos de estados unidos y ellos deberían enviarle noticias de su familia pero la correspondencia se había cortado. Por contactos, enteró que estaban prisioneros en Treviso, una de las peores prisiones de Italia. Acusaban a Flora de que su hija era una espía al servicio de los ingleses. Después de mucho moverse y gracias a unos amigos consiguió liberarlos en unos meses y evitó que fuesen a un campo de concentración. Sin embargo, pronto murieron los dos, Herbert de cáncer a las pocas semanas de su liberación y Flora un año después en casa de unos amigos de California. De esto se enteró Freya cuando escribía su autobiografía.

A finales de marzo de 1941 Freya llegó a Bagdad para organizar su red de inteligencia antinazi. Hacia trece años atrás que había llegado a esa ciudad cuando alquiló una casa en el barrio de prostitutas. Sonreía al recordarlo. Consiguió que su compañero y antiguo jefe fuese trasladado allí como oficial de relaciones publicas pero pronto se dio cuenta que a Stewart le interesaba más el ambiente de palacio que los grandes cambios políticos que se estaban produciendo en Oriente Próximo.

En 1943 Freya fue enviada a Estados Unidos para explicar la postura de Gran Bretaña sobre Palestina pero la tacharon de antisionista al intentar concienciar a los americanos del problema del pueblo palestino.

Cuando terminó la guerra Freya solo pensaba en volver a Italia y ver si su casa había resistido a los bombardeos. Al llegar vio que seguía intacta y que diecisiete años después, Emma, su más fiel sirvienta, la recibió como si aquella terrible guerra no hubiera existido. Descubrió que el taller de seda seguía funcionado. Se instaló en la casa de Asolo y, a pesar de los duros recuerdos, se concentró en su escritura. Quería explicar la difícil situación de los pueblos árabes para que los estadounidenses entendiesen mejor el mundo islámico. Los amigos comenzaron a visitarla en su villa decorada con antigüedades orientales traídas de sus viajes. Se gastó mucho dinero en su bañera y su lavabo en forma de concha marina. Esperó a Steward y ahora, lejos de Bagdad, podrían vivir mas relajados. Con todo esto Freya continuaba escribiendo sin parar. Steward la visitó y unas semanas más tarde volvió a Irak y desde allí le envió una carta en la que le proponía matrimonio. Freya aceptó y se casaron en Venecia. Fue precioso pero los dos sabían que se estaban engañado en aquel matrimonio. Steward no sentía atracción por ella y eso a Freya le resulto humillante. No anularon el matrimonio. siguieron con él hasta las Antillas. Allí Freya se aburría y Steward no tenia ni valor ni autoridad par hacer bien su trabajo. Las diferencias entre los dos eran insalvables. En 1950 se acabó la relación. Freya se marchó a El Cairo a pasar una temporada. Volvió a Londres y se puso a escribir de nuevo. Dos años después se separó de su marido (al que en realidad le gustaban los hombres). Durante los siguientes diez años se dedicó a explorar Turquía y escribir magníficos libros que daban a conocer sus bellezas naturales y su rica historia. No se cansaba de viajar y soportaba todas las incomodidades que hiciesen falta.

La vejez se olvidaba de ella en cada viaje. Dormía en tiendas de campaña, realizaba largas caminatas. Se convirtió en una dama sabia y respetada por todos y Asoló fue su refugio, allí murió el 9 de mayo de 1993, pocos meses después de cumplir 100 años.



Bibliografía: Cristina Morató, (2017). Las Damas de Oriente: Grandes viajeras por los países árabes.




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28. Luisa Capetillo ✓

Luisa Capetillo. Líder obrera, luchadora, feminista, intelectual, escritora y periodista. Se enfrentó a los prejuicios de su sociedad mostrando una verdadera resistencia a los convencionalismos sociales durante toda su vida. Desde 1880 vestía con ropas tradicionalmente masculinas por las calles de su pueblo no porque quisiese pasar por varón sino por defender su derecho a vestir con pantalones, como le diese la gana. Se considera que fue la primera mujer de Puerto Rico en usar esta prenda.

Nació el 28 de octubre (la más bonita de las fechas) de 1879 en Arecibo, Puerto Rico. Su madre fue una institutriz francesa que se afincó en Puerto Rico, también trabajó como lavandera y planchadora en casas adineradas y su padre, originario de España, trabajaba como obrero estacional en los muelles, la construcción o el campo. Los dos, con ideas democráticas resurgidas de la Revolución francesa del 1848 y de los ideales anarquistas españoles, buscaron fortuna y buena vida pero se estancaron en la clase trabajadora.

A Luisa la educó su madre. Fue ella quien le abrió las puertas a la literatura francesa. Recibió una educación que pocas niñas de su época pudieron tener. Aprendió a leer y a escribir. En su hogar se respiraba el romanticismo decimonónico francés y el socialismo libertario que dio vida a los inicios del feminismo.

Siendo todavía adolescente se convirtió en amante del Marques de Arecibo, don Manuel Ledesma, un líder de derecha del pueblo con quien tuvo dos hijos. Sufrió por su condición de amante y pronto decidió dar por terminada la relación. Exigió al Marqués, tal y como explica en sus diarios, que sostuviera económicamente a la hija y el hijo habidos en la relación.

En 1904 Luisa empieza a trabajar con varios periódicos de su pueblo natal pero necesita dinero para poder conseguir su propia independencia y dejar de depender del padre de sus hijos así que terminó buscando trabajo en la industria de la aguja. Vamos, cosiendo en su propia casa.

Un par de años después, en 1906, empieza a trabajar en las fábricas de tabaco como lectora. Sí, tal cual, como lectora. Los obreros en la industria del tabaco empleaban a lectores que les leyeran durante su jornada. Estos lectores leían novelas de Zola, Tolstoy, Hugo, Honorato de Balzac, Alejandro Dumas y otros. También leían obras de contenido social y político de Marx, Engels, Bakunin y otros escritores de ideales avanzados, así como periódicos y revistas de índole socialista, anarquista, y sindicalista.

Al año siguiente publica su primer libro (normal, tanto leer su ansia escritora despertó). En su Ensayos Libertarios expone sus ideales políticos y sociales. El conocimiento y su propio empoderamiento la llevan a convertirse líder y organizadora sindical. Este nuevo paradigma personal la llevó a viajar por toda la isla organizando a los trabajadores del tabaco y la caña.

Luisa fue también una gran luchadora por los derechos de la mujer. En 1908 en el 5º Congreso de la Federación Libre del Trabajo, Capetillo lucha para que la organización apoye el derecho al voto para las mujeres. Es considerada la primera sufragista de Puerto Rico. Defendió el voto para todas las mujeres y no sólo las educadas. En 1909 Luisa recorre el país en una gira con otros líderes de la clase trabajadora para concienciar a los trabajadores sobre los ideales de la sindicalización.

En el 1912 sale de Puerto Rico y pasa tiempo viviendo, escribiendo y activa en distintas organizaciones y luchas obreras de Nueva York, Tampa y en Cuba. Vive una temporada en La Habana y fue allí donde la arrestaron por ‘vestir de hombre’ en público. Sin embargo, el juez municipal de la Habana la absolvió una vez que ella probó que no existía ninguna ley que prohibiese a las mujeres vestir pantalones.

Al regresar a Puerto Rico participa como organizadora y dirigente de huelgas agrícolas en Patillas, Ceiba, y Vieques. En Vieques la atacan y en Ceiba la arrestan por alterar la paz. También visitó la República Dominicana donde se le prohibió hablar en público aunque fue invitada para ese propósito por los zapateros en huelga.

En 1919 se muda a Nueva York, donde establece una casa de hospedaje y un restaurante en la sección de Chelsea. A su establecimiento acuden muchas personalidades hispanas activas en las luchas obreras del área. En esta ciudad vuelve a trabajar de nuevo como lectora en las fábricas de tabaco.

En 1921 se publica, en Argentina, un libro, Voces de Liberación, con escritos de las mujeres más progresistas del mundo. Además de Luisa Capetillo se incluyen obras de Emma Goldman, Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin entre otras. Ese mismo año Luisa participa en las campañas electorales del Partido Socialista de Puerto Rico en el cual milita a pesar de sus convicciones anarquistas.

Luisa Capetillo veía las cuestiones políticas a través de su experiencia como puertorriqueña. Pero su punto de vista era siempre internacionalista. Ella explicaba que: "La tiranía, como la libertad, no tiene patria, como tampoco los explotadores ni los trabajadores".

Se podría decir que desafió todas las convenciones de la época. Fue vegetariana y abogó por el naturalismo y el ejercicio para la obtención de la verdadera belleza de la mujer. Pero murió joven por culpa de la tuberculosis, a los 42 años, el 10 de abril de 1922 en Río Piedras, Puerto Rico. Dejó tres hijos, Manuela, Gregorio y Luis, a los que seguramente les quedó bien claro que la vestimenta tiene una dimensión simbólica pero también fuertes implicaciones prácticas, desde distinguir entre géneros y clases hasta fomentar o dificultar usos concretos del espacio. Y que la lucha no trata sólo de llevar pantalones, hay que romper las convenciones durante toda una vida luchando por los ideales igualitarios y emancipadores.
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27. Las Sinsombrero ✓

Pintoras, escultoras, poetas, escritoras, novelistas, pensadoras, ilustradoras, mujeres todas ellas, grandes y artistas. A través de su arte desafiaron las normas sociales en la España de los años 30. Sin embargo, sus nombres son casi desconocidos.

Que peligroso es el silencio. El silencio en nuestra educación, en nuestra historia. Vivimos con enormes vacíos de nombres y aprendemos casi sin rechistar lo que nos enseñan. Pero, en lo que aprendemos no están todas las personas que fueron.

¿Cómo puede ser que en muchos manuales de ciencias, historia del arte, literatura, libros de texto, no haya mujeres? ¡Ah, claro, porque nunca han hecho nada importante! O quizá debería el Ministerio de Educación revisar los libros de historia e incluir los nombres de científicas, artistas, escritoras y demás intelectuales que sí que fueron pero parece que no.

Ahora convirtámonos en rastreadores y busquemos los nombres olvidados por la historia, recuperemos voces femeninas, acerquémonos a Las Sinsombrero.

En 1914 surgió un grupo de mujeres que se enfrentaron a la mediocridad a la que sociedad española las arrojaba. Lucharon con valentía y coraje, defendieron su inteligencia así como los derechos de la mujer. Su fuerza permitió que pocos años después sus alumnas más aventajadas (la Generación del 27) se liberaran del corsé, pudiesen lanzarlo por los aires y, también, se liberasen del corsé intelectual y social que les diseñaba y limitaba su papel de madres y buenas esposas. Su liberación, junto con una incesante lucha, les permitió participar sin complejos de la vida intelectual y cultural de la España de los años 20 y 30.

El nombre de Las Sinsombrero se debe a una escena protagonizada por Maruja Mallo y Margarita Manso, que se atrevieron a cruzar la Puerta del Sol sin sombrero. Dejaron su pelo al aire para “descongestionar sus ideas”, en palabras de Mallo. Provocaron un escándalo y el insulto de todos los que las vieron. Se las quiso apedrear, las acusaron de prostitutas. Pero ellas eran mujeres transgresoras. Poetas y narradoras de sus propias vidas.

Fueron un grupo, mezcla de maestras y alumnas, perteneciente a las denominadas generaciones del 14 y 27. Victoria Kent, Margarita Nelken, María de Maeztu, Clara Campoamor, María Lejárraga, María Goyri y Carmen Baroja, ejes de toda una conciencia femenina, maestras, amigas y protectoras de María Teresa León, Concha Méndez, Maruja Mallo, Ernestina de Champourcín, Margarita Gil Röesset, María Zambrano, Ángeles Santos, Josefina de la Torre y Remedios Varó.

Búscalas.

Las Sinsombero fueron muchas. No hubieran podido existir unas sin las otras, ya que a diferencia de los hombres su lucha por la igualdad las unía. Compartieron espacios y viviendas, ideas y, por supuesto, procesos creativos.

La interrupción de la Guerra Civil supuso el fin de esos años de creatividad y libertad. La mayoría de ellas se vio obligada a exiliarse. Las que se quedaron debieron aceptar el rol de la mujer en una España que las acallaba y las dejaba en la sombra, ahí, sin molestar.

Su voz fue silenciada, su memoria olvidada. Al reescribir la democracia los nombres masculinos fueron recuperados y ensalzados, quedando plasmados para la eternidad, mientras que los nombres de estas mujeres desaparecieron. Así, instaladas en el olvido, terminaron por perder su lugar, tan merecido, dentro del relato oficial de la historia.

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26. Marcela y Elisa ✓

Elisa Sánchez Loriga y Marcela Gracia Ibeas lo dejaron claro hace más de cien años: AMAR ES UN ACTO REVOLUCIONARIO .

Elisa y Marcela fueron dos mujeres que decidieron casarse en una Galicia analfabeta y empobrecida que obligaba a emigrar. El amor fue la fuerza que las llevó a luchar contra viento y marea, contra un patriarcado decimonónico, para estar juntas.

Se conocieron estudiando en la Escuela Normal de Maestras de A Coruña en la que se formaban para convertirse en profesoras de primaria.

¡Ay, mamá! ¡Si vieses qué amiga más simpática y más buena tengo! Estoy encantada. Le dijo un día Marcela a su madre.

Nació entre ellas una gran amistad que terminó convirtiéndose en amor. Ese amor que te dice que esa es la persona con la que quieres compartir tu vida, tus despertares y por la que vale la pena luchar contra todo y todos. Los padres de Marcela se dieron cuenta de la situación y decidieron cortar por lo sano y la enviaron a Madrid. Pero ya se sabe que el amor puede con la distancia, el amor de verdad, el otro se pudre (aunque también se pudre sin distancia, en fin…)

La madre de Marcela diría a un periodista: Yo, que dominaba a mi esposo y que podría dominar a un regimiento con caballos y todo, no pude hacer nada bueno de ella.

Terminaron las dos de estudiar y se reencontraron de nuevo porque los kilómetros nunca las separaron. Elisa fue destinada como maestra interina a Couso, una pequeña parroquia de Coristanco en A Coruña. Cerca, en Vimianzo, en la aldea de Calo, se instaló Marcela ya como maestra superior. Decidieron vivir juntas en Calo. En 1889, Marcela tuvo que ir a dar clases a Dumbría, un pueblo costero de la provincia de A Coruña. Mientras Elisa permaneció en Calo, pero siguieron manteniendo el contacto. Al final terminaron en Dumbría. Eran dos maestras viviendo juntas. Nada sospechoso si consideramos que en la época el 40% de las gallegas eran solteras. Tampoco se hacía raro que dos maestras viviesen juntas. Lo que sí comenzaba a alarmar eran las riñas entre ambas, riñas en las que Elisa siempre mostraba el ‘Despertador, su inseparable revólver. Elisa terminó por ganarse el mote ‘El Civil’ por parte de los vecinos. Sin embargo, es muy probable que las riñas fuesen falsas y las utilizasen como parte de un plan que justificase la emigración de Elisa a Sudamerica. Así, una vez desaparecida de la escena podía entrar en acción el futuro marido de Marcela. Con el tiempo Marcela anunció que se casaría con Mario, un primo de su amiga.

Fue entonces cuando Elisa se marchó un tiempo a A Coruña para transformarse en Mario. Se cortó el pelo, cambió faldas por trajes de hombres y comenzó a fumar. Se presentó en la Escuela Normal para solicitar un certificado de estudios. Para casarse, tenía que estar bautizado como hombre, así que se presentó ante un cura para convertirse al cristianismo. Se inventó que había pasado su infancia en Londres y que su padre era ateo. También que su mujer estaba embarazada y no quería que su hijo naciese en pecado. De hecho era cierto, no se sabe de quién quedó embaraza Marcela o si lo hicieron para dar cobertura a su unión, pero ambas esperaban un hija. Como sea el cura ni lo miró bien, no dudó en ganar un creyente para la causa católica y aceptó casarlos. El padre Cortiella, párroco de San Jorge, bautizó a Mario el 26 de mayo de 1901 y además, recibió la primera comunión.

Días después Marcela y Elisa se pudieron casar. La boda se celebró el sábado 8 de junio en la iglesia coruñesa de San Jorge. A las siete y media de la mañana. La pareja se hizo un retrato en el estudio del fotógrafo francés José Sellier como toda pareja feliz y pasó la noche de bodas en la pensión Corcubión, de la calle de San Andrés. Al día siguiente volvieron a Dumbría en la típica diligencia de la época. Se dice que una señora que también iba dentro no se pudo reprimir y soltó: Si no es doña Elisa, es el diablo en su figura. No he visto cosa más parecida a Elisa. Es de su misma estatura, tiene la misma voz e iguales maneras. ¡Hasta su mismo genio!

Por desgracia el engaño duró poco tiempo. Los vecinos no pudieron seguir indiferentes ante lo que, a partir de ese momento, se conocería como el matrimonio sin hombre. La pareja sería portada de diarios gallegos y madrileños y, como consecuencia de esto, ambas prontamente perdieron su trabajo, fueron excomulgadas, y se dictó una orden de busca y captura. Parece ser que para que tuviera lugar la excomunión, el párroco pidió a un doctor que examinara a Mario para comprobar si era un hombre o una mujer. Mario accedió y, cuando el doctor emitió su veredicto, intentó hacerse pasar por un hermafrodita, cuya condición había sido diagnosticada en Londres. La Guardia Civil las persiguió hasta la localidad de Dumbría, Ellas huyeron y se tiene constancia de que pasaron por Vigo y Oporto. En Portugal las encarcelaron pero, gracias a las protestas de un grupo de mujeres, ​las soltaron ¡Ya entonces gritando unidas!

Lo último que se sabe de ellas es que llegaron a subirse a un barco con destino a América (posiblemente a Argentina, como tantos otros gallegos de la época), donde pasaron la luna de miel y, finalmente, se quedaron a vivir.

Sin embargo, su historia no fue fácil tampoco lejos de Galicia. Se establecieron en Buenos Aires, donde comienza a cortarse la retransmisión. Urdieron un plan de matrimonio de Elisa (ahora María) con un hombre de edad avanzada (24 años mayor) con la esperanza de poder vivir las dos bajo el mismo techo, ya que la precaria economía no les permitía hacerlo. Elisa nunca quiso mantener contacto con su marido, quien a su vez desconfiaba del afecto tan profundo que siempre expresaba por una mujer a la que presentó como su prima, Marcela (convertida en Carmen), quien aparecía por el hogar con su niña en brazos. Con el tiempo, y la negativa de Elisa a consumar el matrimonio con su esposo, surgieron las sospechas en éste, lo que le llevó a indagar y descubrir que María y Carmen eran, en efecto, las famosas Elisa y Marcela de las que había dado cuenta, tiempo atrás la prensa.

Resulta difícil conocer lo que se tragó la historia sin ser contado. De Marcela y su hija se pierden los pasos hasta en el listín telefónico. De Elisa se busca una maleta que portaba antes de suicidarse en Veracruz.

La boda, según el archivo diocesano, aún es válida. Ni la Iglesia ni el Registro civil anularon las actas que de este matrimonio se levantaron, por lo que éste es el primer matrimonio homosexual del que se tiene constancia registral en España.





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Tener prohibido, desde siempre, volver sola a casa.

Hacer que hablas por teléfono.

Correr nerviosa con la llave preparada para entrar en tu portal.

Mirar varias veces hacia atrás.

Acelerar el paso al escuchar pasos detrás, mirar y ver que es una mujer y sentir alivio. Ver que es un hombre y querer correr.

Soportar cualquier palabrita de algún desgraciado.

Sentirte intimidada.

SIEMPRE NOS HA PASADO PERO AHORA LO DECIMOS JUNTAS Y EN VOZ ALTA


#cuéntalo #lamanadasomosnosotras #yositecreo #hermanayotecreo #orxatasicaria
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28/4/18
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25. Irena Sendler ✓

Día 25, dibujo 25 y salvar niños. Si intento combinar estas variables a propósito no me sale.

Irena Sendler: enfermera y ángel de la guarda de muchos niños y niñas. Salvó unas 2.500 vidas. Sin embargo, su figura casi se pierde. Fue gracias a cuatro alumnas de un instituto de Uniontown, un pequeño pueblo de Kansas, que se toparon por azar con una noticia de un viejo periódico que hablaba de Irena y decidieron contar su historia. Por eso hay que rescatar historias y contarlas, porque las historias silenciadas mueren si nadie las escribe.

Irena Sendler fue una mujer extraordinaria que, sin lugar a dudas, luchó para cambiar las cosas. Jolanta, su nombre en clave, arriesgó su vida continuamente para poder ayudar a los demás. A su historia nos vamos a asomar como si mirásemos desde una pequeña grieta hecha en el tiempo.

Viajemos por el tiempo hasta situarnos en medio de la tragedia de la guerra donde los llantos, la desesperanza y el olor a humanidad podrida lo decoran todo. Estamos justo presenciando una escena de cacería, judíos polacos huyendo de cazadores nazis. Pero por el rabillo del ojo, a nuestra izquierda, vemos como va corriendo una enfermera cuya mirada es distinta. De su mano, una niña, como no.

La situación en Varsovia se fue volviendo cada vez más complicada para los judíos y su gueto se convirtió en el mayor de Europa. Irena decidió, a pesar del peligro, unirse al Consejo para la Ayuda de Judíos, conocido como Żegota, (Polonia era el único país donde existía una organización secreta dedicada a ayuda a los Judíos) como miembro del cuerpo sanitario. Allí se encargaba de paliar los casos de enfermedades contagiosas. Las condiciones pésimas en las que vivían los judíos hizo que Irina planease sacar del gueto a cuantos niños fuera posible para entregarlos a familias católicas que se hicieran cargo de ellos. Se dio cuenta de que era la única manera de evitarles la muerte. Tan difícil le resultaba rescatarlos como encontrar colaboradores desinteresados capaces de arriesgarse a las represalias de los alemanes acogiendo a niños judíos, pero los encontraba.

Sendler seleccionaba los niños con ayuda de sus padres. No puedo imaginar la decisión tan terrible para las propias madres que debían de desprenderse de sus hijos… Pero en muchas ocasiones era la única manera de salvar sus vidas. Empezó sacando a los que tenían más posibilidades de pasar por polacos cristianos, se guiaba por su aspecto principalmente. Si eran mayores procuraba que su acento no les delatase, incluso les enseñaba canciones y poesías populares polacas. Los más pequeños eran adormecidos con medicamentos para que no se delatasen en el momento de sacarlos clandestinamente del gueto. Cualquier idea era buena, cajones de madera, sacos, ataúdes, bolsas de basura… Los extraía en el primer tranvía de la mañana escondidos entre los adultos autorizados a trabajar en el exterior, en los empleos más penosos que nadie quería hacer. Otras veces utilizaba una iglesia que tenía varias puertas o incluso los sacaba a través del edificio de los juzgados. Muy a menudo el único camino de salvación fueron las cloacas y los sótanos de edificios ubicados junto a la muralla del gueto.

Durante mucho tiempo Irena Sendler logró burlar las puertas de aquel infierno.

Llevaba a los pequeños a lugares seguros. Les ayudaba a recuperar la salud y la energía. Les quitaba los parasitos y les desprendida de los harapos. Mientras tanto, otros miembros de la organización Żegota, preparaban documentos falsos, una nueva partida de nacimiento con un nombre eslavo y un certificado de bautismo. Los apellidos debían corresponderse con los de la familia que aceptaba acogerlos. Si no había con quien llevarlos se los confiaba a orfanatos cristianos que representaban una garantía de supervivencia.

Pero no se contentaba sólo con eso, también guardaba información de sus verdaderas familias para que no perdiesen completamente sus raíces. Preservó los datos de los niños que había sacado del gueto colocando los documentos en un par de frascos de cristal que enterró debajo de un manzano en el jardín de una amiga en el año 1944, por si ella moría.

De los 2.500 niños a los que pudo salvar de una muerte segura, Elzbieta Ficowska fue uno de los casos más conocidos. En 1942 era solamente un bebé de escasos meses cuando le administró un narcótico y la colocó en una caja con agujeros escondida en un cargamento de ladrillos. Sus padres murieron en el gueto y la pequeña Elzbieta fue criada por una conocida de Irena. Una cuchara de plata con la fecha de su nacimiento y su apodo, Elzunia, grabados fue el pequeño objeto que mantuvo a Elzbieta unida a sus raíces.

El 20 de octubre de 1943 la detuvo la Gestapo. Fue una vigilante de lavandería, que había sido descubierta por los alemanes, quien acabó delatando bajo tortura a algunos componentes de la red que se ocupaba de los niños, entre ellos a Sendler. Una vez estuvo en la prisión de Pawiak fue sometida a terribles torturas pero los nazis no consiguieron sonsacarle nada. Ningún paradero. Los niños a los que había estado ayudando a escapar del gueto estaban a salvo si de su voz dependía.

Fue condenada a muerte. Sin embargo, morir no era su destino porque consiguió escapar de la prisión. Sobornaron a un polaco que colaboraba con los nazis y Sendler pudo escapar en el último momento. Oficialmente fue declarada como ejecutada, muerta a todos los efectos.

Una vez terminada la guerra, Irena desenterró las listas con los nombres de los niños y la entregó al Comité de salvamento de los judíos supervivientes. Se casó y tuvo tres hijos. Y continuó con su anonimato. Sin embargo, más de medio siglo después apareció en los medios de comunicación su historia y la imagen de una ancianita, un rostro que muchos de aquellos niños, ahora convertidos en adultos, reconocieron. Su ángel de la guarda. La mujer que salvó sus vidas durante la ocupación nazi de Polonia. Irena Sendler falleció en Varsovia, el 12 de mayo de 2008 cuando tenía 98 años.

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Nos levantamos valientes y nos acostamos igual. Buenas noches.
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Somos TODAS.

8 M. Hoy paramos.

¡BASTA!

Basta de un trabajo doméstico silenciado y no compartido.

Basta de agresiones, humillaciones, marginaciones y exclusiones.

Basta de violencias machistas, cotidianas e invisibilizadas.

Basta de opresiones por nuestra identidad sexual.

Basta de peores condiciones de trabajo. No a la discriminación salarial.

Basta ya de pensiones más bajas.



QUEREMOS movernos libres y tranquilas por todos los espacios y a todas horas.

Queremos una sociedad libre de opresiones y violencias machistas.

Queremos un empleo que se adapte a las necesidades de la vida.

No nos utilices como reclamo. Ni somos dóciles, ni sumisas, ni calladas.


¡SIN NOSOTRAS EL MUNDO NO FUNCIONA!

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El video ‘No es una percepción’ ha sido creado por la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco, con motivo de la celebración el 11 de febrero del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia.

https://vimeo.com/254815281
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