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oscar german vazquez asenjo
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DECIMA ENTREGA DEL VIGIA DE LOS TIEMPOS

Acabé con la vida de aquel animal de forma simple y rápida, me situé a su espalda y le lancé una roca a la cabeza, quedó aturdido del golpe y vi la oportunidad perfecta: me abalancé sobre él y golpeándole sin parar en la base de su cráneo y en la sien, justo por debajo de su cornamenta, le di muerte. Horas después, cuando ya se había quedado duro y frío  le arranqué a tiras con cuidado, utilizando una lasca de granito muy afilada, toda su hermosa piel. Desde entonces guardo con mucho cuidado  restos lanosos que aun no he utilizado, los empleo en cubrirme la parte baja de mi cuerpo y cuando se desgastan, los reemplazo por otras piezas nuevas. Esto ocurrió hace ya bastantes años y he de reconocer que ya quedan muy pocos trozos de piel de ciervo para reponer, no sé qué haré cuando se terminen, no se cazar, ignoro cómo se persigue una presa, es más, me niego a salir de mi roca para realizar ningún tipo de misión que no me sea directamente encomendada, me niego a salir de mi entorno y practicar ninguna otra actividad que la de vigilar, aunque sea tan necesaria para mí como la de practicar la caza. Así que, o aparece otro animal perdido y tengo la suerte de acabar con él o ciertamente no sé lo que podré hacer. 
Guardo también la cornamenta de aquel primer animal del que estaba hablando, he seccionado sus puntas y he fabricado puñales con ellas. La parte central de la cornamenta la utilizo para hacer muescas cuyo significado desconozco, pero ya me enteraré. Con los puñales he descubierto que soy realmente certero, apunto a objetivos situados fuera del alcance de la vista humana y hago diana sin la menor dificultad. No los utilizo mucho porque he de permanecer oculto sin dar ninguna pista que pudiera revelar mi existencia, pese a ello no he podido resistir la tentación de arrojar mis puñales en ocasiones muy especiales y señaladas y por supuesto siempre con el permiso de todos ellos.”
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NOVENA ENTREGA DEL VIGIA DE LOS TIEMPOS

“La vestimenta aquí en la montaña es de suma importancia pero curiosamente no para vestir o calzar sino para emplearla  en labores de intendencia de lo más variado y peculiar. Aquí se puede fácilmente comprobar cómo una piel de animal puede servir de aleta improvisada o de alimento en situaciones de emergencia. A mí, una vez, un sayo que tendí sobre la roca para que se secase logró salvarme la vida,  ya que despistó a un águila de su ataque, la confundió hasta el punto de tomar al sayo por persona y a mí por espantajo,  se confundió hasta el punto de  atrapar la prenda creyéndola  presa viva y a descuidarse de mí en el ataque.
El resultado fue fatal y feliz al mismo tiempo: fatal porque el ave cayó abatida a causa de una de mis pedradas y feliz porque salvé la piel (no solo la mía sino también la del sayo) y porque  algunas plumas de águila decoran mi roca desde aquel entonces, por cierto he de reconocer que  esas plumas  hoy en día me resultan de gran utilidad, no supe, hasta que las tuve en mis manos, de sus poderes conductivos. Hoy siempre las llevo conmigo. 
Suelo vestir de medio torso bajo, utilizo una simple piel ceñida a mi cintura que llega hasta medio muslo, no tiene ningún tipo de costura o recorte y lo más difícil del asunto de la vestimenta  es precisamente lograrla, hacerse con ella  en medio de esta inmensidad de granito. En la cumbre no hay otro medio de conseguir pieles más que a través de la caza o el ejercicio de la rapiña, actividades  para las que nunca estuve  preparado. 
La piel que llevo en la actualidad es precisamente fruto de la más pura  casualidad, simplemente apareció un animal perdido por mi roca y lo maté para conseguir su piel, intenté comérmelo pero mi estómago no está acostumbrado a la carne y no pude con él. Lo que si aproveché fue lo que primero me llamó la atención de aquella especie de ciervo extraviado que apareció por mi roca, su piel. 
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OCTAVA ENTREGA DEL VIGIA DE LOS TIEMPOS

Era esa piedra de granito, tan severa e ingrata, tan sabia y justa, la que le atribuía el  privilegio de hallarse dotado de todo lo suficiente para desarrollo de la vida. Almantor sentía, no felicidad, este sentimiento le era completamente ajeno, pero si cierto placer al recostarse en la roca y poder contemplar desde su “trono”, de manera directa, sin ningún otro tipo de comodidad añadida,  la amplitud del firmamento.
El granito es una roca compuesta de cuarzo, feldespato y mica, su tacto puede llegar a ser muy suave, sobre todo cuando el uso la deforma o la máquina del hombre la pule. Tal era el caso, tras muchos años de uso, aquella losa de granito había adoptado una forma cóncava tan pronunciada y aguda que su centro casi era esférico. Conformaba aquella pieza granítica una oquedad de aspecto tan confortable que a Almantor, sobre todo en los últimos tiempos, le causaba cierto aborrecimiento. 
El granito es un conglomerado de piedra verdaderamente curioso e interesante: blanco cuarzo, plata feldespato y negro mica, tres colores para tres texturas minerales completamente diferentes que claramente pugnan por desaparecer de ese incómodo “status quo” en el que se encuentran mezcladas. 
Así, en los lagos escoceses, casi desde el origen de los tiempos, existe granito prácticamente sin cuarzo, se trata de una piedra gris con un muy alto contenido en feldespato y por lo tanto muy brillante. En el levante morisco de algunos cerros cercanos a Argel era relativamente común el llamado “granito blanco”, mítica roca hoy prácticamente desaparecida donde pequeños puntos de mica tenían como innoble función la de demostrar la falta de pureza del cuarzo albino que la constituía prácticamente en su totalidad. 
El granito en su estado natural, es decir cuando ninguna de sus piedras componentes ha sido tratada por el hombre, es un mineral de superficie en extremo áspera y cortante ¡Cuántas veces no habrá visto correr su propia sangre entre los recovecos de la piedra!, pero al mismo tiempo es una piedra limpia que no desprende apenas residuos, que no se descompone con facilidad (lejos de degradarla la erosión la ennoblece) y por eso es un fondo del que gustamos en disfrutar cuando al bucear el agua cristalina nos permite contemplar a su alrededor un auténtico carrusel de colores cristalinos.
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SEPTIMA ENTREGA DEL VIGIA DE LOS TIEMPOS

El Vigía podría haber escogido otro hogar para vivir, un lugar más abrigado donde el frío y el calor, el día y la noche no fuesen tan intensos y arriesgados, Es más, no lejos de su piedra se abría una caverna lo suficientemente profunda como para darle cobijo en las noches de invierno y frescura durante el tórrido verano, pero no la había pisado más que un par de veces a lo largo de su vida y en ambas ocasiones sus expediciones habían sido motivadas siempre por la investigación. Aquella cueva no le resultaba un lugar atractivo para cumplir su misión. Existían muchas necesidades vitales propias del vigía que en aquel hueco no obtendrían ninguna satisfacción. Pero por encima de todas ellas existía un problema esencial: no era el lugar más elevado del mundo y el vigilante necesitaba vigilar a la máxima altura.
Además, Almantor ya había acostumbrado su cuerpo a soportar las inclemencias del tiempo y la naturaleza, no necesitaba ninguna cueva para vivir. Con la simple piel de un animal que cazó hace mucho tiempo era capaz de pasar muchas horas, días incluso, inmóvil en cuclillas azotado por la ventisca, notando como se le congelaban los parpados y librando una sobrehumana pelea por lograr cerrarlos. No se separaba mucho de sus piedras, si por él fuera nunca se desplazaría mas allá de unos pocos metros, había aprendido a alimentarse de los líquenes que se formaban entre el granito, dominaba el arte de libar hierbas y sabía cómo almacenar agua para tener siempre líquido a su disposición. No ingería más recursos alimenticios que los necesarios para compensar las energías que iba a consumir. El desprecio por las necesidades físicas y la virtud de dotarse de los medios psicológicos necesarios para no depender de su cuerpo, resultaban ser legado directo, y no el único que Almantor había percibido de los dinosaurios que le habitaban.
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SEXTA ENTREGA DEL VIGIA DE LOS TIEMPOS
Su forma de dormir era realmente simple, siempre efectiva: cuando ya no tenía más remedio vencido por el cansancio, se tendía sobre la losa de espaldas, recitaba su salmodia habitual (la que en su día, a buen seguro, había constituido un rezo infantil) y cerrando los ojos, dejaba que su cuerpo, siempre en tensión, cayese en una especie de trance que le permitía liberarse de sí mismo durante unos momentos y volar libremente a los lugares más excitantes del mundo. Porque durante mucho tiempo el Vigía creyó ser pleno conocedor de todos y cada uno de los rincones de este planeta, a todos podía vigilar desde su atalaya.
Nunca supo si dormía mucho o poco tiempo, tampoco tenía conciencia de si su trance resultaba realmente reparador o solo atendía torpemente a una urgencia fisiológica. Cuando una persona es forzada a vivir en las condiciones extremas en las que Almantor se hallaba, la satisfacción de cualquier necesidad básica se convierte en un auténtico regalo divino y como el descanso imprescindible era la única actividad que realizaba para sí, cuando dormía, no sabía si para bien o para mal, pero lo cierto es que entonces sentía algo parecido al solo sentido del dormir, a la incontenible sensación de que durmiendo es cuando realmente se vive. 
Mientras soñaba su cuerpo permanecía abandonado e inerme, quedaba a merced de cualquier ave o animal y no sería la primera vez que al despertar se hubiese encontrado herido o con picaduras o yagas.
“Pero en la montaña también se puede llegar a sufrir un calor difícilmente soportable. En la época del estío, los grillos pueden actuar en las cumbres, pero a los pocos días mueren porque incluso para estos animales tan acostumbrados al calor, los rayos del sol en exposición directa resultan letales. 
Mi piel hace muchos años que no se quema a causa de la exposición solar, pero nunca he podido evitar las quemaduras que en la planta de los pies me produce pisar sobre el granito candente. La piedra después de varios días de intenso calor puede llegar a parecer prácticamente un cuerpo  incandescente y eso es incompatible con un ser como yo que no solo no gusta del calzado sino que no sabe lo que es calzar. 
Cuando esto ocurre, cuando la roca se pone tan caliente en verano que no se puede pisar es entonces cuando con sinceridad siento impotencia. No sé qué es lo que puedo hacer. Desde luego busco sombras, durante casi todo el día hay lugares sombríos en los que situar las plantas de mis pies, pero a media mañana, cuando el sol se encuentra en su punto más elevado, entonces durante un periodo de tiempo que dura un par de horas, es imposible el refugio y no tengo más remedio que dejar completamente desnudo mi cuerpo y proteger con las pieles que habitualmente lo cubren las plantas de mis pies. 
Es importante llevar a efecto esta operación (la de dejar la piel sobre el suelo  para luego fijar sobre ella los pies y no moverlos)  antes de que la sombra haya dejado el lugar elegido, puesto que si la piel que ha de salvar las plantas de mis pies se aloja sobre una roca fresca, cuando llegue el calor no la habrá de descuartizar y podrá ser utilizada en más ocasiones”
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QUINTA ENTREGA DE EL VIGIA DE LOS TIEMPOS

Cuando al día siguiente aquel vendaval cesó, pude enderezar mi cuerpo y sostenerlo erguido sobre sus piernas. Fue entonces cuando mi vista contempló uno de los espectáculos más bellos que puede ofrecer la naturaleza: un manto de nieve cubría completamente las montañas más allá del horizonte inicial, ni una sola roca, ni un solo árbol sobresalía, nada asomaba, todo era blanco y azul, todo eran hondas tenuemente azuladas fruto de la épica nevada. La suavidad de la superficie de blanco terciopelo contrastaba vivamente con la mezcla de colores en movimiento que aun seguía batallando en el cielo.
Y se me ocurrió gritar por primera vez, nunca lo había hecho antes, tampoco nunca hasta ese momento le di mayor importancia al asunto ni vi en el mismo la menor utilidad. Sin embargo, ignoro la razón, supongo que fui provocado por el espectáculo que se desplegaba ante mis ojos o por la dureza de la noche anterior, no lo sé, el caso es que aquel día mi actitud fue diferente, sentí la necesidad de tensar al máximo mis cuerdas vocales, por lo demás siempre en silencio y relajadas y estallar en un grito tan intenso y explosivo que fuese capaz de crear enormes avalanchas que liberasen del peso de la nieve tanto a  las rocas de los montes como a su vegetación. 
Fue dicho y hecho, llevé mi mano derecha a la boca y haciendo con ella bocina comencé a gritar, comencé a emitir un sonido agudo y prolongado de tal intensidad que a los pocos segundos de alcanzar su plenitud fue tapado por el rugido mucho mas monumental y grandioso provocado por la avalancha que simultáneamente iba surgiendo en decenas de montañas y cordilleras: Millones de toneladas de nieve virgen descendían en tromba desde las cubres y caían al fondo de los valles para rellenar su oquedad. Cualquier signo de vida que hubiese sobrevivido a la tempestad nocturna en aquellos parajes habría perecido sin remedio aplastado por tales aludes, masas de nieve de un volumen  sin igual. 
Antojándose despejadas de nuevo las cumbres de las montañas, perfilándose como cuchillos brillantes las puntas de sus picos y apreciándose con intensidad la perspectiva de las hojas espinadas de las coronas forestales, titilantes, frescas, brillantes al sol, resultaba asombroso comprobar cómo la naturaleza  mostraba la más sorprendente variedad de verdes, negros, ocres y blancos en perfecto equilibrio.
Aquella vez descubrí que era poderoso no solo vigilando el universo sino también a la hora de gritar.” 
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TERCERA ENTREGA
“En lo más alto de la montaña suele hacer mucho frío, mucho más del que un hombre normal puede soportar. Es cierto que yo ya no lo siento desde hace mucho tiempo, el frío no me afecta, carezco de sensación alguna bajo su crudeza, pero soy capaz de apreciar su realidad inmisericorde cuando percibo punzantes miles de pequeños cristales helados que se incrustan inmisericordes entre los poros de mi piel ¡Si no ando con cuidado se me clavan al menor roce y es entonces cuando comienzo a sangrar! Los cuchillos de hielo cuando hace mucho frío no solo aparecen como cristales en mi piel, también se manifiestan a modo de dagas asesinas y resbaladizas sobre las rocas de la montaña. Además, cuando hace realmente frío, todo es mas peligroso porque los pies descalzos resbalan inevitablemente a causa del hielo en el suelo, ese es el verdadero problema, el resbalarse y caer sin control, son muchos los kilómetros de caída libre  e incontrolada entre las rocas si te resbalas; yo, una vez me hice tanto daño que hasta un hueso se me rompió, ese pie nunca ha vuelto a ser el mismo. 
Con todo, el principal problema que provoca el frío en la montaña no es el hielo, mucho peor que el hielo resulta el viento; un mal viento  alcanza tal grado de violencia que su azote puede llegar a desfigurar la cara de un hombre y no de manera  pasajera, sino para siempre. Por esa razón, yo llevo barba desde hace años, para proteger mi rostro del viento, para evitar que me doble la nariz o distorsione algún músculo y quede desfigurado el gesto de mi cara. 
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Have him in circles
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“Soy el vigía de los tiempos, vivo en el vértice del mundo, no se cual es mi nombre, tampoco es importante porque no recuerdo nunca haber hablado personalmente con nadie, pero si tuviera que elegir alguno, me gustaría que me llamasen Almantor, Almantor Egroj, porque una de las pocas cosas que conservo en mi memoria, quizás la única, es el nombre de mi familia, los Egroj, pertenezco a la estirpe de los Egroj.
Vivo solo en el pico más alto del planeta, no puede existir otro más alto porque desde aquí diviso el resto del mundo, contemplo elevadísimas montañas situadas siempre por debajo de la mía, se trata de soldados rendidos en pleitesía, se disponen como sirvientes postrados ante su amo y es en el amo de todas ellas donde habito yo. Se que os parecerá increíble que mi vista pueda alcanzar hasta el último rincón del planeta, estoy seguro de que no lo creereis aunque os asegure que mi morada se encuentra situada en lo más alto, en buena lógica pensareis que por muy alta que se encuentre mi atalaya, nunca me permitirá observar lo que se encuentra en la cara opuesta del planeta. 
Y tendríais razón, tendríais toda la razón si no fuese porque lo que yo veo no es el horizonte curvo que no termina nunca, que no tiene fin, ni el verde de los bosques o el azul profundo del mar. Lo que mi mente divisa es el sonido de todo lo que existe en el planeta y con ese especial sentido del que me encuentro dotado, todo lo puedo captar como si lo estuviese observando. En buena medida de hecho lo observo puesto que cada pieza de información que mi mente recopila accede a mi, no a través de mis oídos sino mediante el guiño de mis ojos”
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CUARTA ENTREGA DEL "VIGIA DE LOS TIEMPOS"

Una vez tuve que refugiarme en mi roca de tanto viento que soplaba, me acurruqué sobre mi mismo hasta prácticamente hacerme un ovillo sobre el suelo. Mi frente tocaba mi abdomen y cada brazo encogido protegía el lateral de mi cabeza impidiendo así que el sonido desatado de la ventisca se introdujese por los pabellones auditivos y lograse volverme loco. Las piernas contraídas lograban cerrar el ovillo en que se había convertido mi cuerpo y gracias a ello logré superar una de las peores tormentas, si no la peor, que nunca he sufrido.
El objetivo durante aquella noche era hacerse hermético, encogido, apretado en mis escasas carnes, las paredes exteriores de un cuerpo humano acurrucado, esto es, la espalda, los riñones, los glúteos y las piernas recibiendo la inclemencia exterior, las partes vitales guardianas del calor de la vida, es decir, la respiración, el flujo sanguíneo, la capacidad de permanecer alerta y el no caer embriagado en el sueño de la muerte, guarecidas en el centro de la concentración. Y al final de aquella tortura la estrategia había funcionado y la vida se salvó. Aquella  noche aprendí el secreto de la supervivencia, en realidad el secreto de la existencia: la adaptación es la respuesta, solo sobrevive el que se adapta no el que se rebela, la única lucha que produce frutos es la que se emplea en mimetizarse con el entorno, solo desde la asimilación de la dificultad se puede controlar el destino. 
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