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Nia Romero
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De las letras vengo, y a las letras voy
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Esta es sólo una manera en que te aviso que aunque no me veas, te estoy siguiendo de cerca. 

Pacto de Abril
Intentemos que el poder de abril nos disuelva
que las hojas prematuras nos cubran
que el recuerdo de nuestras manos nos ampare

Tenemos al camino de testigo
Ni tú ni yo pudimos sostener algo a qué llamar nuestro
tú por tener el alma vacía y oscuros afectos
yo por la ignominia de esa ingenuidad característica

Dejemos que el poder de abril nos resucite,
nos salve (si se puede todavía)
y si su risa no logra hallarnos
entonces deja que se pierda
como una nota de hierba fresca en el bosque.

El Buda
Me siento como una exhalación. En otros tiempos lo habría llamado una epifanía, iluminación. Hoy lo atribuyo al palpitar de la vida que me tiene aprehendida en su vientre lúteo. Soy semilla en germinación.
Me siento como el aire que atraviesa el álula de un ángel perdido sin angustia; perdido por convicción y deseo de no ser hallado.
Como quien toma un tren hacia “quién sabe dónde”, para pasear por las calles de “quién sabe qué”; simple turismo de vida en la tierra. Viajero universal.

Amo la poesía de tus manos
la conocía desde que se mecían en mi vientre
y me encanta que se formen el mapa de mi rostro
que con tu tacto te acuerdes de aprenderme.

Adoro despertar con tu risa
que con garabatos me cuentes
la vida reciente de unos ojos sabios
pero de memoria ausente


Eres un sonido cristalino
el Dios que existe
entre los espacios de mis latidos
el fondo de mi alma
la briza grácil de mi llanto.


Tú me doliste tanto,
quizás por eso te amo
yo te soñé desde siempre
eso explica porqué mi vida
esta completa al tenerte.

El tiempo que gané
Yo solía amar, la tibieza de tu boca, la necesidad de tu mente por aprender a dejar el pasado. Creo que tuve un momento tuyo, nos tuve.
Yo solía creer que no había mejor futuro que aquel donde mi arriesgue me llevara al mundo, hacia los bosques de coníferas, los mares alejados de las mareas de gente, de las lunas pospuestas para el amor forzado; sin copas, sin cigarrillos, solo sólo.
¿Qué habrá sucedido con esa persona? la que temía al conformismo, la que odiaba los días festivos y reía en toda la expresión de su tórax…

El jardín de los demonios olvidados

Muy pronto Paul, quien había estado sembrando semillas de frutos, pudo ver los resultados de un resurgir de la vida en su árido y mortecino traspatio. Heredó la casa de su tío abuelo, al cual no visitaba desde los trece años y, a quien jamás volvió a ver luego de que Milton Thomas II, el tío en cuestión, enloqueciera y se colgara de los tobillos, dejando caer todo el peso de su cuerpo hacia el vacío de la doble cúpula, en el pasillo central de la escalera de caracol. La sangre se acumuló en su cerebro de manera que, antes de morir y tener un derrame, pudo alcanzar cierto estado psicótico con aletargamiento. Al menos esa era la versión no oficial de los hechos.
Los policías lo encontraron tres semanas después cuando Madame Lacroix reportó un fétido aroma proveniente de la mansión. Madame Lacroix, ama de llaves de Sir Thomas, había salido de vacaciones por las celebraciones de fin de año a Rennes. Al no poder abrir la puerta principal con su llave maestra y detectar el sospechoso aviso mortuorio a nivel olfativo, no tuvo más remedio que correr hasta la estación de policías y jurar que no regresaría a esa casa nunca más.
Madame Lacroix, una mujer de 67 años, baja, de piel blanca intolerante al sol, cabello fino casi inexistente, chapó de terciopelo y abrigo de lino; religiosa, entonada para el canto, nerviosa. La siguiente vez que apareció fue ante la familia de sir Thomas para declarar los hechos de los que fue testigo y exigir una indemnización por los años dedicados al patrón.
—Él estaba bien la última vez que nos vimos, comía sano, yo me encargaba de que así fuere. Le obligaba a encomendar sus negocios al Señor y sonreía a menudo.
¿Qué quiere decir con “a menudo”?—, indagó el oficial que investigaba el caso—.
Pues sólo eso, que no sonreía siempre ni todo el tiempo, sólo cuando le placía — respondió ansiosa Madame Lacroix.
—Entonces, ¿está usted infiriendo que Sir Thomas sufría de depresión?—. Yo nunca dije, eso, por favor, sea tan amable, señor detective de atenerse a lo que mi boca declara. Tan sólo he dicho que sonreía a menudo cuando su cuerpo se lo ordenaba. Nunca por complacer a otros o por compromiso. Mi patrón pudo ser muchas cosas, menos un hipócrita.
El caso seguía abierto mientras el notario repartió los bienes e hizo respetar el testamento del difunto. Entre casas, terrenos, boletas de valor y algunas reliquias exóticas, Paul Gregory Thomas, heredó la mansión principal, una bella propiedad al sur de Manchester.
La mansión era edificación sin un solo defecto, humedad, corrosión, o espacio descuidado. Cada obra de arte colocada ingeniosamente en las áreas precisas. El tío abuelo, dedicó su vida a ser curador de arte, así que comprendía la alquimia de los lienzos y sus capas, la fotosíntesis de las texturas y los rayos claroscuros. No había nada defectuoso en esa casa a excepción de un sitio: el jardín. Eso era lo sospechoso.
En la familia se contaba la historia de cómo Aberlín, la difunta esposa de Sir Thomas tuvo un embarazo desafortunado, dejando al tío sin esposa y sin hijo en una misma noche. Pero de Aberlín no existían daguerrotipos, ni retratos. Cosa rara pues la pintura era parte de la vida de esta pareja, conocían artistas como para montar un museo solos; si Aberlín no tenía una estampa que probara su existencia, podía significar justo eso: Que nunca existió. Del tío se hablaba poco, pero en las prejuiciosas charlas de sociedad, los comentarios no dichos sobre su locura pretendían de la mente de Sir Thomas, un hombre de gran ingenio y fuertes alucinaciones.
Había una pintura particularmente atrayente a la mirada de Paul. Se trataba de una marina en libertad, una tormenta recién sucumbida en el mar abierto y los vestigios de su destrucción. El navío principal con las velas roídas por los latigazos salados de popa a proa, un mástil que culminaba aún erguido pero a punto de ser partido en dos piezas. A nudos más adelante el bote de la esperanza salvavidas, alejándose de la escena aunque esta simulara todo el contenido de vida en la obra.
A Paul, lo que más le gustaba de esta composición era el cielo. La presencia de la noche en la bóveda celeste con sus brillos estelares difuminándose hacia el alba. La muerte y la vida, en una misma trama.Pensaba en su tío. En aquello que lo orilló al suicidio, en la misteriosa reminiscencia de una mujer y su hijo.
Nada podía complacer más a Paul, que un jardín exuberante y perene. Era un amante del día, el sol y la vida. La estancia en Manchester le estaba costando sus costumbres fisiológicas, pero estaba consciente que de no reclamar su herencia, podría perder la oportunidad de su vida. El primer proyecto que se impuso fue el de encontrar un ama de llaves capaz de dirigir a las empleadas. Madame Lacroix envió a su prima Oddette en cambio, Paul pudo palomear esto de su lista. El siguiente proyecto simplemente se concentró en revivir el cuarto de hectárea de patio y jardín.
Cada día, Paul pasaba algún tiempo en el jardín, pero su cansancio se hacía evidenciar de manera contundente por cada noche dedicada a ello. Durante sus estados de sueño profundo, Paul escuchaba una voz femenina llamarle desde el bajo astral, el cuerpo de Paul se erizaba y resentía el frío de las habitaciones vacías. Le resultaba dominante la bruma del sueño a tal grado que su cuerpo no respondía cuando intentaba abrir los ojos. Aunque su cerebro estaba consciente de su entorno, su cuerpo se resistía al estado de vigilia. “Ven al cerezo”, recitaba la voz de la mujer. Esto ocurrió de manera recurrente por los siguientes tres meses pero el cúmulo de nerviosismo y soledad en la vida de Paul, le hicieron enfermar de nervios cuando una de tantas noches escuchó a un pequeño bebé llorando. Lo extraño del asunto es que aquellas cacofonías espectrales estaban siempre acompañadas de un palmoteo de agua.
Paul no tuvo más remedio que cuando sintió que la locura atacaba el sentido común de su razón, acudir con los oficiales para exponer su caso. El inspector que había abierto el expediente, reprochó con voz irónica: “Se ha tardado usted cierto tiempo en presentarse, Sir Paul Thomas, le estábamos esperando”. —Esta es, como verá la declaración de Madame Lacroix en la cual expone que había salido de vacaciones por motivo de los festejos de fin de año y que al regresar no fue capaz de entrar a la mansión con su llave maestra. Posteriormente acudió a esta estación para agregar que un olor fétido provenía del interior. Sin embargo, Sir Paul, cuando nosotros entramos a la mansión, no había absolutamente nada que evidenciara las especulaciones que rondan el pueblo—. ¿Está usted seguro de ello detective?, todo este tiempo se nos dijo que mi tío se había suicidado…—, interrumpió el oficial—: ¿por las voces en su cabeza? ¿A qué le teme Sir Paul? Le preguntaré algo pero debe contestarme con completa honestidad. ¿Cuándo fue la última vez que visitó a su tío?—. Bien, señor detective, yo tenía doce o trece años cuando lo vi por última vez, pero usted sabe, no recuerdo cómo era, mi familia me apartaba de él porque decían que estaba loco, que había perdido la cordura cuando su esposa e hijo murieron.
Una estrepitosa carcajada por parte del detective confundieron la solemnidad de Paul.
—¿Sabe, Sir Paul Gregory Thomas? Me sorprende que usted no me reconozca. Permítame presentarme: Sir Milton Thomas II, tu tío abuelo—. Extendió la mano para estrecharla, con una sonrisa gozosa, aire irónico. Estoy seguro que usted tampoco vio al inspector en persona. Bueno, pues ya no se le verá por aquí, él acompaña a mi esposa e hijo bajo el cerezo que usted tanto procura y del cual come sus frutos. ¿No le parecía extraño que tan sólo el cerezo estuviera frondoso? Veo que no sabe tanto de jardinería como presume.
—Pero, si es usted mi tío, ¿de quién es el cadáver que encontraron en la mansión? Un vagabundo con mis ropas. Las palabrerías se propagan rápido. Nadie me ha visto en mucho tiempo, pasé encerrado en esa mansión cinco décadas y las voces, hijo de mi sangre, son las únicas que se escuchan, los lamentos de otros demonios que ya he olvidado rondan por ahí, yo mismo me convertí en uno de ellos. No, no me vengas por favor que perdí la cabeza con lo de Aberlín. Ella ya estaba muerta para mí mucho tiempo antes de que mis manos estrujaran ese hermoso y frágil cuello, y al engendro, fue más fácil arrojarlo al pozo que cavar una zanja extra. Sin tan sólo la policía fuera un poco más brillante, habría sabido de esto años atrás. Aberlín era una joven con muchos ímpetus, una excelente artista, ella pintó la obra que tanto te gusta observar de noche, la marina en póstuma tormenta. Eso era ella, una tormenta de angustias y pesadillas, no habría soportado un llanto más, un drama más. Ahora que lo digo, ustedes dos habrían sido una bella pareja; tú con tus aires de cultivador y ella con aires de artista. Ese hijo, era un demonio. Yo nunca inseminé a la desgraciada. Son ellos, los demonios que rondan el sitio quienes tienen la mansión inmaculada, son ellos los que decoran el ambiente con aroma fétido, son ellos quienes dejaron a madame Lacroix más ciega que un topo. Son esos demonios a quienes yo adopté por compasión, por miedo, los que han provocado esto: el placer de verme libre en tu cotidiano.
—¡Mañana mismo zarparé de regreso a casa!, ¡no tengo que vivir en la mansión si no quiero!—, reparó Paul.
—Mi querido sobrino…nieto, haz firmado esta acta, tú te has casado con esta mansión, este contrato ya no puede modificarse. Tus opciones al igual que las mías se enlistan a continuación, dado que no has leído una sola palabra de lo mencionado en tu contrato, lo resumiré para ti:
“El firmante heredero es a partir de ahora propiedad de la Mansión Manchester y sus siete demonios. Por conato de fuga, el esclavo deberá pasar tres meses en confinamiento. Es responsabilidad del esclavo sustentar y mantener la casa con cada gota de energía para procurar su estética y belleza. El esclavo no podrá enamorarse ni criar una familia en los confines del aposento. El esclavo deberá acudir a los llamados de sus demonios siempre que se le ordene. Si el esclavo deseara liberarse de su compromiso, tiene que ofrendar siete vidas en tributo a su autonomía, una por cada demonio y bajo ciertas restricciones: Apartado primero. Únicamente se permitirá una vida cada siete años. Todos los asesinatos deben ocurrir dentro de la mansión. La víctima debe sufrir y demostrar dolor durante el tributo. Se prohíben las torturas que al afectado cause placer y las vidas animales no se considerarán parte del trato. Apartado segundo, de los Demonios. Siete demonios miran sus sellos liberar siempre que, siete veces siete, en cincuenta años permanezcan en la línea. Ningún demonio puede liberarse antes de su tiempo. Es la ley, el orden de la muerte”
—Así es querido sobrino, el día de hoy se cumplen cincuenta años y me da gusto decirte que podré vivir para mirar cómo desfilan los siete; tus siete. Y Los siete de quien traigas para acompañar mi condena de este lado de la astucia. Vamos, no pongas esa cara, no es tan malo como crees, de hecho, se le toma gusto, yo te ayudaré a matar a tu primera mucama.


Y pensar que te tuve de frente.
Que de todo el tiempo que compartimos, y que fue poco, pudiste marcar mi recuerdo con tu maravillosa esencia. ¿Por qué no llegamos a tiempo? ¿Por qué la vida me pone por sobre todas las de perder y no poder estar a tu lado?
Y es que yo nunca renunciaría a mi humilde morada, mi precioso encanto, mi tierno cordero, mi roble viejo.
Tú vienes siendo el horizonte deseado, la montaña que se conquista, el cielo en llamas antes del eminente nocturno en solitud.
No soy solicitada, no soy necesaria, sólo estoy como una estampa que se ignora de tanto que me ves, de tanto que estoy, de nada que me muevo, soy invisible, un escotoma, una transparencia sin importancia.
Pero hoy, que me haz llamado “Preciosa coincidencia”. ¡Que viva mi existencia! ya me estaba acostumbrando a la muerte, a la esclavitud de mis años, mi adultez, mis ignominias. Pero tú… representas todo lo bueno que puede tener esta humanidad. Junto a ti soy una escoria; una alfombra sucia y usada; un animal de circo; un ser abusado, torturado, hecho fiera por supervivencia. Junto a ti soy la más puta, la más blasfema, la más profanada. Junto a ti, que eres limpio, que piensas bien, que no hablas por vomitar palabras inútiles, que reservas tus emociones, que moderas tus amores, que dosificas tu sexo. Tú que planeas los viajes interiores, por placer y conocimiento, por sabiduría espiritual. junto a ti, yo todo lo contrario, viajo para perderme, luego no me rescato, soy un terrible suceso, soy una mala experiencia, un hijo que no debió nacer.
Tú por talento de origen ayudas a las personas, les tiendes las mano, y has hecho de esto tu profesión. Yo por naturaleza protejo celosamente lo mío y maldigo a quien viene a quitármelo.
Tú, por deseo y voluntad del cielo respondes a sus llamados, navegas como un pez del lado del corazón. Yo hace mucho renuncié a toda religión y adopté el “pecado” como una palabra que se entrecomilla, tanto como las comisuras de una leve sonrisa luego de hacer el amor.
Qué casualidad, que siendo tú todo aquello que aniquilé en mi interior, venga a hora a decantar todas mis ilusiones en ti.
Junto a ti, soy solo alguien. Junto a mí, eres mi más bella corazonada, mi sueño imposible, mi país soñado, la esperanza como sitio lejano, la fuerza material del corazón.

NRP-, 2015.

No mueras poeta

No mueras poeta, no mueras todavía
te necesita la tierra, la espina
te piensa el malnacido
te susurra el loco
te invoca la hechicera
te utiliza la pluma, te calumnia ella

No mueras poeta, no mueras todavía
sos prolífico amanecer
que engrandece la vida
adjunta las estrellas
contiene a la luna
penetra la noche
e inunda su bruma

No mueras poeta, no mueras todavía
nos faltas en el día
cuando adquiere presencia
si es que envejece
en el abrazo del amigo
en la voz del amante
con la sonrisa de la letra
entre muertos y vivos
en bodas y funerales

No mueras poeta, tus letras nos precisan
para navegar el universo
comprender el espacio
del testigo sin tiempo
de la vida beligerante
del amor lascivo
la vela que se consume
y la marcha divina.

La vida que no compartimos nos dejó grandes cajas vacías.

Son las seis de la mañana, me sorprende que al fin me levanté del estado vegetativo en el que me hallaba.
Estuve inmersa en el suspensivo de tu llegada. Pero no lo hiciste, debí continuar.
Por recomendación de una amiga, saqué todo lo viejo y que no uso de mi casa, en sus palabras “purifiqué” mi espacio. Y lo que mejor me ha dejado hacer esto es encontrarme con cajas vacías en las que creí almacenaba recuerdos.
Esa idea de que tú me regalaste un caballo tallado con tus manos, era ficticia, no existía tal corcel.
Lo mismo sucedió cuando busqué aquella carta en la que me decías que volverías a casa y que me extrañabas. No existe.
Mi mente recreó tu ser. Todo lo que me hacía amarte se desvaneció como el sueño que tuve donde volaba por el cielo.

Abrí caja tras caja y, cada una más vacía que otra, me sirvió para colocar dentro los montones de ropa que tuve para complacerte: calzones de encaje, vestidos de seda, zapatos altos, barnices de colores. Me quedé con lo mío: toneladas de libros, un par de jeans y mis playeras de conciertos.
Todo lo envié a la basura y cuando el camión pasó a recolección, preguntó si era mío; lo negué. Ese montón de objetos no podían pertenecer a alguien como yo…

Y sí regresaste, pero para entonces ya te había perdonado y olvidado. Eso sí, guardé para ti una caja llena de tus recuerdos, los que provenían de mí, los que sí eran legítimos y auténticos. Claro, era pesada, estaba llena hasta el tope. No te volví a ver de nuevo.

Sólo tú tienes el cinismo de convertir esa caricia en un poder que ha permanecido con el tiempo. Sube en mí como la marea y baja cuando la distancia de los años nos aparta.
Nada más tu vida, tu amor, el toque de tus labios, tu aroma, tu abrazo, la textura de tu cabello, el roce de tus manos. La ternura en tus ojos, el deseo de tu saliva, la contención de nuestra edad…
Ese cuarto que nos acompañó muriendo, la incertidumbre del mañana, la llama incendiando nuestras rutinas y creencias. Tus ganas de más, mis ganas de menos.
Sólo tú…

2012
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