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Tribuna de Periodistas
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La cocina de la información de un medio independiente
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¿Para qué sirve ser honesto?

(Por Christian Sanz) De nada sirve ser honesto

Trabajar bajo estrictas normas éticas

Esquivando con eficacia todo intento de soborno

Negándose uno a trabajar para medios mercenarios

Escapando a cualquier propuesta que signifique cobrar del Estado

Sorteando invitaciones de grupos como Clarín u otros

Claramente identificados con la oposición política

Uno se ha cuidado mucho

Ha predicado con el ejemplo

Viviendo muchas veces al día

Alquilando su vivienda como se puede, si se puede

Careciendo de tópicos básicos en algunas jornadas

Todo por no aceptar las típicas propuestas dinerarias

De aquellos que uno investiga

Ni siquiera durante el generoso día del Periodista

Uno ha devuelto todo lo que le han regalado

Para poder trabajar con total independencia

Sin condicionamientos de ningún tipo

Es el periodismo que hace falta hoy en Argentina

Honesto e independiente, con compromiso

Pero es lo que no abunda, al contrario

Las operaciones de prensa están a la orden del día

Los sobres “bajo mesa” también

La corrupción festeja, impune, mientras tanto

Es lo que explica que esté todo tan degradado

La hipérbole de la podredumbre 

Que incluye a los políticos y los jueces

Todo se mezcla en un gran amasijo

Donde todo termina siendo parte de la misma escoria

Por eso, no sirve de nada ser honesto

Porque cualquier virtud se diluye en medio de tanta bosta

No hay castidad que sobreviva hoy

Todo se iguala para abajo

“Lo mismo un burro que un gran profesor”

Pasaron cien años y nada ha cambiado

Pasarán otros cien y nada cambiará

En ese contexto, ostentar alguna mínima virtud

No sirve de nada… en absoluto
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Cristina No Es Abogada (Y Quiero Que Se Sepa)


(Por Diego Goldberg, de la redacción de TDP) Esta columna es personal, para dar fe de que Cristina no tiene título de abogada. Se me ocurrió escribirla porque me siento harto de ver cómo los periodistas repiten como loros lo que el gobierno quiere escuchar.
 
No les importa buscar el título de la presidenta de la Nación, nadie lo hizo. Cuando Christian Sanz dice que solo tres periodistas pidieron una copia del título a la Universidad de La Plata, tiene razón. Uno de esos tres fui justamente yo.

Después, hay un montón de impresentables que salieron a asegurar que habían visto el título de Cristina. ¿Cómo hicieron para verlo si nunca lo solicitaron?

A eso hay que agregarle que dos periodistas se contradijeron al hablar de las notas que tenía la presidenta cuando se recibió: para uno tenía notas muy bajas y para el otro tenía promedio de 9.

Cuando veo eso, me muero de rabia y por eso decidí hablar. Fui uno de los que investigó con Sanz y otros colegas de Tribuna de Periodistas durante años esta cuestión.

Nosotros entrevistamos a más de 20 personas y revisamos igual cantidad de documentos para llegar a la conclusión de que Cristina nunca se recibió. Algunos de los que entrevistamos fueron docentes de la Universidad de La Plata en los años 70 y nos dijeron a grabador abierto que la presidenta nunca había rendido sus materias.

Empleados de la misma facultad también nos confirmaron que no existía el diploma e inclusive lo hicieron ex funcionarios y amigos de Néstor y Cristina. Durante muchos años hicimos todos los chequeos de rigor, como dictan los manuales de periodismo. Recién después de eso nos animamos a afirmar que no había diploma.

En el medio, nos apretaron, nos difamaron e inclusive nos ofrecieron publicidad del Estado nacional a cambio de no hablar de ese tema. Nos aguantamos todo, yo en lo personal ni siquiera hablé del tema sino hasta ahora.

Comparto el sentimiento de Sanz cuando dice que está asqueado de la actitud de los colegas. Nosotros podemos aguantar todo desde el poder y la política, pero nos duele cuando son los mismos periodistas los que hacen operaciones de prensa.

Por eso decidí exteriorizar mi malhumor. Porque no lo merecemos, ni como medio independiente que somos, ni como periodistas honestos que somos.

Conozco a muchos de los colegas que se tragaron la operación del gobierno —que incluyó un documento visiblemente adulterado— y me duele por ellos y por nosotros.

Ellos hacen quedar a todos los periodistas como tarados, como operadores por dinero, y no es así.

Este testimonio es subjetivo y nada periodístico, pero quería decirlo, porque me consta que Cristina nunca se recibió de abogada y quiero decirlo a los cuatro vientos.

Quiero que todos sepan que hay mucha mierda en esta profesión, pero también estamos los honestos, los que no nos vendemos, esos que nunca vamos a decir una mentira que favorezca al gobierno, ni por toda la plata del mundo. 
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Cuando el periodismo da asco

(Por Christian Sanz) Estoy asqueado, profundamente asqueado. Cómo ciertos periodistas se han comportado respecto del tema del título de Cristina Kirchner me dejó hastiado, casi devastado. 

Ninguno hizo lo que debe hacer un periodista: investigar. Todos se dejaron operar y publicaron exactamente lo que el gobierno quería que se publicara. Pero, insisto, nadie investigó como debe hacerlo un periodista.

Por caso, solo tres periodistas pedimos copia del título de la presidenta a la Universidad Nacional de la Plata. Nadie más. Esto significa que una veintena de impresentables habló por hablar, sin haber hecho el chequeo mínimo de información.

Eso me asquea. No es periodismo, es oportunismo. Es no saber trabajar como exigen las mínimas normas de prensa. ¿Cómo investigar sin pedir algo tan básico como copia del título de quien se está investigando, justamente por falta de título?

El tema del título de Cristina no es un capricho mío, es el trabajo de años de cotejo de información, de una veintena de entrevistas —la mitad de ellas a grabador encendido— a fuentes de primera línea, de contradicciones oficiales, y de mucho más.

Cuando empecé con el tema, en 2007, el kirchnerismo me “toreaba” e invitaba a hacer mi denuncia en la Justicia. Es lo que hice, con tanta mala suerte que la denuncia cayó en el juzgado de Norberto Oyarbide, quien archivó todo sin siquiera ver el bendito título.

El entonces fiscal del mismo expediente, Luis Comparatore, le hizo notar al juez ese y otros errores en la instrucción de la causa, pero Oyarbide siguió como si nada. “Si no aparece el diploma, no hay prueba de que Cristina es abogada”, dijo en esos días el fiscal.

El mismo funcionario judicial puso énfasis en la ficha de entrega de título que había presentado la Universidad de La Plata, que se veía claramente adulterada (es la misma que muchos “colegas” publican hoy sin tener en cuenta que está “truchada”).

A pesar de ello, y aunque el título nunca apareció, Oyarbide cajoneó el expediente. La historia es mucho más extensa, y más compleja, pero no vale la pena volver a relatar todo lo ya relatado tantas veces.

A esta altura, confieso que me arrepiento de haber hecho todo lo que hice. No solo me hizo perder dinero y tiempo —suelo carecer de ambas cosas— sino que además debí tolerar campañas oficiales contra mi persona a través de Internet y basadas en mentiras que no creerían siquiera un niño de 5 años.

Siempre es mejor ser oficialista, tener un curro bien remunerado y neutralizar las críticas bajo el paraguas del kirchnerismo. Lo otro es de una hidalguía que no vale la pena. ¿Cuántos se animan acaso a enfrentar de manera frontal al gobierno, sin pelos en la lengua? Los dedos de mis manos me sobran para contar a esos colegas.

No es la primera vez que me siento asqueado por los desvaríos de algunos colegas y medios. Ya me pasó en la causa AMIA, en el caso Yabrán, en el expediente Pomar y hasta en el marco del triple crimen de Gral. Rodríguez, entre otros. Mis “colegas” hicieron estragos en todos esos temas y jamás pidieron disculpas. Jamás.

Muchos hoy siguen escribiendo en medios como Clarín, La Nación y Página/12, sin que se les mueva un pelo. ¿Un botón de muestra? Basta buscar en este último matutino las desvergonzadas notas de Raúl Kollman sobre el caso Pomar. No una, sino varias.

Así está hoy el periodismo en Argentina. Nadie chequea nada y todos copian a todos. No importa quién dijo qué ni las fuentes sobre las que se basó.

Por todo lo dicho, reconozco que, si volviera atrás, no haría la denuncia contra Cristina. Si volviera aún más atrás, directamente me dedicaría a otra cosa. Jamás al periodismo. No vale la pena. Por más honesto que se sea, nadie valora el esfuerzo que representa ser un hombre de prensa. 

Estoy asqueado, quería decirlo. No tolero tanta mediocridad en una profesión que solo exige dos sencillos tópicos: honestidad y pasión.
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El periodismo rentado y la opción por lo más fácil

(Por Christian Sanz) A uno le molesta, le incomoda, lo sulfura. Ver desde la letanía cómo se ha intentado trivializar el tema del título de Cristina Kirchner, enoja al extremo.

Más aún preocupa la campaña rentada que lleva adelante el gobierno para intentar tapar el sol con un dedo, impulsando a puntuales diarios a decir cosas que no son reales.

A esta altura, uno se siente molesto, algo deprimido por la situación. Más que nada porque es un reflejo de la Argentina de hoy, donde todo se puede comprar con dinero. ¿La dignidad? Bien, gracias.

Uno hubiera preferido no meterse en un tema tan espinoso, que provocó tanto pesar en el seno mismo del kirchnerismo y que impulsó elocuentes presiones hacia uno mismo.

También el hecho de haber perdido tiempo entrevistando fuentes de información, de elevar una dura denuncia ante la Justicia Federal, de tolerar campañas de desprestigio pagadas con los impuestos que uno mismo abona religiosamente.

Uno preferiría haberse ocupado de otra cosa a esta altura. Alguno de esos medios rentados llegó a publicar que no era importante que Cristina Kirchner mostrara su diploma, ya que otros ex presidentes tampoco lo hicieron. Absurdo tras absurdo.

Está claro que es más sencillo ser un operador político, recibiendo dinero bajo mesa y evitando las presiones de los gobiernos de turno. Por lo visto, uno se ha equivocado finalmente.

El único aliciente tal vez haya sido el acompañamiento de gran parte de la sociedad, que mastica vidrio pero no lo traga. Que olfatea esas burdas operaciones de prensa y las repudia. Y que apoya el trabajo que uno viene realizando.

Uno ha sentido ese calor, multiplicado por miles y miles en las redes sociales. Y lo valora. Pero no alcanza para amortiguar la desazón.

A uno le duele ver el declive en el cual se muestran los medios en estos días. Ya no importa el chequeo de información ni la búsqueda de pruebas, todo es un gran dogma de fe.

Si un periodista asegura que vio el título de Cristina, hay que creerle. No importa que no muestre siquiera un extremo de ese documento. A nadie sorprende que no le haya sacado una simple fotografía.

¿Deberán creer los lectores si uno asegura que observó cómo vuelan las vacas? ¿Importará que no haya un registro fílmico o fotográfico de ese momento?

En eso se ha convertido el periodismo, con honrosas excepciones, por cierto. Y ahí uno no tiene nada que hacer. Porque uno hace periodismo de investigación, ese que a nadie le interesa ya.

Habrá que dedicarse a otra cosa tal vez, porque está claro que es uno el que está equivocado, no todos los demás.

Algún día, pronto, la Justicia determinará que el título de Cristina no existe. Pero uno jamás será reivindicado. No lo fue en otros temas en los que se anticipó, por lo cual no es esperable que esta sea la excepción.

Tampoco habrá disculpas por parte de los colegas que sostuvieron la mentira durante tanto tiempo. Uno lo sabe, porque así fue tantas otras veces.

Los grandes periodistas que cobraban de Alfredo Yabrán o que dijeron barbaridades sobre el tema AMIA o el caso Pomar, o el triple crimen de 2008, jamás se disculparon por desinformar.

Ahí siguen, en sus carguitos de siempre, con sus suelditos miserables y sus dineros “bajo mesa” que les permite un buen vivir.

Mientras tanto, uno sigue peleando para ver cómo hacer para pagar su alquiler atrasado y lograr que cada mañana arranque el Fiat 600 que reposa en la calle.

No es poco.
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Acerca de la prensa y el periodismo de investigación

Existen infinidad de definiciones sobre lo que es el periodismo. Se trata de un oficio de difícil encuadre pero que encuentra su axioma en el estatuto del periodista, la 12.908. “Se consideran periodistas profesionales, a los fines de la presente ley, las personas que realicen en forma regular, mediante retribución pecuniaria, las tareas que les son propias en publicaciones diarios, o periódicos, y agencias noticiosas”, dice la norma.

No es incorrecta la definición, aunque sí limitada. El trabajo del hombre de prensa es mucho más abarcativo. No obstante, debe tenerse en cuenta que se trata de una ley que fue sancionada en el año 1944, cuando no existía aún la televisión, mucho menos internet, los blogs y las redes sociales.

Tal vez por ello, la definición que más me gusta es la de Bill Kovach, editor de The New York Times: “El periodismo es la primera versión de la historia”. Es una enunciación breve, concisa y más inclusiva que lo que proclama el vetusto y anacrónico estatuto del periodista.

Más allá de una u otra definición, lo importante es el trabajo que ejerce la prensa en sí; especialmente en momentos en los que la credibilidad de puntuales instituciones, otrora prestigiosas, ha caído vertiginosamente.

El periodista es visto como una suerte de fiscal del republicanismo; un incisivo observador de la incorrección política; un “cirujano” de la actividad pública y privada.

En ese contexto, la sociedad en general y los gobiernos en particular, suelen pedir a los periodistas que presenten pruebas concluyentes sobre las cosas que publican, como si los hombres de prensa fuéramos jueces o fiscales; como si pudiéramos condenar o encarcelar a quienes investigamos.

Los periodistas no hacemos eso, solo somos un medio —de ahí viene aquello de “medios de comunicación”— entre la realidad y la gente. Contamos lo que sabemos que fue debidamente chequeado a través de “fuentes independientes”.

Hay diferentes géneros periodísticos, relacionados —como su nombre lo dice— a los géneros discursivos: tiene que ver con lo que se dice, quién lo dice y cómo lo dice.

Entrevista, entretenimiento, reportaje, crónica, editorial, son algunos de los géneros más conocidos. Hay muchos otros, especialmente uno al que pocos prestan atención: la investigación.

Importante es mencionar que aquellos que hacemos periodismo de investigación tenemos una responsabilidad mucho mayor que quienes se dedican a cualquiera de los otros géneros.

Allí, lo que se denuncia es aquello que quiere permanecer oculto, en las sombras. Y tiene tópicos totalmente diferentes sobre los cuales —y con los que— se trabaja. El periodismo de investigación…

1-No es esclavo de la urgencia de lo cotidiano: una buena investigación periodística, a diferencia de la crónica urgente, puede demorar meses y hasta años. 

2-Utiliza métodos de trabajo más rigurosos que el periodismo tradicional: fuentes de primer nivel, documentos confidenciales, etc.

3-Produce la prueba: el resultado de la investigación periodística suele generar evidencia adicional a la ya existente y permite colaborar con la Justicia.

Esto último pone al hombre de prensa en una situación de mayor responsabilidad, ya que su trabajo ya no solo se limita a informar, sino que tiene la obligación de aportar la prueba recabada a través de su trabajo profesional.

Tal vez esto último explique por qué cada vez hay menos periodistas de investigación. Pocos se atreven a meter sus narices más allá de lo que dicen los manuales. Es algo engorroso y, en muchos casos, riesgoso. 

Encima, todo ello por poco dinero y con el riesgo de ser pasible de querellas penales por parte de aquellos que se sienten afectados. Lo dice uno de los periodistas más enjuiciados de la Argentina (por suerte, nunca perdí una sola querella criminal). 

Hay quienes, como el gran maestro Gabriel García Márquez, aseguran que todo género periodístico debería ser investigativo por naturaleza. Es algo imposible, sobre todo para aquellos que cubren la coyuntura a diario.

Como sea, en momentos donde la corrupción recrudece a niveles pocas veces visto, hacen falta más que nunca colegas que se dediquen a la investigación periodística.

Lamentablemente, ello no ocurrirá: los medios se achican más y más en estos días y el único periodismo que se observa a mediano plazo es el “multitarea”. Todo parece indicar que morirán a futuro los géneros periodísticos y la contratación de especialistas de tópicos específicos será algo del pasado.

Cada vez parece más lejana la definición de Horacio Verbitsky acerca del trabajo de la prensa: "Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa, de la neutralidad los suizos, del justo medio los filósofos y de la justicia los jueces”.

¿Qué más se puede agregar?
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En primera persona: por qué soy periodista. Por Christian Sanz

Soy periodista desde que tengo memoria, incluso desde mucho antes de saber que me dedicaría a ser un hombre de prensa.

En mi infancia era ya un tipo muy curioso, que quería saber el porqué de todas las cosas, no solo para mí propia satisfacción, sino también para poder abrir la cabeza de mis amigos y conocidos. También para impresionarlos, por qué no.

Debo sumar el invalorable aporte de mi tío Lorenzo, quien jamás supo la enorme admiración que le tuve. Era un ser enorme para mí, que todo lo sabía. Y yo quería ser como él.

Lorenzo me regaló mis primeros libros de economía y política —algunos aún los conservo—, con los que empecé a formarme, no aún como periodista, pero sí como persona.

Eran obras intrincadas, complicadísimas de entender, al menos para mí que era aún un adolescente. Sin embargo, me sirvieron para tener una somera idea de lo que era el mundo.

Luego de mis 18, decidí abocarme de lleno al periodismo, pero como autodidacta. Nunca me terminó de convencer el programa que daban las universidades ni las escuelas terciarias. Demasiadas materias “filtro” e innecesarias, al menos para mí.

Compré mis propios libros y adquirí el conocimiento necesario como para empezar tímidamente a transitar ese maravilloso mundo, del cual jamás me separé. Siquiera en los breves momentos en los que me dediqué a otras cuestiones laborales.

Decidí luego que lo mío sería el periodismo de investigación, fue después de leer la excelente obra del español Pepe Rodríguez. Es un género periodístico que se diferencia de todos los demás por la profundidad de su trabajo. Y logra algo que ningún otro género consigue: produce la prueba.

Hacer investigación periodística hizo que me metiera en muchos inconvenientes: recibí amenazas, presiones y una treintena de querellas penales. De todas ellas logré salir absuelto, mayormente gracias al gran trabajo de mis abogados, pero también por la responsabilidad que puse a la hora de encarar mis indagaciones.

Ello me costó también que me ensuciaran gratuitamente a través de anónimos blogs de Internet, la mayoría impulsados por los enemigos que supe ganarme. Salvo unos poquísimos imbéciles, nadie que me conozca cree ninguno de los disparates que puedan decir de mí, como que me busca la “Interpol” o que fui condenado por estafar a alguien.

Ni una cosa ni la otra, mi vida es la de un monje tibetano. Lo saben mi familia, mis amigos y mis colegas más cercanos.

Es que hay algo que siempre tuve claro: ser hombre de prensa exige total entrega en lo que a honestidad respecta. Si uno es éticamente reprochable, hay que dedicarse a otra cosa.

De la misma manera, siempre tuve claro que debía ser independiente de todo tipo de presión, ya sea de empresarios, políticos y hasta de familiares y amigos. Es un concepto que algunos entienden, pero la mayoría no.

Ello hizo que tuviera que irme de algunos lugares de trabajo y también perder puntuales amigos, sobre todo aquellos que estaban vinculados a la política. Ninguno de ellos logró entender jamás lo que es el periodismo.

Lamentablemente, dentro del ambiente de los medios también hay colegas de pocos escrúpulos. Son aquellos que reciben sobres “bajo mesa” y son afectos a hacer operaciones de prensa para beneficiar o perjudicar a quien sea necesario. Todo por dinero.

Más de la mitad de los hombres de prensa, hoy viven en esa situación “irregular”. La mayoría se justifica argumentando que los salarios de nuestro gremio son muy magros, lo cual es real.

Sin embargo, ello no justifica la amoralidad. Con ese criterio, quien no tiene trabajo bien podría salir a robar, como argumentó esta semana —no sin desacierto— el director de cine Damián Szifrón.

Transitar el camino de la ética extrema es complicado y asegura un destino inevitable: la soledad casi absoluta.

Es una opción que uno elige, es cierto, pero es la única que puede y debe tomar un periodista. Hay una máxima que asegura que la información no nos pertenece, sino a la sociedad. Ergo, no puede comercializarse lo que no es de uno.

En lo personal, escapo a reuniones con políticos y empresarios, para evitar que estos luego me presionen en mi trabajo. De la misma manera, suelo devolver todo lo que me regalan esos mismos referentes.

Aunque suene insólito, a uno le son echados en cara esos regalos en los momentos menos oportunos. Especialmente cuando se denuncia a aquel que hizo el obsequio.

Mi abuela solía decirme que no solo hay que ser honesto, sino también parecerlo. Me costó entender el concepto, pero lo logre al paso de los años. Es lo que hago hoy; es mi filosofía de vida.

Por eso, como dije, debí dedicarme a otros menesteres en algunos momentos de mi vida. Justamente para no aceptar presiones periodísticas.

No obstante, ser periodista es como ser médico, uno no deja nunca de serlo, ni siquiera cuando está desempleado. Yo tuve mis épocas de trabajar en medios y otras en las que tuve que dedicarme a otras tareas para subsistir.

Hice de todo: desde trabajar en una verdulería, pasando por largos años de farmacia y hasta fui jefe de personal de una empresa de seguridad privada.

En el medio, tuve la posibilidad de trabajar en grandes medios, como Canal 2 y Canal 9 de Buenos Aires. De ambos me fui por presiones a mi trabajo.

A pesar de que aún no logro llegar holgadamente a fin de mes —sigo alquilando mi departamento y mi auto es un Fiat 600— me considero un tipo exitoso y bendecido por la vida.

No solo me dedico a lo que me gusta, sino que también tuve la posibilidad de escribir seis libros de investigación y crear mi propio portal de información: Tribuna de Periodistas.

Es un medio que aún conserva el espíritu que le di cuando lo creé, en el año 2003: es totalmente independiente y honesto.

Soy un tipo muy exigente en mi trabajo, no solo con los lugares en los que trabajo, sino también conmigo mismo.

Amo lo que hago, por eso lo hago. No me imagino haciendo otra cosa que no sea periodismo. Por eso elegí este oficio, por la pasión que me genera.

Aún hoy siento excitación cuando empiezo a encarar una investigación periodística y todavía me quita el sueño imaginar lo que esta provocará, aún cuando en general no provoca nada en absoluto.

Muchas de mis indagaciones han sido levantadas y “mejoradas” hoy por la Fiscalía de Estado o por juzgados federales. Sin embargo, se trata del 1% de mi trabajo.

Es parte del juego del periodismo, no me quejo. Lo importante, como dije, es que puedo trabajar donde quiero y como quiero.

Ya lo dijo alguna vez Bill Kovach: “El periodismo es la primera versión de la historia”…. Y yo tengo la suerte de escribir parte de esa historia.


Christian Sanz es CEO y fundador de Tribuna de Periodistas
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Cambia todo cambia… Tribuna también

Cuando nació, en el año 2003, Tribuna de Periodistas se preocupó en enfocarse más en el contenido periodístico que en el diseño del sitio. Había pocos recursos entonces y, si había que poner énfasis en algo en particular, decidimos que fuera la información.

En 2009, hicimos un rediseño de la página y apareció una nueva versión, más cómoda para la lectura y mucho más dinámica para el lector-internauta.

Sin embargo, a poco del cambio, el nuevo esquema quedó obsoleto, no tanto por el diagramado en sí, sino más bien por la aparición de nuevos dispositivos de lectura y la multiplicación de las redes sociales como método de búsqueda de información.

Ello nos obligó a trabajar en una nueva maqueta, que contemplara ambos desafíos y que al mismo tiempo preservara el espíritu de Tribuna. Por ello, aunque el nuevo diseño es bien diferente de los anteriores, el logo sigue siendo el mismo, con la bandera argentina de fondo. A su vez, el color que prevalece en el sitio es el celeste.

La razón de ser de este periódico sigue siendo la misma: la búsqueda de la excelencia a través del trabajo independiente y honesto. No nos interesan los banderías ni las ideologías, lo que está mal se denuncia, implique a quien implique. Eso es lo que debe importar más que el diseño en sí de este periódico.

Como todo cambia, Tribuna también lo hace, pero solo por fuera. Dicho sea de paso, el gran trabajo para que ustedes vean lo que observan cuando visitan nuestro periódico, es mérito de Diego y Oscar Gentilezza.

Con ellos, y con ustedes, brindamos por esta nueva etapa. Y por muchos años más.
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Nueva denuncia contra Tribuna por denunciar el narcotráfico

No es novedoso decir que Tribuna de Periodistas es el medio más querellado penal y civilmente de la Argentina. No es algo para enorgullecerse, pero sí el hecho de que este portal jamás perdió un solo litigio a pesar del hostigamiento permanente.

Los juicios son parte del precio que debe pagar este periódico por meterse en temas en los que nadie quiere meterse, escapando de la liviandad de la información que circula en estos días en los principales medios de comunicación.

Pocos saben que casi todos los ministros del kirchnerismo iniciaron querellas por calumnias e injurias contra TDP, por las denuncias por corrupción que aquí se publicaron. También hubo juicios de referentes de la oposición y hasta personas de la actividad privada.

A esos litigios hay que sumar ahora el que inició en las últimas horas el diputado nacional por Chaco José Mongeló, quien solicitó al fiscal federal de Resistencia, Patricio Sabadini, que investigue “informaciones periodísticas de medios chaqueños y nacionales que lo intentaron relacionar con presuntas actividades ilícitas, entre ellas el narcotráfico”.

Mongeló embistió en su presentación contra tres periodistas de este portal, principalmente Luis Gasulla, quien desnudó los vínculos entre el legislador chaqueño y el narco Joaquín “Chapo” Guzmán. 

La estrategia no es nada nueva, muchos hacen lo mismo. Es el famoso “la mejor defensa es el ataque”. 

Mongeló sabe que tiene todo para perder a nivel judicial, pero le sirve mediáticamente para mostrarse como inocente ante la sociedad. Es una estrategia a corto plazo.

Tribuna ganará esta nueva querella, como suele hacerlo. Y será solo una medalla más de sus tantas victorias.
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El periodismo oficialista como distractor de la realidad

¿Cómo mostrar la realidad cuándo ésta es inenarrable? ¿Quién tiene la fórmula éticamente correcta? Mientras en Canal 13, mediante el programa de Jorge Lanata,  se denuncian los presuntos ilícitos - algunos de ellos - del Gobierno Nacional, en tiempo real se desmienten estos supuestos delitos vía Twitter, C5N, los cyber K, Página 12, América 2, CN23 y el aparato incansable de pseudoperiodistas devenidos en “sicarios” intelectuales dispuestos a justificar y negar todo. Periodismo para Todos, blanco furtivo de críticas, es señalado como un mero show televisivo por ciertos estilos y maneras de presentar la noticia, acaso, de exagerarla para sus propios fines. 

¿O conviene decir que es sólo un show? ¿Cuál es el modo correcto de realizar investigaciones “serias” sin caer bajo una lluvia letal de ataques y acusaciones? ¿Cuál es la mejor manera de comunicar ciertas experiencias angustiantes que atentan contra la dignidad humana?

En una de las últimas emisiones de PPT de Jorge Lanata, un informe llevó a la producción del programa a Formosa. Entre otros lugares de Argentina, evidenció que algunas comunidades, en el Gobierno auto – adjudicado como el de los Derechos Humanos, viven sin agua, toman agua podrida o acceden a este bien básico dependiendo del negocio del clientelismo político de turno. Narrar lo indecible. Y acá los críticos más acérrimos podrían decir que con una musicalización eficaz y conmovedora, con un plano del quiebre en llantos del afectado por la problemática se estará utilizando el dolor y mucho más para un producto televisivo. En sintonía con lo que diría Florencia Saintout, decana de la Facultad de Periodismo de la UNLP, que en una nota de Página 12 cuestionó el modo en que se exponen a los familiares de las víctimas de la tragedia de Once utilizando la frase “pornografía del dolor”, concepto complejo, hasta interesante, pero seguramente de alguien que tiene las necesidades básicas satisfechas como para sentarse y escribir para su círculo de ególatras pensadores crónicos de la teoría. Esa teoría que, claro, dista muchas veces de lo que nos pasa cotidianamente. Como diría “Susanita”, célebre personaje de Mafalda, que no hay que solucionarle la vida a los pobres, sólo basta con “esconderlos”. 

¿Cómo hay que mostrar la realidad entonces, quién tiene el parámetro justo para hacerlo sin caer en su enormidad absurda?

No existe ningún dispositivo, sería obvio aclararlo, que pueda mostrar “toda” la realidad, la televisión, un noticiero, sólo construye un recorte de ella, en un contexto, en un momento, una foto apenas, editada, retocada y/o mejorada, los contenidos adaptados a diferentes formatos. Se sabe. El formato de PPT cae, indefectiblemente, en el info – entretenimiento, género híbrido, respondiendo a ciertos cánones de la dinámica capitalista. Y es tal vez el mayor “pecado” de Jorge Lanata, más allá de denostar al Grupo Clarín y luego trabajar en él, de ornamentar un producto televisivo con humor político delirante, situaciones bizarras y personajes insólitos. Pero, ¿qué sucede con lo demás? ¿Cómo abordar la desnutrición en el norte argentino, el “hambre de agua” en Formosa y el crecimiento de las villas en Buenos Aires? A su modo, esto es narrado en el programa. ¿Cuál será el debate entonces? ¿Fortalecer la democracia o hablar de géneros televisivos y modos de presentar la información?

Los desmentidores crónicos se preocupan sólo de eso. Raúl Kollman, periodista de Página 12, se ocupa de sostener que los bolsos denunciados por la ex – secretaria de Néstor Kirchner, Miriam Quiroga, estaban “vacíos” o que jamás los vio. Pero Kollman quedaría en la historia del periodismo si se ocupara de develar  en serio el misterio de la fortuna de los Kirchner. Así nuevamente intenta decir que la “ampulosa” denuncia de Quiroga en el programa de Lanata fue sólo humo. Volvemos al show. ¿Quién nos enseña a ver lo que no queremos ver? Un periodista debe ayudar, al menos, a pensar. 

¿En serio podemos considerar que ningún funcionario y/o empresario kirchnerista se enriqueció en los últimos 10 años y todo forma parte de una ficción?

Mientras algunos hábiles comunicadores utilizan sus regodeos retóricos para negar lo evidente o desmentir tan sólo una pequeña parte de las historias, otros ciudadanos, en silencio y sin tiempo para poemas o artículos periodísticos, luchan en una batalla sin cuartel para conseguir agua y dignidad, cuándo las luces del “show” se apagaron y sólo queda el espíritu humano.
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