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Filosofía en Costa Rica
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"Dimidium facti qui coepit habet: sapere aude" "Quien ha comenzado, sólo ha hecho la mitad: atrévete a pensar" Horacio, "Epistularum liber primus" II, 40
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Mario Augusto Bunge: Doing Science In the Light of Philosophy (+PDF)
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This book examines science in the making, a process it illustrates with many examples from the natural, social, and biosocial sciences. Therefore it centers on the research process and its philosophical presuppositions. It claims that the latter constitutes a sort of matrix for conceiving and nurturing scientific projects.
Contents:
In the Beginning was the Problem
Scientific Research Projects
Evaluation of Results
Science and Society
Axiomatics
Existences
Reality Checks
Realisms
Materialisms: From Mechanism to Systemism
Scientism
Technology, Science, and Policies
Appendices:
Freeing Free Will: A Neuroscientific Perspective (Agustín Ibáñez, Eugenia Hesse, Facundo Manes and Adolfo M García)
The Philosophy of Mind Needs a Better Metaphysics (Martin Mahner)
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Bunge: “Es preciso que las humanidades y las ciencias sociales adopten la actitud científica”  http://bit.ly/2tScwo4 "El mercado premia solamente los descubrimientos que tienen una utilidad inmediata. La búsqueda del origen de nuestra especie, las investigaciones sobre las ondas gravitatorias o el estudio de los agujeros negros no tienen valor comercial. De modo que los mercados no las propiciarían. De aquí que la adoración del mercado conduzca al embrutecimiento colectivo."

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It’s Possible to Live without Philosophy—but It Wouldn’t Be Wise  http://bit.ly/2eGGVnD 
Philosophy provides a new way of looking at the world and exploring ideas that otherwise might be too heavy, or too big, to comprehend. It's a lot better than the alternative—which is willful ignorance and throwing your hands up in the air and saying "I guess it's all part of a masterplan!". And while this incongruity between the philosophically minded and the more deity-inclined can create some major cultural hiccups, there's at least some semblance of both sides searching for the same thing. Philosophy, Kitcher argues, may not ever give us the ultimate solutions to all the big questions in life. But it does put us in the driver's seat and give us control.

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 Mario Bunge: La relación entre pseudociencia y política https://goo.gl/gkiJ4Z

Extracto del libro de Mario Bunge Materia y mente. Una investigación filosófica, publicado por Editorial Laetoli, Pamplona, 2015. Es el séptimo volumen de la Biblioteca Bunge (www.laetoli.es). Traducción del inglés de Rafael González del Solar. Publicado en El País, España. 24/10/2015
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La pseudociencia es siempre peligrosa porque contamina la cultura, y cuando lo que está en juego es la salud, la economía o la organización política, la ciencia espuria pone la vida, la libertad y la paz en riesgo. Pero, desde luego, la pseudociencia se torna extremadamente peligrosa cuando goza del apoyo de los gobiernos, las religiones organizadas o las grandes empresas. Un puñado de ejemplos bastará para aclarar esto.
A partir de la Ilustración, la mayoría de los progresistas ha sostenido que el genoma no determina nuestro destino: que no sólo podemos aprender a pensar, sino también a sentir y actuar, tanto de forma directa, a través de la imitación y el aprendizaje, como de modo indirecto mediante la reforma social. En cambio, los conservadores y reaccionarios de todas layas han abrazado el innatismo o nativismo, la opinión de que nacemos con todas las características que emergen en el trascurso de nuestras vidas. Así pues, las escrituras sagradas hindúes consagraron el sistema de castas, la Biblia sostiene que los judíos fueron escogidos por Yahvé; Aristóteles, que los “bárbaros” eran inferiores a los helenos; los colonialistas europeos, que los pueblos conquistados eran salvajes, buenos sólo para ser esclavizados o exterminados, y un largo etcétera. La posición innatista-conservadora se debilitó considerablemente con la Ilustración y la subsiguiente difusión de las ideologías de izquierdas, pero resurge de cuando en cuando. Lo hizo con especial virulencia en forma de darwinismo social y más recientemente bajo el ala de la psicología evolucionista. Recordemos la última resurrección del innatismo “científico”.
Steven Pinker, un profesor de Harvard y el psicólogo más popular de nuestra época, dedica un capítulo íntegro de uno de sus influyentes libros a las cuestiones políticas que rodean el dilema ambientalismo/innatismo. Pinker afirma que “las nuevas ciencias de la naturaleza humana”, desde la genética hasta la psicología evolucionista, justifican lo que él llama una visión trágica. Se trata, ni más ni menos, que del individualismo y el pesimismo de la economía ortodoxa y la filosofía política conservadora, desde Hobbes, Burke, Schopenhauer y Hayek hasta Thatcher y Reagan. Pinker cita, en particular, los siguientes “descubrimientos” de esas “ciencias nuevas”: “la primacía de los lazos familiares”, a pesar del hecho de que en la mayoría de los casos los miembros de las empresas, los grupos políticos, los laboratorios, los regimientos y los equipos deportivos no están relacionados genéticamente; “el limitado alcance del reparto comunal en los grupos humanos”, aunque todas las sociedades humanas y muchas empresas modernas son cooperativas; “la universalidad del predominio y la violencia en todas las sociedades humanas”, a pesar de que la tasa de homicidios ha disminuido en todas las sociedades civilizadas durante el pasado siglo y ni siquiera las sociedades más divididas son básicamente tiránicas o violentas; y “la universalidad del etnocentrismo y otras formas de hostilidad entre grupos en todas las sociedades”, como si la innegable lucha no estuviese equilibrada por la cooperación, el cumplimiento de las leyes y los intereses materiales.
Pero eso no es todo: para convencernos de que, básicamente, todos somos unas bestias egoístas y ruines, Pinker completa la lista anterior con lo siguiente: “la heredabilidad parcial de la inteligencia, la meticulosidad y las tendencias antisociales”, aunque todas esas capacidades pueden fomentarse o reprimirse mediante la educación y el control social informal; “la prevalencia de mecanismos de defensa, la parcialidad interesada y la reducción de las disonancias cognitivas”, las cuales, aunque reales, son, sin duda, menos acentuadas en las sociedades del estado de bienestar que en la “liberales”; “los sesgos del sentido moral humano”, incluidos el nepotismo y el conformismo, lo cual es cierto, pero no implica pasar por alto el hecho de que junto al egoísmo se dan el altruismo y el inconformismo, y que con frecuencia el progreso político incluye el progreso moral. Todo esto constituye un claro ejemplo de reduccionismo radical fallido; en este caso ha fracasado la reducción de las ciencias sociales a la genética y la psicología. Además, la lista de logros de la “nueva ciencia de la naturaleza humana” de Pinker parece el preámbulo de un Manifiesto de la Nueva Derecha, más que un resumen de descubrimientos científicos. El compromiso con una ideología política reaccionaria es un indicador fiable de la naturaleza pseudocientífica de una disciplina.
Gran parte de lo anterior vale también para los autoproclamados psicólogos evolucionistas a los que Pinker admira: ellos también afirman confiadamente que la desigualdad social está en los genes y que, por consiguiente, las revoluciones sociales están condenadas al fracaso. Barkow, por ejemplo, uno de los fundadores, escribe: “La estratificación social es un reflejo del hecho evolutivo de que las personas desean más ventajas para sus hijos de las que desean para los hijos de los demás”. Sin embargo, seguramente las barreras de clase, por definición, ralentizan o impiden del todo la movilidad social. De lo que se sigue que sólo una sociedad sin clases o, al menos, una sociedad en la que las barreras sociales sean permeables, permite el desarrollo personal. Adviértase que este es un argumento puramente lógico. Lo que sí exige pruebas empíricas es el supuesto de que la ambición de tener más descendencia es innata y, por tanto, universal. Pero la genética humana no ha confirmado esta afirmación de la genética pop.
Además, los arqueólogos sociales han descubierto que la estratificación social no surgió hasta hace unos 5000 años, junto con la civilización. Tal como dice Trigger en su monumental tratado, “los antropólogos utilizan la expresión ‘antiguas civilizaciones’ para las formas más antiguas y simples de sociedad, en las cuales el principio rector básico de las relaciones sociales no era el parentesco, sino una jerarquía de divisiones sociales que atravesaba trasversalmente la sociedad, cuyos estamentos poseían desigual poder, riqueza y prestigio social”. Sin embargo, pasemos a otros especímenes de pseudociencia.
Los legisladores estadounidenses recurrieron a la eugenesia, fomentada en una época por muchos científicos e intelectuales públicos de buena fe, para proponer y aprobar proyectos de ley que restringían la inmigración de personas de “razas inferiores” y condujeron al internamiento de miles de niños considerados débiles mentales. Esa misma “ciencia” justificaba las políticas raciales de las potencias coloniales y los nazis, y llevó a la esclavización o asesinato de millones de amerindios, indios, negros, eslavos, judíos y gitanos.
La crisis mundial que comenzó en 2008 es un ejemplo más actual de las catastróficas consecuencias sociales que resultaron de las políticas sociales inspiradas en filosofías económicas y políticas equivocadas. En efecto, hay consenso de que las culpables de esta crisis son las políticas de laissez faire aplicadas por los gobiernos estadounidense y británico desde los tiempos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Ahora bien, laissez faire no es un lema ideológico aislado: se trata de la consecuencia lógica de dos dogmas que se mantienen de forma acrítica, pese a los cambios en la realidad económica desde que Adam Smith (1776) publicó su gran obra. Estos dogmas son los principios de que a) el único objetivo de la actividad económica es el beneficio privado; y b) el mercado libre (no regulado) se autorregula, es decir, está siempre en equilibrio o cerca del mismo, por lo que, sin duda, toda intervención tendrá en él un efecto perjudicial.
A su vez, la hipótesis anterior se apoya en tres doctrinas filosóficas aceptadas sin examen: una ontología individualista, una gnoseología acientífica y una ética individualista. El individualismo es la tesis de que sólo los individuos existen: que las entidades colectivas, como las empresas y las naciones, son producto de la imaginación. Esta tesis es errónea: lo que es ficticio es el individuo aislado. Tal como hemos sostenido en otra parte, todo lo que existe en el mundo real es un sistema o un componente de un sistema. En este caso particular, las acciones de individuo sólo pueden comprenderse en su contexto social. Se puede comenzar el análisis en el nivel micro o en el macro, pero ningún análisis será satisfactorio si desatiende uno de los dos extremos. La lección metodológica es que toda explicación satisfactoria de un hecho social incluirá lo que he llamado diagramas de Boudon-Coleman (Bunge, 1996). 
Los diagramas de Boudon-Coleman van a contracorriente de la metodología individualista radical, la cual exhorta a permanecer siempre en el micronivel. Este punto de vista metodológico no puede mantenerse neutral en la controversia gnoseológica entre realismo (u objetivismo) y subjetivismo: si es coherente, ha de comenzar en la experiencia cognitiva individual y no en el conocimiento, el cual se aprende en sociedad y se pone a prueba en las comunidades científicas (el “escepticismo organizado” de Merton). Por consiguiente, el individualista metodológico debe ser o bien un subjetivista radical (como Berkeley, Kant, Fichte o Husserl), o bien un empirista radical (como Hume, Comte, Mill o Carnap). La combinación de Popper de individualismo metodológico radical y realismo gnoseológico no funciona.
Así como el holismo se acompaña de una ética del deber, como ocurre con las de Confucio y de Kant, el individualismo está unido a la consigna egoísta “cada uno para sí”. El sistemismo, en cambio, propone una ética humanística en la cual los derechos y los deberes son igualmente importantes. En esta filosofía moral, todo derecho supone un deber y viceversa. Por ejemplo, mi derecho a ganarme la vida supone el deber de ayudar a otros a sobrevivir, y mi deber de pagar impuestos supone mi derecho de participar en la decisión de cómo se gastará ese dinero. Sostengo que las personas corrientes se rigen por una filosofía moral como esta, en tanto que los economistas ortodoxos y los políticos conservadores predican la deontología a las masas mientras aconsejan el egoísmo a sus clientes.
Todas las economías desarrolladas se rigen por políticas de alguna clase. A su vez, esas políticas se diseñan sobre la base de teorías económicas y principios morales, y son propuestas o puestas en práctica por partidos políticos y gobiernos:
El economista ortodoxo objetará la inclusión de la política y la moral entre los determinantes de las políticas económicas: dirá que se trata de reglas puramente técnicas pertenecientes al manual de operación de la maquinaria macroeconómica. Esta afirmación, sin embargo, es incorrecta en el mejor de los casos y no sincera en el peor de ellos, puesto que no hay duda de que toda política económica hará progresar unos intereses al tiempo que perjudicará otros. Por ejemplo, el comercio libre favorece a los fuertes mientras que frena el desarrollo de los débiles; y el estado de bienestar mejora la suerte de los pobres mediante impuestos a los ricos. En resumen, toda política pública está moralmente comprometida. Así lo entendió el gran socioeconomista Gunnar Myrdal cuando, hace ya tiempo, nos exhortaba: ¡Declarad vuestros valores! Si no lo hacemos, tal vez estemos contribuyendo a justificar la pseudociencia o la ciencia mercenaria, sobre la cual diremos algo a continuación.

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Ramanujan, el hombre que vio en sueños el número pi http://bit.ly/2tznXpI
Ramanujan es el icono de la intuición matemática. Su caso es un espectacular ejemplo de cómo el lenguaje matemático está inscrito en el cerebro de todos los seres humanos. De la misma manera que Mozart visualizaba la música, este joven indio tenía la capacidad de hacer brotar de su interior fórmulas matemáticas con las que trataba de explicar el mundo. Procedente de una familia paupérrima, Ramanujan formuló sus primeros teoremas a los 13 años. Y a los 23, ya era una reconocida figura local en la comunidad matemática india, a pesar de que no tenía formación universitaria. Había sido rechazado en la prueba de acceso en dos ocasiones, por dejar sin respuesta todas aquellas cuestiones que no estaban relacionadas con las matemáticas.

Sin embargo, este suceso no detuvo su formación, que a partir de 1906 se volvió estrictamente autodidacta. En este período, Ramanujan tenía una gran obsesión, que le perseguiría hasta el final de sus días: el número pi. De su mano salieron cientos de formas distintas de calcular valores aproximados de pi. Solo los dos cuadernos que escribió antes de llegar a Cambridge acumulan 400 páginas de fórmulas y teoremas. Gracias a los cimientos teóricos que Ramanujan colocó hace un siglo, potentes ordenadores han calculado los 10 primeros billones de decimales del número pi. Llegar más lejos se considera una prueba de fuego en el mundo de la computación.


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La neurointerdisciplinariedad: ¿realidad fecunda o publicidad engañosa?  http://bit.ly/2tzhdrX
Sin una auténtica colaboración con las ciencias humanas y culturales, la neurociencia difícilmente logrará ahondar en la complejidad del ser humano.Baste decir que esa afirmación, absolutamente típica de las «neuro-», resume el malestar que provocan. Así lo sienten, por supuesto, quienes trabajan en las ciencias humanas cuando ven que las «neuro-» apenas tienen en cuenta sus conceptos, métodos y resultados, contradiciendo en los hechos la bidireccionalidad y la alianza interdisciplinar que anuncian en sus intenciones.
En general, las «neurocolaboraciones» se señalan por la desigualdad entre los participantes y por una estricta jerarquía de saberes. Ello solo puede menoscabar las posibilidades que tendrá la neurociencia de ayudar a entender fenómenos humanos, entre ellos los culturales, que se distinguen por su altísimo grado de complejidad.

Enfrentar ese peligro exigirá probablemente un acto de humildad, prestar atención a las ciencias humanas y renunciar a predecir, como hizo Rafael Yuste, neurocientífico de la Universidad de Columbia e ideólogo del proyecto BRAIN, en una entrevista publicada en el diario El País en mayo del presente año: «Cuando entendamos el cerebro, la humanidad se entenderá a sí misma por dentro por primera vez. [...] Será un nuevo humanismo».


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 La neuroeducación, ¿un nuevo mito del cerebro? http://bit.ly/2tQKkSI
Mal andamos los neurocientíficos si lo que trasladamos al mundo de la educación es algo de lo que los educadores pueden prescindir sin perder apenas capacidades. Sería lamentable que la neurociencia se convirtiera, como lo fue la psicología en su día, en una especie de florero para vestir de cientifismo los procedimientos pedagógicos actuales, muchos de ellos fundamentados en una fenomenal tradición secular. Vivimos en un país y en un sistema educativo donde ni todo el mundo lo hace mal ni todo el que lo hace mal lo hace mal siempre. Tenemos muy buenos profesionales, pero lo triste es que estemos llenando de "neuros" todos los campos del conocimiento, con el peligro de crear una burbuja que un día nos puede estallar en la cara. Ya veo a algún ilustrado del futuro reclamándonos dentro de unos años los prometidos milagros del matrimonio de la ciencia del cerebro con los demás saberes.
Quienes crean que los neurocientíficos vamos a decirle a los profesionales de la educación cómo tienen que hacer las cosas se equivocan. Hoy por hoy, lo mejor que puede hacer la neurociencia es explicar por qué funciona lo que funciona y por qué no funciona lo que no funciona. Y no es poco, porque ese conocimiento puede servirle a los maestros y profesores para reafirmarse en los procedimientos que dan buenos resultados y reclamar las ayudas y los medios que les permitan extenderlos y profundizar en ellos. Aunque no vamos a descubrir fórmulas milagrosas para solucionar los problemas de la educación, es cierto que también podemos fundamentar científicamente la falacia de mitos como el muy extendido de que lo único que utilizamos es el 10 por ciento del cerebro o que el cerebro adulto no genera nuevas neuronas. Está bien saberlo, pero, además de fundamentos, ese tipo de conocimiento no añade apenas valor práctico a los profesionales de la educación para ejercer su oficio.
Los neurocientíficos nos asombramos cuando descubrimos cosas como que en la corteza cerebral hay áreas especialmente configuradas para adquirir los sonidos del lenguaje, la poda de sinapsis que se produce en el cerebro durante la adolescencia, los brotes de espinas dendríticas que surgen en el hipocampo cuando memorizamos o las metilaciones del ADN que hacen posible la epigenética y la influencia del ambiente sobre la expresión de los genes, pero ese conocimiento tan específico y particular no debe alimentar nuestra vanidad hasta el punto de hacernos creer que vamos a descubrir con él todos los secretos de complejos espacios educativos donde interactúan múltiples factores biológicos y sociales.

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Cuentos cuánticos: Que no, que la información cuántica no viaja más rápido que la luz http://bit.ly/2tQIUaC
Sobre la correcta interpretación de dos experimentos que han sido ampliamente malinterpretados en la Red.
Hemos hablado aquí muchas veces del problema creciente de la desinformación en la sociedad actual. La creación de cámaras digitales de eco en las redes hace que millones de personas con formación y acceso a Internet crean que, por ejemplo, las vacunas causan autismo (y decidan poner en riesgo las vidas de todos no vacunando a sus hijos), el cáncer se puede curar tomando zumos, el calentamiento global no existe, el hombre no estuvo en la Luna, la Tierra tiene 10.000 años y los tomates no tienen genes hasta que científicos mercenarios a sueldo de malvadas transnacionales les inyectan los de un pez. En estas condiciones resulta muy díficil hacer divulgación científica, ya que la confianza en los expertos está por los suelos y la buena información está sepultada por la mala. La combinación de estos dos factores hace casi imposible el progreso en estos aspectos: el hecho de que uno se dedique a la investigación académica en un tema desde hace años no es respetado, y cualquiera pretende invalidarlo con un rato de Google y un par de enlaces.
Recientemente, he intentado explicar aquí el hecho científico de que las correlaciones cuánticas como el famoso "entrelazamiento cuántico" no implican transmisión de información a velocidades más rápidas que la de la luz. Un lector me dice que estoy equivocado (insisto, no me pregunta, lo cual siempre me parece bien, sino que me dice sin más que estoy equivocado), que la información cuántica viaja 13.800 veces más rápido que la luz. Cuando intento hacerle ver su error, me manda una serie de enlaces donde unas páginas web se hacen eco de un artículo aparecido en arXiv en 2013: "Bounding the speed of spooky action at a distance", donde físicos chinos dan cuenta de un experimento. Este artículo fue finalmente publicado en Physical Review Letters con un título menos sensacionalista y técnicamente más preciso, lo cual no pudo evitar que desde su aparición en el arXiv un montón de páginas web ya lo hubieran malinterpretado.
El experimento es básicamente una repetición de otro realizado en 2008 y publicado en Nature (aquí la versión del arXiv). Las conclusiones son las mismas aunque el experimento de 2013 presenta ciertas mejoras técnicas que le dan más fuerza. La premisa en ambos casos es la misma: si hubiera algo moviéndose por el espacio que diera lugar a los mismos efectos que vemos en los experimentos de entrelazamiento cuántico, ¿a qué velocidad tendría que moverse? Los autores concluyen que, como mínimo, debería moverse a 13.800 veces la velocidad de la luz. El punto clave es ese "si hubiera". Los propios autores del artículo del 2008 lo explican así:
"...the hypothetical superluminal influence was termed the speed of quantum information to stress that it is not classical signalling. We shall use this terminology, but we emphasize that this is only the speed of a hypothetical influence and that our result casts very serious doubts on its existence." ("...la hipotética influencia superlumínica ha sido llamada velocidad de la información cuántica para subrayar que no es una señal clásica. Usaremos esta terminología, pero enfatizamos que esto es sólo velocidad de una influencia hipotética y que nuestro resultado arroja dudas muy serias sobre su existencia"). Claro, como sabemos que nada en la Naturaleza se propaga a esas velocidades, el resultado en realidad demuestra que no tiene mucho sentido explicar las correlaciones cuánticas en estos términos.
Podemos ir aún más lejos: en el artículo de 2013 los autores incluyen como su referencia [23] un artículo publicado en Nature Physics en el año 2012 en el que se demuestra que si insistimos en explicar la no-localidad cuántica mediante "hipotéticas influencias" que se propagan a velocidades mayores que la de la luz, esto nos lleva inmediatamente a entrar en contradicción con el teorema de "no-comunicación" o "no-señalización" de la mecánica cuántica, que establece precisamente que no puede haber transmisión de información a velocidades mayores que la de la luz, propiedad de la teoría que ha sido verificada innumerables veces en los experimentos.
Así que no, la información cuántica no viaja más rápido que la luz, como sabe toda la comunidad científica dedicada a este tema. A pesar de ello, sé que mucha gente preferirá no hacer caso... y que (¡ay!) encontrará enlaces que le den la razón.

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Elogio del cientificismo http://bit.ly/2uLfSOR
El filósofo de la ciencia Mario Bunge explica en este texto cómo el pseudocientificismo es particularmente dañino cuando se alía con el poder político.
Es sabido que todo puede falsificarse. El motivo principal es que los crédulos son más que los escépticos. Además, lo falsificado suele ser más rentable que lo genuino. Esto vale incluso para las ciencias. Baste recordar el éxito comercial de la medicina “alternativa” y el psicoanálisis.
Lo que ocurre con la ciencia también pasa con el cientificismo. El pseudocientificismo consiste en presentar pseudociencias como si fuesen ciencias auténticas porque exhiben algunos de los atributos de la ciencia, en particular el uso conspicuo de símbolos matemáticos, aunque carecen de sus propiedades esenciales, en especial la compatibilidad con el conocimiento anterior y la contrastabilidad empírica.
El pseudocientificismo es particularmente dañino cuando se alía con el poder político. Baste recordar la oposición de los filósofos soviéticos a la ciencia “burguesa” y la reputación que ganó el contable Robert McNamara, ministro de Defensa en los gobiernos de Kennedy y Johnson, por garantizar que su equipo ganaría la guerra contra Vietnam porque la librarían “científicamente”. Lo que McNamara llamaba “estrategia científica” era programación que usaba teorías que parecían científicas pero no lo eran.
Las teorías de la decisión y de juegos eran piezas cruciales en el maletín intelectual de McNamara. Estas teorías presuponen la tesis individualista de que la sociedad es una colección de individuos libres motivados por intereses personales, así como dotados de la capacidad de calcular tanto la probabilidad como la utilidad del resultado de todas sus acciones posibles, más la capacidad de idear la mejor estrategia para maximizar el producto de ambos números. No hay ciencia en la aplicación de estas teorías a la política, ya que a) los individuos que postula son imaginarios; b) lo que importa en política no es el individuo aislado sino el grupo social; y c) los números en cuestión no han sido hallados sino inventados, y ningún experimento ha corroborado la conjetura de la maximización.
En todo caso, si los estrategas norteamericanos utilizaron esas teorías en esa guerra, sobreestimaron sus propias probabilidades y utilidades al tiempo que subestimaron las de sus enemigos, como sostuve antes del fin de esa guerra. Desde luego, esa derrota no fue la de la ciencia ni la del cientificismo; los perdedores fueron la arrogancia imperial y la pseudociencia.
¿Por qué es preferible el cientificismo a su alternativa “humanista”? La respuesta habitual es porque el enfoque científico da más resultados que sus alternativas: tradición, intuición o corazonada (en particular, Verstehen), ensayo y error, y contemplación del ombligo (en particular, modelación matemática a priori). Pero, a su vez, esta respuesta suscita la pregunta: ¿Por qué funciona mejor la ciencia?
Respondo: la vía científica es la que mejor conduce a verdades objetivas o impersonales porque se adecúa tanto al mundo como a nuestro aparato cognitivo. En efecto, el mundo no es la colección de retazos de apariencias que imaginaron Ptolomeo, Hume, Kant, Comte, Mill, Mach, Duhem, Russell y Carnap, sino el sistema de todos los sistemas materiales. Y los seres humanos pueden aprender a usar y aguzar no sólo sus sentidos —que solo dan apariencias— sino también su imaginación, así como controlarla de cuatro maneras diferentes: por observación, por experimento, por cálculo y por compatibilidad con otros elementos del conocimiento anterior.
Además, a diferencia de la superstición y la ideología, la ciencia puede crecer exponencialmente por un mecanismo conocido: la retroalimentación positiva, en la que parte del producto se invierte en el sistema. Pero está claro que la continuación de este proceso requiere invertir alrededor del 3% del PIB en investigación y desarrollo, y esto es algo que no están dispuestos a hacer los políticos anticientificistas.
Esto se aplica, en particular, a la investigación politológica, que la National Science Foundation dejó de subvencionar por atenerse a la restrición de “malgasto” aprobada por el Senado de los EE UU en 2013. ¿No es emblemático que Condorcet, un gran politólogo y el redactor del primer manifiesto cientificista, se suicidara para evitar que lo hiciera guillotinar Robespierre, admirador de Rousseau, quien había antepuesto el sentimiento al razonamiento?
En resumen, la adherencia al cientificismo ha sido muy rentable tanto cultural como económicamente, mientras que la obediencia al anticientificismo amenaza el crecimiento del saber, el cual, aunque con algunos retrocesos temporales, ha venido ocurriendo desde los tiempos de Galileo, Descartes y Harvey.


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Los fundamentos filosóficos de Marine Le Pen http://ctxt.es/es/20170712/Culturas/13905/ctxt-ministerio-francia-marine-le-pen-filosof%C3%ADa.htm
Cada época tiene un tipo de filósofo característico. La Francia contemporánea cuenta con la pseudo filosofía de Marie Le Pen, puramente eufemística, con una visión del mundo posmodernamente falsa, a la que subyacen toneladas de mala sociología.
“Buscar los Filippo Tommasso Marinetti, Ernst Jünger y Carl Schmitt —estetas de la violencia y teóricos del Estado total— en la Europa de hoy sería tan anacrónico y vano como deplorar la ausencia de un filósofo de la acción comunicativa como Jürgen Habermas, o de un pensador de la justicia como John Rawls en la Italia de 1922 o en la Alemania de 1933”, afirma el historiador Enzo Traverso. Cada época tiene un tipo de filósofo característico. Los diálogos y las correspondencias de la Antigüedad no se parecen a los tratados y las sumas de la Edad Media, y éstas no se parecen a los discursos y los ensayos de la Modernidad; nuestra época actual parece favorecer a su vez a los filósofos que se expresan en formatos afines a las redes sociales: Slavoj Zizek es más conocido por sus vídeos en Youtube que por sus libros. Del mismo modo, cuando hablamos de los fundamentos filosóficos de Marine Le Pen no nos estamos refiriendo a un sistema articulado sino a una ideología ambiente que transpira a través de sus discursos de campaña electoral.
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