“Operación rescate y salvamento”.

De vez en cuando se viste uno de marinero y sale a pescar en su catamarán. A veces vuelvo a casa con las manos vacías, pero hay días de suerte en los que mi red se llena de auténticas maravillas literarias.

La selección que hoy desfila por la pasarela de: "Hasta las pelotas del pelotudo de Harry", va por todos esos amigos lectores y poetas que saben, de verdad de la buena, que el tiempo seguirá  su ruta imparable de destrucción del hombre por el hombre, y cuando no quede nada a lo que aferrarnos, en algún lugar seguirá palpitando la palabra a la espera de que los nuevos poetas acudan en su rescate para recordarnos quienes somos.

Y como nadie puede describir mejor el contenido de una obra que el propio autor, (miren, ya sé que me repito como el ajo con esta frase, pero aguantense porque este es el lema de esta casa) con todos ustedes: 

PEDRO ANDREU. Finalista del Primer Concurso Internacional de Poesía Joven Antonio Carvajal de Hiperión, 1998, XII Premio Nacional de Poesía Blas de Otero de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles por "Partida entre canallas" (2001), VII Premio Café Mon por "El frío" (2010), I Premio Internacional de Literatura Fantástica de Portal Editions por "El secadero de iguanas" (2011).


****


Cuarentena.

El mar arrastra a la arena de la playa sirenas con la ropa arañada, desnucadas.
Sale el sol y las moscas desovan
sobre carne y escamas futuras epidemias.

Los curiosos han ido invadiendo la arena.
Después llegan gaviotas, albatros, algún perro
asilvestrado que mastica los huesos.
Toda la noche fueron varando cuerpos.
Desde el pasado miércoles
no parte ningún buque de los muelles.
Hay cientos de sirenas desnucadas:
una canción borracha las atrae a la costa.
En las islas más grandes el hedor de las muertas
propaga ciertas pestes que han diezmado el turismo.
Has oído en la tele a un médico forense;
no sabe qué decir tras las autopsias.
Por las calles murmuran los vecinos
que hay suelto un asesino en serie.
Y guardan a sus hijas en los sótanos
y fuman más que antes
y se han comprado rifles y practican
disparando a latas de cerveza en sus jardines.


****

Me perderé despacio
en tus rincones, en el preciso
hoyuelo de tu risa,
en las comisuras de tus ojos
—perdón, quise decir tu boca—.

A veces me confundo:
es tan compleja y rica
toda tu anatomía.
Olvidarme del tedio,
del mundo ardido
que dicen que rompimos,
pero que destrozaron otros.
Dejar plantado mi trabajo,
escupir a mi jefe lo que pienso
de los Servicios Sociales,
desconducir mi coche
cincuenta y dos kilómetros
hasta la calle donde te tiene esclava
una oficina, gritarle basta
a los teléfonos, romper la cremallera
de los meses iguales,
setenta y tres centímetros
de espalda y de deseo: saberte viva
al fin, libre como internet,
como los yayoflautas
o las plantas que crecen
salvajes en las tejas.
Fundar mi patria, la tuya,
nuestra tierra
en dos metros de cama.
Acariciar palabras boca a boca.
Hasta que nada duela tanto.
Hasta que tanto duela nada.

Hasta que el mundo finja
que nos quiere y se digne
—por fin— a ser feliz.


(Poema inédito)


******

De: "El FRÍO"

(Advertencias)

No vengas otra vez con tus historias
tan siglo diecinueve de tristezas.
No jures y perjures que perdiste
tu zapato en mi casa, Cenicienta,
pues bien sabes que perdiste otras cosas:
la cabeza tal vez, algo de pasta, un par de bragas
que voy probando a todas
las que prueban mi cama
sin dar con la que vuela.
Que ni yo soy azul ni tú princesa,
así que apaga y vámonos, y vuelve
a ser mi perra callejera, mi musa en celo,
mi luna de dormir la borrachera,
mi billete de avión a la locura,
mi Blancanieves puta y harapienta,
mi vino y la resaca; el frío y mis palabras.
Y déjate de cuentos y dame mucho sexo
y poco poquito poco
abominable falso esclavo imbécil
desvergonzado amor.


*****


NUNCA ME ABRAS LA PUERTA.


Pero no importa, dale, llévate mi alegría
en tus labios, haz papel de fumar
mis poemarios, cambia la cerradura, vive el cielo.
Haz el favor de ser feliz, y nunca, nunca abras
a ese mamarracho enfebrecido
que llamará a tu puerta
las próximas semanas.

Se hará pasar por mí
ya te lo advierto
y te traerá la peste.


****

Los ángeles domésticos.


Has ido conociendo en tu existencia
enfermedades crónicas que fuiste domesticando:
como la poesía vino añejo del alma;
la extraña propensión a frecuentar
comarcas de tristeza, tedio, nostalgia;
el mar turquesa y traicionero del deseo,
sus naufragios, las islas despobladas
del sexo por el sexo. Y también conociste
enfermedades graves: el amor más desnudo,
el que da fiebre y nos saquea por dentro
como huestes de un cáncer sin escrúpulos.
Aprendiste deprisa el perfume a ron barato
de los abandonados, a buscar en los libros
antídotos inútiles contra tanto desvelo,
tanto sudor y escalofríos como hubo.
Conociste el sabor despreciable de la cicuta,
el rostro más horrible de las horas.
Y sin embargo, todavía, amas la vida:
esta herida bestia en celo que te quiebra
la sangre sin descanso, que respira contigo
y te acecha desnuda tras la puerta de casa.



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Segunda nana


                A papá:

los domingos, sin ti, son otra cosa


-----[Madrugada del 23 al 24 de noviembre]


La carretera mojada. Nuestro coche
que quema la calzada como una yegua triste.
Y atrás, a nuestra espalda, es ya Palma
de Naranja, Palma Negra.
Los campos se acobardan debajo de la lluvia
y el mundo se nos viste de nana de The Cure.
Almendros y algarrobos asustados
corriendo a nuestro lado, bajo el agua.
La madrugada en pánico. Cinco hermanos
a bordo de este coche borracho de dolor.
Atravesamos el camino de grava
donde mi hermana atropelló a una perra,
hace más de diez años.
La verja de nuestra casa abierta.
Una ambulancia. Las sirenas
—azul de pesadilla—
de un patrullero de la policía local.
Una madre llorando en el salón de casa
—nuestra madre—
donde aún nos juntábamos todas las navidades.
Nuestro padre sin vida en su cama de siempre,
roto como el motor de un ciento veintisiete.
Vértigo de oírlo todo como de demasiado lejos,
la lentitud de dieciséis cafés en una sola noche.
Trabajadores de la funeraria con guantes de látex
y ayudarles a llevar el ataúd
bajo la lluvia hasta una furgoneta.
Mamá de un lado al otro de la casa,
como una marioneta bajo efectos del válium.

Qué manera tenían las palabras de llenarse
de líquida torpeza, de pudrirse despacio
en  nuestras bocas. A mis hermanas
la menstruación se les cortó de golpe en las entrañas.
El último cigarro de papá me miraba
desde aquel cenicero. La última cerilla que sus ojos
pudieron ver raspar y arder en el planeta Tierra.
Su cama ya deshecha para siempre.
Tenía el corazón tan grande que, al detenerse,
se vació del frío que ha invadido la casa.

--------[24 de noviembre]


Luego, al día siguiente, el velatorio
—y allí mi padre con un paquete
de Récord en las manos—
y familiares lejanos que se nos acercaban
a arañar todavía un poco más
nuestro dolor de carne con nombre y apellidos.
-------[Mediodía, 25 de noviembre]


Y al fin incinerarlo, aquel último paquete
de tabaco
entre sus manos,
que perdieron el tacto.

Sesenta y ocho años han cabido
en una urna negra.

---[Atardecer bajo una higuera, 26 de noviembre]


Debajo de una higuera,
cinco hermanos, sus parejas,
una mujer –nuestra madre—,
diez nietos, un puñado de amigos
y la tarde agazapada encima de los campos.
De Dios no había rastro, pues papá era ateo
y nadie lo invitó. Cavamos media hora.
Plantamos a mi padre, regresamos
sus restos a la tierra, para que fueran barro.
Lanzamos unas rosas y claveles.
Dijeron a los niños que ahí
había que enterrar tesoros de su abuelo
porque se había ido a una estrella infinita.
Así que una de mis sobrinas le escribió una carta
y la dejó caer.
Otra le compró un paquete de cigarrillos negros,
y lo dejó caer.
Un tercero, entre lágrimas,
reunió sus cromos del Atleti
—era el club de papá—,
y los dejó caer.
Los nietos más pequeños pintaron unos folios
y los dejaron caer.
Mi hermano sacó de un bolsillo de su chupa
un libro que le habían publicado
y lo dejó caer.

Después echamos, uno tras otro,
una pala de tierra, hasta tapar el foso.
Y abrimos un paquete de tabaco
y fumamos un último cigarro de la marca
de papá, y si cerrabas ojos se le podía oler.
Entonces Venus brilló en el cielo
y mi sobrino de tres años dijo:
¡La estrella del abuelo!
¿Podemos ir a verlo en autobús?

---[Ya ha anochecido, 26 de noviembre]


Así que hoy no me habléis
de todas esas cosas tristes
que a veces es la vida, ni de papá tan muerto
como una olla de barro crujida a la mitad
ni de estas plumas negras que nos dejó su ángel.

Nos enseñó a gozar de las cosas sencillas,
cotidianas, del placer escondido en cada gesto.
Y hoy lo hemos sembrado debajo de la higuera
que él mismo había plantado hace más de treinta años.
Y hemos hecho paella en el fuego de leña
y nos hemos sentado a la mesa de piedra,
como cada semana. Pero falta una silla.
Ya siempre nos faltará una silla
a la mesa
los domingos.

Hemos plantado
la vida de mi padre debajo de su higuera.
He heredado un jersey.
Lo llevo puesto para escribir este poema.
Lo he mojado de lágrimas. Pero no importa.
Lo difícil será volver a nuestro campo y saber
que no aparecerás en bata a recibirnos.
Quisiste regalarnos las ganas de vivir, sencillamente eso,
pero no quedan fuerzas...
Cuánto cuesta borrarte de la vida,
aunque ella te haya borrado a ti ya
y continúe girando a nuestro alrededor el mundo,
como si nada hubiera sucedido anoche.
Cuesta tanto aceptar que no crujiera el eje del planeta
a las doce y catorce de ayer noche,
cuando llegó la nada a tocar a tu puerta
y a llenar de basura
las próximas semanas de nosotros.


(De Anatomía de un ángel hembra, Casabierta-ed, 2008)






Enlace para acceder a la biblioteca del autor:


http://pedroandreu.com/book-author/pedro-andreu/


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