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Mikel Beltran
I knew the rules.. But they didn't know me....
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INSTRUCCIONES PARA MIRAR POR UNA VENTANA EN UNA NOCHE DE INVIERNO.

Elementos necesarios:
– Una ventana.
– Una noche de invierno.
– Una taza de café.

Teniendo en cuenta que por norma general no existen momentos, ni razones ni tan siquiera ventanas concretas o predestinadas a ser las elegidas para tal actividad, diríjase cuando usted lo crea conveniente o necesario, hacia aquella de la que disponga y que le confiera más confianza a la hora de entregarle sus próximos minutos y atenciones.

(Hay ventanas pequeñas, por las que apenas sí cabe un pedacito de cielo; ventanas grandes, ventanales que abarcan el ancho de todo un horizonte; ventanas tan tristes que tristemente se abren a un simple muro o tan alegres, que por ellas se nos cuelan primaveras enteras.
Hay ventanas que al abrirse, enmarcan paisajes y escenas como en una acuarela de Bischoff o de Rembrandt y ventanas que sólo descubren asfalto y polución.
Hay ventanas de invierno, contra cuyos cristales siempre está lloviendo, y las que cegadas por el sol del verano, mantienen sus párpados entrecerrados.
Las hay que miran al mar y las hay ante las cuales, se rinden montañas y colosales cordilleras; hay ventanas con verjas, ventanas con flores y con jaulas y también hay ventanas con barrotes.
Hay ventanas para mirar, para oir, ventanas para llamar; hay ventanas para esperar, para soñar, para recordar, incluso hay ventanas desde las que poder lanzar un avión de papel con la esperanza de que logre colarse en el interior de otra ventana abierta).

Pues bien, una vez escogida la suya, acérquese poco a poco a ella, como si nunca fuese a llegar, mientras hace girar con suavidad la cucharilla en su taza de café.
Llegados a este punto, coloque ambas manos alrededor de su taza, acaricie con los pulgares el borde superior y acérquela hasta los labios previa disposición o actitud de estos como a entregar o recibir un beso y beba. Deguste su sabor mientras deja caer lentamente sus párpados, reconfórtese en su soledad y ya con los ojos abiertos sitúe su nariz a escasos treinta centímetros del cristal, (el vaho desaparecerá en pocos segundos, aún así, si lo desea dispondrá del tiempo justo para, en el caso de que sea un sentimiento de amor - desamor / cursi - profundo el que le ha llevado hasta esa ventana, dibujar con el dedo índice un corazón e incluso añadirle a este, un par de iniciales).
Se aconseja intercalar pequeños tragos con breves sopliditos sobre la superficie líquida y así poder experimentar el contraste entre su calor y el frío que arroja el cristal de la ventana hacia su rostro; si es así, estremézcase o al menos sienta cómo se eriza el bello de sus brazos. Beba de nuevo.

Comience por lanzar su vista lejos, lo más posible, por encima de los escaparates de maniquíes ya durmientes y el inquieto tráfico de última hora, obviando las insistentes lucecitas de colores que pretenderán por todos los medios llamar su atención. (Encontrarse en un entorno rural o al menos alejado de los chismosos edificios cercanos propios de las grandes ciudades, le ayudará a lograr un paisaje más acorde). De cualquier manera, una buena opción para comenzar podrá encontrarla en el cielo en el caso de que su ventana disponga de una luna llena de serie. De no ser así, no se aflija y comience por la zona más oscura; llene sus pulmones, sumérjase y disfrute en la placentera negrura. Salte (metáfora) y tras planear sobre la lejana y ya desfigurada arboleda, atraviese aquella nube con forma de croissant; dé dos vueltas alrededor de la luna, trace una constelación cualquiera en su vuelo y déjese caer con suavidad sobre una de sus estrellas; siéntese al borde de una de sus puntas.
Suspire sintiéndose parte de la mismísima noche mientras observa la tierra desde las alturas y apure el café que aún le quede en su taza.

En este manual no se establecen tiempos máximos o mínimos para el desarrollo de esta actividad pues estos vendrán marcados por factores diversos como puedan ser el sueño o la cantidad y temperatura del café, por lo que si aún desea continuar, puede echar mano de las socorridas dudas filosóficas o incluso de las existenciales, de los manidos e imborrables recuerdos de los que disponga o incluso de su más pueril imaginación para, si aún lo desea, bajar a ras de suelo y jugar saltando de charco en charco o pasear clandestinamente como ser translúcido entre las gotas de lluvia, los autobuses o la gente.

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SOLEDADES.
(Con permiso, Sr. Benedetti)

Amo la oscuridad
que llega tras el amor,
soledad espesa
de luces sin vida,
que corta en gajos la noche
con tajos rojos mínimos,

soledad reparadora
de voces calladas,
soledad muda
que se traga reproches a sorbos
en vaso corto sin hielo;

amo la ternura
tras la alegría,
soledad maternal
de caricias bajo la piel,
que te cuenta cabellos
al son de boleros y nanas,

soledad piadosa
de manos de seda,
soledad desnuda
que te arropa, cobijando la piel
abrazada al alma;

amo el vacío
que llega tras la plenitud,
soledad pura, limpia
de trazos y notas y letras,
que posa e inspira otras
engalanada vestida de musa.

Amo la soledad desconocida
la incertidumbre que trae,
como dijo el poeta uruguayo,
el no saber qué llegará
tras ella.

M.B.15

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