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Carmela López
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Para romper con la monotonía de la decoración y darle una chispa de color a la cocina, se ha optado por recubrir la pared frontal con un collage de azulejos cerámicos que imitan las baldosas hidráulicas, Además se ha eliminado un muro y se ha sustituido por una cristalera que permite la entrada de luz natural y amplia el espacio ópticamente.
Vía: El Mueble
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"La esencia del mal" (2ª parte)

Héctor todavía no había descubierto cuán equivocada era su predicción.
Fedra tenía la impresión de que los días transcurrían tan lentamente como se pasan las páginas de un libro leído con desgana. Se había obsesionado con el fastidio que le provocaba que su esposo no cobrara todavía la pensión de invalidez y con la injusticia de verse privada de las comodidades y caprichos que por derecho creía merecer. Ambas circunstancias la mortificaban más de lo tolerable y provocaban que la rabia acumulada recayera injustamente sobre él. Cuidar de un marido sexagenario y, además, ciego nunca había figurado entre sus planes de futuro, pero, llegado a ese punto, no pensaba tirar la toalla ni renunciar al premio que había ganado con tantos sacrificios. Todavía era joven y solo debía ser paciente y esperar hasta que la ansiada pensión de invalidez fuera confirmada o, con un poco más de suerte, quién sabe si la de viudedad.
Héctor, en cambio, centraba su interés en desarrollar el resto de sentidos con el fin de compensar su progresiva pérdida de visión. Con paciencia, había conseguido aumentar notablemente la capacidad auditiva hasta el punto de escuchar los pensamientos ajenos. Esta cualidad le daba cierta ventaja sobre su mujer, pues cuando ella se acercaba, él ya era capaz de adivinar sus intenciones. Asimismo, ahora poseía un olfato extraordinario que le permitía identificar los ingredientes que su esposa utilizaba en la cocina cuando preparaba sus extraños guisos. Estaba sumamente satisfecho de esta peculiar facultad, pues gracias a ella había conseguido excusar en más de una ocasión su falta de apetito sin levantar sospechas.
También había descubierto las ventajas de poseer una piel tan fina como la suya. Gracias a esta, su sensibilidad táctil había aumentado de manera significativa hasta el punto de determinar con total certeza y exactitud la temperatura que se daba en su entorno. Fedra no entendía por qué a su marido, desde hacía un tiempo, le divertía tanto que se le erizara el vello con solo el roce de la ligera brisa que se había colado por una ventana entreabierta o con las cosquillas y escalofríos que le producía ponerse los calcetines o una simple camisa. Cosas de viejo verde, pensaba y, aunque apenas se producía contacto físico entre ellos, aún era inevitable en determinadas ocasiones, pero siempre exento de afecto tierno por parte de Fedra. Entonces Héctor callaba y aceptaba resignado la frialdad de trato que su mujer le dispensaba; sin embargo, a sus espaldas, seguía perfeccionando esta facultad paranormal que le permitía barruntar su humor cada vez que Fedra le tomaba la mano para dirigir sus pasos.
Por fin llegó la ansiada concesión. Fedra, exultante de alegría, daba vueltas por la casa sin saber muy bien qué haría con ella a partir de entonces: cambiar la decoración, reformar el baño, realizar un viaje, renovar su vestuario... Eran tantos los proyectos que había aplazado que no sabía por cuál empezar. Una cosa sí tenía bien clara: Héctor no contaba.
(Continuará)
Óleo de Max Gaspérini
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"La esencia del mal" (1ª parte)
La maldad no necesita ninguna razón para existir. Todos aquellos que trataban a Fedra y a Héctor eran incapaces de identificar los cimientos sobre los que se sustentaba aquella relación tan extraña, si bien Héctor poseía un carácter afable y tranquilo, su mujer era la perfecta personificación del mal. En privado, incluso algunos se atrevían a bromear con este contraste y los identificaban como el yin y el yan. Olvidaban que estas partes se complementan, pero nunca deben anularse tal y como sucedía en esta peculiar pareja.
Las diferencias físicas de ambos acentuaban incluso más el contraste entre ellos. Mientras Fedra cuidaba con esmero sus uñas a diario hasta parecer más las garras de un ave rapaz que las de una mujer dedicada al cuidado del hogar, las huesudas manos de Héctor estaban recubiertas por una fina piel, casi transparente, que dejaba a la vista una gruesa red de venas y arterias; si la voz de Fedra era chirriante y aguda hasta convertirse en un molesto eco que retumbaba en el cráneo, la voz de Héctor era pausada y dulce al igual que el aroma que su piel desprendía, más parecido al de un melocotón que madura en el árbol; Fedra, en cambio, despedía una tufarada repugnante capaz de anunciar su presencia con suficiente antelación, no por falta de aseo personal, sino más bien resultado de la perfidia que albergaba su corazón que, incapaz de ser retenida en su cuerpo, se filtraba a través de los poros de su piel y de su aliento.
Fedra sometía a su marido a un severo régimen, únicamente justificado por la diabetes que este padecía. Conocía el carácter bondadoso de su marido y se aprovechaba de ello. Le disminuía paulatinamente la ración de alimento a propósito como el verdugo que mantiene a pan y agua a su prisionero con la esperanza de ver cómo quiebra sus fuerzas y su voluntad. En ese quehacer cotidiano, Fedra encontraba cierto placer, el más parecido al que un dios puede sentir sabiéndose dueño de la vida o la muerte de una criatura. Héctor pasaba hambre con frecuencia, pero ya no se atrevía a comentarlo con su esposa, pues en más de una ocasión esta le había reprochado a gritos su glotonería, tan perjudicial además para su ceguera progresiva, y castigo más que probable que Dios le había enviado por ser tan…así.
- A ver, dime tú de qué me sirves. Viejo inútil que solo comes y protestas. Y aquí estoy yo, haciendo de criada tuya para que luego no me lo agradezcas.
Héctor guardaba silencio y albergaba la esperanza de que el corazón de Fedra no fuera tan malo como sus actos, aunque sus palabras con frecuencia también lo evidenciaran. Prefería pensar que su mal humor era fruto de la situación que soportaba y que, en el momento en que le concedieran la discapacidad laboral oficialmente y con ella, una buena pensión de invalidez, el carácter de Fedra se suavizaría.
(Continuará)
Óleo de Wlastimil Hofman

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"Mérula"
Todas nuestras acciones, buenas o malas, traen siempre consecuencias. Mérula, desde bien pequeña, escuchaba esta sentencia de labios de su madre, pero la oía como quien oye llover.

- No te lo tomes a risa, Mérula, y no olvides que crece una espina en tu corazón cada vez que mientes o haces llorar a tu hermana o a otra persona.
- No digas tonterías, mamá. Eso es un cuento chino.

El tiempo fue corriendo sin apenas darse cuenta y, en esa carrera, Mérula perfeccionó sus malas artes sin albergar remordimiento alguno. Mentía por placer, solo por poner a prueba su inmunidad sin reparar en que, a medida que el hábito se enraizaba más en ella, se manifestaban ciertas molestias cardíacas con mayor frecuencia. Mérula solo moderó su comportamiento por un tiempo cuando empezaron a hacerse habituales unos agudos pellizcos en el pecho, similares a los que daba a su vecina siempre que la pillaba desprevenida. No obstante, al remitir las molestias, Mérula volvió a las andadas, si bien a partir de entonces, además del pinchazo, notaba cierta desazón provocada por una intensa urticaria en el torso.
Aquella noche durmió intranquila, incluso las sábanas le molestaban. Pensaba que sería fruto de un pasajero remordimiento tras haber roto en pedazos uno de los dibujos de su hermana. Así que, nada más levantarse, fue directa al baño para ver cómo tenía el pecho, ya que le escocía más de lo habitual.
Desabrochó la camisa de su pijama frente al espejo y, con horror, descubrió que en él había florecido un hermoso cardo borriquero púrpura con grandes y brillantes hojas que terminaban en espinillas muy agudas y amarillas. Sin dudarlo un instante, tomó unas tijeras para cortar aquella horrible mala hierba que, de la noche a la mañana, había brotado inexplicablemente de su cuerpo.
No habían transcurrido ni dos horas, cuando Mérula volvió a notar la misma molestia irritante. En esta ocasión, se pinchó la yema de los dedos tan solo palpando su ropa por encima. Espantada, al desnudarse, encontró de nuevo otro cardo aun mayor.
Aterrorizada, llamó a gritos a su madre pidiendo ayuda, quien, tras conocer lo sucedido, apenas fue capaz de encontrar las palabras idóneas que tranquilizaran a su hija. Era la primera vez que aquella pobre mujer veía un cardo tan singular así plantado, desafiando una nueva poda.

-Hija mía, no veo solución posible a este asunto tan espinoso, salvo que dejes de martirizar a los demás de una vez por todas o que te vayas a vivir a Escocia. Tengo entendido que allí el cardo borriquero es un símbolo muy apreciado por todos. Estoy segura de que en ese país sabrán valorar en su justa medida esta peculiaridad botánica tuya. No te ofendas por lo que te voy a decir, pero, si yo estuviera en tu lugar, iría ya pensando en aprender a tocar la gaita, en aficionarme al güisqui y al “haggis”, además, de aprender gaélico.

Pocos días después, Mérula hacía las maletas y se marchaba a Escocia en busca de una solución que pusiera fin definitivamente a la anomalía vegetal de su cuerpo.
Una vez montada en el taxi que la trasladaría al aeropuerto, todavía tuvo tiempo, entre sollozos, de escuchar la dulce canción con la que su hermana menor se despedía alegremente de ella:

-Hermanita, del alma querida,
en mi pecho yo llevo una flor.
No te importe el color que ella tenga
porque al fin ella es solo una flor.


Foto vía: jardinería On
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La madera y la encimera de Neolith se complementan perfectamente.
Vía: El Mueble
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Desde otra perspectiva. La limpieza y una sensación de mayor espacio se consiguen mejor si los sanitarios y los muebles son volados.
Vía: Home World Design
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La combinación de revestimientos cerámicos y de materiales rompe con la monotonía dejando paso a un estilo personal y original.
Vía: Home World Design
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La península y la lámpara se convierten en foco de atención de esta elegante cocina.
Vía: Casa Vogue Globo. com
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Esta es la imagen que corresponde a una vista general del dormitorio, cuya sección del baño os mostré en una imagen anterior.
Vía: Archi Portale
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Cocina abierta- La utilización de un pavimento diferente, delimita y diferencia los espacios.
Vía: Facilisimo.
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