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Antonio Santos Lloro
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DIOS Y NOE
Dios le dijo a Noé, su hombre de confianza, que construyera un Arca y metiera dentro de ella a una pareja de animales de cada especie, también a su señora esposa, a sus hijos y, creo recordar que a las mujeres de estos. Noé tardo años en concluir una embarcación tan grande, máxime si tenemos en cuenta que era hombre de secano y tuvo que aprender el oficio desde la base. Contrató a varios carpinteros de litoral que le echaron una mano. Prometió pagarles, por razones obvias, un par de semanas después de finalizado el proyecto. No resultó cómodo aquel proceso, sobre todo si tenemos en cuenta que Dios no paraba de apremiarle y cualquiera discutía con alguien tan importante, tan importante que no tenía nadie por encima, que yo sepa.
La embarcación quedó muy mona. Nada que ver con esas que vemos dibujadas en todas partes. La auténtica era bastante mejor y con un aire muy deportivo. Tuvo Noé en el último momento la idea de hacer tallar un bonito mascarón de proa que representaba una sirena desnuda. Dios era muy religioso de sí mismo y se cabreo bastante, tanto que a punto estuvo el incauto siervo de quedar en tierra. Vendió la escultura al propietario de un burdel que la colocó orgulloso como enseña en la puerta de su concurrido negocio. Cientos de años después la encontré en un anticuario de Barcelona que, desconocedor del origen histórico de la pieza, me la vendió por un módico precio. Hoy la sirena está en mi habitación y desde la pared vela mi sueño. No todo se perdió en el Diluvio.
Ya  en el Arca los pasajeros, empezó a llover a lo bruto. Dicen por ahí que fueron cuarenta días con sus cuarenta noches. Les puedo asegurar que por las tardes también cayó lo suyo y, tengo para mí que el aguacero duró unos cuantos días más, tal vez meses. Noé desde su confortable salón miraba y meditaba. Realmente Dios se había pasado, no todos los cadáveres que flotaban hinchados eran culpables, pero cualquiera le llevaba la contraria al Sumo Hacedor. El panorama fuera era desolador; niños, ancianos, miles de animales y pollos, muchos pollos en el momento que él estaba asomado flotaban por doquier.” Debemos de pasar cerca de lo que fue una granja en este instante”, pensó Noé con su gorrita de marinero y su chubasquero amarillo a juego con unas botas de goma que acababa de estrenar muy satisfecho.
Y dejó de llover. Salió el Sol y Noé dijo eso que se suele decir en el ascensor; “Parece que va a hacer buen tiempo”. Y tuvo razón. Soltó un guacamón y no volvió. Después un pinchiflor, un pájaro muy hermoso de un color desconocido para nosotros, y tampoco regresó. Fue una lástima porque estas dos especies desaparecieron al no tener  parejas con quien reproducirse. Noé se dio cuenta de que Dios se equivocaba a veces pero, como siempre, no dijo nada. Finalmente fue una paloma la agraciada y ésta apareció días después con un ramito de olivo en el pico. De Dios no se sabía nada y Noé estaba muy extrañado, incluso  pensó que tal vez hubiera fallecido en la inundación y, al llegar a esta conclusión, exclamó; “No, si ya decía yo que se le había ido la mano”.
Salió finalmente a cubierta y miró a su alrededor. Era primavera, cuando las nubes se levantan y los pajaritos cantan. Los campos estaban cubiertos de flores y todo parecía maravilloso. Las semillas escondidas bajo tierra habían germinado. Noé desplegó la rampa de la varada embarcación, pisó tierra y pese a estar todo muy embarrado y lleno de charcos no se hundió, físicamente claro. Entonces, sólo en ese momento, dio gracias a Dios y éste, el mismo del triángulo equilátero en la cabeza, el del gorrito original,  se apareció. Descendía en un sillón Luis XIV, todo dorado y tallado con hojas de acanto, sostenido por unos ángeles y acompañado de un coro de arcángeles tocando  instrumentos de viento. Sentado al lado de Noé quería presenciar el desfile. Aparecieron los elefantes, las jirafas, las cebras, los ñus, el rio  Serengueti que siempre va con ellos ,los hipopótamos, los camellos, los tigres, los leones, los canguros…Todos con paso marcial, saludando a la tribuna. Luego se dispersaron. Unos se fueron a Australia, otros a Europa, a la sabana, a la selva, al parque de atracciones, a Eurodisney…y así hasta el final. Bueno hasta el final no porque, cuando nadie lo esperaba, apareció el ornitorrinco con su cola de castor y su pico de pato. Dios miró a Noé y éste bajo la cabeza. Dios preguntó a Noé; “¿Me puedes decir qué es esto?”. Noé no supo que responder. Dios se encolerizó y con su voz tronadora repitió la pregunta.”¿ME PUEDES DECIR QUÉ ES ESTO?”. Noé con su barba blanca, con su aspecto de patriarca, de señor distinguido, miró al suelo arrastrando su pie derecho levemente por la tierra haciendo un surquito con la uña del meñique y se puso colorado. Se hizo un terrible silencio de esos que sólo, creedme, se hacen ante Dios. Con voz entrecortada Noé contestó; “ Creo que  es   u n a  e vi den  cia”. Y la respuesta no gustó a Dios que se fue, definitivamente, para nunca más volver, del lado de los hombres.
 
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