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Revista Gurb, por si hay vida inteligente
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+Gurb Revista entrevista a Lucía Avilés, magistrada y portavoz de la Asociación de Mujeres Juezas de España.

Se ha destacado en las últimas semanas como representante del colectivo femenino de juristas que levanta la voz contra el patriarcado firmemente asentado en los juzgados y tribunales de España. La hegemonía masculina en el Poder Judicial no solo está provocando sentencias sonrojantes como la de la Manada, sino que permite y tolera un discriminatorio e infamante techo de cristal para muchas juezas que no disponen de las mismas oportunidades que sus compañeros varones a la hora de ascender en el escalafón judicial. “La Justicia es machista porque juezas y jueces formamos parte de la sociedad y somos su reflejo. No somos ajenos al machismo que lo impregna todo y que es fruto de una empresa colectiva de enseñanza y aprendizaje por la que se interiorizan desde la infancia los llamados estereotipos de género”, asegura Lucía Avilés. Desde su puesto de magistrada del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción Número 3 de Arenys de Mar (Barcelona) analiza para Revista Gurb la situación anacrónica de una administración de Justicia que se ha quedado anclada en valores antiguos, y por lo que se desprende de algunas opiniones autorizadas, hasta rancios. Sobre la resolución de la Manada, Avilés lo tiene claro: “Para nosotras las mujeres, lo que se describe en esa sentencia es una violación”. #sentenciaLaManada #juzgados
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Nueve años de cárcel para La Manada. Solo nueve años por abusos para cinco bestias que se pusieron de acuerdo en un chat con el fin de salir "de caza" como ellos mismos decían en su argot troglodita, planeando llevar herramientas sexuales, "reinoles tiraditas de precio" y hasta burundanga "para las violaciones". El Prenda y su recua, su grupo salvaje, grabó semejante brutalidad en varios vídeos (hoy en día el tonto siempre deja la película de su estulticia como sello para la posteridad) y ni siquiera el propio tribunal se atrevió a reproducir las imágenes en público, durante el juicio, por demasiado "escabrosas". La sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Navarra parece pronunciada hace cincuenta años, cuando las mujeres eran juguetes en manos de los hombres y podían incluso ser violadas por sus maridos si así les placía a ellos. ¿Qué tenía que hacer esa pobre muchacha que fue arrinconada en un portal, resistirse hasta la muerte para demostrar que no hubo consentimiento? El fallo, nunca mejor dicho, viene a decir que amenazar a una joven, meterla en un portal a la fuerza y contra su voluntad, penetrarla anal, vaginal y bucalmente y vejarla hasta reducirla a la categoría de trapo usado es un simple abuso. Los toritos bravos y embolados de Sanfermines ya tienen carta blanca para volver a la caza atávica de la mujer en las próximas fiestas pamplonicas. No extraña que los ciudadanos indignados hayan rodeado los juzgados pidiendo la justicia que no ha tenido la víctima. Cinco desalmados lanzándose como hienas contra alguien indefenso no es un simple abuso, es una violación en toda regla, y que los magistrados no lo hayan considerado así no tiene nada que ver con el Código Penal, ni con los atenuantes o eximentes, sino con sus prejuicios machistas y sus ideas retrógradas acerca de las mujeres. Ahora ya solo falta que al guardia civil y al militar, dos de los implicados, los condecoren con la medalla al valor. Y que les canten aquello de "soy el novio de la muerte".
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Entrevista con Carlos Bardem:

No hay plan B porque no hay un planeta B. Así de sencillo y así de dramático. El reloj de la historia ha iniciado la cuenta atrás y ya vamos tarde si queremos evitar la destrucción de la madre Tierra. Cambio climático, contaminación, aumento de la temperatura, derretimiento de los polos, subida del nivel del mar, desaparición de especies animales y vegetales, ciudades inundadas y millones de personas desplazadas. Eso es lo que le espera a la especie humana en los próximos cien años si no toma medidas drásticas y urgentes ahora mismo. Carlos Bardem (Madrid, 1963) ya ha tomado su decisión personal: embarcarse con Greenpeace en campañas de concienciación para salvar regiones amenazadas del planeta como la Antártida. Cuando los ecologistas le propusieron ese viaje al corazón del último reducto de tierra virgen que queda en el planeta no se lo pensó dos veces: convenció a su hermano, el actor Javier Bardem, y se lanzaron a una aventura tan noble como fascinante. Allí, rodeado de crías de pingüinos que mueren por efecto del cambio climático, de ballenas que entonan tristes lamentos en medio de un silencio sobrecogedor solo roto por el crujido de los inmensos témpanos de hielo al resquebrajarse, ha vivido una experiencia única, casi mística. “La Antártida no es un sitio donde el ser humano tenga que estar si no es para investigarlo o documentarlo o defenderlo. Lo que más impresiona es su silencio sólido que se impone a cualquier otra cosa, y la verdad es que te mueve a la meditación y a la reflexión”. Mientras el ser humano se enfrasca en estúpidas guerras por terruños y banderas y los polos continúan licuándose en un fenómeno que parece ya imparable, la campaña de recogida de firmas de Greenpeace para que la Antártida sea declarada un santuario a salvo de explotación comercial sigue en marcha. “Yo creo que en este caso hay muchas posibilidades de que, si millones de personas nos unimos y hacemos presión a nuestros gobernantes, consigamos finalmente el objetivo”, asegura esperanzado.

#calentamientoglobal #naturaleza #Greenpeace

Por José Antequera / Fotografía: Christian Åslund (Greenpeace).

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Entrevista con Carlos Bardem:

No hay plan B porque no hay un planeta B. Así de sencillo y así de dramático. El reloj de la historia ha iniciado la cuenta atrás y ya vamos tarde si queremos evitar la destrucción de la madre Tierra. Cambio climático, contaminación, aumento de la temperatura, derretimiento de los polos, subida del nivel del mar, desaparición de especies animales y vegetales, ciudades inundadas y millones de personas desplazadas. Eso es lo que le espera a la especie humana en los próximos cien años si no toma medidas drásticas y urgentes ahora mismo. Carlos Bardem (Madrid, 1963) ya ha tomado su decisión personal: embarcarse con Greenpeace en campañas de concienciación para salvar regiones amenazadas del planeta como la Antártida. Cuando los ecologistas le propusieron ese viaje al corazón del último reducto de tierra virgen que queda en el planeta no se lo pensó dos veces: convenció a su hermano, el actor Javier Bardem, y se lanzaron a una aventura tan noble como fascinante. Allí, rodeado de crías de pingüinos que mueren por efecto del cambio climático, de ballenas que entonan tristes lamentos en medio de un silencio sobrecogedor solo roto por el crujido de los inmensos témpanos de hielo al resquebrajarse, ha vivido una experiencia única, casi mística. “La Antártida no es un sitio donde el ser humano tenga que estar si no es para investigarlo o documentarlo o defenderlo. Lo que más impresiona es su silencio sólido que se impone a cualquier otra cosa, y la verdad es que te mueve a la meditación y a la reflexión”. Mientras el ser humano se enfrasca en estúpidas guerras por terruños y banderas y los polos continúan licuándose en un fenómeno que parece ya imparable, la campaña de recogida de firmas de Greenpeace para que la Antártida sea declarada un santuario a salvo de explotación comercial sigue en marcha. “Yo creo que en este caso hay muchas posibilidades de que, si millones de personas nos unimos y hacemos presión a nuestros gobernantes, consigamos finalmente el objetivo”, asegura esperanzado.



Por José Antequera / Fotografía: Christian Åslund (Greenpeace).

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Entrevista con Carlos Bardem:

No hay plan B porque no hay un planeta B. Así de sencillo y así de dramático. El reloj de la historia ha iniciado la cuenta atrás y ya vamos tarde si queremos evitar la destrucción de la madre Tierra. Cambio climático, contaminación, aumento de la temperatura, derretimiento de los polos, subida del nivel del mar, desaparición de especies animales y vegetales, ciudades inundadas y millones de personas desplazadas. Eso es lo que le espera a la especie humana en los próximos cien años si no toma medidas drásticas y urgentes ahora mismo. Carlos Bardem (Madrid, 1963) ya ha tomado su decisión personal: embarcarse con Greenpeace en campañas de concienciación para salvar regiones amenazadas del planeta como la Antártida. Cuando los ecologistas le propusieron ese viaje al corazón del último reducto de tierra virgen que queda en el planeta no se lo pensó dos veces: convenció a su hermano, el actor Javier Bardem, y se lanzaron a una aventura tan noble como fascinante. Allí, rodeado de crías de pingüinos que mueren por efecto del cambio climático, de ballenas que entonan tristes lamentos en medio de un silencio sobrecogedor solo roto por el crujido de los inmensos témpanos de hielo al resquebrajarse, ha vivido una experiencia única, casi mística. “La Antártida no es un sitio donde el ser humano tenga que estar si no es para investigarlo o documentarlo o defenderlo. Lo que más impresiona es su silencio sólido que se impone a cualquier otra cosa, y la verdad es que te mueve a la meditación y a la reflexión”. Mientras el ser humano se enfrasca en estúpidas guerras por terruños y banderas y los polos continúan licuándose en un fenómeno que parece ya imparable, la campaña de recogida de firmas de Greenpeace para que la Antártida sea declarada un santuario a salvo de explotación comercial sigue en marcha. “Yo creo que en este caso hay muchas posibilidades de que, si millones de personas nos unimos y hacemos presión a nuestros gobernantes, consigamos finalmente el objetivo”, asegura esperanzado.

Por José Antequera / Fotografía: Christian Åslund (Greenpeace).
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Entrevista a la fotoperiodista MAYSUN ABU-KHEDIR, la fotógrafa española estuvo en tres ocasiones en Siria y sus fotografías fueron portada del New York Times. Pertenece a ese escaso grupo de valientes que visitaron el país para contarnos al mundo las atrocidades que está sufriendo la población civil.

Un soldado muerto en una fosa común. Un hombre le apunta con una linterna en medio de la noche, en un campo yermo y perdido en tierra de nadie. Puede haber francotiradores apostados en cualquier parte, minas antipersona, terroristas del Califato dispuestos a secuestrar al primer intruso que pase por la zona. Trabajar de noche en Alepo es muy peligroso. La fotógrafa enfoca el cadáver del miliciano con su cámara, sabe que solo tiene un segundo, que debe aprovechar el destello fugaz de la linterna que sujeta su ayudante, el tiempo justo para pulsar el disparador y conseguir la foto soñada que dará la vuelta al mundo. Pero ha de ser en ese preciso instante, no habrá otro, y si un helicóptero o un avión detecta el fogonazo de la linterna, si descubren que están allí, ya pueden darse por muertos. Maysun Abu-Khdeir (Zaragoza, 1980) hizo esa foto en Siria que fue portada del New York Times. “Yo sabía que la escena era importante, que esa fotografía era interesante. ¿Por qué? Porque era la foto de una Siria que no se conocía. La gente no estaba acostumbrada a ver eso. Yo tuve la suerte de vivir esa situación en el sentido de que fui testigo de algo que normalmente la gente no ve”, asegura la fotoperiodista. Hoy Maysun ha regresado a España tras ser testigo del infierno sirio, de esa guerra donde ya no hay periodistas porque estar allí sencillamente es un suicidio. “La revolución contra Bashar al Asad que empezó en 2011 era pacífica. Hoy los integristas han tomado el poder y quieren imponer su agenda, el Califato o lo que sea”.

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Entrevista a la fotoperiodista Maysun Abu-Khdeir, una española que estuvo en Siria, su fotografía fue portada del New York Times. Valientes que arriesgan su vida para que sepamos la pesadilla que está sufriendo el país, aunque los muertos de Siria parece que no importan.

Un soldado muerto en una fosa común. Un hombre le apunta con una linterna en medio de la noche, en un campo yermo y perdido en tierra de nadie. Puede haber francotiradores apostados en cualquier parte, minas antipersona, terroristas del Califato dispuestos a secuestrar al primer intruso que pase por la zona. Trabajar de noche en Alepo es muy peligroso. La fotógrafa enfoca el cadáver del miliciano con su cámara, sabe que solo tiene un segundo, que debe aprovechar el destello fugaz de la linterna que sujeta su ayudante, el tiempo justo para pulsar el disparador y conseguir la foto soñada que dará la vuelta al mundo. Pero ha de ser en ese preciso instante, no habrá otro, y si un helicóptero o un avión detecta el fogonazo de la linterna, si descubren que están allí, ya pueden darse por muertos. Maysun Abu-Khdeir (Zaragoza, 1980) hizo esa foto en Siria que fue portada del New York Times. “Yo sabía que la escena era importante, que esa fotografía era interesante. ¿Por qué? Porque era la foto de una Siria que no se conocía. La gente no estaba acostumbrada a ver eso. Yo tuve la suerte de vivir esa situación en el sentido de que fui testigo de algo que normalmente la gente no ve”, asegura la fotoperiodista. Hoy Maysun ha regresado a España tras ser testigo del infierno sirio, de esa guerra donde ya no hay periodistas porque estar allí sencillamente es un suicidio. “La revolución contra Bashar al Asad que empezó en 2011 era pacífica. Hoy los integristas han tomado el poder y quieren imponer su agenda, el Califato o lo que sea”.

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