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Erick Meneses
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Río en canciones, vivo en historias y lloro en letras...
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Adaptación de la leyenda de "El Charro Negro" a partir de una anécdota de mi padre allá, en sus gloriosos días de infancia en Teoloyucan.

"El Charro Negro".

Tres días había sido metido a la casa por la fuerza, aún cuando el crimen no significaba peligro alguno porque, cuando era joven y el sol tornaba al color rojo a las nubes previo a su escondite, no había quien parase los ladridos febriles de la jauría de perros que se aglutinaba en el espacio yermo de la región, aquella que rodeaban todos los hogares de Teoloyucan en su mero centro...
Cuando ese momento hacíase presente, los viejos amigos de la zona tomaban sus canicas, sus balones los dejaban en la esquina solitaria a la que iban a parar, amarraban a sus mascotas y se iban a los brazos de sus madres quienes no paraban de farfullar el intento de un rosario para apaciguar la intranquilidad de sus hijos.
Yo fui uno de ellos, y, por tres días —esos malditos tres días—, no dejé de leer el libro antiguo con la cruz en la portada y, en la otra mano, aguantaba el dolor que laceraba, que caía en forma de cera con la veladora encendida y caliente sobre mi mano roja y adormecida. Me decían y repetían tantas veces que no mirase al árbol seco que estaba en el centro del barrio, porque ahí aguardaba el mal mismo, al menos, hasta que el sol nos trajera su bendita luz de nuevo...
En el primer día, escuchaba los cánticos de otras madres que rezaban con sus maridos, quienes regresaban lívidos y pistola en mano trémula, como mirando a cualquier lado que no fuera el horror que tenían grabados en sus retinas. La mañana subsiguiente estaba colmada de comentarios a cerca del demonio mismo envuelto en un halo negro y espeso; aquella bestia que había llegado a esta tierra montando un caballo no menos oscuro que su jinete. Los esposos, que enfermaban de fiebre pasaban sus hazañas repletos de angustia desde la cama y sus hijos, mis amigos, pasaban esas mismas anécdotas a mis oídos. Cómo me reconforta, ahora mismo, que mi padre llegase desde otros lugares directo al rezo sin pasar por el árbol.
En el segundo día, los ecos de los ladridos resonaron con mayor ímpetu y ya ningún hombre quiso acercarse al árbol. Ahí, en esa región, comenzó a respirarse un hedor que ni en las antiguas épocas del país había estado presente. Me asquea todavía imaginarme siquiera ese horrible y detestable aroma que, al parecer, el árbol emanó por todo el barrio, por toda la noche hasta que la bóveda celeste se hizo clara de nuevo. Los muchachos dijeron que había sido tal la violencia de sus amadas mascotas que muchas de estas rompieron las cadenas a las que estaban atadas a la pared y que habíanse estado golpeando contra las rejas y tarimas que separaban a su casa de la calle empedrada.
Para mí desgracia, mi gata, quien me reconfortaba todas las noches con el ronroneo incesante de los felinos, había estado ausente en la noche del intranquilo aroma...
Pero el tercer día... Oh, el tercer día..., no quedé a jugar con los muchachos, sino que pasé la angustia de la pérdida de mi gata buscando a esta misma, con tal esmero que el tiempo se escurrió entre mis manos. La noción se escabulló de mí mientras no paraba de gritar su nombre en busca de un maullido de respuesta, el cual, llegó repentinamente. Desde el patio trasero de mi casa pude escucharlo nítidamente.
Y a cada paso que daba hacia ese sonido, se hacía más y más notorio.
Yo la amaba, yo amaba tanto a esa gata que, en su desesperada búsqueda, no me dí cuenta de las nubes rojas sobre mi cabeza, o la entrada de todos los hombres fornidos a sus casas, o la acción presurosa de mis amigos metiendo sus canicas y escondiendo sus balones, mucho menos el grito de mi madre, con el rosario entre sus dedos clamando mi nombre. Solo escuchaba el maullido que se acercaba y acariciaba mis oídos y no pensaba en otra cosa que en mi amada compañera...
Hasta que llegó, llegó y me arrepiento de haber arribado hasta el árbol en esa tarde nefasta; llegó el mismo aroma pútrido del día pasado y el horror que estaba aún en las retinas de los varoniles padres de familia. Levantando la cabeza y con una lágrima resbalando por mi mejilla, vi al diablo en persona, a la sombra maldita que montaba a caballo y llevaba atavíos de charro... O eso es lo que me figuraba su silueta, pues la luz no le penetraba ni ningún rasgo humano se hizo visible en su perfil.
Entre los ladridos ávidos de locura, vi como su brazo con el traje negro levantaba el cadáver podrido de mi fiel amiga felina, que parecía haber estado muerta desde hace años, con la carne arrancada y los órganos escapando de sus huesos; el maullido salía de la boca del charro negro iluminada con un calor inmenso.
Y dijo después las palabras que no podré olvidar, desde su hocico, que más que palabras fueron maldiciones que profirió desde el árbol seco:
—Ve, ve y cuéntales a todos de mí que llegará la hora en que regrese. Volveré por ellos pero tú estarás ausente: mas, no podrás ir solo. Te maldigo con mi recuerdo, muchacho, ese que no podrás apartar de tu acelerado corazón. Diles que el charro negro, el demonio que monta a caballo, llegará a robar lo que los rosarios o las madres protejen y lo que, por derecho mío, volverá a los abismos que se esconden debajo de este árbol que será arrancado con el tiempo. Diles que llegaré por su esencia eterna, la que esconden entre oraciones en su temeroso corazón.
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Con un poder absoluto sobre la voluntad y la cordura de cualquier consciencia en lo que se sabe existente, ese nexo simbiótico es acreedor de un miedo justificado al que las palabras les es imposible describir.
Acercarse al nexo es exponerse al sufrimiento más profundo que el dolor físico y el mental, inclusive.
Su total control es aquello único que yace en lo ficticio o inverosímil, pues un poder tan grande no tiene cabida en la caterva de las posibilidades.
Larga vida a quién lo use con empatía; maldito el que lo perpetúe en la senda del egoísmo. Porque su fuerza es ingente y su poseedor, sin duda alguna, el regidor de todo lo efectivo.
Ni la eternidad, ni el infinito universal es tan vasto y misterioso como lo es esa clase primordial del amor, el que no se halla ni en un lugar en el espacio ni en el tiempo, ese que es invariable. 

Decidme, mujer, ¿quién adolece más?: ¿Aquél que pierde completamente sus memorias o aquél que se pierde enteramente en ellas?

Decidme entonces, mujer, ¿quién adolece más? ¿aquél que pierde completamente sus memorias o aquél que se pierde enteramente en ellas?

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¿Quién querría la inmortalidad?
Nadie, con el buen sentido de amor y sufrimiento, quisiera afrontar la idea de la eternidad...
Y el tiempo, para un perpetuo amante, significa penuria; y el tiempo, para un ser vacío y soberbio, se hace llamar oportunidad y poder. Pero el primero habrá de tener una satisfacción, libertad y emociones incomprensibles, por que la dicha no le pertenece, mas es compartida y percibida por el objeto de su adoración. Mientras, al soberbio, nada le será suficiente, pues el ego pervive y somete a las emociones, la codicia suprime al alma.
Existen las contradicciones, claro, y es el de la no correspondencia, otro motivo de desilusión: el que da todo por alguien o algo que no toma en cuenta ni a su presencia. En el otro caso, es la llegada de la muerte cuando se está en la cumbre del poderío. Este habrá de pasar su ambición a alguien más que comparta sus ideales y el ciclo puede continuar o estancarse aún con la loca idea de nunca perecer. El amador, el buen amador en cambio, aceptará que el amor no fue correspondido y, sin embargo existió, entonces la muerte no significará nada para él.
De una u otra manera, cada uno queda ciego ante la fuerza que les subyuga.
Aunque, reconozco una gran diferencia entre ambos, una diferencia que es crucial para la simbiosis de estas fuerzas y la vida: para el desafortunado codicioso, los recursos que le otorgan gobernabilidad acabarán al igual que el sentido de la supremacía a pesar de la vida interminable; quien ama y lo que es amado están condenados a morir en las manos del tiempo, sólo es eterno el afecto concebido y el cariño que ambos seres compartieron y eso, ni las sombras arcaicas, ni las manecillas del reloj son capaces de ahogar en el olvido.
Los ambiciosos buscan lo perpetuo, los amantes buscan el amor sencillamente, y si la muerte, allá en el infinito, tuvo noción de lo que es sentir afecto, os aseguro que no pasa ni un sólo segundo sin preguntarse cuándo vendrá el fin a por ella...
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¿Quién querría la inmortalidad?
Nadie, con el buen sentido de amor y sufrimiento, quisiera afrontar la idea de la eternidad...
Y el tiempo, para un perpetuo amante, significa penuria; y el tiempo, para un ser vacío y soberbio, se hace llamar oportunidad y poder. Pero el primero habrá de tener una satisfacción, libertad y emociones incomprensibles, por que la dicha no le pertenece, mas es compartida y percibida por el objeto de su adoración. Mientras, al soberbio, nada le será suficiente, pues el ego pervive y somete a las emociones, la codicia suprime al alma.
Existen las contradicciones, claro, y es el de la no correspondencia, otro motivo de desilusión: el que da todo por alguien o algo que no toma en cuenta ni a su presencia. En el otro caso, es la llegada de la muerte cuando se está en la cumbre del poderío. Este habrá de pasar su ambición a alguien más que comparta sus ideales y el ciclo puede continuar o estancarse aún con la loca idea de nunca perecer. El amador, el buen amador en cambio, aceptará que el amor no fue correspondido y, sin embargo existió, entonces la muerte no significará nada para él.
De una u otra manera, cada uno queda ciego ante la fuerza que les subyuga.
Aunque, reconozco una gran diferencia entre ambos, una diferencia que es crucial para la simbiosis de estas fuerzas y la vida: para el desafortunado codicioso, los recursos que le otorgan gobernabilidad acabarán al igual que el sentido de la supremacía a pesar de la vida interminable; quien ama y lo que es amado están condenados a morir en las manos del tiempo, sólo es eterno el afecto concebido y el cariño que ambos seres compartieron y eso, ni las sombras arcaicas, ni las manecillas del reloj son capaces de ahogar en el olvido.
Los ambiciosos buscan lo perpetuo, los amantes buscan el amor sencillamente, y si la muerte, allá en el infinito, tuvo noción de lo que es sentir afecto, os aseguro que no pasa ni un sólo segundo sin preguntarse cuándo vendrá el fin a por ella...
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Montdrick.
"Las personas creen que por su grandeza tendrán el amor y el control de todo,  me dan lástima,  me da tanta tristeza saber que existen muchas como ellas y tantas veces logran su cometido... Sin pensarlo invocaría a la muerte y a sus legiones para que las borrase de este mundo,  el miedo de toparme con una de ellas siempre me agobia y no puedo evitar tener estos pensamientos. Me lastima pensar en que el daño siempre terminará dirigido hacia aquellos que amo. 
¡Sus malditos sentimientos lascivos les dominan y su sed de poder no conoce límites! Me aferro a querer borrarlas por siempre de la memoria de la historia,  por siempre,  ¡por siempre! 

Transitando por la avenida, me topé con una escoria similar, su nombre era Minh Luthi 'Montdrick", él era mujeriego desde que llegó a estos rumbos, no para ni un día de alardear en las cantinas de que provenía de las grandes familias de Lityr, una tierra donde las leyendas sobre la muerte abundan y se esparcen más rápido que la arena en el viento... Decíase ser descendiente de uno de sus reyes, un despreciado tirano al que se le atribuyó la mayor leyenda de ese lugar, su historia la repite tantas veces que la recuerdo al pie de la letra,  de principio a fin... 

Padre y esposo de una familia traicionada, señor de miles de matanzas para saciar su sed de ambición y poder hasta... Que queda "enamorado" de una bella mujer del poblado. Un rey que consigue lo que desea y no conoce límite alguno para realizar sus propósitos.
Dueño de tus días y tus tierras,  un pueblo pobre y en decadencia que paga tributos a la mafia del rey yace aquí, ¿quién es ese hombre maldito? 
Conocido por enemigos y aldeanos como el barón Montdrick."


Montdrick.

A las orillas de una colina y cerca de un bosque, recóndito lugar...

http://phoenixstoryum.blogspot.mx
Phoenix: Storyum
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phoenixstoryum.blogspot.mx

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Montdrick.

"Las personas creen que por su grandeza tendrán el amor y el control de todo,  me dan lástima,  me da tanta tristeza saber que existen muchas como ellas y tantas veces logran su cometido... Sin pensarlo invocaría a la muerte y a sus legiones para que las borrase de este mundo,  el miedo de toparme con una de ellas siempre me agobia y no puedo evitar tener estos pensamientos. Me lastima pensar en que el daño siempre terminará dirigido hacia aquellos que amo. 
¡Sus malditos sentimientos lascivos les dominan y su sed de poder no conoce límites! Me aferro a querer borrarlas por siempre de la memoria de la historia,  por siempre,  ¡por siempre! 

Transitando por la avenida, me topé con una escoria similar, su nombre era Minh Luthi 'Montdrick", él era mujeriego desde que llegó a estos rumbos, no para ni un día de alardear en las cantinas de que provenía de las grandes familias de Lityr, una tierra donde las leyendas sobre la muerte abundan y se esparcen más rápido que la arena en el viento... Decíase ser descendiente de uno de sus reyes, un despreciado tirano al que se le atribuyó la mayor leyenda de ese lugar, su historia la repite tantas veces que la recuerdo al pie de la letra,  de principio a fin... 

Padre y esposo de una familia traicionada, señor de miles de matanzas para saciar su sed de ambición y poder hasta... Que queda "enamorado" de una bella mujer del poblado. Un rey que consigue lo que desea y no conoce límite alguno para realizar sus propósitos.
Dueño de tus días y tus tierras,  un pueblo pobre y en decadencia que paga tributos a la mafia del rey yace aquí, ¿quién es ese hombre maldito? 
Conocido por enemigos y aldeanos como el barón Montdrick."


Montdrick.

A las orillas de una colina y cerca de un bosque, recóndito lugar...
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Más allá...

II.
Pasé la noche en esa casa ante el acecho de la noche que había me alcanzado, no terminando de abrir los ojos escuché del exterior un ligero maullido y un estrepitoso sonido, el caballete en el suelo había quedado. Tomé la carta en mano y presuroso por continuar para matar esa terrible sed de curiosidad, continué al escrito devorando...

"Más allá...

Me sometí al odio y al miedo me entregué,
Para la ira y la discordia fui todo su templo
Y les alimenté dándoles todo: sueño por sueño,
Y lo sabía más que nadie, esa noche erré...

Ahora he marchado, pero aquí no has de venir,
Búscame entonces y sabes que yo regresaré,
No me trates de encontrar, y aún así os esperaré
Aún sabes luchar, tienes tanto por lo que vivir.

Más allá de la muerte que en mí he sembrado
Encontraréis un poco de amor que he guardado,
Créalo o no, es para vos, para mi gran y final amor;
Un amor que poco a poco me ha desquiciado...

http://phoenixstoryum.blogspot.mx/2016/01/mas-alla_31.html
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